El espectáculo for export de un ajedrez entre mastodontes

Cada vez más uruguayos siguen el Super Bowl, la finalísima del fútbol americano

Primero, la excusa para todo este palabrerío. Este domingo 13, un equipo-franquicia, en rigor llamado Los Angeles Rams, los Carneros de Los Ángeles, buscará repetir el título obtenido en 2000 cuando estaban afincados en San Luis y se llamaban, obviamente, St. Louis Rams. Su rival será los Cincinatti Bengals, los Bengalíes —tigres, bah— de Cincinatti, quienes hasta ahora no han bebido un sorbo de la gloria máxima. Y se trata del Super Bowl, la final-finalísima de la National Football League (NFL), que se jugará en el SoFi Stadium angelino. Estados Unidos se paraliza ese día; Canadá y México, también; de a poco, el resto del mundo va prestando más atención.

El Super Bowl es el principal producto de exportación del fútbol americano, una disciplina totalmente made in Estados Unidos, ahí donde el football es esto y al fútbol se le llama soccer, con todos los aditivos que un país adicto al entertainment le puede dar al deporte. Para los devotos, es un juego vibrante y estratégico equivalente a un ajedrez sobre 120 por 53 yards (110 por 49 metros). Para los profanos, es un juego sumamente cortado, parecido a un rubgy con casco y no muy distinto a dos manadas de 11 bisontes cada una embistiéndose entre sí.

Luego, sus rebotes en esta tierra tan lejana. Cada vez hay más aficionados uruguayos sumergidos en este mundo de quarterbacks, touchdowns, head coaches, field goals o kickers. Puede ser que hayan sido subyugados por el Super Bowl, ese evento que suele superar los 100 millones de televidentes solo en Estados Unidos, otra cifra similar en el extranjero y que este año cotizará el segundo de publicidad en más de 215.000 dólares (un spot de 30 segundos está valuado en US$ 6,5 millones). Es mucho más que un partido: es un evento audiovisual rentable y popular como muy pocos. Por el famoso halftime show han pasado músicos de la talla de Michael Jackson, The Rolling Stones, Paul McCartney, U2 o Madonna. Esta edición estará dedicado al hip hop, con la participación de Dr. Dre, Snoop Dogg, Eminem, Mary J. Blige y Kendrick Lamar. Es el momento culminante de un fin de semana repleto de eventos relacionados con el football: se estima que aún en pleno reinado de la cepa ómicron del Covid-19, las arcas de Los Ángeles se verán favorecidas con casi 500 millones de dólares, considerando que el precio de las habitaciones de hotel se cuadriplican en estos días, lo que no impide que ya hace tiempo esté todo reservado.

O puede que también les guste el juego, que es “100% táctico y estratégico”, como “un ajedrez jugado por mastodontes”, como lo define Fernando Medeiros (45), exjugador y hoy árbitro y coach de la selección uruguaya de fútbol americano. Es que aquí hay unos 300 jugadores, entre mayores y Sub-21, distribuidos entre cinco equipos montevideanos que disputan la Liga Uruguaya de Fútbol Americano (LUFB), fundada en 1999. El último partido de la selección, los Charrúas, fue en enero de 2020 con victoria de visitante ante Brasil por 17-0. Eso el fóbal no lo logra. 

Entusiasmo. La afición de Medeiros, jugador de baby fútbol de niño y de básquetbol de adolescente, nació como la de muchos, cuando la televisión por cable aterrizó en el país y empezó a emitir partidos de esto que parecía un rugby pero con cascos, hombreras, calzas, porristas, cuatro cuartos de 20 minutos cada uno, entrenadores de ataque, de defensa o de líneas todos comunicados entre sí y con el head coach, y jugadas que no superaban los 11 segundos. Muy pronto se hizo hincha de los Green Bay Packers, los Empacadores de Green Bay, cuyos hinchas se hacen llamar los cheeseheads (“cabezas de queso”, algo tan inentendible para un uruguayo como para un nativo de Wisconsin puedan ser los apelativos manya o bolso). Este equipo, ganador de cuatro Super Bowls, goza de gran simpatía entre los fanáticos del Fútbol Americano de esta parte del mundo, algo motivado porque a diferencia de los otros 31 equipos de la NFL no es propiedad de ningún magnate sino de sus propios socios.

La parte táctica y estratégica, que no emerge a simple vista, fue lo que lo enamoró. Esta es una respuesta común a todos los consultados por Galería. Me gusta que es 100% táctico. “Para quien lo ve por primera vez, es un juego muy entrecortado, en el que se avanza por oportunidades (downs, hasta cuatro por ataque). En cada uno de estos, se para un equipo ofensivo y otro defensivo. Ahí se hacen las jugadas de ataque y defensa. Nosotros en la selección uruguaya tenemos un libro con 150 jugadas, ¡los equipos de la NFL tiene 300 o 350! Las jugadas se plantean dependiendo del rival, de qué jugadores tenga disponible, algunos eligen más linieros para defender al mariscal de campo (el quarterback, el jugador más importante del equipo), otros más receptores, más corredores, más alas cerradas, otros prefieren ponerte un gordo para que ponga más fuerza… Todo esto es un tira y afloje de la ofensiva y defensiva que me hizo enamorarme”, concluye este diseñador gráfico y posproductor de videos.

Los fans se entusiasman y lo expresan en explicaciones que a oídos no familiarizados suenan a esperanto, pero también aseguran que es amor a segunda vista.

En el gremio de comunicadores y periodistas uruguayos es frecuente encontrar adeptos al football, también (menos) conocido como gridiron por el esquema de parrilla del campo de juego. En el caso de Gonzalo Delgado (46) y Gonzalo Cammarota (45) el interés nació en México. El primero vivió de chico en ese país, donde debido a la cercanía con su poderoso vecino el fútbol americano goza de mucha popularidad, e incluso jugó en las calles la variante flag football, donde en vez de los violentos tackles, los defensores tratan de anular a los atacantes sacándoles una media o trapo colgada en la cintura. El segundo estuvo ahí de visita ya de adulto y se enganchó viendo un partido de los Carolina Panthers. Ya en Uruguay, el cable e Internet alimentaron la afición.

“Yo tengo la teoría de que el fútbol americano es una empresa en función del deporte, es el capitalismo elevado a su máxima expresión”, piensa Cammarota y desarrolla: “Se mide el desempeño de cada parte en forma aislada. Cada equipo en realidad son tres equipos: el que ataca, el que defiende y los ‘especiales’”. Cada plantel consta de 45 hombres por partido, pero en la cancha solo puede haber 11 por lado. Una de las características de este deporte es que hay jugadores específicos para una única función: patear, pasar, sujetar, correr, ayudado por los cambios ilimitados permitidos en cada match.  La idea futbolera de un volante mixto o polifuncional es acá una abstracción inentendible. “Es una cosa ultraestratégica porque todo tiene que funcionar como un reloj, cada pieza debe cumplir su función hiperespecífica, ¡por eso lo del capitalismo!”.

No todo es estrategia. A Gonzalo Delgado le gusta la capacidad de “improvisar sobre la marcha” que tiene el quarterback, el mariscal de campo, lo que traducido al balompié sería el 10, el habilidoso que decide la jugada ofensiva. “Muchas veces tiene que cambiar sobre el pucho la orden que le indicó el coordinador porque la defensa rival se paró de forma distinta a lo previsto”. Así, a veces no le queda más remedio que correr hacia adelante en vez de efectuar el habitual forward pass (pase adelantado con la mano), una de las reglas que lo diferencia de su pariente el rugby. Cortado por la fuerza de las reglas y del exceso de estrategia, sin la continuidad de juego que tienen el fútbol, el rugby e incluso el básquetbol, “también puede ser sumamente plástico y estético, sobre todo en una carrera larga”, agrega.

Cortado y todo, esta manera de jugar garantiza puntos, emociones y resultados inciertos hasta el final. Por caso, un deporte en el cual el 0 a 0 es un resultado común (no hace falta decir cuál) difícilmente cale hondo en un público ávido de show como el estadounidense.

Que lo mira por TV. A diferencia de otras de las major leagues de Estados Unidos, la temporada regular de la NFL es muy breve y se desarrolla en 18 semanas de setiembre a diciembre. Los 32 equipos, repartidos en dos conferencias (la Nacional y la Americana), a su vez subdivididos en cuatro divisiones, juegan 17 partidos cada uno antes de los play offs. Los abonos se venden como agua y las entradas son muy caras. Para el Super Bowl, donde se enfrentan los campeones de cada conferencia, la entrada más barata —ahora solo disponible en el mercado negro— puede valer unos 9.000 dólares. “Vas a ver un partido o te comprás un autito”, ríe Medeiros.

Quizá por ello, ninguno de los fanáticos uruguayos consultados pudo vivir in situ la experiencia del fútbol americano, que incluye música, luces, hectolitros de cerveza y buffalo wings, alitas de pollo fritas y bañadas en salsa que son al fútbol americano lo que la torta frita al baby fútbol (y que de alguna manera explican los problemas de obesidad que hay en Estados Unidos). “No es como la NBA, que siempre hay partido. Acá tenés que tener mucha liga para ir a una ciudad de EE.UU. y que haya un juego. Una vez estuve cerca, cuando anduve en Foxborough (N. de R.: donde juegan los New England Patriots, los más ganadores del Super Bowl), pero era una crueldad ir con mi mujer con 15 grados bajo cero”, dice Cammarota. Medeiros lo jugó en Uruguay entre 1999 y 2010 en Druidas y Golden Bulls, pero en la Meca del deporte lo más vivencial para él fue ir al Hall of Fame en Canton, Ohio.

Quien estaría más cerca de verlo es Agustín Onetto (22). Desde agosto estudia el equivalente a Administración de Empresas en el Brevard College de Carolina del Norte, adonde llegó con una beca deportiva para jugar al fútbol (el no americano). Ya de Uruguay llevó su gusto por el fútbol (el americano), nacido de mirar ediciones del Super Bowl y de jugar al Madden, un videojuego que es a este deporte lo que la saga del FIFA es al balompié. No irá al partido definitivo: no hay entradas, el campus está en la otra punta del país y, para peor, los Packers fueron eliminados, lo que aún le duele. En el college instalarán una pantalla gigante y se apronta un kilaje récord de buffalo wings. Pero ya palpita la pasión.

“Tengo pendiente ir a la NFL, pero ya he visto partidos por las ligas colegiales. Es increíble, acá (en Brevard, una localidad de menos de 8.000 habitantes) la cancha tiene una tribuna sola, para unas 800 personas, y siempre está lleno. Van policías, comerciantes, familias, los de las ambulancias, se para todo el pueblo; vienen alumnos, profesores, exalumnos... Es el deporte que más convoca y cada comunidad tiene su equipo”, cuenta.

Entonces, el seguimiento es por televisión, sobre todo por ESPN, o por Internet. La NFL tiene una aplicación que, por 80 dólares anuales, permite acceso a todos los partidos, entrevistas, highlights y toda la información para saciar al más fanático. Medeiros por supuesto la tiene; estamos hablando de un hombre que posee además camisetas, gorros, llavero para el auto y sobres de dormir para sus dos hijos con la insignia de los Packers, además de conducir un podcast —Cheese Chat— para 50 o 60 fieles seguidores en Sudamérica. Cammarota tiene la blusa 4 de los Packers, la misma que usó el legendario Brett Favre (sí, el de Loco por Mary). Juan Pittaluga (35), periodista de Búsqueda, tiene una remera de entrenamiento de los Patriots, la franquicia de la que es hincha porque tiene los mismos colores de Nacional.

Uno de los motivos que se ha esgrimido para explicar el escaso ingreso de este deporte en el tercer mundo es el costo. Un equipamiento “medio pelo” —casco, calzas, hombreras y jersey— se puede conseguir en Estados Unidos por 600 dólares, estima Medeiros. Y es lo mínimo para no terminar con todos los huesos rotos. Para el fútbol, en cambio, alcanza con una pelota y un par de buzos para los arcos en un campito.

Tiempos modernos. “Sufrí mucho bullying, sobre todo cuando volví de México, que me vivían tomando el pelo. Todavía en la radio (Del Sol FM) lo hacen cuando digo algo sobre el tema”, dice Delgado. “A mí me tomaban pila el pelo mis amigos, sobre todo los que jugaban al rugby, que me decían que el casco era para blanditos”, añade por su lado Onetto.

“Te joden con que es una cosa yanqui, ¡yo lamento que no me guste el mundial de taba!”. Cammarota se burla de los prejuicios, sustentados posiblemente por ese “capitalismo” llevado al deporte que él mismo señala.  “Acá nadie corre en Fórmula 1 pero nadie te dice nada si la mirás. Capaz que por temas ideológicos alguien te dice algo, pero eso cada vez menos. A ver, ¡en su momento también decían que el rock era imperialista!”, concluye el conductor, quien en eventos como el del domingo que viene ha llegado a organizar reuniones con hasta 15 participantes, para las que tenía que preparar tanto sus propias alas de pollo con salsa como la paciencia para explicarles a los amigos la mitad de las cosas.

Hace 20 años, cuando un uruguayo aficionado al fútbol americano era un marciano, fue aterrizando el zapping en el Super Bowl de 2002 que Pittaluga, de casualidad y aburrido con amigos en una noche de verano, descubrió que adoraba ese juego. Es que fue un partido de esos que engancharían a cualquiera: los Patriots derrotaron a los Rams (que en ese momento estaban en San Luis) por 20-17 con un “gol de campo” —paradójicamente, una de las pocas jugadas en las que se usa el pie en un deporte llamado football— faltando siete segundos, tras una notable jugada de un tipo que completaba su primera temporada como quarterback- titular: un tal Tom Brady. El halftime- show, además, fue una contundente actuación de U2 que, pese a ser irlandeses, estuvo insuflado de patriotismo: hacía poco que EE.UU. había sufrido los ataques del 11-S.

“No entendí un carajo del partido, pero estuvo buenísimo”. En aquel momento, Juan era una rara avis; Hoy prepara un domingo de Super Bowl con cerveza y nachos por si se suma alguien. “No lo miro con la tensión que miraría un partido de Nacional, a menos que juegue New England”, aclara. No es el caso este año. Algunas cosas cambiaron: hay —cero pruebas, cero dudas— muchos más aliados en su gusto, Brady anunció el 1º de febrero que se retiraba —tras siete títulos y el honor de ser considerado el mejor jugador de todos los tiempos— y mucha menos violencia en las canchas que entonces, por más que esta era considerada esencial.

En marzo de 2016, las autoridades de la NFL admitieron la existencia de un vínculo entre las conmociones cerebrales que sufrieron cientos de jugadores y la encefalopatía traumática crónica (ETC). Por más músculos y estado físico que se tenga, romperse la cabeza contra otra mole lanzada en velocidad y en sentido opuesto no podía salir gratis. La película La verdad oculta (2009), basada en las conclusiones que el médico patólogo nigeriano estadounidense Bennet Omalu (interpretado por Will Smith), da una idea de lo impactante que fue. “Muchos jugadores al retirarse se suicidaban, se deprimían o caían en las drogas. Y ese médico descubrió que los golpes en la cabeza en los partidos tenían mucho que ver”, cuenta Pittaluga. Según la BBC, para cuando ocurrió esa confesión —comparable a la vez que en 1997 la industria del tabaco admitió que su consumo podía causar cáncer y problemas cardíacos— se calculaba que más de 5.000 deportistas habían demandado a la NFL por no haberles advertido suficientemente los riesgos que corrían chocando entre sí con todas sus fuerzas.

“Entonces, se empezaron a controlar más las lesiones y a cambiarse las reglas”, cuenta Pittaluga. “Ya no se permiten golpes en la cabeza y se protege más al quarterback, ya que no se puede taclear por debajo de la cintura”, ejemplificó. Tampoco se permite el bloqueo por la espalda a un jugador corriendo ni por el lado ciego. Se obligó el uso de rodilleras y musleras de protección. Para 2018, las conmociones cerebrales se habían reducido un 35% en las jugadas de inicio respecto a la temporada anterior. “Pero hay hinchas muy tradicionales, los blancos de Alabama, por ejemplo, que protestan contra esto, que dicen que le quita el espíritu al juego”, ríe el periodista.

Es que en el football y el fóbal, para el redneck del sur de EE.UU. y el viejo inquilino de talud que añora al Tito Goncalvez o al Peta Ubiñas, la pasión no es tan distinta.

HISTORIA

1869 · Se considera que este año se jugó el primer partido de fútbol americano, entre los colleges de Rutgers y Princeton. Las reglas estuvieron en evolución constante hasta 1918.

1892 · Comienzo de la profesionalización del deporte.

1920 · Se crea la National Football League.

1967 · Año en que se disputó el primer Super Bowl.