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Presidentes y reyes de los mismos países que están endureciendo sus políticas inmigratorias se sientan en los palcos de los estadios para aplaudir a sus selecciones integradas por inmigrantes
Desde que el ser humano puso un pie en este planeta se ha movido de un lugar a otro. Primero, cuando no existían las fronteras, y luego atravesándolas. Todo el tiempo la gente viaja, cambia de lugar de residencia, se instala en una ciudad diferente, pasa de un país a otro. Ha sido así siempre y lo seguirá siendo. Sucede por distintos motivos: por trabajo, por temas políticos, para buscar una mejor vida, por amor, por decisión propia o por necesidad. Y si pensamos dos minutos, son muy altas las chances de que en nuestra familia tengamos una historia de estas, si no es la propia. Por supuesto que, en un país que se fundó con inmigrantes, todos los ancestros de quienes habitan esta tierra provienen de lugares lejanos.
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Hace un tiempo, mi hermana estaba en Bélgica visitando a parte de la familia que regresó al país de donde vinieron mis abuelos —quienes vivieron su vida entera como extranjeros en otro país que los recibió amablemente—, cuando un comentario despectivo sobre los inmigrantes musulmanes que caminaban por las calles de Bruselas la obligó a recordarle a este familiar que sus padres también habían sido inmigrantes. La sorpresa mayor vino cuando su interlocutor le dejó entrever que existen diferentes clases de inmigrantes.
No estamos muy seguros en qué clase ubicará esta persona a los jugadores de la selección de fútbol belga Romelu Lukaku, de origen congoleño, y Jérémy Doku, de padres ghaneses, por ejemplo, aunque sí sabemos que es un hincha ferviente que se instala frente al televisor abrazado a su bandera.
Muchos países vienen endureciendo sus políticas migratorias tratando de impedir el ingreso a sus dominios desarrollados de personas de otras nacionalidades que puedan sobrecargar sus sistemas y comunidades. Pero parece que si la persona en cuestión es un jugador de fútbol con el potencial para cosechar victorias para esa bandera, el sistema puede ser más contemplativo.
En el fútbol no parece haber fronteras claras, como se titula la nota que escribió Santiago Perroni esta semana sobre la creciente presencia de jugadores nacionalizados o en selecciones distintas a su país de nacimiento. En este Mundial se contabilizan 289 futbolistas que no representan a su país de origen, lo que equivale al 23,2% de los 1.248 jugadores participantes. En Corea-Japón 2002 este porcentaje era de 8,6%, y desde entonces ha ido subiendo sistemáticamente en cada edición, lo que indica el sostenido crecimiento de esta tendencia.
La xenofobia, el racismo, la intolerancia hacia el diferente es lo que lamentablemente está marcando el espíritu de estos tiempos. Pero cuando el poder, el dinero, la visibilidad, la notoriedad salen a la cancha, actúan de pantalla para hacer creer que somos un mundo unido por el fútbol.
Esto explica por qué nos llama la atención, no sin ironía, ver selecciones como la de Francia, Alemania o Países Bajos integradas en una amplia mayoría por afrodescendientes, o con apellidos que suenan a turco o afgano, o incluso español. O que el golero de la selección de Japón sea afrodescendiente. Son los mismos países que están endureciendo sus políticas inmigratorias, pero cuyos presidentes y reyes se sientan en los palcos de los estadios para aplaudir a sus selecciones integradas por inmigrantes. Todo esto mientras los diarios titulan: La Unión Europea activa el nuevo pacto migratorio con más controles y expulsiones aceleradas.
Pero hay un punto aún más llamativo, y es que, a pesar de que estos jugadores sean descollantes y piezas fundamentales para sus seleccionados, parte de las hinchadas igual los desprecian por sus ascendencias. No son pocos los españoles que no sienten ninguna simpatía por su estrella Lamine Yamal. Y a pesar de que haga goles y lleve a su equipo a la victoria, sigue recibiendo comentarios xenófobos y cantos islamófobos de los propios fanáticos de su país.
El orden actual es cada vez más hostil con los que nacieron en otras tierras o profesan una religión distinta. La xenofobia, el racismo, la intolerancia hacia el diferente es lo que lamentablemente está marcando el espíritu de estos tiempos. Pero cuando el poder, el dinero, la visibilidad, la notoriedad salen a la cancha, actúan de pantalla para hacer creer que somos un mundo unido por el fútbol. Aunque siempre aparecen las grietas.
Ojalá estos temas no golpeen a la joven basquetbolista uruguaya Lucía Auza (protagonista de la tapa de esta semana), que está haciendo una brillante carrera en Estados Unidos con el objetivo de ser la primera de este país en jugar en la NBA femenina (y no está tan lejos de lograrlo). Porque las historias de inmigrantes seguirán existiendo mientras el mundo sea mundo