Crecer con dos papás o dos mamás

La legislación y el espíritu de los tiempos hacen que las familias homoparentales sean naturalizadas por las nuevas y viejas generaciones

Juntos, Hugo y Simón son dinamita. Viven en dos departamentos contiguos, en Shangrilá, y van al mismo jardín de infantes. Juegan como hermanitos; como tales, se pelean también. Se extrañan cuando no están juntos y poco después de la alegría del reencuentro, ya empiezan las hostilidades. Normal en dos niños de cuatro años: Simón los cumplió en noviembre y Hugo en febrero. Hugo es el hijo de las músicas Patricia Pata Kramer y Ana Prada; Simón lo es de la también cantante Samantha Navarro y Victoria Vito Bugallo, quienes se casaron en 2015.

Ana, de 50 años, no tenía pensado ser madre hasta hace pocos años atrás. Asegura que tanto para ella como para muchas mujeres lesbianas de su generación, pensar en la maternidad era algo así como un pecado de hybris dadas las otras luchas más urgentes que debían dar. “Primero fue el proceso de asumir tu sexualidad, que no es fácil ni gratuito; después, que lo acepten tu familia, tus amigos, en el entorno laboral. Para mí, hubo un montón de procesos a pensar antes de lo bueno de ser madre”. Pata, ocho años más joven, sí tenía a la maternidad más en mente, cuenta Ana.

Además de su propio trayecto, jugó y mucho lo ambiental. En ello, asegura Ana, tuvo bastante que ver “la agenda de derechos surgida en los gobiernos del Frente Amplio”, entre las que enumera las leyes de Salud Sexual y Reproductiva (2008), que permitía la adopción a parejas homosexuales (2009), de matrimonio igualitario y —sobre todo para su caso— de regulación de técnicas de reproducción humana asistida (ambas de 2013). Esta última, además, tornaba como prestación obligatoria del Sistema Nacional de Salud (SNIS) a técnicas hasta entonces sumamente costosas, inaccesibles económicamente para buena parte de la población. “Entonces, lo que uno no pensaba que le podía pasar porque le parecía imposible, empezaba a jugar. Eso contribuía a una cosmovisión del asunto: nadie quiere traer un hijo a un mundo que le sea hostil por tener dos papás o dos mamás”.

Lo ambiental hizo a lo personal. Ana y Pata llevaban ya tiempo de pareja, viviendo en una chacra en las afueras de San Jacinto. Como en cualquier caso, la estabilidad ayuda a tomar esta decisión. “Éramos una pareja estable, teníamos trabajo y vivíamos en un lugar precioso. Pata, más joven que yo, puso la parte más concreta: su cuerpo. Yo ya estaba fuera de servicio” (ríe). Fue en el vientre de Patricia que se gestó Hugo. Además, el tema genético, la carne de mi carne y sangre de mi sangre con que tantas telenovelas martirizaron, no es algo que a Ana la desvelara. También, admite, puede ser que recién pocos años atrás comenzara a picarle el bicho de la maternidad.

El 20 de febrero de 2018 nació Hugo Kramer Prada. Como en otra ley de 2013, se pudo elegir el orden de los apellidos. “Como Hugo es un nombre de origen germánico quedaba bien con el apellido Kramer”.

Ana y Patricia están hoy separadas. Sin embargo, el vínculo persiste; de hecho, para que Ana pueda hablar tranquila con Galería, Hugo quedó al cuidado de Patricia. “A lo largo de toda la vida hemos sido más amigas que pareja. La relación sigue siendo muy buena, vamos a ser familia toda la vida y nos manejamos como tal”.

Hugo no hizo hasta ahora ninguna pregunta relacionada con por qué tiene dos mamás. “Cuando eso pase, se verá. En todo caso, el prejuicio nunca va a ser de ellos, de los niños, sino de los demás”. Hasta ahora, asegura, todo el mundo se ha comportado con una saludable, deseada, naturalidad. Eso incluso las sorprendió. “Nosotros vivíamos cerca de un pueblo y teníamos dudas de cómo iban a reaccionar, gente mayor, quizá conservadora. ¡Esos también son prejuicios! ¡Y hubo cero dramas! Todo ‘ah, qué divino, cómo le van a poner’. Y eso me hizo pensar mucho… tal vez mujeres lesbianas con formación, de otras generaciones, lo cuestionarían más. Acá en cambio hablamos de gente humilde donde hay gurises que se criaron sin la madre, o hermanos de diferente padre, o con la madre sola, o con una tía o la abuela porque la madre es empleada con cama en Montevideo. Es que la situación de la familia perfecta ya no corre más”.

“Por ahora no hay inconveniente y por eso también vuelvo a la influencia de la agenda de derechos. Como es políticamente incorrecto cuestionar algo, por ahí el que tiene algo negativo para decir se calla la boca”, concluye la música. El espíritu de los tiempos ayuda a estas nuevas composiciones familiares.

Combatir prejuicios. En algo tan popular como el Carnaval, Jimena Márquez y Luz Viera, pareja e integrantes de Queso Magro, comparten este año tanto un escenario como la espera para ser madres. Jimena se pone en la piel de Graciela Bianchi, en una de las actuaciones más notorias de este concurso, y Luz lleva un embarazo de cuatro meses. Según contó la primera en radio Universal, esperan una niña, le pondrán Primavera y nacerá en julio.

Ya hace muchos años, quizá décadas, que el hijo de padres divorciados, por poner un ejemplo clásico, no es más el bicho raro del aula. La diversidad de la concepción de familia se está ampliando, ayudada por el marco legal ya resumido y por el zeitgeist. Los estudios internacionales han dejado en claro que una pareja de dos mujeres o dos hombres puede ser tan buena (o tan mala) para el desarrollo de los hijos como una pareja heterosexual. Esto ha ayudado a naturalizar y normalizar una situación que, si bien todavía sigue siendo minoritaria (y muy difícil de cuantificar), se ha dado de hecho prácticamente desde que el mundo es mundo.

Aurora Reolón, referente de la Asociación de Padres Adoptantes del Uruguay (APAU), una entidad creada en 2000 y con un número muy oscilante de miembros, dice a Galería que tienen entre sus contactos a cuatro familias homoparentales, dos de varones y dos de mujeres. La adopción es un camino, la fertilización asistida es otro (apelando a bancos de gametos). De hecho, una pareja puede apelar, si está comprendido dentro de la ley, a un vientre subrogante (el alquiler de vientres está prohibido en Uruguay).

Cuando Camilo López Bonilla, hoy de 25 años, se fue a anotar a la Escuela Naval se topó con un formulario anacrónico: tenía que completar los nombres del padre y de la madre. Pero él tenía a su papá, Ruben López, y a su tata, Mario Bonilla. Sus dos padres, además de su novia, lo acompañaron para dejar clara la situación. Dice Mario, un médico veterinario de 60 años recientemente jubilado, que ellos ya se han hecho expertos “en cambiar todo tipo de certificados oficiales”.

Camilo siguió su carrera militar sin problemas y hoy está de viaje con el Capitán Miranda, del que desembarcará en mayo. Mario y Ruben, un martillero retirado de 64 años, están juntos desde hace 30 y casados —ni bien pudieron— el 22 de agosto de 2013, el día de los primeros enlaces entre homosexuales de Uruguay. Camilo fue adoptado por Ruben desde que era bebé (era lo único que legalmente se podía hacer entonces) y si bien siempre estuvo al cuidado de la pareja, recién a partir de entonces pasó a ser legitimado como hijo de ambos. Su caso es muy conocido en el continente: de hecho, es el primer hijo legítimo de una familia homoparental en América Latina.

El día del casamiento de sus padres, además, Camilo conoció a quien aún hoy es su novia, Daniela.

“Nosotros no teníamos pronosticado tener un hijo. Fueron designios diversos los que nos llevaron a Camilo. Fue una posibilidad que surgió”, dice Ruben, desde Mercedes (Soriano), donde viven. Por “respeto a la privacidad” de su hijo, y a la de su familia biológica, no dan mayores precisiones sobre qué fue lo que generó esa “posibilidad”. El proceso de adopción lo hizo él; con la aprobación de la unión concubinaria, en 2007, Mario también podía aparecer como adoptante; el círculo se cerró con el matrimonio de ambos. Al impulso de los nuevos tiempos, la familia fue adoptando nuevas formas legales.

“Nosotros tiramos por la borda todo lo que era prejuicio”, afirma Ruben. Durante mucho tiempo, la adopción de niños por parte de hombres gais era mal vista por una parte de la población: se temía que los “condenaran” a la homosexualidad o que fueran víctimas de abusos. Sin embargo, ellos nunca sintieron rechazo social. “A veces damos charlas en foros internacionales y siento que se desilusionan, como que esperaban una lucha de todos los días. Pero lo cierto es que si bien sentimos que rendíamos examen todos los días, la vida son acciones y devoluciones”, dice Ruben. “La discriminación pasa por uno mismo; si uno se acepta y lo acepta, lo aceptan también los demás”, agrega Mario, que reconoce: “No sé si fuimos valientes o inconscientes”.

Para reafirmar sus dichos, cuentan que a las fiestas de cumpleaños de Camilo, si se invitaba a 70 personas “terminaban yendo 110”. Todos los febreros se iban unos días de vacaciones a Punta del Este: “Siempre venían con nosotros uno o dos amigos, desde los cinco años de edad”.

El único episodio extraño, pero que al final no pasó de ser una anécdota, ocurrió cuando Camilo estaba en segundo año de la Naval. Activistas del movimiento LGTB desde siempre, Ruben y Mario desfilaron durante la Marcha del Orgullo Gay de entonces con una pancarta que mostraba a los tres bajo una inscripción: “Nuestro hijo es hetero, pero igual lo amamos”. La frase tenía un humor muy sutil, pero Camilo aparecía vestido con su uniforme militar. “Eso fue lo que nos cuestionaron (desde la institución), pero les respondimos que nosotros estábamos muy orgullosos de nuestro hijo, de todo lo que es él, y que lo queríamos expresar. Al final, transamos en que en las marchas no usáramos más su foto con el uniforme”.

Envidiadas dos mamás. Desde que se reglamentó el acceso a las técnicas de reproducción asistida, en 2015, hasta el 31 de diciembre de 2019, ingresaron al Fondo Nacional de Recursos (FNR) 3.560 solicitudes de inicio de tratamiento, de las cuales se autorizó el 91,6%, según un reporte oficial de 2021. El promedio de edad de las mujeres solicitantes es de 39,2 años, aunque hubo extremos de 19 y 58. El informe no desglosa si se trata de mujeres que están en parejas heterosexuales, homosexuales o solas. En total, 1.008 bebés nacieron en este período gracias a esta posibilidad. Uno de ellos fue Hugo; otro, Simón Navarro Bugallo.

Ana Prada y Samantha Navarro, colegas, vecinas y amigas, bromean con que si Hugo Kramer parece el nombre del vocalista de una banda alemana de hardcore, Simón Navarro podría ser “un cantante de boleros”.

Cuando estaba “en edad de ser madre” (una convención cultural, basada en factores biológicos), Samantha priorizó su carrera. Cuando estaba “por terminarse la edad de ser madre” (otra convención cultural, ídem), tuvo una charla con su padre que le preguntó “qué pensaba hacer”. Hizo las averiguaciones que podía hacer por entonces, hasta concluir que las técnicas eran, además de complicadas y con chances de éxito menguadas, carísimas. Aún el FNR no comenzaba a tallar.

Ya junto a Vito, ya casadas, ya con este procedimiento incluido como prestación y financiado por el FNR, la situación fue otra. No fue una decisión fácil. Victoria, más joven y con más ánimos para hacerse los exámenes, fue quien quedó embarazada. “Y acá está Simón. En un punto fue raro, porque no diría que fue el sueño de toda mi vida, pero luego de que comenzó el proceso todo cambió”.

En este tiempo ya registra un par de episodios curiosos. El matrimonio había ido a una playa con Simón todavía bebé, donde Samantha se encontró a una conocida —que hacía tiempo no veía— y su hija. “Luego de los saludos y de la charla, en un momento era bastante evidente que no entendía qué era yo, si era la mamá de Vito y la abuela de Simón o qué. En un momento, la hija le avisa que mi niño tenía ‘dos mamás’ y ella quedó... (cara de asombro). Al ratito dijo: ‘Ah, bueno, entonces es mucho más fácil’” (risas).

En el jardín, una compañerita dijo en el medio de la clase: “Simón no tiene papá”. Otro le respondió: “Pero tiene dos mamás”. A la compañerita del inicio le entusiasmó la idea: “¡Yo quiero tener dos mamás, también!”.

Estas historias reflejan más ternura que angustia. Sin embargo, los padres de Samantha le han manifestado su preocupación por un posible futuro bullying. “Yo les contesté que lo más probable es que sí, que sufra bullying. Eso pasó toda la vida. Además, siempre va a haber un motivo para que se burlen de un niño, si es gordo, flaco, alto, bajo. Eso es parte de las relaciones. Lo importante es que él tenga las herramientas para que pueda manejar esas situaciones. Y con el tiempo irá haciendo las preguntas que le surjan. Una vez preguntó por qué no tenía un padre y le contestamos que tenía dos madres, le dijimos también que hay familias de todo tipo, ¡y él copado, entendió todo!”.

Papá sabe peinar. Entre 2020 y 2021, el Instituto del Niño y el Adolescente del Uruguay (INAU) dio en adopción a 230 niños. Diez de ellos, poco más de un 4%, fueron a vivir a hogares homoparentales. Entre ellos, Luis y Daniela, dos hermanos de cinco y seis años, respectivamente.

Luis y Daniela no son sus verdaderos nombres. Así lo pidieron sus padres, el politólogo Maxi Olaverry (33) y el empleado privado Sebastián Flores (35), de Colonia del Sacramento. El argumento es que si bien viven con ellos desde agosto, luego de que se les ratificara a los pequeños la situación de adoptabilidad, están esperando que la Justicia les otorgue la patria potestad, algo que prevén esté pronto para febrero próximo. Por ahora, lo que tienen es la tenencia provisoria. Pero ellos ya se sienten padres. Lo son.

Sebastián fue el que planteó en la pareja, que ya lleva 10 años, la idea de tener hijos. Maxi al principio priorizaba su carrera y pensaba en una familia solo de dos. Finalmente, optaron por adoptar. “Pensamos que en vez de traer al mundo a alguien genéticamente parecido a nosotros, mejor cambiarle la vida a alguna personita que ya estuviera aquí”, dice el primero. “La subrogación me parece perfecta, pero creo que para las parejas de varones la adopción es el mejor camino. Te admito que cuando nos inscribimos (en el INAU), en agosto de 2017, yo todavía tenía dudas. Pero me terminé enamorando de todo”, agrega el segundo.

Esas dudas, precisa Maxi, no eran por los prejuicios que aún pueda haber hacia una pareja de homosexuales. “Eso va a estar toda la vida, va a ser una lucha constante. Mis dudas eran simplemente que no tenía a la paternidad como proyecto… ¡pero hoy lo defiendo a capa y espada!”.

La inserción social fue más fácil de lo imaginado, más allá del apoyo recibido por las instituciones públicas y por la Asociación de Padres Adoptantes del Uruguay (APAU). Además, era inevitable: ambos lideran el colectivo Colonia Diversa y son personas conocidas en la capital departamental. “A diferencia de una pareja heterosexual, que puede hablar de la adopción solo si se lo preguntan, acá era algo indisimulable, es irruptivo todo el tiempo, ¡es como salir del clóset todos los días!”, dice el politólogo, que además trabaja en el Mides.

Sebastián cuenta que la recepción en la escuela pública tanto de las autoridades como de los respectivos compañeritos fue sumamente satisfactoria. “Y con los otros padres también pasó lo mismo: los invitaron a sus casas, dejaban que vinieran sus hijos a jugar a casa. Hubo confianza y apertura. Claro, no sé si en otra ciudad hubiera pasado lo mismo”. Enseguida, aclara que él es de Melo y Maxi del interior de Colonia.

Por ahora sigue la adaptación. Luis y Daniela llaman a ambos “papá”. Ellos les piden que les agreguen el nombre para que no haya confusiones sobre quién tiene que acudir a una llamada de auxilio. En un momento probaron que uno fuera “papá” y otro “papi”, pero esta idea no prosperó.

“Hablamos de todo porque preguntan de todo. Y nosotros les respondemos con la información que puedan procesar dos niños de cinco y seis años, pero sin el cuentito de hadas. Recuerdo que nos preguntaron si teníamos sexo, aunque con otras palabras (risas)… Les dijimos que sí, que todas las parejas lo tenían y quedaron sorprendidos. Eso tiene que ver con el imaginario que podían tener de ser papá”, cuenta Sebastián.

Ambos hermanos, nacidos en un contexto de mucha vulnerabilidad, estaban institucionalizados desde bebés. Daniela se sorprendió con el descubrimiento de que su papá la sabía peinar bien, algo que pensaba que no era propio de un padre. Los gritos de alegría cuando llegan a buscarlos a la escuela, y que se sienten desde una cuadra antes, son indicador de que todo va viento en popa. Luis dice que de grande quiere ser papá. Todo está marchando bien.

NO CON LOS NIÑOS

“Claramente ha habido avances y naturalizaciones. Todas las familias homoparentales que conozco han recibido aceptación y respeto”, le dice a Galería Sergio Miranda, coordinador de la Secretaría de la Diversidad de la Intendencia de Montevideo (IM), activista por los derechos LGTB e integrante de la primera pareja de homosexuales que se casó en Uruguay, el 22 de agosto de 2013, horas antes de que lo hicieran Ruben López y Mario Bonilla (ver nota central).

Sin embargo, Miranda percibe que en los últimos tiempos ha habido “un rebrote de la violencia homofóbica, en cantidad e intensidad”, sobre todo apuntando a adolescentes y adultos. En el período de gobierno departamental anterior habían recibido 200 denuncias; en lo que va de este, comenzado a fines de 2020, ya llevan 85.

“En el caso de hostigamiento a hijos y a sus familias no me han llegado denuncias. También es cierto que por lo general son niños chicos”, concluye.