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Rostros todos iguales: qué hay detrás de la tendencia a disolver el exceso de rellenos estéticos

La explosión y el abuso de tratamientos con ácido hialurónico, toxina botulínica y otras sustancias provocan cuestionamientos sobre la autoestima, los estándares de belleza y las posibles complicaciones en la salud

Redactora de Galería

A inicios de 2024, frente al espejo de un consultorio estético en la Ciudad Vieja, la creadora de contenidos uruguaya Manuela Coronel —conocida en el universo digital como Nuli— se enfrentó con un rostro que llevaba años acumulando capas de ficción.

A los 18 años había empezado con un toque de ácido hialurónico en los labios y una rinomodelación por alguna inseguridad personal y cierta curiosidad juvenil. Pero con la consolidación de su carrera en redes sociales, la exposición continua y la tentación del “canje” publicitario la aguja se le tornó un hábito recurrente. Con intervalos de tiempo de pocos meses sumaba más y más hialurónico en sus labios.

“Te acostumbrás a tu cara nueva, te mirás al espejo y decís: ‘No tengo nada’. Y en realidad sí tenés”, reflexiona hoy Manuela, de 30 años, en diálogo con Galería.

La saturación del espacio anatómico disponible hizo que el gel comenzara a migrar por encima del borde de su boca. Cuando llegó al consultorio de la médica Sofía Kalemkerian —fundadora de Prima Medicina Estética— para pedir todavía más volumen, la especialista fue tajante: antes de agregar algo había que sacar lo que ya estaba.

Entonces Kalemkerian le inyectó hialuronidasa, la enzima que permite disolver el ácido hialurónico. “Fue un viaje ver mis labios chiquitos otra vez; un viaje acostumbrarme a mi nueva cara”, recuerda Nuli sobre esas dos semanas en las que tuvo que volver a familiarizarse con un rostro que, en realidad, siempre había sido el suyo.

El caso de Manuela no es aislado. Es más bien el corolario de una época.

Labios con volúmenes, narices bien respingadas, rostros poco expresivos, facciones marcadas que resultan común. La explosión masiva de los tratamientos estéticos mínimamente invasivos volvió hiperbólicas las llamadas “caras de Instagram” que la periodista de The New Yorker Jia Tolentino definió hace más de un lustro. Durante una década, los consultorios estéticos recibieron a personas —en su mayoría, mujeres— que llegaban con el mismo pedido: rellenar, rellenar y seguir rellenando.

Ahora la corriente parece girar en sentido contrario. Celebridades como Cameron Diaz, Courteney Cox y Ariana Grande han hablado de sus experiencias con los inyectables y de la decisión de dejar atrás algunos excesos. La actriz británica Jameela Jamil también puso el foco sobre la pérdida de expresividad que puede producir el abuso del bótox y reivindicó, en una publicación en redes sociales, la emoción como una forma de poder. En el Río de la Plata, la influencer argentina Sofía Gonet, conocida como la Reini, resumió el nuevo clima con una frase que se volvió parte de la conversación: “Hoy en día todas tenemos más o menos la misma cara”.

Pero entre el “relleno, relleno, relleno” de los últimos años y la actual tendencia por quitarlo todo hay, como suele suceder con las modas, una zona gris. Y también hay algo más incómodo: no todo lo que se inyecta puede simplemente deshacerse después.

La ilusión de que todo se puede borrar

David Farabollini, médico esteticista, oftalmólogo, docente, director del consultorio Piso 22 e integrante de la Asociación de Médicos Esteticistas del Uruguay, lo explica de entrada: “No todos los tratamientos estéticos son reversibles”.

El ácido hialurónico es el más sencillo de quitar. El organismo produce naturalmente una enzima llamada hialuronidasa que lo degrada. Su versión sintética permite disolver el producto utilizado en los tratamientos estéticos. La toxina botulínica (conocida popularmente como bótox), en cambio, funciona de otra manera: no rellena, sino que produce un bloqueo químico temporal que disminuye la contracción muscular y suaviza las arrugas de expresión. Una vez aplicada, no existe una sustancia que la haga desaparecer de inmediato. Hay que esperar. Por lo general, entre tres y seis meses.

Pero incluso lo reversible del uso del hialurónico tiene sus matices. La calidad, la composición y la cantidad importan. “Siempre digo que tiene que ser la menor cantidad de producto”, sostiene Farabollini.

La lógica que describe es casi la contracara de la estética que dominó los últimos años. Cuando comenzó a trabajar en medicina estética, en 2017, recuerda que predominaba la idea de que más era mejor. “Era rellenar y rellenar”, resume. Hoy, en cambio, considera que existen herramientas que permiten buscar una apariencia más natural y estimular la producción de colágeno propio mediante tratamientos bioestimuladores.

El problema aparece cuando el retoque se transforma en rutina y el tejido deja de tener espacio para recibir más producto. Eso fue lo que le sucedió a Manuela. Según Kalemkerian, cuando llegó a su consulta ya traía “trabajo sobre trabajo sobre trabajo”: la repetición había saturado el espacio anatómico disponible y el producto había comenzado a migrar. “No había lugar para seguir colocando ese producto”, explicó.

En los labios, una zona de constante movimiento, el exceso puede desplazarse hacia lugares donde ya no cumple la función buscada. Kalemkerian describe acumulaciones por encima del borde del labio o hacia la mucosa interna. En otras zonas, la sobrecarga puede producir edema y alteraciones del drenaje. Es el territorio de la llamada pillow face, una apariencia hinchada asociada al exceso de relleno en pómulos y mejillas que se ha vuelto reconocible en algunos rostros famosos.

No solo queda “feo”

La reversión no siempre consiste simplemente en “sacar” lo que sobra. Y algunas consecuencias pueden ser bastante más serias que un resultado estético que no gusta.

En el caso de la toxina botulínica, una mala difusión puede provocar la caída temporal de un párpado entre uno y dos meses. En una rinomodelación, el riesgo es todavía más delicado: la nariz es una zona con una anatomía vascular compleja y, si el producto ingresa de manera accidental en una arteria, puede comprometer la circulación hacia el ojo y provocar pérdida de visión. “Es una complicación extremadamente poco frecuente, pero posible”, apunta Farabollini.

“No te das cuenta de que te ves un poco rara, así que seguís haciéndote más”, llegó a afirmar Courtney Cox cuando se refirió a que su mayor arrepentimiento estético fueron los rellenos faciales.

“No te das cuenta de que te ves un poco rara, así que seguís haciéndote más”, llegó a afirmar Courtney Cox cuando se refirió a que su mayor arrepentimiento estético fueron los rellenos faciales.

Manuela no lo sabía cuando se hizo la rinomodelación. “Nunca me dijeron que me podía quedar ciega”, cuenta.

El médico esteticista hace énfasis, allí, en la obligación de informar. Y tanto él como Kalemkerian insisten en que quien inyecta debe estar preparado para actuar si algo sale mal. Una reacción alérgica grave, una infección o una complicación vascular requieren conocimientos médicos que exceden la aplicación del producto.

El alerta también está ante productos que no cuentan con habilitación del Ministerio de Salud Pública, que pueden haber sido transportados sin respetar las condiciones de conservación o incluso haber sido adulterados. En Uruguay se han encontrado productos comercializados como ácido hialurónico que contenían silicona.

La cara como tendencia

Si el problema fuera solo técnico, la discusión sería más sencilla. Pero detrás de una jeringa hay también una época, una industria y una mirada sobre el cuerpo.

Hugo Selma, psicólogo clínico, docente de la Universidad de la República e investigador del Sistema Nacional de Investigadores, advierte que la modificación corporal no nació con las redes sociales. Ha existido en distintas culturas y momentos históricos como una forma de pertenencia. Lo novedoso, dice, es la dimensión y la permanencia de la exposición.

“Hoy tenés en la mano un vehículo diseñado para captar tu atención las 24 horas del día, los 365 días del año”, explica, e ilustra que antes había lugares concretos donde una persona podía sentirse observada por los demás: una plaza, una iglesia, un paseo. Hoy esa mirada acompaña a las personas a todas partes. El teléfono permite compararse, mirar, ser mirado y recibir aprobación o rechazo de manera permanente.

En ese contexto, las tendencias estéticas también circulan con una celeridad inusitada. Unos años son los labios voluminosos; después, los pómulos marcados; luego llega la reacción y aparece el deseo de naturalidad. “Hay modas de tratamiento que se van imponiendo, que van variando año a año”, señala Selma.

Manuela conoce esa maquinaria desde adentro. Su explicación de por qué empezó a ponerse ácido hialurónico es sencilla: “Yo estaba siguiendo una moda, una tendencia”. Había visto cómo en Estados Unidos se popularizaban los labios inyectados y los retoques y quería lo mismo.

Cámeron Díaz dijo este año que sintió “presión” para retocarse, pero que prefiere ver su rostro envejecer y no una cara que no le “pertenece en absoluto”.

Cámeron Díaz dijo este año que sintió “presión” para retocarse, pero que prefiere ver su rostro envejecer y no una cara que no le “pertenece en absoluto”.

La condición de influencer agregó otro ingrediente: la disponibilidad. Algunos tratamientos aparecían como colaboraciones o canjes. Y, cuando algo está al alcance, resulta más sencillo decir que sí. “Te vas acostumbrando a tu cara nueva”, cuenta. Cada retoque hacía que el anterior pareciera menos visible, y esa imagen se convertía en la referencia con la que volvía a mirarse al espejo.

A eso se sumaba una falta de información que hoy reconoce como propia. “Yo me equivoqué, no estaba informada, no tenía ni idea, aprendí”, admite. Ahora considera fundamental investigar quién realiza el procedimiento y sostiene que quien inyecta el rostro debería ser un médico.

Su propia historia terminó funcionando como una corrección de rumbo. Después de retirar el hialurónico de sus labios con hialuronidasa, esperó dos semanas y volvió al consultorio de Kalemkerian. Esta vez el trabajo fue diferente: pequeños retoques en puntos concretos del rostro, una nueva mirada sobre las proporciones y, sobre todo, menos producto. “Fueron cambios tan sutiles que me dejaron hermosa”, celebra Manuela.

Del exceso a la sutileza

Kalemkerian dice que no pretende imponer una estética determinada a sus pacientes. “Si vos me pedís unos labios supercarnosos y superexagerados, lo podemos ir buscando”, pero “no me exijas en una sesión” llenar el labio de producto para obtener inmediatamente el resultado deseado, explica.

Su forma de trabajar es más conservadora. Prefiere corregir pequeñas cosas sin borrar los rasgos que hacen reconocible a cada persona. Y también rechaza la lógica comercial de convertir cada tratamiento en una cita periódica obligatoria, y eso las mujeres que acuden a su consultorio (que son el 100% de sus pacientes) lo valoran.

Farabollini también defiende esa prudencia. Su consulta, que comenzó con un público masculino vinculado a los tratamientos capilares y otros servicios, hoy recibe aproximadamente la misma cantidad de hombres y mujeres. En los varones todavía percibe un pudor particular: quieren mejorar su aspecto sin que los amigos se den cuenta.

La nueva sutileza en los tratamientos marida muy bien con el avance de la ciencia que ofrece nuevas herramientas para la medicina estética. Por ejemplo, en lugar de sumar volumen exógeno, algunos tratamientos más novedosos —como la aplicación de hidroxiapatita de calcio o ácido poliláctico— buscan estimular la producción de colágeno del propio organismo.

El espejo interior

¿Cuánto hay de deseo personal y cuánto de presión social cuando alguien decide modificar su rostro? Selma evita una respuesta tajante. En la práctica clínica, dice, es difícil separar del todo las cuestiones internas de las sociales. “Una persona puede afirmar sinceramente que hace algo para sentirse mejor consigo misma, pero eso no significa que su deseo exista al margen de la cultura en la que vive”, apunta.

La autoestima también interviene. Una persona que tiene una imagen de sí misma muy negativa o frágil puede recurrir a la apariencia física como un “atajo” para reducir la sensación de vulnerabilidad. “El tema de la imagen corporal puede ser un atajo que funcione un tiempo y para algunas cosas, pero obviamente no genera cambios profundos en la estructura de la personalidad”, explica el psicólogo.

Por eso, Selma también es cuidadoso con la palabra adicción. Aunque una persona pueda desarrollar un uso abusivo o intensivo de los tratamientos, no considera correcto hablar técnicamente de una adicción a las cirugías o a las inyecciones. No existe, en este caso, el mismo mecanismo de gratificación inmediata que caracteriza a otras conductas adictivas. Puede tratarse, en cambio, de una conducta disfuncional que intenta tapar de forma transitoria un vacío o una vulnerabilidad.

La actriz británica Jameela Jamil expresó en Instagram: “Ya no soporto ver rostros retocados con bótox… hemos perdido el contacto con la realidad”.

La actriz británica Jameela Jamil expresó en Instagram: “Ya no soporto ver rostros retocados con bótox… hemos perdido el contacto con la realidad”.

La médica Kalemkerian introduce un contrapunto a esta visión. Para ella, “sería demasiado sencillo reducir toda modificación estética a una consecuencia de la presión social o recomendar únicamente terapia frente a una inseguridad corporal”. Hay pacientes que llegan a consulta con una característica concreta que, según relata, interfiere de manera profunda en sus vínculos.

“Cuando me vinculo con la gente siento que todo el tiempo me están mirando esto que me molesta en mi cara y no puedo concentrarme en la conversación”, recuerda que le han dicho pacientes.

En esos casos, sostiene, un procedimiento bien indicado puede tener un impacto positivo. No porque el ácido hialurónico cure la autoestima, sino porque una persona puede sentirse más cómoda con su imagen y desenvolverse de otra manera.

“Obviamente no fue el hialurónico”, cuenta sobre una paciente que después de un tratamiento le dijo que tenía novio, amigos y que la trataban mejor en el trabajo. “Pero capaz que tu personalidad se empezó a expresar mejor a partir de que vos te sentiste mejor contigo misma”.

Antes y después de Manuela tras quitarse el exceso de ácido hialurónico de los labios.

Antes y después de Manuela tras quitarse el exceso de ácido hialurónico de los labios.

Migración de ácido hialurónico en los labios de Manuela

Migración de ácido hialurónico en los labios de Manuela

Selma coincide en que un cambio físico puede modificar la manera en que los demás responden y, por esa vía, producir una mejoría real en la experiencia de una persona. Lo que discute es la idea de que eso alcance para resolver el problema de fondo. “Una pareja no funciona porque yo tenga los labios o el cuerpo de determinada manera”, plantea.

La propia Kalemkerian se mueve dentro de esa tensión: “A mí me cuesta incluso cuando lo razono, porque estamos en la búsqueda del amor propio, de la aceptación, de tratar de rechazar el canon de belleza y la obsesión por la hegemonía. Eso está bien. El trabajo personal tiene que existir. Pero hay gente que lucha toda una vida contra una inseguridad. Y realmente, con un procedimiento relativamente de bajo riesgo, bajo costo y de recuperación inmediata, puede salir al mundo sintiendo que resolvió eso que estaba trancado”.

Costos en Uruguay

US$ 400 es el costo aproximado por la colocación de bótox en los labios.

US$ 3.000 es el precio más alto del mercado por el procedimiento de armonización facial.