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    La vida en el ‘far west’

    ¿Logrará el intento de femicidio en la Facultad de Medicina y las tres adolescentes del INAU explotadas hacernos salir de la siesta en la que estamos sumidos desde hace quién sabe ya cuánto tiempo?

    Columnista de Búsqueda

    Hay que reconocer que nos fuimos acostumbrando. Un día nos parecía un espanto, al otro también y de a poco el cuerpo va cediendo a lo que antes le resultaba intolerable, a fuerza de repetición. Es así que ya no se nos hiela la sangre cuando cada día sin excepción contamos muertos en homicidios a balazos, hablamos de tiroteos incesantes por las noches en distintos barrios, sabemos que en algunas escuelas de Montevideo los niños juegan a ser narcos y que cada tanto algún padre va a ir a pegarle a alguna maestra, no dudamos de que cuando haya un partido de fútbol medianamente importante va a haber algún herido, esquivamos personas tiradas en la calle que no tienen donde vivir, y así tantas otras cosas. Nos fuimos acostumbrando a lo que no tanto tiempo atrás nos parecía horroroso e imposible que sucediera en un país como el nuestro, porque claro, acá esas cosas no pasan. Lamento pero pasan. Y lamento por los que las sufren y por los que nos acostumbramos. No quiero pero es inevitable. Y me pregunto qué clase de personas somos si nos acostumbramos a escuchar y ver el horror impávidos, sin mover un dedo.

    Pero cada tanto hay hechos que mueven un poco la estantería, que nos hacen sentir que todavía nos corre sangre por las venas y que generan una sacudida colectiva. En esta semana, al menos dos de esas situaciones a algunos nos hicieron salir de la anestesia casi permanente como defensa ante lo que no podemos cambiar.

    Primero fue el intento de femicidio a una estudiante de Medicina adentro de la propia facultad. El ejemplo más crudo de que estos ataques nada tienen que ver con horas, lugares, ropas, compañías, sustancias. Nada de lo que tantas veces tenemos que escuchar cuando asesinan a una mujer. Una estudiante de 19 años que estaba en su supuesto lugar seguro y sin mediar palabra recibe un ataque a puñaladas de un compañero de clase. Que por suerte sobrevivió al ataque y que según las últimas informaciones está “fuera de peligro”. ¿De qué peligro estamos hablando? En todo caso su vida no corre riesgo después del ataque infame en el pasillo de la facultad, pero lejos está esta estudiante de estar fuera de peligro. Primero, porque nada garantiza que esto no vuelva a suceder. Y segundo, porque el impacto emocional de un ataque de este tipo, aunque no quede ni una cicatriz, inevitablemente tiene consecuencias. Solo intenten ponerse un minuto en sus zapatos.

    Pasado el primer impacto y con el alivio parcial de que está viva, empezamos a conocer otros detalles. Los excompañeros del liceo 1 de Salinas del agresor, otro joven de 19 años, divulgaron una carta en la que enumeran situaciones que debieron soportar con la anuencia de autoridades y docentes años atrás. Violencia, acoso, miradas invasivas, manoseos, masturbación delante de una compañera en plena clase, expresiones como “hay que matarlas a todas”, entre otras. Y también aseguraron que todo esto era conocido por integrantes de la dirección del liceo porque las denuncias fueron reiteradas. “Fuimos escuchados pero jamás fuimos respaldados ni protegidos”, escribieron los jóvenes. Por el contrario, se les exigía empatía e integración hacia el entonces adolescente porque argumentaban que tenía un diagnóstico de salud mental.

    Basta con la carta de los exalumnos, respaldada por el gremio estudiantil actual, para entender que todo esto pudo haberse evitado. Todo lo que padecieron esos alumnos y el intento de asesinato de la estudiante. ¿Por qué cuesta tanto entender que algunos comentarios no configuran bromas o chistes? ¿Tan difícil es tomar medidas en situaciones en las que un alumno viola todas las normas de convivencia y respeto posibles? Los problemas de salud mental, si existen, se atienden, no se normalizan y se justifica cualquier acción producto de ellos. Lo primero es atenderlo. Pero nunca justificar acciones graves en su nombre. No es aceptable que ante situaciones como estas se responda siempre que el agresor “es un enfermo” o “tiene problemas psiquiátricos”. Mucho menos cuando las señales estaban a la vista desde hacía años, según los estudiantes, y quienes debieron actuar eligieron mirar para otro lado. Acá tienen su resultado. Ojalá no tuvieran que pasar estas cosas para que pensemos una vez más que no es admisible el abuso o la violencia de ningún tipo, mucho menos dentro de un centro educativo, donde se supone que los alumnos deben estar protegidos. Nunca más.

    Y con la sangre caliente por todo lo que no se hizo y no se evitó a tiempo llegó la otra patada. Un loop interminable. Tres adolescentes bajo el amparo del Instituto del Niño y el Adolescente del Uruguay (INAU) en una presunta situación de explotación sexual, sometidas a consumo de alcohol y drogas por parte de un adulto, en una nueva salida no acordada. Una vez más. Y nos enteramos solo porque el hombre, un sargento del Ejército, chocó y asesinó a una mujer que lamentablemente estaba en ese lugar cuando él decidió tomar la calle a contramano a toda velocidad. Tres menores bajo situación de explotación sexual y consumo y una mujer asesinada. La historia se repite. Basta recordar la cantidad de veces que se abordó el tema de las menores bajo protección del INAU, las salidas en las noches y sus consecuencias. Y tampoco es de recibo la explicación de que el INAU no es una cárcel y no se les puede impedir la salida. De ninguna manera cuando hay presunción de riesgo como había en el caso de la adolescente de 17 años y de ninguna manera cuando esas adolescentes y en otros casos niñas en situaciones similares están bajo tutela del Estado porque sus familias no pudieron o no quisieron cuidarlas. Están bajo cuidado del Estado y el Estado las ofrece en paquete de regalo a los explotadores. No podemos olvidar los casos en Rivera, con niñas de 10 y 12 años que salían de noche, las explotaban sexualmente y la vida seguía como si nada. ¿Hasta cuándo? El vicepresidente del INAU, Mauricio Fuentes, dijo a El Observador que “apenas se dio la salida no acordada se radicó la denuncia, porque no es una situación de la que se tome conocimiento con posterioridad, en el momento se intentó evitar la salida, pero la salida se produjo igual”.

    Entonces ya sabemos lo que va a pasar con esa salida. ¿Tenemos que esperar que ocurra para poder hacer algo para proteger a esas adolescentes? Insisto: la situación se repite y se repite y no parece haber una idea clara de qué hacer para evitarlo. Bueno, no es admisible.

    Y entonces acá seguimos, tratando de no acostumbrarnos al espanto pero corriendo los límites cada día un poco más. Porque lo que nos horrorizaba hasta hoy, si no abrimos los ojos, quizás mañana sea parte del paisaje. Como los tiroteos, los homicidios, la gente en la calle, las denuncias por violencia de género, la violencia contra los niños, los residenciales del horror. De esto último también ya nos olvidamos ¿verdad? Hasta el próximo que aparezca.