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Los que se van y los que se quedan

Diseccionando escenas de despedidas del cine entendí que en general, cuando el adiós es definitivo, falta in-yun o sobra responsabilidad; te lo cuento en detalle en esta edición de Películas para la vida

Editora de Galería

Todas las despedidas se parecen. Tomemos la despedida como la separación en el espacio (cuando no también del espíritu) de dos (o más) cuerpos que solían ir juntos. Esta separación puede ser temporal o definitiva, la más triste de las dos clases. A veces la temporal puede volverse definitiva y la definitiva, temporal, porque a los seres humanos nos gusta eso de ir cambiando de idea. Aunque varíen las circunstancias, hay ingredientes que debe tener una despedida. Debe tener a alguien más convencido de irse o quedarse que el otro; debe tener inhalaciones profundas, que pueden ser un intento de aspirar y conservar ese último oxígeno compartido, o de calmar la angustia; debe tener ojos bien abiertos, que miran fijo para no cerrarse de una vez y llorar; debe tener frases hermosas o hirientes. Los abrazos, los besos, los ademanes tristes o entusiastas con la mano para decir adiós son optativos. A veces, las despedidas no tienen nada esto.

“Un aire de tristeza la rondaba, lo sé bien (…); pero no me fue posible discernir, al buscarla con la vista desde la ventanilla del micro (…), si al levantar suavemente la mano, como la levantó, se apenó porque me iba (…) y ensayó el gesto de que me quedara, o se apenó al descubrir que prefería en verdad que me fuera, que me fuera de una buena vez incluso, y se apuraba a despedirme desde ahí, aunque el micro seguía quieto y yo apenas acababa de subir, como si faltando la despedida la partida pudiese llegar a suspenderse, como si dependiese de la despedida para que efectivamente ocurriera”. Así describe el argentino Martín Kohan la escena de despedida con la que empieza su novela La separación (esta vez me tomé la libertad de empezar esta newsletter con un libro y no con una película). Y sí, no todos los participantes de una despedida la viven/la sufren igual.

Las escenas de despedida que nos tocan vivir en la vida no se borran nunca. Las mías, al menos, se conservan con una nitidez que ojalá tuvieran otro tipo de recuerdos.

Soy Patricia Mántaras, periodista y editora de Galería. Espero que esta nueva entrega de Películas para la vida te encuentre bien, sin despedidas en el frente, o afrontándolas a tu manera (si es el caso, acá te dejo una canción de rescate, y otra más, por si las necesitás). Como siempre, me podés escribir con comentarios o sugerencias a [email protected]. Estaré encantada de leerte y responderte.

La-la-land
La la land.

La la land.

Despedidas para no olvidar

En Alicia a través del espejo, la Reina Blanca le dice a Alicia: “A veces llegaba a creer hasta seis cosas imposibles antes del desayuno”. Seguro que a esta altura ya tenés en mente más de seis películas con escenas de despedida memorables. Yo también y, para variar, las voy a ir numerando. Aviso desde ya que, para llegar a analizar la despedida, tengo que pasar por el spoiler.

1. Los puentes de Madison (está en HBO Max). Es la primera película que se me viene a la mente cuando pienso en despedidas. Hay una escena en particular que es la que todos recordamos. Es cuando ella, Francesca (Meryl Streep), después de enamorarse loca y profundamente de Robert Kincaid (Clint Eastwood), un fotógrafo de National Geographic que estaba de paso —fotografiando, justamente, los puentes del condado de Madison—, decide, muy a su pesar, quedarse con su marido y sus dos hijos en lugar de irse con él. Llueve mucho, como llueve en muchas despedidas, y Francesca está detenida en un semáforo en la camioneta con su marido. Delante está la de Robert, que evidentemente espera, ya con la última esperanza, que Francesca se vaya con él. La luz cambia a verde y Robert no avanza, espera, en unos segundos que parecen horas. “Somos las decisiones que tomamos, Robert”, le había dicho ella la noche anterior, la última vez que se verán, hablarán y se tocarán. Francesca se aferra a la manija de la puerta del auto y está a punto de abrirla, pero el sentido del deber puede más. “Este tipo de certezas solo se tiene una vez en la vida”, le había dicho él. Y ella lo sabe. Pero, aun así, no puede hacer otra cosa.

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2. La la land(está en Prime Video). A veces, hay un millón de pequeñas despedidas antes de que dos personas se terminen diciendo adiós. Es un poco lo que les pasa a Mia (Emma Stone) y Sebastian (Ryan Gosling). Los separan los sueños individuales. Se dicen adiós para seguir sus carreras, apostando al único éxito que se entiende como éxito, el profesional: ella por fin tiene la oportunidad de ser una actriz de renombre; él triunfa como pianista de jazz. Se despiden cuando todavía queda amor, cuando las diferencias no los arrasaron aún. “¿Dónde estamos?”, le pregunta ella. Habla, obviamente, en sentido figurado. “No lo sé”, responde él. En una película que se llama La la land (estar en la la land es estar soñando despierto), no pueden hacer otra cosa más que seguir sus sueños. La última escena tiene lugar cinco años después. Ella es una actriz consolidada, está casada y tiene un hijo; él finalmente puso su club de jazz. Coinciden ahí, una noche. Él la reconoce entre el público. Se miran y esbozan una sonrisa que parece decir: tal vez en otra vida.

3. Vidas pasadas (de la directora coreana Celine Song; estuvo nominada al Oscar y está en Netflix). Na Young (Greta Lee), que luego será Nora en su vida occidental, y Hae Sung (Teo Yoo) viven en Seúl y son amigos. Aunque aún son niños, algo en sus interacciones —en un sentido muy asiático— parece pronosticar una conexión amorosa. Cuando la madre de Hae Sung se entera de que la familia de Na Young emigrará a Canadá, le pregunta a la madre de la niña por qué dejarían una buena vida en Corea: “Si dejas algo atrás, también ganas algo”, le responde la mujer. Na Young y Hae Sung se despiden por primera vez a los 12 años con un torpe adiós. Doce años después, se vuelven a poner en contacto a través de Facebook y retoman el vínculo a distancia: todavía los separan 13 husos horarios. Él le dice que la ha extrañado, y es evidente que hay un desequilibrio en el cariño que sienten; si alguien saldrá lastimado, sabemos que será él. La segunda despedida es virtual: no hay planes de verse a corto plazo y ella quiere vivir el presente. Para cuando vuelven a verse ella vive en Nueva York y ya está casada con un estadounidense al que conquistó hablándole del concepto de in-yun. Ahí nos enteramos de que, en Corea, así se le llama a la providencia o el destino. Hae Sung sigue queriéndola igual que a los 12, y le declara su amor en coreano frente al marido (un hombre de una sensibilidad y una capacidad de comprensión a otro nivel), pero ahí mismo queda claro que les tocará vivir una tercera despedida. En esta vida, al menos, no los une el in-yun.

Vidas pasadas
Vidas pasadas.

Vidas pasadas.

4. Antes del amanecer. Una de las despedidas más tiernas y prometedoras del cine. No está en plataformas, pero seguramente la viste. Después de conocerse de casualidad en un tren, Jesse (Ethan Hawke), un chico estadounidense, y Céline (Julie Delpy), una joven francesa, bajan en Viena y deciden recorrerla juntos. Solo comparten una noche, pero alcanza para sembrar una historia de amor que será continuada en dos películas más. Cuando sale el sol llega el momento del adiós, cada uno debe seguir viaje. Hay respiración agitada, varios besos apasionados y manos impacientes por todos lados en ese andén en el que él termina proponiendo volver a verse exactamente seis meses después, en el mismo lugar, a la misma hora. “¿No nos vamos a escribir o llamar?”, pregunta ella. Él responde que no, que es deprimente. El desenlace se conoce en la segunda entrega de la trilogía de Richard Linklater, Antes del atardecer (en HBO Max hasta el 31 de mayo).

5. Amantes (está en Prime Video) es una película que me sigue erizando la piel y me conmueve cada vez que la veo. Estuvo nominada a la Palma de Oro en Cannes y Joaquin Phoenix está imponente, como siempre. Interpreta a Leonard, un treintañero judío algo inestable que vive con sus padres. Todavía recoge los pedazos de una dolorosa ruptura con quien fue su prometida cuando conoce a Sandra (Vinessa Shaw) a instancias de su padre, interesado en hacer negocios con su futuro consuegro. Ella es preciosa, cariñosa, inteligente, tal vez demasiado buena para él, que queda prendado cuando conoce accidentalmente a una nueva vecina, Michelle (Gwyneth Paltrow). Sandra lo quiere cuidar. Le regala guantes para que no pase frío y también se lo dice con todas las letras: “Te voy a cuidar”. Mientras tanto, él le dice lo mismo a Michelle , que cada vez que lo llama es porque algo le pasó con su novio —un hombre casado— y necesita un hombro para llorar. Él espera su turno, paciente, mientras Sandra lo espera a él. Todos queremos reparar a alguien, pero o no somos capaces o la gente no quiere ser reparada.

Hay más de una escena de despedida en esta película, incluida una entre Leonard y su madre, interpretada por Isabella Rossellini. Pero la más tremenda es entre Leonard y Michelle. Iban a huir juntos, y ella le cancela en el último momento; su novio, finalmente, la eligió a ella. Hay algo salvaje en esta escena —en la que no se dicen mucho— solo en el contraste de la felicidad contenida de ella, y la expresión de que la vida se le cae encima de él.

Amantes 1
Amantes.

Amantes.

Amantes 2

6. La chica del adiós (la podés ver acá). Esta película de 1977 tiene guion del crack de Neil Simon y, aunque puede que suene como una persona de otra época (cosa que soy), voy a decir que es difícil encontrar hoy comedias con esta agilidad de diálogos, este humor inteligente. Aunque en el fondo subyace un drama —la vulnerabilidad de una madre sola—, Paula (Marsha Mason) enfrenta la partida inesperada de su novio con toda la garra a la que está acostumbrada. Es así: un día vuelve a casa con su hija (una nena adorable y brillante, solo ella vale la película) de 10 años, después de surtirse ambas de ropa de liquidación para mudarse a California, y este señor, Tony, el actor que era el motivo del traslado, no está. No hay rastros de él en el departamento, solo dejó una carta en la que explica que le surgió un trabajo en Italia, y se va. No solo eso, también subarrendó el departamento en el que vivían juntos en Nueva York, o sea que dejó a Paula y Lucy, también, sin techo. Afortunadamente, el inquilino —que llega esa misma noche bajo una lluvia torrencial— es Elliot (Richard Dreyfuss), y le propone compartir el departamento y los gastos. Es actor, lo que le insume a Paula el doble de esfuerzo poder confiar en él, y sus buenas y desinteresadas acciones la desconciertan: “No estoy acostumbrada a la amabilidad de extraños”, le dice ella. De odiarse los primeros días pasan a simpatizarse y a enamorarse.

Y claro, al final llega la prueba de fuego: a él lo invitan a hacer una película en Seattle. A Paula, la chica del adiós que da nombre a la película, se le encienden todas las alarmas. “Odio a esos tipos que se fueron de acá”, le dice Elliot sin dejar de armar la valija, mientras ella llora. “Los odio. Yo soy el único que vuelve, y me llevo toda la culpa”. Después le demostrará que es cierto, que él es distinto: no es de los que se van.

La chica del adiós
La chica del adiós.

La chica del adiós.

A veces las despedidas, por mucho que duelan, ponen todo en su lugar; a las personas, donde debían estar. Si esto no aplica, si te parece absurdo, solo tengo una cosa más para decir. Al final, siempre tendremos París.

Antes de despedirme (temporalmente), les dejo una lecturas para este domingo. Recomiendo especialmente la entrevista de María Inés Fiordelmondo al coreógrafo de Michael Jackson y Madonna, un personaje de perfil bajo interesantísmo y lleno de anécdotas; y la columna de Santiago Perroni que analiza con humor el uso de la inteligencia artificial en el trabajo en tiempos de hiperproductividad: la culpa versus la necesidad.

Nos reencontramos el próximo mes. ¡Linda tarde!