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    El espejo del Mundial

    Hace ya unos cuantos años que el fútbol uruguayo es escenario de un duro enfrentamiento entre distintos actores de peso, y eso tiene secuelas en el rendimiento de sus selecciones nacionales y también en el nivel de su torneo local

    Ahora que finalizó el Mundial de Fútbol 2026, con España como justo campeón, es un buen momento para realizar un análisis del pobre desempeño de la selección uruguaya. Vale la pena porque lo que ocurrió con Uruguay no habla simplemente de un momento esporádico o de una generación de futbolistas.

    Hace ya unos cuantos años que el fútbol uruguayo es escenario de un duro enfrentamiento entre distintos actores de peso, y eso tiene secuelas en el rendimiento de sus selecciones nacionales y también en el nivel de su torneo local.

    De un lado se encuentran las autoridades de la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF) y del otro los principales directivos de Tenfield, la empresa que, hasta el 1 de enero de 2026, contaba desde hacía 28 años con los derechos totales de la televisación del fútbol. En el medio tomaron partido clubes, directivos, periodistas y hasta hinchas.

    Ese mar de fondo fue difícil de disimular para la selección. Llegó al Mundial sin energía, fervor ni mística. Encima, con poca sintonía entre el técnico argentino Marcelo Bielsa y varios de sus jugadores, una desunión apalancada justamente por los actores externos.

    “Francia es un mejor seleccionado, pero España es un mejor equipo”, dijo Luis de la Fuente, el entrenador de España, luego de que su equipo eliminara a Francia en semifinales del Mundial. También fue un equipo Argentina, su rival en la final. Sin la calidad colectiva de España, pero con mucha autoestima y mucho sacrificio.

    Probablemente ahí esté una de las principales diferencias con Uruguay, donde ocurre todo lo contrario: unos cuantos aprovecharon el bajo rendimiento de la selección en el Mundial para cobrar viejas facturas y acusar a jugadores, cuerpo técnico o autoridades de la AUF. Luego de la eliminación en primera fase, se hizo todavía más evidente esa olla de grillos en la que se transformó el fútbol uruguayo.

    El ruido es tal que en Uruguay ya no se habla de fútbol, sino de lo que lo rodea: disputas electorales en los clubes, enfrentamientos en la AUF, fallos arbitrales, medidas gremiales, peleas de hinchas, opiniones de representantes… Basta con escuchar cualquier programa de radio o mirar cualquier programa de televisión para comprobarlo.

    El fin de semana se suspendió el fútbol profesional tras incidentes en un partido entre Cerrito y Rentistas, luego de que un policía agrediera a un jugador. Horas después de que España se consagrara campeón del mundo, el entrenador Eduardo Acevedo se mostró enojado en un programa de streaming porque los futbolistas españoles no habían festejado, a su entender, con la debida efusividad. El debate no fue el torneo de España, que ganó el campeonato con uno de los juegos más pulidos técnicamente de la historia. La discusión se centró en si el festejo debió haber tenido más lágrimas o futbolistas colgados de los arcos. En otro programa, Juan Ramón Carrasco inició el análisis posterior a la final con un chiste sobre mujeres en una playa.

    En Uruguay dejó de importar el fútbol en su esencia: táctica, técnica y estrategia. Días después de retirarse de la selección, Luis Suárez cuestionó a Bielsa. No habló de metodologías de entrenamiento ni ejercicios físicos, sino de la cantidad de televisores que el entrenador permitía encender en el Complejo Celeste. El tema alimentó la agenda deportiva hasta después del Mundial.

    Es cierto, Bielsa tampoco actuó como se esperaba a lo largo de su ciclo, y ojalá que algunas de sus actitudes no sean imitadas por quien lo reemplace.

    Pero lo principal es que toda la experiencia del Mundial 2026, la de los equipos perdedores y ganadores, le sirva al fútbol uruguayo. Que abandone la política chiquita, cada vez más parecida a la política partidaria. Sin unión, con agendas insulsas y protagonistas que actúan en direcciones opuestas, sin interés en mejorar el fútbol.

    ¿Por qué, a pesar de que hoy el fútbol uruguayo genera más ingresos que nunca, aumenta el interés popular y comercial y cuenta con presupuestos históricos en la selección y en los clubes grandes, se juega tan mal? ¿Por qué el torneo local ofrece un nivel tan bajo? ¿Por qué los equipos uruguayos dejaron de competir a nivel internacional? ¿Por qué tantos futbolistas llegan a Primera con deficiencias técnicas de formación? ¿Por qué cada vez se venden menos jugadores a las ligas de élite? ¿Por qué la presión afecta tanto al futbolista uruguayo? ¿Por qué el rendimiento físico es tan pobre? ¿Por qué la infraestructura sigue estancada?

    Son demasiadas preguntas, y demasiado importantes, para seguir atrapados en temas que solo nos llevarán a más frustraciones como las del último Mundial.