Tu apellido suena francés. ¿Tenés ascendencia?
Nombre: Verónica Chevalier Edad: 44 Ocupación: Periodista Señas particulares: Tiene una “conexión única” con Stitch, su bull dog francés; va con su tío a ver los partidos de Aguada; tiene una gemela idéntica; juega a la conga con amigas por plata
Tu apellido suena francés. ¿Tenés ascendencia?
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEs de ascendencia francesa y lo más gracioso es que somos descendientes hipersuperrecontralejanos de Maurice Chevalier. Creo que tanto nos lo preguntaron que alguien en la familia —no sé quién ni si es una leyenda familiar, yo elijo creerla— hizo el árbol genealógico y tenemos por allá un contacto.
¿Cómo fueron tus comienzos con Abel Duarte? ¿Cómo llegaste ahí?
Pura casualidad. Mi abuela siempre me decía que yo tenía una estrella de suerte o de fortuna, y creo que es cierto, por el hecho de que siempre estuve en el momento justo en el lugar indicado. Siempre supe que quería ser locutora, de muy chiquita. Mi abuela contaba que un día yo entré corriendo a la casa, la agarré del vestido y le dije “yo voy a ser locutora”. Y mi abuela me dijo “muy bien, me parece que sí”. Yo estaba segura, pero ¿cómo? Mi familia no conocía a nadie. Yo era fanática de Enrique Iglesias, tenía 14 años y un día estaba con la del club de fans —que después fue superamiga— y me dice “acompáñame a una radio para hablar del club”. Fuimos y Abel, por hacernos una broma, se fue del estudio en el momento (de salir al aire), pensando que nos íbamos a achicar. Y yo, a mi juego me llamaron. Nos dejaron solas con el micrófono y yo empecé a hablar. Abel me adoptó un poco, y también el doctor (Jorge) Marfetán, que es el histórico coconductor. Y con mucho apoyo de mis padres, que me llevaban y me traían, empecé atendiendo el teléfono, subía y bajaba a la gente que iba a Musicalísimo, que en ese momento era un monstruo. Estuve como seis años y se fue dando, un día empecé a hacer un móvil y otro día empecé a acompañar en la coconducción, cuando Abel se iba a hacer los bailes al interior.
¿Ser movilera es como un oficio de alto riesgo?
Me encanta, es lo que más me gusta, porque, de nuevo, me siento una privilegiada. La gente me abre la puerta. Por ejemplo, una de las fiestas que más me gusta cubrir es la de fin de año de los adultos mayores de la Intendencia (de Montevideo), porque sé que me esperan. “Ay, vino Vero”, dicen cuando llego, y me saludan con besos. Ya me conocen, como si fuéramos amigos. Y me ha pasado en notas más duras, que trato de poner todo lo que puedo para respetar la noticia y a la persona detrás, y me siento muy arropada, me siento segura. Muy pocas veces me ha pasado de tener miedo.
¿Es cierto que jugás a la conga con amigas por plata?
¡Es verdad! Sí, con Mariana y con Piru. Son cinco pesos el corte, 10 pesos si nos reenganchamos, que es muy frecuente, y 20 pesos el pozo. Yo soy la que siempre pierdo. Lo mío es patético, cuando voy a cambiar la estrategia me han tenido que hacer vales con papelitos. Y todas tenemos el mismo monedero lleno de las monedas que usamos siempre, con la misma plata. Pueden llegar a ser las cinco de la mañana y nosotras estamos enfervorizadas, uno más, uno más.
Tenés una hermana gemela idéntica.
Si de verdad querés saber, te voy a contar esto: mi madre se enteró en el parto, hasta ahí éramos un varón grande, Martín (ríe). En ese momento las ecografías se hacían un mes antes, y nosotras nacimos antes. Mi madre entra al trabajo de parto, el médico, con cara de circunstancia, le muestra la ecografía, que era como una placa, y le dice: “Señora, ¿ve esto? Es un bebé. ¿Y ve esto? Es otro”. “¡¿Qué?!”. Fue un caos, una revolución. Mi hermana ni siquiera tenía nombre, porque era Martín o Verónica.
¿Te pasa de sentir cosas que le pasan a ella como propias o es un mito?
Carolina es como si fuera un corazón caminando. Es otro privilegio criarte de esa forma con alguien. Es un conocimiento tan en la carne, en los huesos, que nos vemos y sabemos; ella sabe dónde me duele. Pero porque lo sentís, no porque sea nada sobrenatural. Porque estuviste nueve meses, porque sos lo mismo.
Siempre tenés una frase de tu abuela Lala, para los buenos y los malos momentos. ¿Por qué fue tan importante?
Nosotros, los primeros años los pasamos en la casa de mi abuela, porque mamá quedó con una anemia enorme, se desmayaba, generó un problema en el páncreas. Entonces, mi abuela nos crio y yo era la luz de sus ojos, y ella la luz de los míos. Y éramos parecidas. La tengo tatuada acá: la firma de ella, su flor, la azucena, y el colibrí, porque siempre que estábamos de vacaciones me mostraba los colibríes. Mi primer trabajo fue bordando perlas con ella para un diseñador italiano que se instaló en Uruguay. Ella me dijo: “Agarro el trabajo, lo hacemos juntas y vamos mitad y mitad”. Pero ella me dio todo, y yo me enteré muchos años después. Cuando decidí hacer la segunda carrera, de grande, me inventó una canción para los exámenes. Era una bobada, para reírnos. Decía: “Congratulations, el parcialation” (ríe). A veces se olvidaba de cantármela de noche y se ponía el despertador a las siete de la mañana. Ella falleció antes de que me recibiera y yo no podía entregar la tesis. Entonces mi hermana me hizo un anillo que dice “congratulations”. Y ahí fui y me recibí.