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Lavalleja busca entrar en el mapa global de la UNESCO con el Geoparque Manantiales Serranos

Agua que brota entre las sierras, historia milenaria y un turismo en transformación: Lavalleja pone el foco en una geología de importancia internacional bajo un modelo de desarrollo sostenible

Redactora de Galería

En Lavalleja, la piedra no solo es materia prima, es un relato de cientos de millones de años. El geoparque Manantiales Serranos, que describe nacimientos naturales de agua en zonas de sierras, donde la lluvia se filtra en la roca hasta emerger naturalmente pura hacia la superficie, es una forma de proteger esa historia.

El proyecto busca obtener la categoría de Geoparque Mundial de la Unesco, que significa ser reconocido por poseer una geología de importancia internacional que se gestiona bajo un modelo de desarrollo sostenible, con fines conservacionales y de educación.

El caso de Lavalleja, un territorio de más de 2.000 km² con alto valor geológico, ecológico y cultural, está en evaluación para integrarse a esta red de geoparques mundiales.

El manifiesto de identidad de ese departamento sobre sus reservas de agua dulce y mineralizada que sostienen ecosistemas y paisajes enteros busca colocar a Uruguay en la liga mayor del geoturismo, puesto que existe una tendencia del turismo que se enfoca únicamente en conocer estos parques. El objetivo es que esos viajeros incluyan a Uruguay dentro de su lista.

Tras la visita de los evaluadores internacionales de la Unesco en julio del año pasado, la cuenta regresiva comenzó y el veredicto final se espera para abril de este año, que podría cambiar el destino del departamento y el del turismo uruguayo.

En términos de la Unesco, un geoparque es un territorio amplio y gestionado que integra cultura y naturaleza con valor internacional, mientras que un geositio es un lugar puntual y específico de alto valor geológico. Por ende, lo que queda inscrito dentro de un geoparque no solo se conserva, sino que se activa.

Arequita Lavalleja
Parque Nacional Arequita en Lavalleja.

Parque Nacional Arequita en Lavalleja.

Entonces, la del geoparque Manantiales Serranos no es solo una candidatura, sino que el simple hecho de estar a la espera de la designación es una declaración de principios; asumir que el paisaje no es un recurso infinito, sino un archivo viviente.

Ejemplos sobran. En la Costa Vasca, en España, los acantilados son un libro abierto de más de 60 millones de años. En China, el geoparque de Zhangjiajie del período Devónico (400 millones de años) despliega pilares de piedra que parecen suspendidos en el aire, tan irreales que inspiraron escenarios de cine. En México, los prismas basálticos forman perfectas columnas geométricas nacidas del enfriamiento de la lava con más de 2 millones de años. Y en Brasil, Uberaba guarda fósiles de dinosaurios. Todos son muy distintos, pero tienen algo en común: no solo conservan el paisaje, sino que lo interpretan junto con la historia.

Ese es el modelo al que Lavalleja aspira: entrar en una red global donde el valor no está en intervenir el territorio, sino en interpretarlo.

¿Qué tiene Lavalleja?

El nombre Manantiales Serranos responde a dos de los aspectos más relevantes e identitarios del territorio uruguayo: su complejidad geológica y geomorfológica, que da lugar a la conformación de serranías, y el estrecho vínculo con el recurso del agua.

pozo azul Lavalleja
Los Pozos Azules son un conjunto de piscinas naturales de agua cristalina formadas en la Sierra de las Ánimas, cerca de Pan de Azúcar en el límite entre Maldonado y Lavalleja.

Los Pozos Azules son un conjunto de piscinas naturales de agua cristalina formadas en la Sierra de las Ánimas, cerca de Pan de Azúcar en el límite entre Maldonado y Lavalleja.

Bosques en las sierras que crecen donde casi no hay tierra sino piedra, montes de ombúes —raros en el mundo— al pie de los cerros del parque nacional Arequita, pastizales infinitos y quebradas donde la humedad manda. Mientras, entre la roca, la vida se adapta: cactus, líquenes, musgos, reptiles, aves, murciélagos. Y, sobre todo, agua.

En las laderas de los cerros, los manantiales brotan y se conectan como venas hasta formar cursos de agua que terminan abasteciendo incluso a Montevideo, como el río Santa Lucía. No todos tienen nombre, pero todos son reservas naturales de agua dulce que históricamente abastecieron a poblaciones rurales y que hoy sostienen la biodiversidad.

Así, el territorio no se impone, circula. El paisaje deja de ser fondo para ser protagonista, y va mucho más allá de la naturaleza. Ese mismo paisaje forma parte de la identidad del departamento —ciudades como Minas, Villa Serrana o Solís de Mataojo tienen una arquitectura que se pensó con la piedra y no contra ella, donde los caminos siguen la lógica del relieve—, la identidad del país —artistas, desde Fabini hasta Morosoli, encontraron en las sierras su musa—, y la identidad del mundo, en la medida en que algunos de sus geositios preservan huellas humanas de hace 10.000 años.

El suelo de Lavalleja guarda la historia del planeta y la Unesco descubrió su secreto. Menos mal, porque para ser parte de esta red global de geoparques no basta con tener paisajes lindos; hay que demostrar un trabajo articulado entre la gestión del patrimonio intangible y el interés y la participación ciudadana. La actual diputada por el Partido Nacional Adriana Peña, quien desde su gestión como intendenta de Lavalleja en el período anterior sentó las bases del geoparque desde el ordenamiento territorial (implementató regulaciones como los corredores visuales, donde no se puede plantar árboles para proteger el paisaje), ve la candidatura ante la Unesco con “los ojos correctos”: “La declaración es una oportunidad total para la conservación y para recuperar nuestra identidad”, asegura a Galería.

AGUAS BLANCAS foto de Geositio Manantiales Serranos WEB 2B
Aguas Blancas

Aguas Blancas

Peña destaca hallazgos como la cueva Amarilla, afloramientos de una roca silícea de color amarillento, comúnmente llamada ópalo o jaspe, situada a pocos kilómetros de una zona hoy en conflicto industrial, donde pruebas de carbono confirmaron la presencia indígena paleoindia (período más antiguo de la prehistoria americana). Es el único lugar en Uruguay con tal evidencia, y tiene asignado carácter de valor científico internacional.

Sin embargo, este geositio aún carece de medidas específicas de conservación, por lo que no es de acceso público. La gobernanza del geoparque trabaja en establecer las medidas de protección legal y física adecuadas, así como en un plan de rescate para todas las piezas encontradas allí.

Manantiales serranos existen en otros departamentos de Uruguay como Maldonado y Treinta y Tres, pero el mapa de este proyecto de geoparque reúne demasiadas maravillas que desafían el tiempo. El cerro Arequita es un gigante de piedra (300 metros) de 130 millones de años, que no es solo un destino de trekking y rappel, sino un refugio espiritual con grutas que albergan especies únicas de murciélagos y cuervos buitre. A pocos kilómetros de ahí, está el salto del Penitente con una formación rocosa que, según bibliografía del 1700, se asemeja a una persona rezando y da nombre a toda esa zona de manantiales.

Salto del Penitente Lavalleja
Salto del Penitente.

Salto del Penitente.

Antes de llegar ahí, en Aguas Blancas, el suelo tiene más de 1.000 millones de años, como recordatorio de la insignificancia humana ante el reloj geológico del cratón del Río de la Plata —núcleos precámbricos (la etapa más antigua y extensa de la Tierra) que no han sufrido deformaciones significativas durante mucho tiempo —. El geoparque Manantiales Serranos también incluye el geositio de la Reserva Natural de Salus y el Parque de Vacaciones de Minas.

Casi todas las facetas de este turismo escapan a lo que el ojo puede ver, y precisamente allí es donde entran los vórtices energéticos y la radiestesia —práctica que utiliza instrumentos como péndulos o varillas para detectar radiaciones, energías o vibraciones sutiles, y permite localizar agua, minerales o diagnosticar desequilibrios energéticos en personas y lugares—.

En el valle del Hilo de la Vida, el turismo místico apela a una experiencia física. En los puntos asociados a los montículos de piedra, los GPS suelen fallar, los péndulos solo se quedan quietos en los equinoccios y el cuerpo registra lo que la tecnología no puede medir.

Esta conexión con lo invisible, sumada a puntos de armonización como vetas de cuarzo, atraen a un público internacional que llega a las sierras de Minas buscando algo que en muchos lugares del mundo ya no existe: tranquilidad, silencio y (re)conexión.

El valor de Lavalleja entonces se explica en capas geológicas, históricas y simbólicas. Bajo sus sierras no solo hay piedra: hay tiempo. Una historia que hoy empieza a leerse como activo.

La voz del turismo

Si el geoparque es un proyecto, los operadores turísticos locales son quienes lo vuelven concreto. Ellos habitan el territorio todos los días, reciben al visitante, y en definitiva son los que sostienen el relato en la práctica.

Durante años, todos estos geositios funcionaron como atractivos aislados, pero Gonzalo Domínguez, de Estación Penitente —un restaurante hecho a partir de vagones ubicado en el camino al salto de agua, que el propio dueño describe como “un centro de comunidad donde los vecinos de todo el mundo se reúnen a compartir unas empanadas o un vino” de producción propia—, sabe que el futuro depende de crear una “narrativa común”.

Lavalleja Estación Penitente
Estación Penitente.

Estación Penitente.

Su visión es bastante ambiciosa: está desarrollando un hotel de naturaleza boutique con plantación de viñedos para transformar su emprendimiento hacia la productividad sustentable. La idea es convertir el camino de acceso en un corredor flanqueado por uvas, integrándose a un proyecto mayor que busca convertir a la región hacia la viticultura.

El hotel, esperan junto con Sara González, su pareja, va a ser un motor para la región. Por eso se encuentran en la búsqueda activa de inversores que compartan su misma visión de turismo. “Buscamos inversores que entiendan que aquí no cabe el bochinche; es una hotelería que respeta el silencio y se alinea con los valores de un turismo que se integre, que no irrumpa”, explica, fomentando la búsqueda de introspección del viajero moderno que frecuenta la zona: extranjeros —sobre todo europeos— que buscan paz, seguridad y una forma de vida más simple, al punto de instalarse y comprar tierra.

Lavalleja
Vistas desde Eco Suites, de Estación Peniente, locación de un futuro hotel boutique.

Vistas desde Eco Suites, de Estación Peniente, locación de un futuro hotel boutique.

Para Gonzalo, esta es su misión: hacer que el lugar crezca, genere trabajo y preserve esa energía que hace que “todo el que viene quede enganchado”.

Quienes trabajan en la zona ven la llegada del geoparque también como una oportunidad de reconfigurar el modelo turístico, pues meterse en el mapa internacional de geoparques es un importante cambio de escala que implica también un cambio de perfil.

“El futuro del país está acá”, arriesga Gonzalo. En los ultimos años ha crecido la demanda por experiencias ligadas a la naturaleza y el bienestar, y Lavalleja, con actividad durante todo el año y una ubicación estratégica cerca de Punta del Este y Montevideo, lleva una ventaja enorme. Pero para alcanzar el objetivo existen algunos requerimientos: educación ambiental, gestión de residuos, señalética y cartelería informativa.

Porque lo que está en juego no es solo cómo atraer turistas, sino qué tipo de territorio se quiere construir. Y eso, como dicen los propios operadores, ya no es una decisión técnica. Es una elección de país.

Patrimonio mundial vs. explotación minera

Mientras Lavalleja se prepara para entrar en la red de geoparques de la Unesco, hay un proyecto que avanza en dirección opuesta: la extracción de dolomita en la zona. El problema no es qué se extrae, sino dónde: una nueva explotación se situaría dentro de la jurisdicción del parque de Minas, un punto turístico clave, y uno de los geositios cuyo camino de entrada ya tiene algunas señalizaciones pensadas en clave de geoparque.

La cantera está ubicada a pocos metros de paseos emblemáticos como el de la laguna Verde o el cerro del Mástil. Su reactivación implicaría el paso de camiones pesados por la caminería interna del parque, lo que alteraría una lógica pensada para el tránsito lento, la contemplación y el descanso.

Una empresa privada ya explota una parte (Cantera A) de forma moderada y sin mayores quejas, pero su pedido para expandirse a la zona B encendió todas las alarmas. La diputada Peña denuncia una “incongruencia total” en permitir una actividad que causaría impactos de hasta 98 decibeles —cuando el límite tolerable es 74 decibles— en una zona de alta sensibilidad acústica y habitacional. Pero no se trata solo de incomodidad, sino de una alteración directa sobre la fauna, los ciclos naturales y la experiencia misma del lugar.

Según Peña, la Unesco no avala la destrucción de los territorios que pretende certificar. Entonces, permitir que se dinamite una zona tan cercana a la cueva Amarilla y a los geositios turísticos pondría en riesgo inminente la declaración, dice. “Es elegir el modelo de país que queremos: o el desarrollo industrial ciego o el turismo de conservación que nos dará futuro por décadas”, concluye la legisladora. La decisión final le corresponde al Ministerio de Ambiente.

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