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Vacaciones: ese plan perfecto que se arruina al llegar

Las esperamos todo el año, pero entre bocinazos, playas llenas y expectativas altas, el descanso muchas veces queda en el camino

Editor de Galería

De niño las vacaciones lo eran todo: no ir al colegio, guerra de agua entre primos y alguna que otra expedición al quiosco. Después creciste y las vacaciones pasaron a ser en campings con fiestas multitudinarias y alcoholes baratos, responsables de recuerdos imborrables… y de algunos vacíos en la memoria.

Hoy, en cambio, pasás el año entero mirando el calendario, contando los días para “desconectar”. Pero cuando las vacaciones llegan arrancan con salidas a las apuradas, rutas colapsadas y bocinazos que ponen a prueba cualquier promesa de descanso.

Llegar tampoco garantiza nada. Playas llenas, filas para todo, precios astronómicos y la certeza de que absolutamente todos tuvieron la misma brillante idea que vos. Lo del alquiler ya es sabido: reserva previa, pago por adelantado y una fe ciega en que dentro de seis meses todo esto siga teniendo sentido. Así y todo, las vacaciones ya no empiezan cuando llegás, sino cuando lográs estacionar… si es que lo lográs.

A eso se suma el ruido constante: niños ajenos, vendedores ambulantes, notificaciones que no paran y la culpa silenciosa de no estar disfrutando lo suficiente. Porque ahora, además de descansar, hay que demostrarlo. Sacar fotos, subir reels y probar que la estás pasando bien, incluso cuando el sol quema, el mate está tibio y hay arena en lugares donde no debería haber arena.

Ni hablar de la comida: antes, un sánguche de mortadela podía ser un festín; hoy cualquier almuerzo es un espectáculo de precios ridículos y porciones microscópicas, donde te sentís culpable hasta de respirar cerca del pan de masa madre. Todo esto mientras revisás si trajiste protector solar, repelente, cargador y el cargador del cargador.

De los mosquitos y del reguetón que se escucha sin consentimiento en la playa prefiero ni hablar, no vaya a ser que te suba la presión o termine afectando el turismo interno.

Y, por supuesto, los días nublados y lluviosos siempre caen en vacaciones, porque el sol también se toma días, pero sin avisar.

¿Ilusión mata realidad?

Si tenés esa sensación de no estar gozando tu licencia gozada, puede que no estés solo. De hecho, un estudio con más de 1.500 adultos realizado por Jeroen Nawijn, investigador de la Universidad de Breda (Países Bajos), ya en 2010, encontró que quienes iban de vacaciones reportaban mayores niveles de felicidad antes del viaje, pero, una vez de vuelta, su felicidad no era muy distinta a la de quienes se quedaron en casa. En definitiva, toda esa emoción, las reservas, los planes y la ilusión de desconectar funcionan más como un “subidón previo” que como garantía de descanso perfecto.

En otras palabras, no es que las vacaciones sean inútiles; es que, según la ciencia, lo mejor de las vacaciones muchas veces sucede antes de salir de casa, mientras todavía podés imaginar playas vacías y mates que nunca se enfrían.

Pero no todo está perdido: otras investigaciones sugieren que las vacaciones sí pueden mejorar la calidad de vida. Empleados que tomaron descansos largos experimentaron mejoras en bienestar y sueño, con un pico alrededor del octavo día, y hasta vacaciones cortas de cuatro noches lograron reducir el estrés durante varias semanas (Fritz y Sonnentag, 2006; Kühnel et al., 2018).

Sea cual sea la realidad, por algo nadie renuncia a las vacaciones. Porque al final son la versión adulta de la guerra de agua con los primos: mucho esfuerzo, algunas risas y un montón de marcas que quedan para siempre. ¡Eso era lo que nos encantaba!

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