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    Con las botas puestas

    Será realmente difícil para el FA volver a ganar por muchas razones, entre las que puede mencionarse que la gestión en curso no entusiasma, la economía no termina de despegar, la alarma por la inseguridad se mantiene y no se consolida ningún liderazgo emergente potente en filas frenteamplistas

    Columnista de Búsqueda

    Falta mucho para que la ciudadanía uruguaya vuelva a las urnas. Sin embargo, ya se ha instalado (al menos entre la gente que sigue más de cerca la política) que no será nada sencillo para el Frente Amplio (FA) retener el gobierno nacional en 2029. Suscribo esa visión, aunque como es sabido en política siempre hay un margen grande de incertidumbre. Será realmente difícil para el FA volver a ganar por muchas razones, entre las que puede mencionarse que la gestión en curso no entusiasma, la economía no termina de despegar, la alarma por la inseguridad se mantiene y no se consolida ningún liderazgo emergente potente en filas frenteamplistas. Aseverar que será muy difícil no es lo mismo que decir que resultará imposible. No se puede descartar por completo un punto de inflexión: que la gestión repunte, que la economía encuentre, de golpe, viento a favor, que la sensación de inseguridad amaine o que del viejo árbol de la izquierda brote alguna rama carismática.

    Que un partido de gobierno no logre repetir, en los tiempos que vivimos, es estadísticamente el resultado más normal. Lo sustantivamente más relevante pasa por otro lado. Lo que más importa, en términos de calidad de la democracia, no es que un partido de gobierno pierda la elección, sino la forma concreta de su derrota. Los partidos políticos tienen que saber ganar. No tiene sentido triunfar, por ejemplo, incendiando la pradera, alimentando expectativas desmedidas o descalificando moralmente a los rivales. Pero los partidos políticos también deben saber perder. No es lo mismo ser derrotado desdibujando la identidad del partido que respetando su tradición. No es lo mismo perder decepcionando a los creyentes con las decisiones adoptadas que gobernando cerca de las bases políticas y sociales que llevaron al partido al poder. Las derrotas no destruyen a los partidos. Lo que sí puede derrumbar a un partido es gobernar sin poder mirarse al espejo.

    El gran desafío que tiene por delante el gobierno del presidente Yamandú Orsi, en última instancia, es cómo va a encarar estos tres años y medio que le quedan de mandato. Tiene que decidir si intentará ser reelecto siendo fiel a su genoma (de izquierda) o si seguirá pisando la banquina (del centro). Desde el ángulo que más importa, el de la calidad de la democracia, si va a volver a ganar, que lo haga siendo fiel a la identidad frenteamplista, haciendo lo que los activistas que militan en las buenas y en las malas esperan de él. Del mismo modo, si va a perder, que lo haga por haber sido fiel a sí mismo, a sus creencias e ideales. Los gobiernos pasan. Insisto, es normal, lógico y saludable. Lo que no puede ocurrir es que los militantes se decepcionen y que los votantes larguen la toalla porque no se reconocen en el rumbo adoptado. Que los gobiernos pasen, pero que los partidos queden.

    Pongo un ejemplo. A comienzos del tercer año del mandato del gobierno anterior se instaló una fuerte discusión en la interna del Partido Nacional y de la coalición republicana. Por apenas un puñado de votos, el gobierno había logrado triunfar en marzo de 2022 en el referéndum contra 135 artículos de la Ley de Urgente Consideración. La pregunta del millón era: ¿y ahora qué? ¿Seguir adelante con la propuesta de reformar la seguridad social o apretar el botón de pausa para evitar el eventual costo político de una reforma inexorablemente impopular? En ese momento, el presidente Lacalle Pou hizo lo correcto. Decidió tomar el riesgo de seguir adelante. Debe haber pocos temas tan difíciles de encarar como ese. Mucho más difícil, todavía, en el caso de Lacalle Pou, dado que durante la campaña electoral había dicho que no consideraba necesario llevar a 65 años la edad del retiro. El costo político estaba asegurado. Pero siguió adelante. Ignoro en qué medida la derrota electoral de la coalición republicana puede explicarse por esta decisión. Pero hizo lo que tenía que hacer. Los militantes y votantes de la coalición republicana lo reconocen, y lo ven como su principal referente. El gobierno pasó, el proyecto quedó.

    El gobierno de Orsi acaba de anunciar su “buque insignia”: es el proyecto de ley de competitividad y reducción del costo de vida elaborado por el Ministerio de Economía y Finanzas (MEF), que contiene un extenso paquete de reformas microeconómicas. El proyecto fue muy bien recibido en el mundo de los economistas y por las cámaras empresariales. Pero no es el tipo de propuesta que hará que los frenteamplistas vuelvan a confiar en el gobierno y en su presidente. No es el tipo de proyecto que hará que las bases sociales frenteamplistas sientan que, por fin, el gobierno sintoniza con ellas. Es una iniciativa potente, técnicamente solvente, seguramente necesaria en términos económicos, llamada a contar con el apoyo mayoritario de la oposición. Pero no es la señal que esperan los militantes en los comités de base y los votantes frenteamplistas de toda la vida.

    Este “buque insignia” no aproxima la agenda del gobierno al corazón del Frente Amplio. Este proyecto puede contribuir a que la economía aumente su dinamismo. Pero no aumentará el ritmo cardíaco de las bases políticas frenteamplistas. Si el gobierno se quiere aproximar al FA deberá tomar por un camino distinto. Deberá atreverse a dar señales que puedan ser interpretadas con facilidad como de izquierda. Los frenteamplistas querían “volver”. Pero no creo que quisieran volver para que el “buque insignia” del cuarto gobierno frenteamplista fuera un proyecto como el del MEF. Esperaban otra cosa. Otro buque insignia. Otras señales. Otras decisiones. Esperaban que el nuevo gobierno tomara otros riesgos.

    Se viene la Rendición de Cuentas. Esa ley es una nueva oportunidad para que el gobierno sintonice con el FA. Es difícil saber cómo afectaría en lo electoral al FA que el gobierno gire hacia la izquierda. Es posible que comprometan todavía más su chance de volver a ganar. Pero perder una elección es menos grave que perder la identidad.