A 50 años del milagro de los Andes

Hace exactamente medio siglo que cayó en los Andes el avión en el que viajaba el equipo de rugby uruguayo hacia Chile, y comenzó una de las historias de supervivencia más impresionantes de la humanidad

Hace exactamente medio siglo que cayó en los Andes el avión en el que viajaba el equipo de rugby uruguayo hacia Chile, y comenzó una de las historias de supervivencia más impresionantes de la humanidad

El 13 de octubre de 1972 el Uruguay y la región se estremecían con la noticia de que el avión que llevaba a un equipo de jóvenes rugbistas del Old Christian a jugar un partido en Chile había caído en las montañas. Nada más se supo de ellos hasta que 72 días después dos muchachos aparecieron caminando entre los valles para informar al mundo que 16 de los 45 pasajeros aún estaban con vida. Es una de las historias de supervivencia humana más grande de las conocidas hasta ahora, que sigue impactando al mundo, pues todavía se filman películas y se escriben libros sobre lo que sucedió o inspirados en lo que se llamó La tragedia de los Andes.

A lo largo de estas cinco décadas quienes sobrevivieron al accidente construyeron una vida marcada por el trauma de una de las situaciones más extremas que puede vivir el ser humano. ¿Cómo lo hicieron? Galería habló con algunos de ellos para saber cómo sigue influyendo en sus vidas, 50 años después, aquella experiencia límite.

Nando Parrado

“Solamente el hecho de estar escribiendo estas lineas, cincuenta años después de haber sobrevivido lo no sobrevivible… sería suficiente.

Por supuesto hubo una vida más allá de la tragedia. Fue mucho lo que sucedió en los años en que me consagré a vivir la segunda parte de mi única vida, reescribiendo una y mil veces cada día para saborear saber que estaba vivo. Espero vivir lo suficiente para ver a mis bisnietos y cuando pasen los años y me vean sentado en una butaca, viejo, cansado, inútil ya para tantas cosas… piensen en lo que ese mismo hombre hizo cuando tenía vigor y le reían los ojos y era capaz de arrastrarse por la nieve y el hielo, rozando los dientes mismos del diablo.

He tratado de querer a mis amigos con lealtad y generosidad. He amado a mis hijas y nietos con todas mis fuerzas. Y he querido a una mujer con un amor que ha llenado mi vida de sentido y de alegría. He sufrido grandes pérdidas y me han obsequiado con grandes consuelos, pero, con independencia de lo que me dé o me quite la vida, este es el concepto básico que siempre la iluminará: he amado con pasión, sin temor, con toda mi alma y mi corazón y ese amor me ha sido devuelto. Para mí, eso es suficiente”.

Carlos Páez

“Evidentemente el accidente te cambia la vida pero no solamente el accidente, del cual aprendemos, sino que es el accidente más la vida en consecuencia. Yo vivo dando conferencias por el mundo. El año antes de la pandemia di 102 conferencias en Rusia, España, Colombia, México, Chile, etc. Creo que es una historia extraordinaria protagonizada por gente común. Creo que ese es el gran gancho que tiene la historia, cualquiera de los que nos escuchan pueden sentirse parte de la historia. No es un mérito de uruguayos, no es un mérito de rugbistas, es un mérito del ser humano que tiene esa capacidad de adaptación y evolución a lo largo de una historia de 70 largos días. Esa es un poco mi reflexión de los 50 años. ¿Y qué era lo que nos daba esperanza en ese momento? Simplemente la familia, pelear por la vida y pelear por volver a casa. Yo no peleaba por Hollywood, no peleaba por libros, no peleaba por fama, yo peleaba simplemente para volver a mi casa con mi mamá, mi papá, con mi perro. Porque cuando suceden esas cosas se potencian las pequeñas grandes cosas que son las que le dan el verdadero sentido a la vida.

Álvaro Mangino

“Yo creo que durante muchos años nos hemos preguntado el porqué y el para qué nos pasó lo que nos pasó, y creo que ahí está una de las razones de la evidencia del accidente que tenemos en la vida de hoy, que es transmitir los valores y principios que tuvimos durante todos esos días para crear un gran equipo con un objetivo en común: volver a nuestros seres queridos. Eso fue lo que nos fortaleció durante esos 72 días para sobrellevar la presión a la que estábamos sometidos en cuerpo, alma y mente. Creo que lo más importante es la resiliencia de la familia, de los seres queridos, y en mi caso tuve una fortaleza muy grande que me la dio mi novia, Margarita Arocena, que es mi señora actual. Habíamos cambiado, no sé por qué, nuestros crucifijos y yo todos los días hablaba con ella. Eso me fortalecía mucho para luchar y seguir adelante durante cada uno de esos días que pasamos en esas condiciones tan dispares de la vida actual y que fueron muy difíciles para todos, sobre todo para mantener el equilibrio del cuerpo y la mente, que fue lo más importante para poder volver y estar aquí hoy con todos ustedes”.

Gustavo Zerbino

“Cincuenta años después siento una gratitud muy grande. Mi madre tenía 50 años, hoy tiene 100. Acabo de tener dos nietos y siento que todo eso es gracias a mis amigos que nos apoyaron para que hoy estemos aquí. Ni un solo día me acuerdo del accidente, a no ser que me lo pregunten. Siento una gran gratitud, la oportunidad de estar vivo y hacer cosas todos los días, por mí, por mi familia y por toda la gente. Así que estoy muy agradecido a la vida. No me acuerdo nunca del accidente, pero de mis amigos me acuerdo todos los días, les agradezco todas las mañanas cuando me despierto y a Dios por darme la oportunidad de tener otro día para disfrutar de la vida. Sobrevivir un día ya era un milagro, así que vivíamos un minuto, una hora, un día intensamente. Una de las cosas que mantenía con esperanza e ilusión era poder cumplir con la promesa que les había hecho a mis amigos de llevarle a cada madre, a cada hermano, la carta de Nicolich, de Arturo Nogueira, o los objetos que iban a poder ver para hacer su duelo. En mi madre y en mi familia no pensaba porque me hacía sufrir. Otra cosa que me mantenía vivo, de autoritario rebelde, era no aceptar ser un cadáver cinco meses después como dijo la radio, o sea de contra iba a ser todo lo posible para estar vivo. A la Virgen María le rezábamos todos los días, y todas las noches rezábamos el rosario para pedirle fuerzas, para agradecerle porque habíamos sobrevivido a la avalancha, para que en la oscuridad de la noche ningún pensamiento nos colonizara la mente. Además, rezando el rosario nos íbamos despertando, si no, nos moríamos congelados. O sea que le pedíamos fuerza a la Virgen y a Dios”.

Roberto Canessa

“Creo que la reflexión de estos 50 años es ver cómo se ha derramado toda esa gratitud a los que nos tocó sobrevivir, de poder contagiar a los demás al darnos cuenta de que la vida no está garantizada y que podemos perderla en cualquier momento. A partir del sufrimiento, el Old Christian reconstituyó su equipo de rugby, se acercaron muchos de los que no habían estado. Tuvo el apoyo de las familias que inclusive no estaban, el club creció, el espíritu de la montaña pasó a personas que no estuvieron. Se generó el espíritu de lucha, de resiliencia, una reacción positiva. Realmente quiero agradecer el apoyo de las familias de los que no volvieron y de toda la gente. Y ese espíritu también lo encuentro en la medicina. Con los pacientes, cuando tenemos que arrancar a trepar la montaña, arrancar de cero, cuando no sabemos cómo, de un bebé que todavía está adentro del útero y tiene un tumor en el corazón y lograr que ese niño se opere y sea compañero de clase de mis nietos. Esa es la idea de lo que fue lo que nos tocó vivir.

Yo pensaba en mi madre que mucha gente le había dicho que se le había muerto el hijo y yo quería decirle: ‘Mamá, no llores más que estoy vivo, sentime que estoy vivo y que voy a volver’. Tal es así que cuando volvimos al sanatorio me dijo: ‘Ya estás en casa’. Y también me aferraba a las flores de la primavera que había en el jardín de mi casa, en el hibisco que estaba floreciendo y yo no estaba para verlo, en la risa de mi novia, yo decía: ‘Qué habrá sido de ella, buscate otro, yo no te puedo garantizar nada’”.

Daniel Fernández Strauch

“Yo viví una vida hasta los 26 y otra vida hasta ahora que tengo 76, tengo más vida después del accidente que antes. Evidentemente, en la montaña tuve que aprender a la fuerza muchas cosas que después me sirvieron para todo el resto de mi vida, sobre cómo encarar la vida, qué es lo importante, esos valores que había en la montaña y cómo los utilicé después. Yo soy ingeniero agrónomo, fui docente en la Facultad de Agronomía y tuve muchísimos emprendimientos, y siempre, en cada cosa que iba a iniciar pensaba: ‘si yo armo un equipo como el que hicimos en los Andes no me para nadie’. En la montaña se generó un equipo que no se puede recrear acá porque ahí todos nos estábamos jugando la vida y era mucho más importante que acá que te la jugás por plata o por otras cosas. Pero el funcionamiento, la solidaridad, cómo se entregó el uno al otro, cómo nadie se creyó más importante que nadie, porque sabíamos que todos dependíamos de todos. Armar algo así es realmente importante y sirvió para toda la vida. Después, la fe. Mi fe era religiosa, creo en Dios, pero es creer en algo, tener esperanza porque sin esperanza no se puede vivir y eso lo comprobé en la montaña. Y en esta vida pasa lo mismo, perdés la esperanza, te entregás y te vas muriendo.

La mente es muy importante, te ponés a pensar en cómo podía estar a 4.000 metros de altura en manga de camisa con 40 grados bajo cero y no haber sentido frío. La mente prioriza determinadas cosas, la mente siempre tiene que estar positiva, es la llave, es la que genera la esperanza. No quiere decir que por tener mente positiva me iba a salvar, porque si hubiera estado sentado en otro lugar en el momento del accidente me hubiera muerto, pero el ser positivo es fundamental. También al ser un equipo y tener más o menos todos un mismo nivel de educación fue mucho más fácil. Y que se armaran los liderazgos. Los liderazgos no tienen la importancia que normalmente se le dan, porque entrás a una librería y nunca vas a ver un libro de equipos sino que vez libros de liderazgo, si no hay un líder, alguien que tome la posta, la cosa no marcha. Y está el equipo, que no se arma solo, y es tan importante como el líder porque si el equipo tira para atrás o no se pone la camiseta, no funciona. En la montaña todo funcionaba, cada uno hacía lo que tenía que hacer sin que le estuvieran dando órdenes o preguntándole. La familia era lo que nos hacía ir hacia adelante, era nuestra zanahoria”.

Roy Harley

“Es difícil separarnos de ese hecho tan fuerte y tan reconocido mundialmente. Yo pienso que nos marca el entorno, la sociedad, la gente. Yo no sé decir cómo sería Roy Harley si no hubiese vivido la historia de los Andes, pienso que no sería muy distinto.

Lo que me daba esperanza en esos momentos era volver a casa, no quería morir en los Andes”.

Antonio Vizintín

“Octubre es un mes de muchas emociones, me siento raro, emocionado, sensible diferente a otros meses. Porque se acerca el 13 de octubre y me vienen recuerdos, tristezas, melancolías, cuestionamientos y agradecimientos y una extensa mirada al pasado para buscar no sé qué. Recuerdos del colegio, de los Brothers y profesores que sin saber lo que no ocurriría nos prepararon para una vida dura, disciplinada y sacrificada, donde el rugby fue parte importante en el aprendizaje de valores. Valores que aparecieron en los momentos de gran caos cuando más los necesitábamos. Valentía, esfuerzo, sacrificio, compañerismo, solidaridad, humildad y muchos otros. Fuimos testeados a límites increíbles, los umbrales de dolor y frío nos hicieron sentir su crudeza y fuimos fieles seguidores del SI de Rudyard Kipling en su decálogo tratando de demostrar que no nos íbamos a entregar en la lucha. Los que dieron su vida en la montaña son los verdaderos héroes de esta tragedia, nos mostraron el camino a seguir y así lo hicimos. Buscamos salir del lugar y volver a nuestras familias con nuestros padres, madres y hermanos. ¿Acaso no es el lugar de refugio en los momentos difíciles, donde nos contienen y nos dan amor y comprensión? Un recuerdo: las expediciones y el optimismo de que la salida estaba ahí. Un capitán: Marcelo Pérez del Castillo, que desde el comienzo tomó el mando en el más difícil de los partidos, el de la vida”.

Adolfo Strauch

“Lo mejor de esta historia es que lo que llamó la atención en un principio pierde interés frente al amor por la vida y por nuestras familias, que era la fuerza que nos mantenía con vida. La tragedia, el sufrimiento, la antropofagia son lo que hicieron surgir los valores del ser humano; compasión, unión y solidaridad. Siempre tuve la seguridad de que íbamos a salir de la montaña, lo que me angustiaba era no poder comunicarle a mi madre que no sufriera ya que tarde o temprano yo volvería”.

José Luis Coche Inciarte

“Han pasado cincuenta años desde el 13.10.72, y aún no estoy seguro de saber realmente qué pasó. Aunque alguna idea me he formado en este tiempo…

Ojalá nada de esto hubiera sucedido, ya que hoy disfrutaría de los amigos que no volvieron, tomándonos un mate, un whiskacho y charlando de los hijos y de los nietos. Esto sí lo hago, pero ellos me faltan y ¡los extraño tanto!

Fue una tragedia y también un milagro. Tragedia para sus familiares, que no pudieron vivir la alegría del reencuentro. Quizá no así para mis amigos que allá arriba están, ya que con la muerte encontraron la paz que tanto añorábamos, y viven en ese paraíso en el que hoy se encuentran y al que tantas veces deseé ir.

Milagro para los que volvimos y pudimos experimentar la alegría del abrazo y del regreso con nuestras familias, nuestros amigos, nuestras novias… Y le llamo “milagro” porque todos los especialistas en montaña han dicho una y mil veces que lo que hicimos y logramos, no se puede hacer, fue casi un imposible.

Claro que al milagro hay que ayudarlo, como a la esperanza, al mismo tiempo que precisamente ambos nos ayudaron durante aquel terrible esfuerzo de mente, cuerpo y alma que transitamos durante 72 largos días y sus noches, sin un minuto de paz.

Y sí, ya han pasado cincuenta años, en los cuales pude concretar el sueño que en medio de la cordillera tantas veces imaginé no haría realidad: formar una familia con mi querida Soledad, tener tres hijos, que me dieron una nueva y enorme felicidad, y más tarde recibir a nueve nietos que de ninguna manera formaban parte de viejos cálculos. Una alegría tras otra alegría.

Desde aquel momento la vida me ha resultado algo sobre lo que no termino de asombrarme y agradezco a diario. Como me sigue asombrando y sigo agradeciendo el amanecer de un nuevo día. O de la misma manera que me asombró y agradecí aquella primera mañana en los Andes, donde, después de la peor noche de mi existencia, sentí la alegría de estar vivo. Entonces me asombra despertar un día más, pese a mi cáncer de mama (2013) y la metástasis en huesos (2018), con el que llevo una convivencia pacífica.

Lo cierto es que he llegado a mis 74 años rodeado de lo más grande que un hombre puede tener: una familia. La propia y la de los amigos perdidos. Y he llegado, entre otras cosas, para poder decir sin dudarlo, cincuenta años después, que la vida hay que vivirla, no desperdiciarla, que hay que hacer el bien sin mirar a quién y sin esperar nada a cambio, y con la certeza de saber que encontrando la paz, la libertad y la verdad, y sin temores, mereceremos ser felices”.