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En estos últimos días la prensa estuvo ocupada (entre otros temitas) con las declaraciones de Donald Trump sobre su apoyo a la posición de Gran Bretaña respecto a las Malvinas, seguida de unas furibundas (as usual) afirmaciones de soberanía, titularidad, derecho indiscutible y amenazas del presidente argentino Javier Milei.
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Junto con los vaivenes del conflicto en el puerto, las encuestas de impopularidad de cuanto político anda suelto, los desmanes de la barra brava de Peñarol, que como no tenía a la hinchada de Nacional para trenzarse se la agarró con la policía (habría que dejarlos solos y sin policía, así se masacran entre ellos), el tema de las Malvinas (o Falklands, según se mire) estuvo activo en la opinión pública.
En el resumen del informativo de cierre, Fortunato se estaba poniendo al tanto con todas estas novedades, en una miscelánea tan variada como siempre. Que Castillo dice, que el Pacha corrige al presidente, que Ortuño quiere inundar Casupá, que Forlán no lo convocó al Lucho para la selección (andá a buscarlo al Piñeyro del Campo), que las intendencias lucran con las multas. El pobre Fortu estaba mareado con tanto dato mezclado y empezó a hacer zapping.
Ya estaba bastante cansado y medio dormido, pero de todas maneras decidió concentrarse en una entrevista que le estaban haciendo al presidente Orsi en un canal, en su calidad de profesor de historia.
—Usted enseñó historia en Secundaria, presidente —decía el entrevistador—, así que queremos aprovechar sus conocimientos para aprender acerca de tantos temas controvertidos que andan en las noticias en estos días. Cuando uno creía que el tema de las Malvinas ya había quedado en segundo plano, aparecen Trump, el primer ministro inglés y Milei dando cada uno una versión diferente. Presidente, ayúdenos a saber un poco más —dijo el periodista.
—Mirá —respondió Orsi—, estos temas que están en la picota, y te digo picota para serte más claro, en fin, vos sabés, se tratan de asuntos, qué se yo, francamente, la vengo siguiendo con atención, pero sin compenetrarme demasiado, porque se trata de temas que…
—Presidente —lo interrumpió el entrevistador—, me refiero particularmente al tema Malvinas, que si son británicas, que si son argentinas, usted es profesor de historia, ¿cómo surge este problema que hasta tuvo una guerra en los años 80 del siglo XX?
—Mirá, yo en esos temas no me compenetré mucho, porque yo daba Edad Media y Renacimiento, ¿viste? Si querés te cuento de Leonardo da Vinci, pero de las Malvinas qué querés que te diga, bueno, era un lío que había con esas islas, y justo en la época de la guerra hubo huelga en Secundaria, y no se dio mucho, ¿no?, pero igual…
Ahí Fortunato ya no podía con el sueño, y justo cuando Orsi iba a revelar los detalles de las islas en conflicto, él sintió que se le cerraban los ojos.
—Mirá —prosiguió Orsi, ¿lo escucharía Fortunato?—, esas islas son conflictivas desde el principio de la historia, porque se llaman así porque el primero que llegó a esa tierra se llamaba Juan Malvín. En realidad se llamaba Juan Balbín, pero las bestias que andaban en la vuelta por acá no sabían ni leer ni escribir, entonces para ellos Malvín o Balbín era lo mismo. El hombre había venido de España, allá por el año yo qué sé cuánto, y acá en el Uruguay eligió un pedazo de tierra que no era de nadie, le encajó un saladero, o una curtiembre, no me acuerdo bien, y le puso de nombre Malvín. Tenía una casa cerca de la playa y otra del otro lado de un camino de tierra que hoy se llama no me acuerdo bien si avenida Italia o camino Carrasco, y entonces pasó a ser el dueño de Malvín Sur y de Malvín Norte. Un día estaba en la playa pescando con unos compatriotas de él y llegaron otros amigos en un barco, los invitaron a todos a salir de pesca y navegar aguas adentro, porque se estaba dando mucho la corvina negra, y agarraron y se embarcaron rumbo al sur, anduvieron días y noches, alimentándose de pescadilla, pejerrey y alguna corvina, hasta que una noche se despertaron, mientras dormían, con unos gritos en un idioma raro, que resultó ser el inglés, pero ellos no entendían nada, porque todavía no existía el Anglo, y las clases particulares de inglés eran muy caras. Y, cuando amaneció, llegaron a la costa de unas islas muertos de frío, porque habían salido embarcados con shorts y remeras, pero ahí donde habían llegado hacía un frío de… Bueno, un frío bárbaro.
El entrevistador permanecía en silencio porque la historia que estaba contando el profesor de historia era de lo más entretenida. Fortunato no sabía si dormía, si escuchaba, o si soñaba. Pero el entrevistado había agarrado fuerza en su relato.
—Entonces los del bote no se animaban a llegar a la costa porque les asustaban los gritos esos, en un idioma que no entendían, pero que era el inglés, como te dije, y Malvín se hizo el guapo, atracaron el bote y él bajó a tierra, y gritó bien fuerte: “¡Yo soy Malvín y estas son las Malvinas, esta tierra me pertenece y todos sus habitantes serán mis súbditos desde ahora!”. Y como no tenía una cruz, como la que clavó Colón, clavó en la playa una caña de pescar, tomando así posesión del territorio. Los que hablaban raro se acercaron y, mal que bien, algo de español sabían, y los invitaron a una de las chozas en las que habitaban, les dieron abrigo, ropa seca y para tomar una bebida que ellos llamaban “ti”, pero que se escribía “tea”, porque así estaba escrito en unos carteles que había en algunas de las chozas. Y así, estimado, desde entonces esas islas se llaman Malvinas gracias a Malvín y sus marineros —concluyó el profesor de historia y presidente de la República.
Cuando Fortunato se levantó del sillón para irse a la cama, le comentó a su esposa que había tenido un sueño rarísimo frente a la tele.
—Qué sueño ni sueño —le respondió la doña—, estuviste despierto todo el tiempo —concluyó.