Acaba de terminar las funciones de la obra Invasiones I: no bombardeen Buenos Aires, de Ricardo Hornos, sobre la expedición británica que buscó conquistar Buenos Aires en 1806, contada a través de la música de Charly García. “Fue un éxito increíble, más de 80.000 espectadores”. De hecho, Charly fue a ver la obra y quedó “encantado”.
El germen de algo más grande
A comienzos de los 90, en sus primeros años de adultez, recibió su primer gran “no” en la prueba de canto para entrar en el Teatro Colón. “Pensé que iba a pasar esa audición. Fue un shock. Fue como: ‘ah, no canto bien’. Después me dijeron que mi voz todavía no estaba del todo madura”, rememora, y reflexiona: “Esa puerta cerrada me hizo entender que era otro mi camino. Y no me fue mal. Los fracasos te hacen aprender varias cosas”. Entonces decidió seguir un profesorado de canto y piano en el conservatorio Manuel de Falla. Dio clases durante años.
Al teatro musical llegó a los 21 años con Pepe Cibrián luego de un mes de audiciones “bravísimas y largas”. “Todos los días llegaba a la casa de mi mamá y le iba diciendo: ‘quedé otra vez’. Aprendí un montón de cómo audicionar”. Quedó en el elenco de El jorobado de París.
Pasamos a 2001, plena crisis económica en Argentina. Ricardo, su papá, comenzaba con problemas de salud. Y justo en ese momento apareció otro portazo artístico (no lo sabía pero sería de los pocos en su prolífica carrera). Estaba por protagonizar en calle Corrientes el mítico musical de Broadway Cabaret (de Joe Masteroff, John Kander y Fred Ebb) cuando se enteró de que el espectáculo había sido cancelado.
“No era mi momento, pero fue algo del país”, indica, y asegura que jamás pensó en dedicarse a algo por fuera del arte. “Por suerte nunca me faltó trabajo”. En esos años integró elencos de títulos tan icónicos como Los miserables, La bella y la bestia o El violinista en el tejado, entre otros, con muy buenas críticas. Y la historia continuó.
De Mina a Evita
Elena se hamaca. Su pelo rojizo por los hombros vuela con el movimiento pendular. Tiene un vestido corto acampanado de color claro, con apliques de cristales. Zapatos cerrados con un respetable taco aguja. Una luz azul la ilumina desde arriba. Le canta a Diego Reinhold, que luce un chaleco cuadrillé, pantalones cortos y una boina oscura. En el fondo de la escena Gaby Goldman toca el piano.
Mi sei scoppiato dentro il cuore,
All’improvviso, all’improvviso
Non so perchè
Non lo so perchè
La voz robusta de soprano potente y el fuerte registro dramático de Elena Roger deslumbran al público sobre el escenario del British Arts Center de Buenos Aires. Es diciembre del 2003 y estamos en el estreno de Mina, che cosa sei, un musical escrito y producido de forma autogestiva por Roger y su amiga Valeria Ambrosio.
El gran suceso de este homenaje a la cantante italiana conocida como la Tigresa de Cremona fue inmediato y le valió a la obra el Premio Clarín a Mejor musical y varios premios ACE, entre ellos uno a Roger como Mejor actriz de musical.
“Para nosotros fue una gloria porque no esperábamos semejante éxito. Había muchos fans que volvían y volvían y volvían a ver la obra”, recuerda. Roger, en ese entonces una treintañera sin experiencia en la gestión de espectáculos, sintió que con Mina emprendió una “travesura” entre amigos, que pudo replicar más adelante en varias ocasiones. La última fue el año pasado con elenco original.
Y así, de repente, aparece la esencia del caos, el manido efecto mariposa de Lorenz. Resulta que Elena había viajado a Reino Unido como parte de la prestigiosa compañía Tango x 2 dirigida por Miguel Ángel Zotto. Durante esa gira se rencontró con la también argentina Anna Moll, su amiga radicada en Londres que en ese momento se encontraba desempleada. Roger le obsequió un llavero con la forma de Nemo a modo de amuleto de la suerte.
La fortuna quiso que Moll no solo consiguiera trabajo muy poco después, sino que lo hiciera como secretaria de un productor de la compañía del gran Andrew Lloyd Webber, que estaba planificando la reposición del clásico musical Evita. “Anna vio Mina y me pidió el video de la obra porque quería conseguirme una audición. Ella, siendo argentina, quería que una argentina fuera Evita”.
Viajó cinco veces de Buenos Aires a Londres para audicionar. Elena cree que había algo en ella que no tenían el resto de las postulantes, que, por otra parte, contaban con la ventaja de hablar inglés nativo. Ella cantaba “Río de la Plata, Florida, Corrientes, Nueve de Julio, All I want to know” y visualizaba el estuario y las calles porteñas: “No sé qué verían las otras chicas”. Quedó.
Todo lo que había escuchado sobre Eva y Juan Domingo Perón en su casa, sumado a lecturas y muchos documentales, la ayudaron a componer un personaje que era mucho más ficcional que todo su marco teórico. Mientras, estudiaba inglés y perfeccionaba su cada vez más virtuosa voz. Evita estaba allí presente, pero Roger no se olvidaba de Mina Mazzini.
Justo cuando triunfaba en el West End apareció la oportunidad de llevar de gira a su preciada ópera prima por la mismísima Italia. “Tuve que tomar la decisión más fuerte de mi vida de soltar un proyecto que había gestado yo para que lo hiciera otra actriz. Me costó un montón. A veces es el día de hoy que digo: ‘ay, qué lástima que no lo pude ir a hacer yo’”.
Para 2006, año de la presentación al público británico de la Evita de Elena Roger, su papá ya no podía hablar y tenía dificultades para caminar producto de un ACV que tuvo en 2002. Aun así, contra todo pronóstico y acompañado de la mamá de Elena y de su tía, una noche ese año fueron parte de la platea del Adelphi Theatre y disfrutaron con orgullo de la gran Elena en todo su esplendor. “Me vieron. Me emocioné mucho, casi que me olvido de toda la letra de No llores por mí, Argentina pensando en que ellos estaban ahí. Fue muy hermoso”.
La Piaf de Roger
Con Evita, Roger fue nominada por primera vez al Premio Laurence Olivier como Mejor actriz en un musical (2007). No ganó. Mas la revancha llegó dos años después, de la mano de la mítica Piaf de Pam Gems. “Piaf es el personaje al que más tiempo le brindé: tuve que estudiar francés de cero, fui a su tumba a modo de respeto y a saludarla, también transité por las calles de Belleville, que es de donde era ella”, enumera.
De Edith Piaf tiene el ser cantante, ser divertida (“medio payasa”) y “muy actriz en el cantar”. Le quedó la forma en que el Gorrión de París interpretaba las canciones. Como con Mina (a quien no encarnó pero sí hizo sus canciones) y con Evita, Roger aprendió a ver las luces y sombras de los personajes y a “interpretarlas sin juzgarlas”.
“Siento que hay algo de la fortaleza de la mujer, de trascender ante las adversidades de la vida. Y hay algo de mi energía vital y pasión en cada una. Las tres sufrieron las machiruladas, el patriarcado, y lo que era ser mujer en esa época y les importó un bledo todo lo que pensaban y decían de ellas”.
En la Gran Manzana
“I’m gonna be a part of B.A., Buenos Aires, Big Apple”, dice el estribillo de Eva Beware of the City, uno de los más de 30 temas que componen el repertorio musical de Evita.
Broadway es el sueño de cualquier actor de comedia musical y Ricky Martin, el amor imposible de las +40. Sin embargo, cuando Roger escuchó el nombre de la calle neoyorkina y el del artista portorriqueño en una sola propuesta laboral no se entusiasmó. Ya había sido una estrella en el teatro londinense. Luego llevó Piaf a España e hizo Passion, obra que también fue nominada al Olivier. Después de vivir en varias ciudades de Europa, tenía planes de afincarse en Argentina, pero la Gran Manzana la llamó para aparecer en la marquesina del Marquis Theatre junto al cantante de Livin la vida loca, que hacía de Ernesto Che Guevara.
“No estaba copada para nada. Sentía que si me iba perdía mi lugar en Buenos Aires. Pero si no iba a Broadway, también perdía una oportunidad y, sobre todo, una experiencia”. Hoy está segura de que hizo “muy bien” en irse en 2012.
Habla maravillas de Ricky Martin como artista y como persona. Dice que tiene “los pies en la tierra”, que estaba muy abocado a sus mellizos, que es “muy amable” y “muy trabajador”. Él le regaló su libro autografiado y le habló “de todas sus cosas”.
No sabe cómo huele porque no lo tuvo “tan cerca” y no le aburre “para nada” que siempre le pregunten por Ricky. “Me parece que es una fantasía, que todo el mundo quiere saber cómo es él y yo se los puedo decir, o sea que me encanta”.
Su propia historia
A Picasso se le atribuye la frase “Que las musas te pillen trabajando”. Y a Roger el amor fue el que la encontró en plena chamba. El punto de encuentro con el también actor Mariano Torre, su pareja desde hace 17 años, fue Piaf y otra argentina que era parte del elenco del espectáculo: Julia Calvo, quien, a su vez, por ese entonces trabajaba con Torre en la tira juvenil Casi ángeles.
“Mariano nos fue a ver. Él se enamoró de mí y le pidió mi teléfono a Julia. Yo estaba en otra. Y, bueno, después de una semana fuimos a cenar”, revela.
Desde ahí hasta hoy cambiaron muchas cosas en sus vidas. Lo que se mantuvo, y de lo que Elena no tiene problema en hablar largo y tendido, es su pareja abierta, que ella prefiere llamar pareja honesta.
El pacto es que si uno tiene una relación con un tercero y necesita contárselo al otro, lo hace. Y si la otra persona necesita saber y pregunta, hay que “ser honestos”. “Eso sucedió un par de veces en nuestra historia. La pareja funciona”, manifiesta. Dice que gracias a este formato no tienen peleas, aunque tampoco piensa que lo que les funciona a ellos sirva para todo el mundo.
Para Roger, en la pareja “el sexo no es lo más importante”, ella pondera el saberse “feliz con la felicidad del otro”, la libertad, la convivencia y, por supuesto, la honestidad.
Elena Roger es pareja del actor Mariano Torre desde hace 17 años, con quien tiene dos hijos, y mantiene una pareja abierta que ella prefiere llamar "honesta".
Esa “rebelión con lo convencional”, como lo define ella misma, se ve también en los nombres que Roger y Torre eligieron para sus hijos: Bahía (12) —que sigue los pasos de sus padres y hace poco formó parte del elenco de Billy Elliot en Corrientes— y Risco Florian (8). “No queríamos ponerles nombres de nuestra familia porque sentíamos que cargábamos a ese ser nuevo en este mundo de esa energía y de esa información familiar; queríamos romper con eso”, explica.
“Estábamos muy conectados con la naturaleza en esos momentos”, suma. Tanto que hace más de 10 años decidieron construir su casa autosustentable. Para eso Torre contactó al arquitecto estadounidense Michael Reynolds, pionero en el rubro. Le propuso hacer una edificación “en el fin del mundo”, Ushuaia, de donde el actor es oriundo. El intendente de la ciudad más austral del planeta les cedió un terreno en la bahía, cerca de la ciudad, y para el verano de 2014 Navetierra, la primera casa autosustentable de Sudamérica, era una realidad.
Hogar autosustentable
Elena aclara que ese no es el hogar de su familia, como algunos titulares de medios porteños indican. Ese espacio es público y abierto para visitas. A su vez, un par de años después, Reynolds visitó Uruguay y construyó la famosa escuela sustentable que se puede ver por la ruta Interbalnearia a la altura de Jaureguiberry.
Roger vive con su familia en el barrio que la vio nacer: Barracas. Es una residencia citadina, construida entre medianeras, pero es térmicamente eficiente, tiene recolección y reutilización de agua y es muy luminosa. Un hogar que ella define como un Edén: “En esa casa vamos a estar hasta bastante, pero no sé qué nos depara el futuro. Me gusta mucho la idea de pensar en el presente, porque no sabemos qué puede pasar en el futuro”.