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    Lejanos debates sobre el velo

    ¿Qué ocurre cuando la teoría se encuentra con la realidad concreta de la experiencia personal de una mujer iraní?: que la realidad estorba, molesta a todo aquello sobre lo cual la teoría (convertida en un tótem incuestionable) sostiene convicciones absolutas

    Columnista de Búsqueda

    “No es lo mismo elaborar políticas basándose en la evidencia que elaborar evidencia basándose en la política”. Leí la frase por ahí y me quedó picando en la cabeza. Concisa, nítida, exacta. Un resumen del sesgo que vemos cada día y que se nos vende como evidencia cuando, en realidad, es simplemente una selección de datos necesarios para sostener una posición política tomada de antemano. En inglés existe la expresión cherry picking, que significa, aproximadamente, “elegir las cerezas”. Esto es, seleccionar solamente aquellos casos de la realidad que sirven para confirmar nuestro prejuicio previo.

    La frase, construida como un retruécano, resume bien cómo ese mecanismo es el opuesto exacto de hacer políticas públicas basándose en la evidencia que, de forma analítica, como resultado de la detección de un problema social, se construye a efectos de intentar solucionarlo. Una pone primero el diagnóstico y después la política, la otra solo concibe las posibles soluciones a partir de una idea política o ideológica previa. Los resultados de una y otra serán, claramente, muy distintos.

    Con esa frase en mente, me encuentro en X con una interesante polémica que, de alguna manera, resume bien la distancia que existe entre las dos opciones. Una panelista de un podcast francés cuestiona la película y el libro Persépolis, de la recién fallecida Marjane Satrapi. Dentro de su argumentario, la panelista afirma que “valorar el hecho de quitarse el velo es un poco racista” y que “eso se ve como algo islamófobo”. En el mismo fragmento de su intervención dice también que el deseo de libertad de la protagonista de Persépolis representa una sumisión a “las normas occidentales de la libertad”. Esto es, que la emancipación de las mujeres en Irán no sería resultado de un deseo genuino de autonomía individual, sino el resultado de su alienación cultural. Por eso intentar liberarse de la opresión teocrática sería “occidentalizarse”, y eso es malo.

    ¿Cómo conecta esto con la frase del comienzo? El argumento de la panelista parece partir de un dogma previo, que seguramente es bastante común en su nicho ideológico (y académico, es una universitaria con responsabilidades institucionales): Occidente sería el único opresor universal y la idea occidental de libertad es un constructo imperialista que, precisamente por su carácter de imposición imperial, no se puede ni se debe aplicar a sociedades no occidentales. No lo dice ella en su intervención, pero sí lo dicen otros que suscriben a las mismas teorías: lo mismo se puede decir de los derechos humanos, un constructo occidental posterior a la Segunda Guerra Mundial. Es irónico que eso lo diga precisamente en Occidente, el único lugar en el que se puede atacar al sistema de ideas mayoritario sin terminar necesariamente con los huesos en una cárcel.

    ¿Qué ocurre cuando la teoría se encuentra con la realidad concreta de la experiencia personal de una mujer iraní? Que la realidad estorba, molesta a todo aquello sobre lo cual la teoría (convertida en un tótem incuestionable) sostiene convicciones absolutas. Si Persépolis y el testimonio de vida de Marjane Satrapi, quien conocía de primera mano que las mujeres en Irán sufrían y sufren una opresión brutal bajo una teocracia, quien sabía en primera persona que quitarse el velo es un acto genuino de liberación humana, dice algo que contradice a la teoría, se retuerce la evidencia hasta que calce con la idea previa. Así, se comienza acusando de ser “occidental” (pecado original para las teorías poscoloniales en su versión for dummies), se continúa eliminando la realidad de la cárcel y de las ejecuciones recientes de miles de iraníes (cherry picking inverso) y se descalifica el deseo de libertad de Satrapi (y, por extensión, el de las mujeres iraníes) y se lo etiqueta como mera mimesis con las normas occidentales.

    En resumen, se fabrica una nueva “evidencia” discursiva: la lucha de las iraníes ya no sería de liberación, sino “racismo” e “islamofobia” al servicio del malvado Occidente. Todo esto dicho, claro está, desde las garantías de expresión que, mejor o peor, da esa misma malvada entidad opresiva imperial que supuestamente se combate. ¿Por qué supuestamente? Porque probablemente no debe haber nada más colonial y eurocéntrico que, desde la comodidad de un podcast parisino, con el amparo de las leyes de un país laico, descalificar a Marjane Satrapi (recién fallecida, lo que hace poco más perverso el asunto) y a las mujeres que se juegan la vida en Teherán, afirmando que su deseo de libertad está “equivocado” y ni siquiera es suyo, simplemente porque eso es lo que necesita la teoría que sostiene la tertuliana.

    Tampoco es que sea nuevo el rol del “colonizador ilustrado”, ese que sabe mejor que los propios nativos lo que les conviene y les niega incluso la capacidad de entender su propio sufrimiento. La diferencia es que, mientras antes se hacía bajo la idea decimonónica de “civilización o barbarie”, hoy se hace con el disfraz poscolonial y antioccidental. Es irónico que, en ambos casos, se trate de occidentales que niegan agencia a los no occidentales. La novedad es que ahora se dice, de manera abierta y sin prejuicios (porque así lo necesita la teoría, no porque eso diga la realidad), que los derechos humanos, la autonomía del cuerpo, la libertad de expresión o el simple deseo de no ser colgado de una grúa por razones religiosas o sexuales son patrimonio exclusivamente de los occidentales.

    Obviamente, no se trata de un asunto de bondad o maldad. Es decir, la tertuliana que afirma estas cosas no es “mala” por ello. Por más que ella misma venda sus ideas como una cuestión moral, es un problema más bien epistemológico: si vivo en un ecosistema de ideas que asume que la teoría está siempre antes, porque sostenerla es ser “bueno”, es casi natural que la evidencia que incomode a esa “bondad” sea eliminada del análisis. Y ese es precisamente el camino hacia las malas políticas públicas que se mencionan en la frase de comienzo. Cuando la realidad es un estorbo para la política en vez de ser su material de trabajo, el problema es serio y profundo.

    Se dirá: ¿de qué manera esto conecta con nuestra experiencia de vida en Uruguay en 2026? ¿Qué importa lo que unos franceses digan sobre la libertad de Irán y la opresión occidental? Importa por al menos dos razones: la primera es que todas estas ideas que comienzan en la academia francesa (con la academia estadounidense como amplificador global) terminan antes o después filtrándose en las universidades locales. Y que el paso natural de ese filtrado es terminar, también al cabo de un tiempo, dejando una borra en las políticas públicas. La segunda es el problema de que cuando se selecciona la evidencia para que se amolde a la idea previa, el resultado va a tener siempre sesgo y va a ser, cada vez más, ajeno a sus impactos en el mundo real. Y ajeno a la racionalidad, ese invento perversamente occidental que nos permite tasar lo que da resultados y lo que no. Así que después de todo quizá no sea tan lejano ese debate sobre el velo.