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Cuando los jóvenes saben más que los mayores

Gracias a la fuerza que ejercieron los estudiantes, hoy la Udelar está trabajando en sus políticas de prevención. Bueno sería que esto derrame hacia abajo y llegue a Secundaria, la incubadora donde se gesta el futuro de la sociedad

Editora Jefa de Galería

El impacto de la noticia del ataque a la estudiante de Medicina movilizó a toda la sociedad. Una chica de 19 años fue agredida con un cuchillo por un compañero suyo dentro del edificio de la facultad. Una de las principales características que hacen a la importancia de una noticia es la proximidad. Cuanto más cerca nos toque más nos interesará.

Mi hija tiene 19 años y estudia en la Facultad de Medicina, en el mismo edificio donde fue el ataque. Sus nervios estaban por las nubes. Pero su indignación fue aún mayor cuando el mismo día que ocurrió el ataque le llegó el comunicado del decano de Medicina, Arturo Briva, diciendo que se trató de una situación excepcional y que se iban a retomar las clases con normalidad al día siguiente.

Para quienes ya llevamos algunas décadas en este mundo enfrentarnos a una noticia así es doloroso e impactante, pero lamentablemente lo hemos pasado varias veces, y el primer impulso es juntar fuerzas y seguir; no detenerse. Sin embargo, acá, las generaciones más jóvenes dijeron “no, paremos y pensemos”.

Al otro día del ataque no se retomaron las clases porque el gremio estudiantil decidió parar las actividades y se organizó una multitudinaria movilización en la sede de Medicina y los alrededores del Palacio Legislativo. En los días siguientes, varias facultades fueron ocupadas. Los estudiantes estaban enviando un poderoso mensaje a las autoridades: no se puede seguir adelante de la misma manera, hay muchas cosas que tienen que cambiar.

Pasaron los días y las autoridades les dieron la razón. El viernes 4, el Consejo Directivo Central (CDC) de la Universidad de la República (Udelar) decidió que no hubiera clases ni actividades académicas en la semana siguiente para “permitir acciones de reflexión, cuidado y reorganización institucional”.

Una de las grandes lecciones que nos dejó este horroroso intento de femicidio es que las generaciones más jóvenes tienen mucho más claro cuáles son los límites que no se pueden cruzar

Y no solo el CDC reconoció que persisten insuficiencias y desafíos en las respuestas universitarias frente a la violencia de género. Sucedió algo que pocas veces se ha visto y deja una agradable sensación de esperanza, y es ver que una persona en un cargo directivo cambia su postura y asume que se equivocó. En la sesión del CDC, Arturo Briva dijo que la institución vivió uno de los hechos más desgraciados de sus 150 años de historia y reconoció errores en su respuesta inicial. Aseguró que está orgulloso de haber acompañado a miles de pacientes en sus 25 años de trabajo en medicina intensiva, “curando cuando se pudo y acompañando siempre, incluso cuando lo único que se pudo ofrecer fue consuelo”. Y agregó: “Eso mismo intenté hacer el martes pasado y cometí errores. No puedo decirlo de otra manera”.

Una de las grandes lecciones que nos dejó este horroroso intento de femicidio es que las generaciones más jóvenes tienen mucho más claro cuáles son los límites que no se pueden cruzar. Quienes crecimos en una sociedad en la que no se hablaba de femicidio, ni de violencia de género ni de discriminación de la mujer muchas veces naturalizamos situaciones, quitamos importancia a ciertos actos que no deberían suceder, no vemos el elefante en la habitación.

De estas personas está formado el sistema. Por eso cuando los estudiantes del liceo de Salinas a donde había asistido el agresor hicieron reiteradas denuncias sobre actitudes inadmisibles por parte del chico, como masturbarse sentado al lado de una compañera, las autoridades hicieron oídos sordos. Desestimaron absolutamente los reclamos de los compañeros. Y no es solo ese caso puntual. Todos sabemos que en los liceos públicos de todo el país pasan cosas terribles, chicos con conductas vandálicas y violentas, y que nadie hace nada. No hay norma ni protocolo que les pongan límites. Y esto escala hasta llegar a la universidad. O no. Escala en el hogar, en el barrio, en el ámbito de trabajo. Si no asistimos a esos chicos cuando son adolescentes y van a clase, donde pueden tener atención y contención, y los dejamos librados a sus propios demonios, la epidemia de trastornos de salud mental crecerá como un espiral.

Gracias a la fuerza que ejercieron los estudiantes, hoy la Udelar está trabajando en sus políticas de prevención. Bueno sería que esto derrame hacia abajo y llegue a Secundaria, la incubadora donde se gesta el futuro de la sociedad.