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    Violencia y machismo presidencial

    N° 1692 - 13 al 19 de Diciembre de 2012

    En Uruguay la violencia doméstica se combate con la ley 17.514 de 2002. Sanciona “toda acción u omisión, directa o indirecta, que por cualquier medio menoscabe, limitando legítimamente el libre ejercicio o goce de los derechos humanos de una persona, causada por otra con la cual tenga o haya tenido una relación de noviazgo o con la cual tenga o haya tenido una relación afectiva basada en la cohabitación y originada por parentesco, por matrimonio o por unión de hecho”. La violencia puede ser, además de física, psicológica o emocional.

    Las mujeres representan 90% de las lesionadas o asesinadas por sus novios, concubinos o maridos y por ello se trata de una cuestión de género.

    La inseguridad es la mayor angustia para los uruguayos, pero relegan esta violencia. Una encuesta de la Red Uruguaya Contra la Violencia Doméstica y Sexual (RUCVDS) indica que para 81% de las personas la inseguridad es su principal problema y que solo a 9% le preocupa la violencia doméstica. Y eso que anualmente mueren más de 20 mujeres asesinadas por sus parejas. Una cifra mayor que la de hombres y mujeres asesinados en las rapiñas.

    El 25 de noviembre se conmemoró el Día Internacional de la Violencia Contra las Mujeres. En Montevideo, unas 3.500 personas, mayoritariamente mujeres, marcharon para denunciarlo.

    He participado en algunas de estas marchas y sorprende, en general, la escasa presencia de hombres y, en particular, de políticos, dirigentes gremiales y de la Iglesia. En otras manifestaciones están siempre presentes.

    Casi ningún legislador (hombre), organizaciones políticas, sociales o la Iglesia se han lanzado para reclamar mayor control y energía contra este delito, de la misma forma que se hace por otras cuestiones.

    Tan grave es que en Naciones Unidas se considera establecer un organismo especial. Los asuntos de género y de la participación de las mujeres no están suficientemente atendidos, advirtió la socióloga española Inés Alberdi, directora ejecutiva del Fondo de las Naciones Unidas para las Mujeres (Unifem).

    Recibió cuestionamientos machistas y religiosos. Y replicó: “¿Qué declaraciones han hecho contra la violencia contra las mujeres o a favor de la igualdad? (La Iglesia) se escandaliza de que yo diga una cosa de cultura general y, sin embargo, echo en falta que cuando habla de los problemas de la familia no denuncie ni salga a la calle en contra de la violencia de género”. Es extrapolable.

    En nuestra sociedad es una lucha difícil. En oficinas, gimnasios, “clubes de Tobi”, quinchos, gremios y en todo el Estado —he sido testigo varias veces— son frecuentes las bromas sobre esta cuestión, a las que se añade la discriminación sexual. El machismo está inserto en todos los niveles socioeconómicos y desde hace décadas es abonado por temas de música popular.

    Es notorio en los tangos: “Las pruebas de la infamia las traigo en la maleta: ¡las trenzas de mi china y el corazón de él!”; “Y luego, besuqueándole la frente, con gran tranquilidad, amablemente, le fajó 34 puñaladas”; “No te rompo de un tortazo para no pegarte en la calle”; “Y esa flor que mi cuchillo te marcó, bien merecida la llevarás luciendo en el carrillo para que nunca en la vida olvides tu traición”, dicen algunas antiguas letras.

    La tendencia se mantiene. Cacho Castaña canta: “Si te agarro con otro te mato, te doy una paliza y después me escapo”. Los Wachiturros dicen: “Ella quiere látigo turro, dame látigo, ella quiere látigo”. O un re-ggaetón: “Las gatas que andan solteras a uno le traen suerte y piden que uno les dé cariño y castigo más fuerte”.

    En este marco surgió lo insólito: la ira política del presidente José Mujica desnudó su machismo.

    Como respuesta a reclamos opositores pidiendo la renuncia del presidente del Banco República, Fernando Calloia, emergió su verdadero yo: “¿Por qué no se van a controlar a sus señoras esposas, a ver a dónde andan en lugar de andar controlando estas pavadas?”.

    Ese agravio, impropio tanto de un mandatario como de un hombre de bien, alude a la infidelidad y está filosóficamente vinculado a la ley 17.514. Alienta el machismo de quienes viven en las antípodas de los principios legales y morales. Sus seguidores mantienen un silencio cómplice o lo apoyan, pese a que, como sentenció el diputado blanco Javier García, se trató de “un hecho de ordinariez, cobardía y violencia de género”.

    Violencia psicológica o emocional es para la ley “toda acción u omisión dirigida a perturbar, degradar o controlar la conducta, el comportamiento, las creencias o las decisiones de una persona, mediante la humillación, intimidación, aislamiento o cualquier otro medio que afecte la estabilidad psicológica o emocional”. Es lo que pasó.

    La oposición le exigió disculpas.

    El domingo 9, en la página web de la Presidencia, Mujica se disculpó con las esposas de los parlamentarios y se justificó: “Los presidentes no tienen el humano derecho ‘a calentarse’; ante improperios, han ser de mármol, como las estatuas”.

    Algunos opositores lo consideraron insuficiente y otros llamaron a cerrar la discusión.

    En cualquier caso, su “calentura” nos permitió saber lo que realmente piensa Mujica sobre este tema sensible para el país y para las mujeres. En el futuro, el mármol esconderá su machismo.

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