Testimonios de este estilo hubo varios. “(Los padres) piensan que siempre están haciendo las cosas bien”, porque es obvio que no quieren equivocarse a propósito, dijo a Galería la psiquiatra infantil Natalia Trenchi. Pero se equivocan. Según ella, uno de los errores más grandes es minimizar el problema.
“Peleas siempre hubo”. Pero peleas de las que participaba solo el que se enteraba, con el miedo de que alguien lo viera y en las que al final siempre intervenía un adulto, sin mencionar que si se hacía en la puerta del liceo al primer asomo de un adscripto todos salían corriendo. “Nadie filmaba, existía el reflejo condicionado de pedir ayuda”, observó Trenchi.
Para el antropólogo Nicolás Guigou, otra equivocación es no aceptar que la violencia “es parte nuestra” y “hay que asumirla”. Para él, este tipo de episodios funcionan como “un mecanismo de desdramatización”, que le quita peso a la violencia real porque “estamos viviendo tiempos muy jodidos”. Esto quiere decir que constantemente están puestos a prueba los límites de cuánta violencia se puede soportar. “Comparado con otras cosas que pasan, en esta pelea no murió nadie. Así la vara empieza a medir cada vez más alto”, señaló, haciendo referencia a una escalada en la que ya nada sorprende.
Ese es el resultado de la espectacularización de la violencia; el contenido violento se convirtió en una marca de época y tiene un “efecto catártico” en las personas. Hay una relación especular entre lo que le pasa a uno y lo que consume, porque “nos hace bien que salga por algún lado”, explicó Guigou. “Todos los seres humanos tenemos pulsiones destructivas. O descargamos en el gimnasio, o a través de formas de sexualidad complejas, o consumiendo violencia”. El problema es que normalizar estos contenidos “opaca situaciones de violencia real”.
Según Trenchi, en un mundo dominado por el scroll en el que “todo es un peligro” se pierde la reacción de espanto, porque el cerebro se expone tanto a estímulos violentos que se desensibiliza. “Se perdió un tabú que a veces quisiera que volviera. Ver sangre, un revólver, todo eso antes generaba pánico. Ahora te hace sacar el celular”.
“Tenemos estructuras de crimen organizado con incidencia barrial real porque hay consumidores por todos lados. Y no es una realidad yankee. Uruguay tiene cirujanos especializándose en extracción de balas en menores de edad por la cantidad de niños que ingresan a salud pública heridos por balas perdidas”, ejemplificó el antropólogo. “¿Cómo podemos contener a la juventud en un mundo hiperestimulado en violencia?”.
La performance. Pero a este fenómeno no lo motiva la violencia en sí misma. No es casual que cada encuentro haya sido programado en algún lugar público rodeado de cámaras de seguridad y muchas personas. Lo que realmente lo motiva es la visibilidad, y la potencialidad de convertirse en un contenido viral.
Subirse al tren de la violencia “es uno de los recursos disponibles para sobresalir” que tienen algunos jóvenes, dijo a Galería el psicólogo y especialista en el mundo digital Roberto Balaguer.
En redes sociales, triunfar a través de la violencia es “un camino corto”, “prometedor”, pero “difícil de sostener si no hay talento”, remarcó. De lo contrario, “es Gran Hermano. Ahora que sos conocido, ¿qué?”. El miedo del adolescente no es a la sangre, ni a la autoridad ni a terminar preso. El miedo del adolescente es a no trascender, a quedar por fuera, y al rechazo.
Está claro que las redes sociales y el celular cambiaron las reglas del juego, y es interesante observar también la antesala de la pelea. La provocación torna más visible el hecho; el clima está “caldeado” de antes porque en redes ya se intercambiaron insultos y amenazas que “polarizan” y “van subiendo la apuesta”. Entonces “la mesa se sirve con los platos bien calientes; los chicos llegan al encuentro con unos niveles de violencia altísimos”, observó Balaguer.
El problema es que tanto fervor se desarrolla “por la nada misma”, según Guigou. “Si yo contigo tengo una discusión férrea y a los cinco minutos resulta que no es nada, ¿cuál es la valía de tus ideas?”. Esta es otra manifestación de la “frivolidad absoluta” que se vive en el mundo contemporáneo. Un mundo en el que además, señala Balaguer, faltan oportunidades. “La gente hace lo que puede, no lo que quiere”.
Por su parte, Guigou notó que al ver los videos de la pelea en el Nuevocentro y los testimonios filmados desde las casas “se te van todos los estereotipos, esa no era gente sumergida socialmente”.
¿Cuántas series de narcotraficantes se pusieron de moda en los últimos años, en las que el protagonista lo consigue todo? Encuentros sexuales, dinero, reconocimiento. Los modelos o referencias, que antes podían ser jugadores de fútbol, hoy son líderes de organizaciones criminales ficticios. Y no hay que olvidar que “los grupos narcos, los de verdad, extraen su gente de esta juventud, que no son todos pobres ni por asomo”, señaló el antropólogo, para quien los prejuicios a la hora de entender el mundo son tan altos que a veces no se repara en que esas variables (socioeconómicas) no son tan importantes. “También hubo chicos de todos los sectores que pudieron discernir, que se dieron cuenta de que era un disparate irse a trompear al Nuevocentro“, agregó.
La diferencia no está en pertenecer o no a determinado sector social, sino a “sectores con poco capital cultural por más que estudien”, que lo dieron todo por “meter peso” con la finalidad de estar presentes en la pelea.
Por ser adolescente. Para bien o para mal, participar en una pelea pública masiva definitivamente lo hace a uno más visible. Notorio. Partícipe. Alguien. Y querer ser alguien es lo que define al adolescente, la búsqueda de pertenencia, y no precisamente la racionalidad a la hora de hacerlo.
El cerebro humano no termina de moldearse hasta casi los 25 años, sobre todo, en áreas que tienen que ver con la toma de decisiones, el manejo de los límites y el autocontrol. En su impulsividad, es esperable que el adolescente esté “coqueteando” con el riesgo porque “hay un cerebro que funciona a dopamina cien por ciento”. ¿Y dónde encuentra ese adolescente el refuerzo de dopamina? “Viviendo al extremo”, poniéndose en peligro. Así lo explicó el psicólogo Juan Pablo Cibils, autor del libro Adolesienten.
Es clave entender que lo que significa ser adolescente está potenciado por las redes sociales. La masividad y el alcance de cualquier contenido subido a internet, por ejemplo, fomenta ese “efecto contagio” que ya es propio del adolescente. “Tienden a uniformarse, a copiarse mucho más”, explicó Trenchi, y si pelea uno, pelean todos.
“El tema es que vos capaz que podés copiarle al vecino, pero no es lo mismo que querer copiar a un chico estadounidense que lleva otra vida completamente diferente, o al personaje de una serie. Y no parecerse produce un malestar, y para estar peleando hay que tener cierto malestar”, concluyó la psicóloga.
Tanto Trenchi como Cibils ponen sobre la mesa los datos alarmantes que existen respecto a la salud mental adolescente. No es nuevo que el suicidio es la principal causa de muerte de menores de 19 años en el país, sumado a que, según los últimos datos del Sistema Integral de Protección a la Infancia y Adolescencia contra la Violencia (Sipiav), se registran alrededor de 20 situaciones diarias de violencia, sobre todo, de maltrato físico y emocional.
“La salud mental está muy frágil. Y esto vino a tocar especialmente a esos adolescentes, porque otros vieron la convocatoria y siguieron con su scroll”, remarcó Cibils.
La recompensa social de haber participado o de grabar un video para las redes aparece para aliviar un dolor. No importa qué contenido hago, explicó el psicólogo, “basta con entender que tienen que generar una publicación para hacerse visibles”.
Y si bien ignorar las consecuencias y desafiar a la autoridad es algo propio del comportamiento juvenil, hay que entender que la responsabilidad última siempre es de los adultos: “La autoridad no se compra ni se decreta, se gana”, apuntó Trenchi.
Ahora bien, ¿qué significa pelearse? La creación de bandos termina siendo una forma de pertenecer, pobre conceptualmente, pero que cumple su función, explicó Balaguer. “La lógica del nosotros y ellos responde a un mecanismo primitivo que toca los componentes más básicos del ser humano y funciona en fútbol, en política y en religión. Yo soy el paladín del bien y el de enfrente nuclea todos los defectos mientras nosotros todas las virtudes”.
El enfrentamiento de estas bandas responde también a la creciente polarización que causan las redes sociales a la vez que se relaciona con los contenidos de consumo adolescente, que van desde los videojuegos y series hasta noticias reales. No solo son nativos digitales; son nativos de la violencia. Y la responsabilidad no es de ellos sino de la sociedad que la pone a su alcance.
La piedra fundamental. Estos tiempos violentos son el resultado de un “proceso de degradación” que lleva décadas y ya es tarde de revertir, aseguró Guigou. “Llegamos al punto donde no horroriza a nadie ir a la cárcel y todos conocimos a un preso. Se empieza a respirar eso de que no es tan terrible, de que hay gente que terminó la primaria ahí, que tiene un plato de comida, techo, están superagradecidos con la cárcel. ¿En qué país estoy?”.
Como sociedad, solo queda fortalecerse en tres sentidos: en la aceptación del conflicto como parte de la vida y las formas no violentas de canalizarlo, en la educación de la primera infancia como piedra angular del desarrollo y en la creación de nuevos espacios de interacción y oportunidades, estrechamente vinculado a los dos puntos anteriores.
Pero no se trata de engrosar la lista de iniciativas en políticas públicas porque sí y volverla inabarcables para el usuario; el adolescente necesita del adulto como referencia y guía para saber optar. Aquí entra en juego el tipo de educación y las herramientas que se le brindan durante sus primeros años de desarrollo, ya que en la adolescencia no siempre va a ser posible el control adulto.
A la hora de acompañar adolescentes “es esperable que tiren abajo toda tu biblioteca de seguridades“, al punto que lo que funcionaba con tu hijo ya no dé más resultado, señaló Cibils. “Ese padre que no sabe dónde anda su hijo, esa puerta de la habitación cerrada… No sabe qué hace metido en el cuarto, pero piensa que es normal. Esto no exime de su responsabilidad como adulto. Los valores que inculcamos en la primera infancia son clave en este momento” para producir un sistema de autorregulación en el futuro adolescente y que exista “un pienso” sobre las decisiones que va a tomar.
El adolescente inevitablemente va a chocar con la figura del padre o la madre y es sano que así sea. Ningún padre puede evitar que un joven meta la pata. Lo que sí puede hacer es ganarse su confianza para que cuando llegue el momento en que lo haga, se acerque a compartirlo. “Ahí es cuando, como padre, vas a poder intervenir“.
Las prohibiciones no llevan a ningún sitio. “Generan un efecto hipernocivo, cortan el diálogo, y después no van a llamarte a vos a las cuatro de la mañana para que los vayas a buscar”, sintetizó el psicólogo.
En la pelea de la puerta del shopping, la respuesta del mundo adulto “dejó mucho que desear”, para Trenchi. “La represión y las medidas ejemplarizantes no sirven. Si asumiéramos de una vez que somos violentos, trabajaríamos mejor, pero nos encanta romantizarnos como nos romantizan los argentinos”. Como se romantiza hasta la cárcel.
Según Guigou, la negación de una realidad que es violenta es algo muy uruguayo, casi tanto como “ser un país de viejos” que no sabe lidiar con la juventud. “Tenemos que generar otros modelos identificatorios que no sea ver al narco del barrio y saludarlo”.
Para detener la violencia, entendida entonces como algo intrínseco del ser humano, “es necesario ponerse una capa gigante de racionalidad para frenar esos impulsos primitivos”, ilustró Balaguer. La misma racionalidad que se necesita para no demonizar internet en estos casos.
“No nos podemos enojar con el adolescente porque está siendo adolescente ni con la tecnología porque exista”, remarcó Trenchi; “la carencia es nuestra“. De la educación, de la familia, incluso de los líderes políticos “que están dando un ejemplo patético a las nuevas generaciones; no hay noción de responsabilidad”.
La psiquiatra sostiene que hay que fortalecerse en el uso de la tecnología siendo “humanos en mayúscula” y educando en ideales para que además de la razón a los jóvenes los guíe un sentir más profundo en sus acciones. “Las pruebas Pisa deberían premiar también la capacidad de esfuerzo. La raíz cuadrada la puede hacer la máquina sin problema, pero nosotros nos tenemos que humanizar más que nunca. Criar chicos con características humanas más fuertes”.
Y hasta el vecino puede ser importante en esta misión. El sistema educativo, clubes deportivos, centros CAIF; si nadie interviene (en algún momento en el espiral de violencia), el destino no es otro que el de la repetición. “Hay muchos adultos que pueden llegar a tiempo”, destacó Cibils, solo hace falta fortalecer las instituciones.
Pero “Uruguay es un país que no se decide bien, si quiere o no quiere una política punitivista… El modelo de El Salvador tampoco es sustentable. ¿Cuánta más gente presa vamos a meter?”, reflexionó Guigou, para quien la clase política tampoco se toma en serio el tema de la violencia. “Ni la adolescencia ni la Justicia de la infancia aparecen en agenda, estamos en campaña y no figura en los discursos de nadie”, lamentó el antropólogo.
El único espacio de coincidencia parece ser el de que la violencia es un tema, “es algo”, y eso la convierte en algo que une. “Da un sentido de construcción social, pero es difícil de aceptar. Eso de que los seres humanos tenemos estructuras muy atávicas que hacen que no seamos tan civilizados como creemos, aunque nos bañemos todos los días”, concluyó.