Durante meses abrió cajas, restauró piezas y volvió a encontrarse con trabajos que había hecho hacía décadas. Habla de ellos como si siguieran vivos. Algunas obras, dice, insisten. Mientras unas esperan una restauración, otras recién empiezan.
Mientras preparaba una retrospectiva de treinta años de trabajo, empezó un disco nuevo. Dice que necesitaba un contrapeso para no quedarse demasiado tiempo en el archivo. Dani Umpi: obra reunida se exhibe en Subte hasta el 4 de octubre
Durante meses abrió cajas, restauró piezas y volvió a encontrarse con trabajos que había hecho hacía décadas. Habla de ellos como si siguieran vivos. Algunas obras, dice, insisten. Mientras unas esperan una restauración, otras recién empiezan.
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa conversación sigue el mismo movimiento. Una respuesta lleva a otra y aparecen Tacuarembó, Brasil, los hongos que invadieron unos collages, las bolsas donde guarda sus obras, el deseo, una playa en Maldonado. Todo parece convivir con naturalidad.

Ahora, a los 50 años, dice que encontró algo que antes no tenía. No es una conclusión ni una respuesta definitiva. Es, simplemente, un lugar seguro desde donde seguir creando.
Esta retrospectiva coincide con tus 50 años. ¿Cómo estás viviendo este momento: más mirando hacia atrás o pensando en lo que viene?
Trato de hacer las dos cosas. Hice un doble movimiento que no sé cómo me saldrá. Como la retrospectiva implicó mucho trabajo de archivo, empecé un disco nuevo. No sé si eso es mirar hacia adelante, pero sí es algo nuevo. Me sirve como contrapeso, para no quedarme demasiado en el archivo, pensando dónde está esto o aquello.
¿Cómo fue volver a encontrarte con obras que habías hecho hace 30 años?
Yo creo que las cosas vuelven a aparecer a su manera. En la muestra pasó, por ejemplo, con unos collages que tenía guardados en una carpeta. Cuando los sacamos, 30 años después, estaban llenos de hongos y hubo que hacer un trabajo de restauración muy específico. Eso te hace pensar que las cosas cambian de valor o la forma en que las mirás o la forma en que quieren ser vistas. También hay obras que insisten. Había un flyer que se caía todo el tiempo, y había tres iguales. Al final entendés que tiene que estar ese flyer. Empezás a dialogar con los materiales y con las obras. Hay collages hechos con recortes de libros religiosos, símbolos herméticos... Si pienso en todo ese imaginario, capaz que hay una especie de nigredo alquímico, una materia en fermentación donde conviven lo emocional, lo histórico y lo simbólico. Y me gusta que la muestra no sea cronológica, porque así todas esas lecturas dialogan entre sí.
En tu obra aparecen muchas referencias religiosas. ¿Qué lugar tienen para vos?
Sí, me preguntan mucho eso. Mi familia y mi educación eran más bien católicas, jesuitas, pero con el tiempo me alejé. Igual siempre tuve un interés metafísico por otro lado, y eso aparece en algunas obras. Además, con la muestra vinieron amigos de distintas épocas de mi vida. Se juntaron muchos momentos y muchas maneras de mirar. Creo que eso también está presente. Es parte de uno. Está bueno rencontrarse con esas versiones de uno mismo que capaz habían quedado olvidadas. Al final, todo convive de alguna forma.
¿Qué pasó cuando empezaste a reunir tantas obras de momentos tan distintos?
Hay obras que tienen vida propia. Piden estar en algún lado, tener más relevancia que otras. Insisten. Son como duendes que dicen: “Yo quiero estar acá”. Eso vuelve todo más divertido. Después, en el montaje, todo fue cambiando mucho. Pero está bien: las piezas se van ordenando y se termina armando una cosmogonía. Rodrigo Barcos, el curador, ya me conoce. Sabe que a último momento le voy a cambiar todo y ya no se enoja conmigo. Soy muy caprichoso. No quería que hubiera ningún tipo de señalización ni fichas técnicas, que estuviera todo mezclado. Después negociamos. Algunas obras llevan el año y otras son de colecciones privadas, así que había que mantener cierta formalidad. Las terminamos haciendo escritas a mano. Para mí, la muestra tenía que ser muy inmersiva, y creo que eso se logró. Algunas cosas se entienden y otras no, como en todo.
Creciste mucho más cerca de Brasil que de Buenos Aires. ¿Sentís que eso marcó tu forma de mirar?
El consumo de Brasil era muy literal. En el norte comemos comida brasileña, todo con fariña. Hay una conexión muy directa, a veces muy explícita, con artistas como Hélio Oiticica y Lygia Clark, que me influyeron muchísimo. Tomé muchas de sus estrategias creativas. En ese sentido, por momentos mi obra parece no ser tan pop, y es cierto. Hay mucho de pop, pero también otras cosas. La Tropicália me atravesó muchísimo, otra forma de hacer arte que también viene de los años 60, pero no necesariamente del pop de Warhol, con el que a veces se me asocia. Capaz que eran fenómenos paralelos, pero el mío era mucho más latinoamericano. Igual, son suposiciones.
¿Sentís que ahí encontraste artistas con los que hablás el mismo idioma?
Sí. Me han formado muchísimos artistas, pero también es bastante random. Depende de la sintonía que logro con cada uno y eso se da de forma espontánea. Después son cosas que se ven con el tiempo; en el momento no te das cuenta. Con una retrospectiva eso aparece más claro. Y, por ejemplo, cuando la muestra está en San Pablo, esas referencias se entienden enseguida. En Uruguay, en cambio, mi obra a veces queda más perdida y no siempre se leen. Tiene que ver con las geografías, con los intereses personales... pasan muchas cosas a la vez.
Los parangolés aparecen varias veces en la muestra. ¿Qué te atrajo de esa manera de hacer arte?
Sí. Creo que fue una influencia conceptual, sobre todo de los neoconcretos. Esa cosa más expansiva, de romper los límites, de que la obra esté integrada a la vida o de que uno tenga que habitarla para que se vuelva obra, siempre me formó. Esos conceptos los tomé de ahí. Por eso a veces es un poco raro, porque en Uruguay no hay tanta tradición en ese sentido. Pero sí, es cierto que eso viene de Brasil.
¿Ahí también aparece un lugar para el otro?
Sí, de alguna manera se vuelve partícipe. En las performances, por ejemplo, a veces integro al público y otras son más de escenario, más para ver. Depende. Pero siempre hay una implicación, porque la obra no tiene un discurso cerrado. La persona que la está viendo tiene que hacer su propia interpretación. Yo nunca voy a decir: “Esto quiere decir tal cosa”. Trato de que se involucren.
Tu obra nace en Tacuarembó, se forma en Montevideo y se expande en Buenos Aires. ¿Qué te dio cada una de esas ciudades?
Es como una especie de escalera para subir, bajar y perderse. Siempre estoy yendo y viniendo entre esos lugares. Viví en Tacuarembó hasta los 18, después me vine a Montevideo, iba mucho a Buenos Aires, viví allá y seguí volviendo a Montevideo y a Tacuarembó. Si todo fuera más fácil, diría que soy alguien que está en la frontera. Pero no siempre se puede tener tanta libertad. Soy muy movedizo. Son tres ciudades muy distintas. Pero siempre digo que hay un pueblo en cada ciudad. De hecho, lo digo en una canción. Una ciudad grande puede vivirse como un pueblo y un pueblo como una ciudad grande. También depende de cómo uno se mueva. Todo puede ser inabarcable, pero también uno puede encerrarse mucho en un mismo lugar. Tacuarembó siempre aparece en mi obra. Los títulos de mis discos solistas suelen hacer referencia a algo típico de allá: Mormazo, Guazatumba, Lechiguana. Mi música puede parecer muy rara o muy electrónica, pero en el fondo soy el típico cantautor de Tacuarembó. El lirismo es muy de Tacuarembó. Con Montevideo mi relación cambió mucho. Hubo momentos en que no me sentía para nada integrado y, cuando volví, hace relativamente poco, me sentí completamente integrado. Y Buenos Aires es un lugar donde tengo muchos amigos y donde pude expandirme. Los collages que hice allá eran gigantes, tuve mi banda, grabé muchos discos y sigo yendo a tocar. Me siento parte de la escena pop de Buenos Aires, uno más. Hace muchos años que eso es así.
En una entrevista dijiste que no te interesaba convertir tu vida en espectáculo, sino construir un universo propio. Hoy la exposición de la intimidad es mucho más común. ¿Seguís pensando parecido?
Sí, eso también cambió mucho. Con las redes sociales y estas formas más performáticas de mostrarse, hoy está todo mucho más mezclado. Creo que siempre hay algo de performance, pero igual me sigue sorprendiendo. Mi novio, por ejemplo, está todo el tiempo filmando, haciendo reels. Yo no. Si tengo que anunciar algo, muchas veces me cuesta un montón. Aunque otras veces me sale de manera muy espontánea. Son formas de manejarse que tienen su momento. Capaz que ya no soy tan estricto como cuando dije eso. Antes, para salir a cantar, siempre me montaba. Pensaba mucho en el personaje, en el bufón, en todo eso. Con el tiempo eso cambió. A veces canto así nomás; otras veces me monto. Ya no tengo esa conciencia permanente de que, si me estoy mostrando, tengo que hacerlo siempre de una determinada manera. A veces esa búsqueda aparece y otras no.
¿Qué tan cerca está tu obra de tu vida?
Mi generación está muy marcada por la literatura del yo. Como yo también escribo, capaz que mi encuentro con esa tradición es más estético que real. Hablo de otras cosas, imagino situaciones o, si parto de mi cotidianidad, subrayo algunos aspectos, pero nunca soy yo. No hago arte para expresar mis sentimientos ni como una forma de catarsis. Nada que ver. Trabajo más desde el collage, desde la escucha de otros que de mí mismo. A veces ni siquiera estoy hablando de mí: estoy combinando colores o imaginando canciones que cantaría Dani Umpi, como si fuera una entidad aparte. Hablo de él en tercera persona. Si no fuera así, no me divertiría tanto. Mi vida privada, o la vida doméstica, tiene su encanto, pero voy por otro lado. Me interesan más sus partes graciosas. No me motiva trabajar con ella desde un lugar confesional.
¿Cuándo empezaste a darte cuenta de que tu obra había influido en otros?
Lo he pensado mucho, pero nunca con mi propia obra. Antes me habría dado mucha vergüenza. Habría dicho que era imposible. Pero ahora tengo que hacerme cargo de que sí. Hay toda una generación nueva que viene, me saluda y me cuenta que mi obra le interesó. Y también generaciones anteriores que hoy me ven de otra manera. Eso cambió, y bueno, me sigo el ritmo.
¿Qué te pasa cuando alguien te dice que tu obra lo habilitó a hacer algo?
Creo que tiene que ver con que yo soy bastante multifacético: escribo, hago música, tengo una pulsión plástica. En algún momento tuve que habilitarme a mí mismo para hacer todo eso sin preocuparme por elegir una sola cosa. Al principio me preguntaba: “¿A qué me dedico?”. Pero después entendí que mi manera de trabajar era esa. Y si eso después les sirvió o inspiró a otros, más que agradecido. También es cierto que en Uruguay hay muchos artistas así. Yo no los veía; siempre sentía que era muy raro. Pero Uruguay está lleno de artistas que hacen un montón de cosas a la vez. Capaz que también tiene que ver con eso: con que acá muchas veces uno tiene que ser artista, curador y hasta el que limpia todo.
En tu obra el deseo aparece una y otra vez. ¿Qué lugar ocupa en tu vida hoy?
El deseo sigue ocupando un lugar muy central, aunque hoy también trato de racionalizarlo un poco y direccionarlo. El deseo como motor está muy bueno. Lo que pasa es que a veces no se puede confiar tanto en él, porque no siempre está. Entonces hay que tener otros motores, más racionales tal vez, u otras búsquedas. Pero sí, el deseo nos mueve. Es un lema. Aunque, a veces, hay que ponerle nafta para que se mueva. Pero no solo para mí: también es una manera de comunicarse, de relacionarse, de hacer comunidad y, desde ahí, de cambiar las cosas.
¿Sentís que hoy hablamos distinto del deseo que hace unos años?
Sí y no. Hay acuerdos, en algunos casos bastante específicos —por ejemplo, en las relaciones de dominación—, donde los límites están muy claros y se establece muy claramente: esto sí, esto no. Después hay otros casos en los que siempre es más difuso. Pero eso también es interesante, porque implica relacionarte con otro y hacerlo desde el consenso.
Hay una frase tuya que me encanta: “Lo principal es guardar todo en bolsas, ponerle una etiqueta con nombre y ficha y no hacer obras que no entren en un taxi”. ¿Qué te permite ese orden?
Ese es casi el único consejo que doy cuando me piden uno para artistas. Al principio no tenía mucha conciencia de la importancia de guardar las obras y mantener un orden. Lo aprendí con los años, sobre todo cuando algunas de las más viejas tuvieron que pasar por un proceso de restauración. Me parece importante, especialmente para quienes tenemos una práctica parecida, porque a veces uno se deja llevar por el momento y las cosas se pierden o se estropean. Hay que tener un orden para conservarlas, pero también para poder pasar a otra cosa. Si no, eso te estanca. En cambio, cuando sabés dónde está cada cosa, podés empezar algo nuevo. Es encontrar tu propia lógica y aprender a manejarte también como un archivo.
¿Cómo fue que terminaste viviendo en Maldonado?
Me mudé a Maldonado con Goro (Gocher), mi novio, durante la pandemia. Somos una de esas parejas que se juntaron en ese momento. Fue muy inesperado, porque yo iba a Maldonado por las ferias o algún evento puntual. Nunca se me había ocurrido vivir ahí. Pero mi novio —yo digo que es un beach boy— ama la playa, así que me sumé a su viaje. Después todo se fue adaptando. Ahí doy clases, tengo mi taller y todavía estoy viendo cómo integrarme a la escena, aunque la verdad es que me recibieron muy bien. Además, muchas cosas las pude seguir haciendo a la distancia, que era mi mayor temor. Me adapté muy bien. Y bueno, el invierno es muy frío. Hay un poco más de sal y de hongos, pero lo voy llevando. Es un gran momento.
¿Te mueve más la obra que todavía no hiciste o la que ya hiciste?
Ahora tuve que volver bastante sobre todo lo que hice y poner el foco en eso. Por suerte no lo hice solo, sino junto con Rodrigo, la Fundación Ama Amoedo y todo el equipo del Subte. Hubo que mirar las obras, elegir cuáles entraban, cuáles quedaban afuera, restaurarlas... Fue un momento muy de mirar hacia atrás. Pero, al mismo tiempo, siento que todo sigue muy vivo, como si esas obras estuvieran recién hechas y todavía miraran hacia adelante. Y, además, ya sé que voy a hacer algo nuevo. No sé qué, pero la pulsión está, y la ejercito. Con la escritura, por ejemplo, tengo varias novelas a medio hacer, pero también escribo todos los días. Hago escritura automática, me siento y escribo cualquier cosa. Es una manera de mantener el músculo. Con los collages me pasa lo mismo: siempre estoy haciendo. Si no estoy en movimiento, las cosas no ocurren. Entonces siempre estoy creando.
¿Cómo es el mundo que elegiste para vivir hoy?
El mundo que elegí hoy es muy amoroso. Lo comparto con mi pareja, Goro. Estamos muy felices, y eso es lo principal. A partir de ahí nos organizamos. Es más un lugar seguro en un sentido afectivo. Puede ser móvil, nos podemos mudar, pero lo importante es estar bien donde estás. Ya no estar en algo que sea conflictivo, sino donde sos feliz.