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Lollapalooza: el fin de semana en el que Buenos Aires se vuelve la capital musical del Río de la Plata
En marzo, cada vez más uruguayos viajan al famoso festival porteño; no solo para ver a sus artistas favoritos, sino para descubrir qué música se está escuchando hoy
El barco de Buquebus que salió de Buenos Aires rumbo a Montevideo el lunes por la tarde parecía una extensión tardía del festival. Entre mochilas y buzos, se repetía un mismo detalle, las pulseras de colores todavía ajustadas a las muñecas. Algunas brillaban como trofeos discretos de un fin de semana intenso.
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Había caras de sueño, ojeras de cansancio y cuerpos que parecían pedir una siesta larga. Pero también había algo más, grupos que repasaban canciones, jóvenes que tarareaban estribillos y otros que miraban videos en el celular para revivir algún momento del show.
En la fila de embarque, una azafata comentaba casi con naturalidad lo que era evidente para cualquiera que mirara alrededor. “El de ahora está lleno, pero el de la mañana venía igual. Y el de ayer domingo también”, le dijo a una compañera mientras revisaba los pasajes.
Desde la producción del festival confirmaron a Galería lo que ese barco dejaba ver con claridad. Este año hubo una fuerte presencia de público uruguayo. No es una sorpresa. Desde hace varios años, miles de jóvenes van a Buenos Aires cada marzo para vivir tres días que funcionan como una especie de oasis musical.
Lollapalooza-Argentina-26
Lollapalooza
Ir a Buenos Aires para escuchar lo que suena hoy
Para muchos uruguayos, el Lollapalooza se volvió algo más que un festival. Es una forma de ver de cerca qué música se está escuchando hoy.
Mientras en Montevideo la agenda de conciertos suele repetirse con nombres conocidos y giras más conservadoras, el predio del Hipódromo de San Isidro funciona durante tres días como un gigantesco mapa del sonido contemporáneo. Pop masivo, hiphop experimental, electrónica a todo volumen, rock alternativo, hardcore, indie, K-pop. Todo convive en simultáneo.
El Lolla es, en ese sentido, un verdadero supermercado musical. Uno puede ir a ver a su artista favorito o terminar descubriendo 10 que no tenía en el radar. Eso fue, justamente, lo que pasó este año. Porque más allá de los grandes nombres (Sabrina Carpenter, Tyler, The Creator, Chappell Roan, Skrillex, Deftones, Lorde, Peggy Gou o Lewis Capaldi), el festival volvió a cumplir una de sus funciones más interesantes, la de presentar artistas nuevos a un público que quizá llegó por otra cosa.
— Lollapalooza Argentina (@lollapaloozaar) March 15, 2026
El arte de programar un festival
Nada de eso es casual. Detrás del Lollapalooza hay un trabajo de curaduría muy afinado. Los escenarios están programados para que, en cualquier momento del día, siempre haya algo interesante sucediendo en algún punto del predio. Si no te gusta lo que está sonando en un escenario, caminás 10 minutos y encontrás otra cosa.
Esa lógica de exploración permanente es parte del ADN del festival desde sus orígenes. Cuando el músico Perry Farrell lo creó en 1991 como una gira de despedida para su banda Jane’s Addiction, el objetivo era justamente mezclar escenas, estilos y públicos distintos. Tres décadas después, el festival ya es mucho más que música. Entre puestos de comida, arte urbano y espacios de marcas, la experiencia va más allá de los escenarios. La edición argentina, que este año superó los 300.000 asistentes en tres días, es una de las más grandes del mundo.
El festival también cambia
Como casi todo en la industria musical, el festival también se transformó con los años. Si en sus primeras ediciones latinoamericanas (Argentina, Chile y Brasil) el Lollapalooza tenía un perfil más rockero, hoy el centro de gravedad se desplazó hacia el pop global. Es un reflejo bastante claro de lo que ocurre en el mercado.
Las guitarras siguen ahí, como lo demostraron este año bandas como Turnstile, Interpol, Viagra Boys o Deftones, pero el negocio de la música hoy se mueve, sobre todo, con el pop masivo y los artistas que dominan las plataformas de streaming.
Un ejemplo claro fue Sabrina Carpenter. La exestrella de Disney reunió una multitud gigantesca con una batería de éxitos que suenan millones de veces por día en Spotify.
Pero el festival es suficientemente grande como para que convivan públicos distintos. Mientras miles de adolescentes cantaban cada palabra de Espresso, a pocos metros otro escenario vibraba con el rock porteño de los Ratones Paranoicos acompañados de Ca7riel & Paco Amoroso.
Juanse-Ca7riel
Juanse con Ca7riel durante el show de los Ratones Paranoicos.
Lollapalooza
Descubrir música nueva
Para cualquiera que ande por el predio, esa mezcla tiene un efecto inesperado. Obliga a descubrir. Uno llega con una lista mental de artistas que quiere ver. Pero en algún momento del día termina escuchando algo nuevo. Así apareció el dúo australiano Royel Otis, con guitarras suaves y un indie pop pegadizo que se sintió perfecto para una tarde de festival.
O DJO, el proyecto musical del actor Joe Keery, conocido por la serie Stranger Things, que mezcla psicodelia y sintetizadores retro con un sonido indie. Cuando sonó su éxito viral End of Beginning, buena parte del público empezó a cantar, aunque muchos no supieran exactamente quién estaba sobre el escenario.
Más tarde, la potencia de Turnstile generó uno de los pogos más intensos del festival. Durante una hora, guitarras furiosas y baterías demoledoras se mezclaron con saltos y empujones que parecían una coreografía caótica.
Así funciona el festival. El día se arma caminando.
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Chappell Roan durante su show en Buenos Aires.
Lollapalooza
El fenómeno Chappell Roan
Entre los nombres que más crecieron en el último año apareció Chappell Roan. Hace apenas dos temporadas era una artista emergente. Hoy es una de las voces más influyentes del nuevo pop internacional. Su show fue uno de los más esperados del fin de semana. Mucho antes de empezar, el público ya estaba concentrado frente al escenario con maquillaje drag, sombreros rosas y banderas LGBTQ+.
La escenografía parecía sacada de un cuento fantástico. Un castillo gótico en ruinas con pasarelas y cabezas de dragón. Roan apareció vestida como una princesa oscura y desplegó un espectáculo teatral que combinó baile, performance y pop explosivo. Cuando llegó HOT TO GO!, el campo entero saltaba y cantaba como si fuera un himno generacional.
Lorde-Lollapalooza
Lorde durante su show en el Lollapalooza Argentina 2026
Lollapalooza
La vuelta de Lorde
El viernes también marcó el regreso de Lorde a la Argentina. Su show estuvo centrado más en las canciones que en el espectáculo en sí. Sin grandes efectos visuales, la artista sostuvo casi todo el concierto con su presencia escénica y un repertorio que mezcló canciones nuevas de su disco Virgin con clásicos como Royals o Green light.
Hubo un momento curioso hacia el final. Cuando terminó el show, Carolina, una fanática argentina que había viajado desde Rosario, miró a sus amigas con una mezcla de risa y enojo.
—¡No cantó Solar Power! —les gritó mientras se abrían paso entre la multitud. Pequeñas frustraciones que también forman parte de cualquier festival.
Entre escenario y escenario, una pregunta se repetía en algunos uruguayos con los que habló Galería. “¿Por qué estos shows no pasan por Montevideo?”. La respuesta no es simple, pero tiene varios factores. Uruguay sigue siendo considerado un mercado secundario dentro de las giras internacionales. El tamaño del público es más pequeño y los costos son relativamente altos.
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Cierre del Lollapalooza Argentina 2026.
Lollapalooza
Para que un espectáculo internacional alcance su punto de equilibrio, las productoras locales suelen necesitar vender cerca del 80% del aforo. A eso se suma una carga impositiva significativa: derechos de autor, impuestos municipales, fondos culturales y tributos nacionales que en conjunto pueden representar casi la mitad de la recaudación.
Todo eso vuelve más difícil competir con plazas cercanas como Buenos Aires o San Pablo, donde los mercados son mucho más grandes.
Mientras tanto, cada vez más jóvenes uruguayos eligen ir al Lollapalooza. Y volver con más música de la que fueron a buscar.