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    Todos drogados

    Entramos en un mundo que nos controla mucho más de lo que nosotros logramos controlarlo; nos llevan de la mano los algoritmos, los me gusta, la cantidad de seguidores y lo asumimos sin siquiera permitirnos ponerlo en duda

    Director Periodístico de Búsqueda

    Hay drogas y drogas. Algunas tienen muy mala prensa, bien ganada, por cierto, porque son sumamente dañinas y destruyen todo lo que encuentran a su paso. Con otras ocurre lo contrario, ya que sirven para anestesiar el dolor o para ayudar a curar determinados males. Lo único que comparten todas ellas es su capacidad de alterar “el sistema nervioso central y provocar cambios en el estado de conciencia, el pensamiento, el ánimo o las funciones motoras”, según la definición de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

    En los hechos, las drogas son casi tan viejas como el mundo. El ser humano siempre necesitó recurrir a sustancias que modificaran de alguna forma su percepción de la realidad durante un momento determinado. Es algo intrínseco a su condición, tan necesario como peligroso. Porque muchas de esas drogas generan adicción y, a corto, mediano o largo plazo, matan.

    Claro, la lista es larga. No solo son muchas las buenas y permitidas, esas que se consiguen en las farmacias. También las malas, las que provocan efectos de alteración de la conciencia sin ningún otro fin que el placer momentáneo, pero que intoxican. También varían los niveles de adicción que provocan. De las más populares e ilegales, las peores son la cocaína, la paste base, el fentanilo y la heroína. De las legales, el cigarrillo y el alcohol, aunque también en ese grupo de lo permitido y no tan adictivo se encuentran el café, el mate y, en el caso uruguayo, la marihuana.

    Pero ninguna de ellas ocasiona escenas tan desoladoras como otra que ni se nombra. Su potencial de adicción es tan grande que logra que las personas caminen como zombis por las calles o manejen sus vehículos sin siquiera mirar para adelante o escuchen sin escuchar o vean sin ver o que corten por unos minutos prácticamente todo contacto con el mundo que las rodea.

    Es de película de terror. El problema es que estamos todos tan adormecidos que no nos damos cuenta. Pero da miedo. Para tomar real magnitud de su impacto, basta con mirar de lejos lo que ocurre en cualquier bar, en un parque, en un aula, en un evento social o simplemente cuando una familia o un grupo de amigos se sientan alrededor de una mesa. En algún momento todos van a estar mirando hacia abajo, con la droga entre sus manos, sin percatarse del grado de adicción con el que conviven. Se trata de esas pequeñas pantallas, llamadas smartphones, unas drogas muy potentes y adictivas. Están arrasando con todo, no dejan títere con cabeza. Ocuparon un lugar central y avanzan como un virus incontrolable, destruyendo hasta las comunicaciones más básicas cara a cara.

    Y el punto más adictivo y sofisticado de esas drogas son las redes sociales. Nada igual a ellas. Han logrado lo que nadie antes en la historia de la humanidad. En poco más de una década despertaron tal grado de adicción que la mayoría de la población mundial no puede pasar ni un día sin consultarlas. Es realmente bestial. Tanto que hasta nos parece lo más normal del mundo.

    Pero sus consecuencias son alarmantes. Según un reciente estudio de la Unicef, los problemas de salud mental en los adolescentes en Uruguay, los grandes consumidores de redes sociales, han aumentado de forma sostenida, destacándose la depresión, la ansiedad y situaciones de profunda desesperanza. “Uno de cada cuatro adolescentes y jóvenes de 16 a 19 años reporta haberse sentido tan triste o desesperado que debió suspender sus actividades cotidianas al menos durante dos semanas”, revela el estudio. Un panorama similar está ocurriendo con los adultos.

    En resumen: estamos enfermos, todos drogados. Así andamos. Entramos en un mundo que nos controla mucho más de lo que nosotros logramos controlarlo. Nos llevan de la mano los algoritmos, los me gusta, la cantidad de seguidores y lo asumimos sin siquiera permitirnos ponerlo en duda. En especial los más jóvenes. No se imaginan vivir de otra forma.

    A las pruebas me remito. La empresa Meta acordó a fines de agosto pagar casi US$ 18.000 millones para resolver una serie de demandas que enfrentaba en 29 estados de Estados Unidos por la adicción que sus redes sociales, Instagram y Facebook, causan en niños y adolescentes. Por algo prefirió pagar esa fortuna antes que someterse a un juicio.

    Las grandes preguntas que surgen entonces son: ¿la proliferación de las redes sociales y su masividad mejoraron al mundo? ¿Estamos realmente más comunicados y conectados? ¿Nos permiten ser más considerados con los demás? ¿Estamos más informados que antes? ¿Es cierto que favorecen a la democratización de la información?

    Lamentablemente, me inclino a pensar que todas las respuestas a esas preguntas son negativas. Por supuesto que las redes tienen muchísimos beneficios, es imposible negarlos. El nivel de comunicación que permiten es infinito, pero, de tan intenso, está siendo demasiado abrumador.

    Y el mundo no parece estar mejor. Algunos aspectos centrales de la humanidad, que la llevan a ser lo que es, se están perdiendo. Se están cortando rápidamente los canales que sirven para sentir empatía hacia los demás y las realidades personales se van reduciendo a únicamente lo virtual, a veces hasta quedar prácticamente aisladas del resto.

    ¿Por qué? Porque no estamos informados, por ejemplo, por irónico que parezca. Cada vez circula más cantidad de información pero de peor calidad. Las fake news y todos sus derivados se fueron acumulando como toneladas de basura y luego se desplomaron en una avalancha que terminó tapando toda la otra información, la de calidad, la que verdaderamente importa. Así vienen funcionado las redes sociales.

    Además, a través de los algoritmos, terminan dando a cada persona lo que quiere leer para confirmar sus ideas y, más todavía, sus prejuicios. Casi no hay espacio para pensar con libertad. Vienen dominando todos esos extremos destructivos que antes quedaban en un segundo o tercer plano porque cayeron las barreras de contención.

    Por eso también es probable que estemos peor dirigidos y también peor representados. Es la democracia la que se termina afectando con la caída de calidad de la información. Y las redes sociales y los algoritmos y la inmediatez de las pantallas celulares están atacando y destruyendo un día sí y otro también a ese periodismo encargado de informar con profesionalismo a los ciudadanos, lo que siempre funcionó como uno de los principales cimientos democráticos.

    Ahora el negocio es otro y es millonario. No importa la calidad, sino las cifras astronómicas generadas como ganancias. Y se las llevan unos pocos, los dueños de las plataformas, que están lejísimos de preocuparse por la información veraz y de calidad. Lo único que parece importarles es ese mundo sin fronteras, atontado, que resuelve todos sus deseos en ocho segundos. Eso es lo que hacen al crear las jaurías de fanáticos que pelean como perros callejeros.

    Cambiar se puede. Pero antes hay que asumir esa realidad para procurar una desintoxicación masiva. Y estamos lejísimos de hacerlo. Cada vez más lejos.