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Soda Stereo paga su deuda con Montevideo, aunque sea con apoyo de la tecnología
La gira Ecos mezcla a Gustavo Cerati en versión digital con Zeta Bosio y Charly Alberti en vivo; un recorrido de hits, sin improvisación, donde el público acepta el juego y las canciones sostienen todo
La noche arranca rara. No por el clima ni por la previa. Se nota algo distinto. Las luces se apagan y lo primero que suena es esa guitarra repetitiva de la canción Ecos. Un loop casi hipnótico. Ahí todavía manda la cabeza. Uno piensa en todo lo que leyó, vio en redes sociales, en la pregunta obvia que sobrevuela el show. ¿Hacía falta? La duda dura poco.
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Con las luces bajas aparecen tres figuras. Se ven piernas, apenas siluetas. Caminan, se acomodan. Y ahí se rompe la idea de lo que venías a ver. Es otra cosa. Una especie de pacto silencioso que nadie firmó, pero que todos aceptan. Eso que sigue no es un recital de rock de los de siempre. Tampoco es fácil decir qué es.
Es Soda Stereo en 2026. Gustavo Cerati murió hace más de una década y, sin embargo, habla, canta y ocupa el centro del escenario. Es la gira Ecos. Un show armado sobre grabaciones reales de la banda, con Cerati reconstruido en versión digital, mientras Zeta Bosio y Charly Alberti tocan en vivo. No hay improvisación. Todo está medido al detalle.
El Antel Arena está lleno. Remeras de Soda por todos lados. Padres con hijos. Gente que los bailó mezclada con jóvenes que nunca los vieron en vivo. Todos mirando mucho más la pantalla que el escenario. Teléfonos en alto desde el primer tema.
De arranque, el sonido pega fuerte. Mérito de Adrián Taverna, histórico sonidista de la banda y encargado de armar la base sonora del show. Todo suena potente, limpio… por momentos, demasiado perfecto. Porque ese es uno de los puntos. Todo lo de Cerati está grabado. Todo está medido. No hay margen para el error ni para la sorpresa. Y eso le quita un poco de vida.
Pero las canciones siguen funcionando. Juego de seducción aparece enseguida. Después Nada personal. Y ahí aparece por primera vez Cerati. No como un video más ni como archivo viejo. Es otra cosa. Un cuerpo reconstruido, con movimientos, con guitarra, que parece real.
Soda-stereo.jpg
@eselfoca
La reacción es inmediata. Gritos, teléfonos, sorpresa. Y también algo más incómodo. Porque el cerebro tarda unos segundos en procesar lo que ve. Y cuando lo hace, ya es tarde. Compró.
Cerati saluda. Dice “hola, preciosuras”. Frases sacadas de shows viejos, ensambladas al detalle. Zeta y Charly casi no hablan en toda la noche. Solo tocan. Acompañan. En un momento, Cerati los saluda y Zeta responde: “Hola, Gus”. Es la excepción. El que lleva la voz es él.
El show avanza como una máquina bien aceitada. Un hit atrás de otro Hombre al agua, En la ciudad de la furia, Persiana americana. No hay respiro. Tampoco hay desvíos. Todo sigue un guion claro.
En algunos momentos, el truco se diluye. Mirás fijo y parece real. No hay distancia. No hay pantalla. Hay tres tipos tocando. Después cae la ficha. Y ahí está el juego psicológico más fuerte del espectáculo. No se trata de creer o no. Se trata de aceptar el juego.
Soda-Stereo-2026
@eselfoca
Hay dos momentos con animación. En Cuando pase el temblor, Alberti y Bosio se retiran y entran visuales en 3D con estética del videoclip original. En Zoom, las animaciones pasan a ser protagonistas.
Hay momentos originales cuando bajan los efectos. Un misil en mi placard en versión más unplugged. También hay rarezas como Luna roja y Toma la ruta. No todo es grandes éxitos.
Pero el corazón del show está en otra parte. En esa mezcla extraña entre lo vivo y lo reconstruido. Cerati cambia de guitarra. Usa pedales para los efectos. Se mueve con naturalidad. Todo perfectamente sincronizado.
El tramo final levanta otra vez. Zeta y Charly bajan del escenario y se meten entre la gente, en dos tarimas en el campo. Cercanía real, sin pantalla de por medio. Arranca De música ligera. En la pantalla, imágenes de Cerati de distintas épocas cantando el clásico. Archivo puro. Sin reconstrucción. Sin avatar.
La gente canta todo. No hace falta tecnología. Es el momento más fuerte de la noche.
El show dura una hora cuarenta. Sale redondo. Sin errores visibles. No es un recital de rock en el sentido clásico. Tampoco es solo un experimento tecnológico. Es una experiencia. Una donde la nostalgia está digitalizada, y donde el público acepta, casi sin discutir, un engaño consciente.
Al la salida, la pregunta queda flotando. No tanto si esto está bien o mal. Sino qué viene después. Si esto es el futuro de los conciertos o un caso puntual difícil de repetir. Si otras bandas van a seguir este camino. Si la tecnología va a empujar cada vez más fuerte sobre qué significa ver a alguien en vivo.
Por ahora, lo que queda es más simple. Uruguay, al fin, tuvo su Soda Stereo. Aunque haya sido así.
Las fotos que acompañan esta nota son oficiales. Son las mismas para todos los medios. No hubo acceso para fotógrafos de prensa. Un recital también se cuenta desde distintos ojos, no solo desde lo que muestra la producción. Cuando todo sale de un solo lugar, parte de lo que pasa queda afuera.