Las despedidas, los nervios, las inseguridades, la
satisfacción de poder decir “llegué”, así como el darse cuenta de que ahora
todo depende de ellos mismos. Ivanna, Marcia y Santiago son unos de los
primeros becarios que se instalaron en Ciudad Universitaria, el nuevo programa
desarrollado por el Ministerio de Desarrollo Social (Mides) y el Instituto
Nacional de la Juventud (Inju), en lo que alguna vez supo ser el hotel Los
Ángeles, sobre la avenida 18 de Julio, entre las calles Río Branco y Julio
Herrera y Obes.
Marcia es de Vergara (Treinta y
Tres), a casi 350 kilómetros de Montevideo. Estudia en la Facultad de
Agronomía, y después de vivir un tiempo con una familia amiga de la capital —y
adaptarse a otras costumbres y ritmos de vida muy diferentes a los suyos—, su
madre le acercó la propuesta de Inju para entrar a la Ciudad Universitaria.
Ivanna López es de Mercedes, tiene
18 años y está estudiando la carrera de Contador Público. Este es su primer
año, y desde marzo está viviendo en la capital por iniciativa propia. Primero
estuvo en una residencia femenina en Parque Rodó y ahora está dentro del
programa. Además de catalogarlo como “tremenda oportunidad’’, para Ivanna el
cambio de su casa a la residencia, y ahora al edificio fue notable: desde las comodidades
y su espacio personal hasta tener que cocinar y organizarse los tiempos para
poder estudiar. En definitiva, crecer.
Nuevo proyecto, vieja idea. Por el año 2000 se aprobó dentro del presupuesto
nacional la construcción de una Ciudad Universitaria en la excárcel de
Miguelete con capacidad para más de 1.000 estudiantes, propósito del por aquel
entonces senador de la República Jorge Larrañaga. Pero el proyecto nunca llegó
a concretarse. “Este proyecto no es específicamente aquel, pero sentimos que de
alguna manera viene a responder la misma demanda histórica”, explicó a Galería
el director del Inju, Felipe Paullier. El edificio lleva ahora el nombre de
Jorge Larrañaga por decisión del ministro de Desarrollo, Martín Lema. Este
nuevo coliving universitario —inaugurado el lunes 24 con la presencia
del presidente de la República— tiene seis pisos de habitaciones compartidas
con baños privados, un escritorio y armario por cuarto, además de las áreas
comunes para estudio.
El director del Instituto Nacional de la Juventud (INJU), Felipe Paullier, y el director de Descentralización y Territorio de INJU, Federico Delgado. Foto: Sofía Torres
Todo el edificio recibe muy buena
luz natural y los corredores están cubiertos de pinturas modernas y coloridas.
Hay además un comedor compartido equipado con cocinas eléctricas y heladeras
nuevas, y una habitación destinada a la lavandería con lavarropas industriales.
El diseño de los espacios más todo
lo referido al hospedaje está gestionado por Grupo Zag, “un grupo que hace una
gran apuesta por la vida en comunidad”, opinó Paullier.
Foto: Sofía Torres
Gracias a una inversión de alrededor de 108 millones de
pesos, esta “ciudad” alojará 180 becarios de entre 18 y 24 años —hoy ya están
viviendo 70—, de distintos departamentos, que se encuentren cursando una
carrera terciaria en la capital. Los jóvenes estarán acompañados por un equipo
multidisciplinario fijo de técnicos del Inju, formado por educadores, trabajadores
sociales y psicólogos. “No es un te doy alojamiento y se terminó, es buscar la
contención, el seguimiento y el acompañamiento en el cumplimiento de los
proyectos personales de esos muchachos”, señaló Federico Delgado, director de
Descentralización y Territorio en el Inju.
El ingreso de la totalidad de los
becarios se dará entre finales de este año y principios de 2023. El Congreso de
Intendentes fue el encargado de la selección de los estudiantes becados,
canalizando las solicitudes recibidas a través de las 18 intendencias
departamentales. Los cupos se repartieron por intendencia, llevándose más
cantidad los departamentos del norte del país por estar a una mayor distancia.
Eso sí, existen algunos requisitos.
Además de la franja etaria, debe ser la primera vez que el estudiante viene a
instalarse y estudiar en Montevideo. Otro de los requerimientos es estar becado
por el Fondo de Solidaridad o por Bienestar Universitario, y que el ingreso del
núcleo familiar del estudiante no sea mayor a 4 BPC per cápita (unos 20.000
pesos). Quien accede a las becas de Ciudad Universitaria automáticamente tiene
acceso a la beca del Fondo, para “darle una solución más integral a su
estadía”, explica Paullier, que no solo contemple el alojamiento sino también
la alimentación y los boletos.
Lo que tampoco se descuida es el
rendimiento de cada estudiante. Después de un año, para renovar el alojamiento
del siguiente —las becas son por tres años— tiene que haber un determinado
porcentaje de asignaturas asistidas y otro de asignaturas rendidas.
Mucho en común. Pero crecer siempre viene acompañado de miles de
incertidumbres, así como venir del interior a la capital. “Me preguntaba cómo
iba a ser convivir con otras personas, porque yo no estaba acostumbrado”, dice
Santiago, que, confiesa, sentía algo de miedo que se disipó apenas cayó en la
cuenta de que estaba rodeado de personas que estudiaban como él y con las que
tenía muchísimo en común. “Aunque veníamos de contextos distintos está bueno
ver cómo en un mismo lugar se concentran las mismas aspiraciones”.
Para Ivanna fueron nervios y
emoción multiplicados a la décima potencia. “Pensaba que no le iba a hablar a
nadie, pero no. El primer día ya nos llevamos muy bien entre todos, hicimos
pizza, fuimos un ratito a la plaza…”.
A Marcia, por su parte, no le
pareció tan difícil “despegarse”. Sus dos hermanas mayores ya habían tenido que
mudarse a la capital y transitar por el mismo camino que ella, así que tenía
dos ejemplos bien cercanos. Hoy está muy agradecida por la oportunidad de estudiar.
“Estoy muy orgullosa de haber venido de un pueblo chico y decir ‘llegué’. Mucha
gente de mi ciudad no pudo hacerlo”, contó. Pero la mejor parte es poder
estudiar junto a personas con las que comparte el mismo “lenguaje”. “Yo soy muy
nocturna, entonces suelo estudiar de noche. Con ellos (Ivanna y Santiago)
compartimos eso, entonces aunque no estudiemos lo mismo nos pusimos horarios
para hacerlo juntos, con recreos de cinco o 10 minutos, a veces un poco más (risas)”.
Foto: Sofía Torres
Crear comunidad. El programa apunta a un acompañamiento socioeducativo.
El equipo a cargo sabe de dónde viene cada estudiante, quién es su familia,
cuál es su realidad. La recepción de becarios se hizo progresivamente; semana a
semana fueron ingresando por piso. Ivanna, Marcia y Santiago fueron de los
primeros en llegar al piso 1, y ellos, junto con algunos pocos compañeros más,
organizaron el recibimiento de la siguiente “camada”, y así hasta completar
todos los pisos.
Cada piso tiene un delegado
designado por votación. A ellos se les hacen los diferentes anuncios desde el
área de Comunicación para que compartan la información con los demás. Si bien
en el edificio siempre hay algún responsable presente, los delegados son los
encargados de llamar a los coordinadores si hay algún inconveniente y de hacer
cumplir el protocolo para situaciones graves. De todas formas, existe un
teléfono de guardia activo las 24 horas con diferentes técnicos y coordinadores
encargados de cada turno
El equipo de Inju, además, motiva
actividades de integración, recreación y acceso a la cultura, sin mencionar el
esfuerzo por fomentar el vínculo con Casa Inju. Desde allí se impartirán
algunos talleres vinculados a la adaptación a la vida terciaria-universitaria,
a fomentar el emprendedurismo y las competencias laborales.
Pero entre “pizzadas” y
“guitarreadas” de bienvenida, también hay reglas que cumplir. Para ingresar al
edificio los chicos tienen una llave de ingreso que funciona como un token
en el cual se registran las salidas y los ingresos de lunes a jueves. Si en
tres días el becario no marcó ningún ingreso, constituye una falta y la
acumulación de varias puede significar el fin de la beca. “Nos parece bien,
porque está pensado realmente para la necesidad. Si yo en un mes duermo seis
noches afuera es porque tengo un lugar donde estar, entonces no necesito la
beca”, opinó Marcia.
Si viajan para ver a su familia,
tienen que avisar y llenar un formulario con el día de regreso. Al mes se
pueden tener hasta seis faltas con aviso. Además, si bien pueden venir
compañeros de facultad de los becarios a estudiar en las áreas comunes, que una
persona ajena al programa ingrese a la habitación constituye una falta grave.
Por otro lado, los becarios pueden
utilizar Slack, una aplicación para gestionar la comunicación en comunidad.
Junto al nombre y foto de perfil, figura el número de habitación. Eso sirve
para que el personal de servicio reconozca inmediatamente cuál es el aire
acondicionado que se rompió o la puerta que no abre. Además la aplicación
permite crear diferentes canales que agrupan los temas de conversación, desde
uno exclusivo para comunicados hasta otro para pedir o prestar café, sal o
encontrar un tupper perdido.