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Ca7riel y Paco Amoroso durante su show en el Lollapalooza Argentina
Un día en el festival

Lollapalooza: los dos ritmos de un festival

Más de 12 horas ininterrumpidas de música, desde el mediodía hasta la madrugada; Galería cruzó el río para experimentar una jornada completa en esta celebración cultural que ya es un clásico en Argentina

Ca7riel y Paco Amoroso durante su show en el Lollapalooza Argentina

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Hubo un tiempo en que los festivales de música eran más que un simple espectáculo. Eran espacios de resistencia, de protesta y de unión. Eventos como Woodstock en 1969 o el Festival de la isla de Wight en 1970 no solo congregaban a miles de personas para escuchar a sus artistas favoritos, sino que también servían como plataformas para expresar descontento social, reivindicar derechos y promover cambios. La música era el vehículo, pero el mensaje era claro: libertad, paz y amor. Aquellos festivales eran un reflejo de una generación que buscaba transformar el mundo a través de la cultura.

Hoy, décadas después, los festivales de música como el Lollapalooza han tomado una forma distinta. Siguen siendo espacios de conexión, pero ahora están más enfocados en la experiencia global: una mezcla de entretenimiento, moda, marcas y, por supuesto, música. La esencia reivindicativa de antaño ha dado paso a una celebración masiva de la diversidad artística y cultural. Sin embargo, no por ello han perdido su poder transformador.

En un mundo acelerado, estos eventos se han convertido en refugios temporales en los que las personas pueden desconectar de la rutina y reconectar con lo que les apasiona.

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El Lollapalooza festejó en 2025 sus 10 años en Argentina

El Lollapalooza festejó en 2025 sus 10 años en Argentina

De los fanáticos a los aventureros

Los festivales de música modernos, y el Lollapalooza­ no escapa a eso, se viven de dos formas radicalmente distintas, casi como si fueran mundos separados. Por un lado está el espectador de headliners, el que lo tiene todo calculado al milímetro: lleva semanas estudiando los horarios, sabe exactamente cuándo y dónde estar para no perderse ni un segundo de sus artistas favoritos. Son los primeros en llegar al escenario, los que aguantan horas bajo el sol con tal de estar en la barrera cuando suene ese hit que todos esperan. Y cuando finalmente llega el momento, y suenan los primeros acordes, la multitud estalla y ahí están ellos, coreando cada letra como si fuera el himno de su vida, sudando la camiseta pero con una sonrisa de oreja a oreja. No importa el cansancio, vale cada minuto de espera.

Pero existe otra forma, más aventurera y quizás más auténtica: la del explorador sonoro. Este no viene por los carteles grandes, sino por lo que pueda encontrar. Se deja llevar por el ritmo que sale de un escenario secundario, sigue el sonido de una batería distante o se pierde deliberadamente entre las multitudes. Aquí el valor está en el descubrimiento­. Lollapalooza­, con su ADN alternativo heredado de Perry Farrell (creador del festival en 1991) y su banda de rock Jane’s Addiction, domina el arte de equilibrar ambos mundos. No es tan underground como para asustar al mainstream ni tan comercial como para perder su esencia rebelde. Su magia está en la mezcla perfecta: junta a estrellas del pop como Tate McRae con monstruos del metal como Sepultura; o lleva del metal progresivo de Tool directo a la cumbia de La K’onga en cuestión de metros. Así logra lo imposible: que padres e hijos, viejos rockeros y chicos del trap terminen compartiendo no solo el mismo predio, sino a veces hasta la misma bebida y el mismo espacio frente al escenario.

Esta es la verdadera magia de este festival: no radica únicamente en los artistas anunciados, sino en lo que se termina encontrando.

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Fans, fans y más fans...

Fans, fans y más fans...

Para toda la familia

Lollapalooza está diseñado para crear este tipo de contrastes. En su versión argentina, esa dinámica adquiere una particularidad distintiva, difícil de replicar en otras sedes. La convivencia entre géneros, generaciones y formas de vivir el festival refleja una identidad propia. Es un festival para toda la familia y se ve al caminar por el lugar. Muchos padres con hijos.

Y ese espíritu inclusivo se refleja hasta en el diseño del lugar. El Hipódromo de San Isidro se transforma durante tres días en un universo paralelo, pero uno donde nada queda demasiado lejos. A diferencia de festivales europeos como Glastonbury —en el que caminar entre escenarios puede tomar 40 minutos—, el Lolla­ argentino lo tiene todo a mano. Sus cinco escenarios estratégicos (Perry’s, Alternative, Samsung, Flow y el Kidzapalooza) permiten pasar del rock al pop en minutos, y disfrutar los shows como cada uno prefiera: de pie en el mosh pit (donde la gente hace pogo y salta al ritmo de la música), sentado en el pasto o incluso acostado mirando las nubes.

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Madre e hijo hacían fila para el baño cuando Clara soltó: “Hoy te toca conocer buena música de verdad: ¡Alanis Morissette!”. Su hijo adolescente hizo cara de resignado, pero aguantó. “Él me mostró lo que le gusta, DobleP, y yo le devuelvo el favor con lo que escuchaba a su edad”, le contó a Galería, mientras se acomodaba su remera vintage de la artista canadiense.

Lo que siguió fue una clase magistral de consistencia artística. Alanis Morissette demostró que su voz conserva la potencia y el carácter de sus años más exitosos. Con su icónica melena ondeando al ritmo de los viejos clásicos, transportó al público a los años noventa sin necesidad de trucos ni nostalgia forzada. Cada canción sonó como una cápsula del tiempo perfectamente preservada.

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Cuando el último acorde se apagó en el escenario, comenzó uno de los espectáculos no programados más curiosos del festival. Una ola humana se puso en movimiento como un solo organismo, corriendo con determinación hacia el otro escenario principal. Es el “cambio de bandos”, un ritual que se repite una y otra vez durante los tres días de Lollapalooza.

Los más veteranos tienen su técnica: avanzan en diagonal, esquivando grupos que caminan distraídos y evitando a los que descansan sentados en el pasto. Los novatos corren en línea recta, chocando contra corrientes opuestas de gente que viene del otro escenario. Algunos llevan mochilas que se convierten en obstáculos móviles, otros aprovechan para terminar sus bebidas al ritmo de la carrera. “¡Apurate que empieza Justin!”, “por acá, que hay menos gente”, “¿dónde está Juan? ¡Se nos perdió en la estampida!”.

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Justin Timberlake cerró la primera jornada del festival.

Justin Timberlake cerró la primera jornada del festival.

Los productores del festival conocen bien este baile masivo. Los horarios están cuidadosamente calculados con pocos minutos de diferencia entre escenarios, tiempo suficiente para el traspaso, pero no tanto como para perder tensión. Mientras los roadies desmontan equipos en un escenario, en el opuesto ya están preparando los primeros instrumentos del siguiente show.

Montar Lollapalooza es un ejercicio de sincronización global. El proceso arranca en setiembre con el anuncio del cartel, seguido meses después por la publicación de horarios. Pero el verdadero desafío comienza cuando los artistas inician su periplo sudamericano: deben saltar entre Chile, Argentina y Brasil (este último con diferencia de una semana) con la precisión de un reloj suizo. Toneladas de equipamiento —desde baterías hasta sistemas de iluminación inteligente— cruzan la cordillera en aviones fletados, en un movimiento coreografiado que no admite fallas. Un retraso en Santiago puede desbaratar toda la programación en Buenos Aires, y viceversa, convirtiendo cada traslado en una pieza esencial de este mecanismo perfectamente engrasado. La producción funciona como una sinfonía en la que cada instrumento debe entrar exactamente a tiempo.

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El público, ese otro espectáculo

Mientras los artistas actúan, el público despliega un abanico de estilos: desde clásicas camisetas de bandas hasta looks con brillos y colores vibrantes. Conviven lo retro y lo moderno sin reglas establecidas. Predominan las camisas western, botas con plataforma y polleras de todos los estilos. Lo que en otra parte parecería extravagante aquí se integra naturalmente al paisaje del festival. Cada asistente elige su vestuario como expresión personal.

Más que seguir tendencias, prima la autenticidad y la ganas de decir con lo puesto. La ropa se convierte así en otra forma de vivir la experiencia musical, creando un mosaico humano tan diverso como la propia programación artística.

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Rock&Recycle. Aunque parezca difícil de creer, una de las cosas que más llama la atención del Lollapalooza es la limpieza, a pesar de las miles de personas que asisten a las decenas de conciertos. Mientras en otros eventos es común ver basura acumulándose, aquí los residuos desaparecen casi mágicamente gracias a un sistema bien organizado de reciclaje y limpieza constante.

Hay contenedores de colores por todos lados: azules para plásticos, verdes para vidrios, y hasta equipos que ayudaban a separar los desechos. Esta edición demostró que un festival masivo no tiene que ser un desastre ambiental, y buena parte de esto también recae en las marcas. Por ejemplo, Coca-Cola posicionó a su plataforma Coke Studio como un referente de experiencias musicales y sostenibilidad. “En Lollapalooza buscamos que cada asistente viva experiencias memorables con la música como protagonista”, explicó a Galería­ Gabriela Carracedo, directora senior de Marketing­ para Argentina y Uruguay. La marca colaboró con la organización en programas de recolección selectiva y promoción del reciclaje entre los asistentes.

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El lento regreso a la realidad

Con los sonidos de la primera jornada —de los tres que duraría el festival— aún resonando, comenzó la silenciosa despedida del festival. Miles de asistentes emprendieron el camino de regreso bajo las luces de la madrugada porteña. Mientras algunos optaron por autos particulares o combis privadas, la mayoría se dirigió a las estaciones de tren y paradas de colectivo, donde el transporte público extendió su horario hasta las 3 de la madrugada para acomodar a la multitud.

La fila para abordar el tren Mitre se extendía desde las puertas del hipódromo hasta la estación San Isidro, un recorrido de casi quinientos metros donde grupos de amigos repasaban los momentos cumbres del día entre bostezos. Dentro de los vagones, el cansancio físico contrastaba con la energía acumulada: algunos dormitaban apoyados contra las ventanas, otros seguían tarareando las últimas canciones.

Para muchos, el viaje de regreso a Retiro o Belgrano marcó la transición gradual entre el mundo efímero del festival y la rutina cotidiana. Algunos guardaban sus pulseras de acceso como trofeos, ya pensando en la próxima edición. Otros, conscientes de que sería su última experiencia Lollapalooza por un tiempo, intentaban prolongar la magia revisando fotos y videos en sus celulares. La ciudad recibió a esta marea humana con sus luces habituales, como si nada hubiera cambiado, mientras los últimos acordes del festival seguían vibrando en la memoria de quienes lo vivieron.

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