El regreso del dodo, extinguido por causa del hombre

Una empresa de ingeniería genética invierte 150 millones de dólares en traer de nuevo a la vida un animal que lleva más de tres siglos desaparecido

El dodo es, a pesar suyo, aun muerto, un animal prestigioso. Es considerado una síntesis perfecta del efecto nocivo del hombre. Este pájaro, parecido a una gallina gorda, un pavo petiso o un pato con pico ganchudo, se extinguió debido a la presencia humana en poco más de un siglo. Su distribución geográfica estaba limitada a una isla, la Mauricio, situada en el océano Índico. Se cree que dejó de vivir en este mundo allá por 1690.

También por acción del hombre, ahora debido a la ingeniería genética, se habla de hacerlo reaparecer para el extraño no verbo de desextinguir más de cuatro siglos después. Tamaña hazaña no está exenta de consideraciones éticas, fáciles de imaginar por cualquiera que haya visto o leído Parque Jurásico.

El dodo es prestigioso —sin quererlo, vale insistir— porque es arquetípico. Ningún ser humano coexistió con los grandes dinosaurios y los últimos especímenes de la megafauna se extinguieron hace 10.000 años, aproximadamente. Este pajarraco imposibilitado de volar —un bicho que podría decirse feo, de pico notorio, plumaje blanco a grisáceo, alas cortas, esternón chico y patas fuertes— no es, por supuesto, el único animal desaparecido en esta era: un marsupial conocido como lobo de Tasmania, el quagga (pariente de la cebra) o la subespecie tigre de Java se evaporaron de la faz de la tierra en los últimos 150 años. Según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), el hombre fue responsable de la extinción de 748 especies de animales y 96 especies de plantas. Pero este es un caso aparte.

La isla Mauricio, hoy un país soberano insular africano en el suroeste del Índico, a 900 kilómetros de Madagascar, fue encontrada deshabitada­ por los portugueses en 1507. Es una isla de clima subtropical de poco más de 2.000 kilómetros cuadrados. Cuando los primeros visitantes llegaron ahí se encontraron con un pájaro que no existía en ninguna otra parte del mundo. Los primeros escritos que hablan de este animal datan de 1574.

Era un ave no voladora imposible de no ser vista. Podía llegar a pesar casi 20 kilos y alcanzar el metro de altura. Tenía un pico duro y curvo, que podía alcanzar 20 centímetros, especializado en romper cocos, que era parte de su alimento. Era, además, asombrosamente fácil de cazar. Era torpe y no les tenía miedo a los seres humanos. ¿Por qué habría de temerles? Nunca se había topado con uno hasta el siglo XVI, por lo que no lo consideraba un enemigo. Con esa sensibilidad tan típica de la época, los descubridores lo bautizaron dodo, que en portugués significa “estúpido”. Los neerlandeses, que pronto se sucederían como los colonizadores de esa isla, adoptaron el nombre y no fueron más condescendientes: dodoor para ellos era “perezoso”.

El principio del fin del dodo, cuyo nombre científico es Raphus cucullatus y su denominación más digna es dronte, fue en 1581. En ese año otros aventureros, en este caso españoles, llevaron un ejemplar a Europa. El espécimen llamó la atención. Su carne, según quedó registrado­, no era particularmente sabrosa; incluso ha sido descrita como “nauseabunda” o “repugnante” en algunas anotaciones neerlandesas­. Pero sus plumas y sus huevos grandes sí eran más apetecibles.

En una fecha imprecisa entre 1662 y 1690 los dodos o drontes ya se habían extinguido. En ello jugó la caza indiscriminada y la recolección de huevos; estas aves hacían sus nidos en el piso, por lo que hacerse de ellos era tarea facilísima, ¿por qué habrían estos bichos de hacerlos en otro lado si no tenían enemigos naturales? También influyó la llegada a Mauricio de varias de esas delicias que los hombres llevan consigo: desde enfermedades traídas por las gallinas que ellos mismos introdujeron hasta depredadores desconocidos en la isla, como ratas o perros. El desenlace es fácil de imaginar: lo único que quedó de este animal fueron ejemplares disecados como los que aún hay en el Museo de Historia Natural de la Universidad de Oxford, en el Reino Unido. La acción humana había obrado de forma rápida y letal.

Un modelo del dodo se exhibe en el Museo de Historia Natural de Londres.

Un modelo del dodo se exhibe en el Museo de Historia Natural de Londres.

Cabe decir que en el siglo XVII palabras como sustentabilidad, ecología y conservacionismo eran desconocidas. La creencia general es que Dios, en tanto creador, no iba a permitir la extinción de ninguna de sus criaturas, por lo que seguramente —concluyeron— habría dodos en otras partes. Charles Darwin y sus ideas raras sobre evolución y adaptación no calaron hondo hasta dos siglos después. El concepto de extinción recién comenzó a usarse en 1796 por el científico francés Georges Cuvier.

Quizá por algo parecido a la culpa, la cultura le dio mucho espacio al dodo y no solo por su presencia en la bandera de Mauricio. El clásico de Lewis Carroll Alicia en el País de las Maravillas (1865) tiene al dodo como personaje en sus capítulos dos y tres. Es quien dirige la llamada “carrera loca” (caucus race) en la que no hay ganadores, perdedores, inicio o final. Por supuesto, también apareció en sus sucesivas versiones fílmicas, ya sea la animada de Disney de 1951 como la de Tim Burton de 2010.

En La era del hielo (2002), fantástica película de animación digital de los Blue Sky Studios, es particularmente descacharrante la escena en la que se describe su extinción. También tiene su dosis de crueldad: porque son presentados como unos animales profundamente estúpidos que prácticamente se matan solos.

El filósofo alemán Arthur Schopenhauer también lo menciona en su obra Sobre la voluntad en la naturaleza (1836) como un ejemplo de lo que no debe hacer un animal para sobrevivir: básicamente, no adaptarse a los cambios en su hábitat, aunque ese cambio sea algo tan dramático como la llegada del hombre. Mucho más acá en el tiempo, J. K. Rowling, la creadora de Harry Potter, lo incluyó en su Animales fantásticos y dónde encontrarlos (2001); ella es mucho más amable con él: según el texto, en realidad el dodo es capaz de desaparecer en un estallido de plumas por lo que no estaría extinto sino escondido, pronto para reaparecer cuando la ocasión sea propicia.

Esta quizá sea la ocasión.

Genética de ayer y de hoy. ¿Qué tienen en común la socialite Paris Hilton, el empresario cinematográfico Thomas Tull, que estuvo detrás de Jurassic World y la resurrección de Godzilla, y los financistas multimillonarios Cameron­ y Tyler Winklevoss, que estuvieron en los primeros tiempos de Facebook? Que todos invirtieron en Colossal Biosciences, una empresa fundada en 2021 por el emprendedor Ben Lamm, creador de exitosas startups, que con el destacado genetista George Church se embarcó en un nuevo modelo de negocios: la desextinción.

“Me apasionan mucho los temas del cambio climático y la biología sintética. Pienso que esta segunda herramienta, con la ingeniería genética, se puede utilizar para solucionar algunos de los enormes problemas que tenemos. Hace unos años contacté a George Church, que es posiblemente el padre de este campo, y le empecé a hacer preguntas sobre cómo podríamos combinar inteligencia artificial y biología sintética. Después de eso, le pregunté en qué estaba trabajando en ese momento. Me respondió que estaba investigando tecnologías de desextinción. Estaba viendo formas de traer al mamut lanudo de nuevo a la vida para reintegrarlo en el ecosistema ártico y después quería emplear esas tecnologías para la conservación ambiental. Quedé fascinado. Estaba completamente enamorado de la idea y dejé los otros proyectos que tenía para dedicarme a esto”, dijo Lamm a El País de Madrid en una entrevista publicada el 5 de mayo de este año.

El mamut lanudo, un enorme antepasado del elefante con colmillos curvos de hasta cuatro metros de altura y 12 toneladas de peso, extinto hace 12.000 años, es un objetivo de Colossal a mediano plazo. A corto, está el dodo.

Hace casi un año, en enero de 2023, Colossal­ había anunciado sus intenciones de desextinguir al dodo. Se hablaba de que iba a ser necesaria una inversión de 150 millones de dólares. Pero recién en las últimas semanas se conocieron­ datos de cómo lo harían.

Según informó CNN, la paleogenetista principal de Colossal, Beth Shapiro, secuenció el genoma completo del dodo. La compañía también tiene la misma información de otros dos pájaros, uno extinto y uno vivo, muy cercanos al dodo. El primero es el solitario de Rodrigues, llamado así por la isla de ese mismo nombre hoy bajo órbita de Mauricio; la segunda, todavía actual, es la paloma de Nicobar, un ave de Indonesia que es el pariente más cercano del otrora dueño de isla Mauricio. Siempre de acuerdo con esta cadena, los científicos de Colossal descubrieron que las células germinales primordiales (PGC, por la sigla en inglés) de esta última pueden desarrollarse en un embrión de pollo.

“Este es un paso vital en la creación de animales híbridos mediante la reproducción. Los científicos ya habían introducido PGC para crear un pollo engendrado por un pato, para lo cual se inyectaron PGC de pollo a un embrión de pato, lo que produjo un pato adulto con esperma de gallo. Luego se cruzó con una gallina, que dio a luz a un polluelo”, explicó CNN el 2 de diciembre.

Eso es coincidente con la mayoría de los programas de resurrección biológica, que se basan en modificar el genoma de una especie viva y cercana para replicar el del animal extinto a través de ingeniería genética.

Con esta compleja metodología, Colossal quiere hacer lo mismo con el dodo. Lo que había imaginado Michael Crichton en Parque Jurásico (1989), en el que se completaba la genética de los dinosaurios con la de ranas, se volvería realidad. El dodo resultante no sería exactamente el mismo bicho que vivía en Mauricio antes de la llegada del hombre, pero sí sería lo más parecido posible, si cabe la analogía.

Tan avanzada está la idea que la empresa de Lamm se contactó con la Mauritian Wildlife­ Foundation (Fundación para la Vida Salvaje de Mauricio) para buscar un buen lugar para reinsertar­ al dodo.

Esto está en sintonía con lo que Lamm había dicho en la citada entrevista en El País de Madrid cuando se le consultó sobre las consecuencias negativas de traer un animal extinto a un mundo que no es el mismo que conoció. “Lo que queremos hacer es devolver la estabilidad a los ecosistemas con la desextinción. La introducción por parte de los humanos de especies invasoras, como monos o reptiles, fue lo que destruyó el ecosistema del dodo. Cuando llegue el momento, trabajaremos con los gobiernos para determinar la forma correcta de reintroducirlo. Les garantizo que el medio ambiente se puede beneficiar si se reintroducen especies que fueron eliminadas por culpa de la influencia humana”. 

No todos están tan de acuerdo.

¿Para qué? El portal de la revista Global de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) advirtió que la resurrección de un animal conlleva preocupaciones que van más allá de la genética. Si la clonación, sintetizada en la oveja Dolly de 1996, provocó debates grandes, traer de nuevo una especie desaparecida al mundo es otra cosa.

“Muchos animales tienen comportamientos que son una combinación de instintos genéticos y aprendizaje social. En el caso de especies sociales, como el dodo, este aprendizaje es vital. Sin un grupo de su especie para aprender, ¿es realmente posible que un dodo ‘recreado’ actúe y viva como un dodo natural?”, se preguntaron los científicos de esa casa en marzo. “Además, el mundo de hoy difiere drásticamente del que conocía. La reintroducción de esta ave a su antiguo ecosistema, ahora alterado, presenta innumerables incertidumbres”, agregó.

Solo en los últimos ocho años se rompió varias veces el récord al año más caluroso desde que se tiene registros. Y se tiene registros desde 1880, dos siglos después de que el dodo dejara de lucir su torpeza en Mauricio.

Esta posibilidad de desextinguir una especie tuvo repercusiones en todas partes del mundo. El filósofo Ronald Sandler, director del Instituto de Ética de la Universidad Northeastern­ de Boston, en Estados Unidos, apuntó al cimbronazo que puede provocar resurgir una especie desaparecida en las políticas implementadas para la conservación de las ya existentes. En un mundo en el que, según la National Geographic, el 20% de las 7,7 millones de especies animales están en peligro de extinción, ¿para qué seguir con una lucha que parece perdida si todo se resuelve con genética? “Se corre el riesgo de perder de vista cuál es el verdadero problema que hay que resolver”, advirtió este experto a la revista de ciencia y tecnología Wired.

En todo caso, más allá de la injusticia histórica con el dodo, más allá de lavar las culpas de lo que generaciones atrás de seres humanos más preocupados por la conquista que por el conservacionismo hicieron, más allá de que después se puedan desextinguir animales desaparecidos por una glaciación o un asteroide, ¿para qué hacer eso? ¿Vale la pena invertir tiempo, recursos humanos, esfuerzo y millones de dólares? Y en todo caso, ¿por qué el dodo y no el quagga? Son muchas las preguntas por ahora sin respuesta.

FUENTE: nota.texto7