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Luz azul: el “enemigo silencioso” detrás del envejecimiento digital
Esta radiación de alta energía es imperceptible para el ojo humano pero forma parte, más que nunca, de la vida cotidiana; existen varias formas de reducir su impacto en el sueño y la piel
Bastan unos minutos de exposición al sol para que sus efectos se hagan sentir. La piel se calienta, el cuerpo se relaja, los ojos se encandilan. Sus consecuencias y daños son bien conocidos: nadie con un mínimo de prudencia e información se expondrá a deshoras o sin bloqueador de rayos UVA y UVB.
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Pero los dermatólogos advierten cada vez más acerca de otro tipo de radiación dañina y silenciosa, de la que muy pocos se protegen, y que lejos de provenir de los ratos al aire libre, impacta en la piel aunque permanezcan las 24 horas entre cuatro paredes y sin exponerse al sol: la luz azul, presente en el sol pero también en múltiples fuentes de iluminación artificial.
Esta radiación de alta energía es imperceptible para el ojo humano pero forma parte, más que nunca, de la vida cotidiana. La emiten pantallas de celulares, computadoras, televisores y tablets pero también las luces Led (sobre todo, cuando son frías y blancas).
La investigación acerca de los daños producidos por la luz azul aumenta a medida que empiezan a visibilizarse sus efectos: la exposición prolongada a pantallas se manifiesta en forma de alteraciones cutáneas como manchas, pérdida de luminosidad, laxitud de los tejidos, arrugas prematuras, ojos irritados y otros signos de fatiga que se engloban bajo lo que los especialistas denominan como envejecimiento digital, asociado al estilo de vida tecnológico actual.
La médica especializada en medicina estética Florencia Duarte se refiere a esta radiación como un “enemigo más silencioso”: “Esta luz es hasta un poco más peligrosa en el sentido de que no nos da mucha alerta para salir de la exposición. Por eso siento que es un enemigo más silencioso, y del que hay que ser más consciente”, advierte.
Una clara señal de que es hora de retirarse de la pantalla suele ser el cansancio ocular; sin embargo, en general se llega a este punto mucho tiempo después de producido el daño en la piel. Se estima que exponerse 66 minutos a la luz azul basta para aumentar el estrés oxidativo y dañar células, según una publicación académica de la revista científica Life.
El estrés oxidativo, explica Duarte, es un estado en el que las células “chocan entre sí” como si fueran “pequeñas bombas”. Ese choque forma radicales libres, unas moléculas que al acumularse en exceso pueden dañar las células. “Imaginate que hay gente que trabaja ocho horas frente a la computadora, y es raro que te pongas filtro para trabajar. Por eso está bueno generar consciencia de esta otra luz que también es acumulativa y también penetra en la piel”, agrega.
Luz azul y pantallas
Las nuevas generaciones son las primeras en experimentar este envejecimiento ocasionado por la vida digital.
En línea con lo que dicen los estudios, la especialista explica que esta radiación, debido a su longitud de onda —más corta y de mayor energía— tiene una capacidad de penetración en la piel incluso mayor que los rayos UVA y UVB, y activa mecanismos similares a los del daño solar: se activa el proceso inflamatorio, la aparición de radicales libres y metaloproteasas, unas enzimas que rompen el colágeno y la elastina más rápido de lo que la piel es capaz de repararlos.
Todo esto, en primera instancia, aumenta el envejecimiento prematuro a través de arrugas e hiperpigmentación. Pero algunos estudios observan que las exposiciones intensas a luz azul activan procesos inflamatorios asociados al daño celular, un campo en pleno estudio por su posible vínculo con el cáncer de piel. “Hay información sobre cómo la luz azul altera el ADN de la célula; ya está identificado, lo que pasa es que es un combo, y se investigarán cada vez más las profesiones que están más expuestas”, subraya Duarte, quien también se mantiene alerta a los posibles daños de esta luz para los niños que hoy crecen rodeados de pantallas.
Los primeros signos, muchas veces, se manifiestan en el entorno de los 20 y 25 años, y las nuevas generaciones son las primeras en experimentar este envejecimiento ocasionado por la vida digital. “Los adolescentes tienen muchos años por delante y llevan muchos años de estar con una exposición enorme a las pantallas”, subraya Duarte.
Empezar por la prevención
Para contrarrestar el estrés oxidativo producido por la luz azul, Duarte recomienda optar por filtros minerales que contengan zinc y magnesio. Estos protectores son, además, una buena opción para quienes buscan reducir su exposición a disruptores endócrinos —productos químicos presentes en algunos cosméticos y que pueden interferir con el funcionamiento de las hormonas— ya que no se los asocia a efectos hormonales.
Una clara señal de que es hora de retirarse de la pantalla suele ser el cansancio ocular; sin embargo, en general se llega a este punto mucho tiempo después de producido el daño en la piel.
Para quienes tienen alteraciones de la pigmentación, como melasma u otras manchas, se recomienda usar filtros compactos —generalmente con color— que ofician como una barrera más fuerte para esta radiación. También sirven los protectores fluidos con color, mientras que una buena hidratación funciona como “un muro de protección”. “Mantener la piel hidratada y sana es una manera de defenderse de la luz azul”, añade la médica especializada en medicina estética, directora de la clínica Novus.
Más allá de los filtros en la piel, existen otras vías para protegerse de la luz azul. Una de ellas es el modo “turno nocturno” o “night shift” del iphone (configuración-pantalla y brillo-turno nocturno), que puede configurarse en determinados horarios para que el teléfono refleje luz cálida en lugar de azul. En Android, en tanto, es posible regular la temperatura del color, y optar por el cálido para reducir la exposición a esta luz.
Luz azul
Estas recomendaciones minimizan el otro daño que representa la radiación azul para la salud y el bienestar: la alteración de la melatonina, conocida como la hormona del sueño, una disrupción en los ritmos circadianos que afecta tanto en la cantidad como en la calidad del sueño reparador, lo que a su vez impacta en el funcionamiento general del organismo.
Florencia Duarte también aconseja aplicar la regla “20-20-20”, sobre todo para quienes trabajan frente a pantallas: “Si pasaste 20 minutos expuesto a una fuente de luz azul, alejarte unos seis metros (20 pies) por 20 segundos, como un descanso de esa fuente”.
Es de esperar que en los próximos años se arroje aún más evidencia acerca de los daños producidos por la luz azul, y que eso impacte directamente no solo en la industria cosmética, que posiblemente innovará o reformulará sus productos para que esta protección se vuelva un hábito, sino también en el estilo de vida actualmente dominado por las pantallas, ese aparente enemigo que sigue actuando en silencio.