¿A qué edad se empieza a tomar
alcohol en Uruguay? En promedio, un adolescente bebe su primer sorbo unos tres
meses antes de cumplir los 13 años. De acuerdo con los últimos datos oficiales,
registrados en la VII Encuesta Nacional sobre Consumo de Drogas en Estudiantes
de Enseñanza Media, presentada a principios de 2020, la edad media de
iniciación está en los 12,78 años. El varón se adelantará unos seis meses a la
mujer: 12,53 a 13,0; y no hay mayores diferencias entre el adolescente de
Montevideo y el del interior: 12,71 y 12,83, respectivamente. No hay droga más
precoz, más consumida, más aceptada y que sea menos percibida como un riesgo. Y
lo tiene.
Hasta no poder más. Porcentajes decrecientes: durante toda la etapa liceal,
84,3% de los jóvenes ha tomado alcohol; en los últimos 12 meses lo ha hecho el
72,1%, siendo el mayor indicador para esta variable desde 2003; en los últimos
30 días lo hizo casi la mitad: 47,8%. Y ese mismo estudio oficial, a cargo de
la Junta Nacional de Drogas (JND), señaló que tres de cada 10 estudiantes
“bebió sobre el nivel de intoxicación por lo menos una vez en el último mes”. Y
acá, a diferencia de otros ámbitos, casi no se percibe una brecha entre hombres
y mujeres.
En una investigación propia, Paul Ruiz tampoco encontró
diferencias significativas según la región geográfica, lo que le quitó sustrato
científico a esa creencia que dice que se toma mucho más en el interior que en
Montevideo.
Por otro lado, se han notado cada
vez más modalidades de consumo realizadas por teens en todo el mundo.
Laura Batalla no ha sabido aún de casos en Uruguay de chicas intoxicadas por
usar tampones empapados en bebidas destiladas, una práctica que comenzó en
Europa en 2013 como un reto viral y que luego cruzó el Atlántico, pero sí ha
sabido de episodios locales de destilación ocular. “Se ponen gotas de vodka en el ojo, aseguran
que la absorción es más rápida”. Los expertos, en cambio, señalan que es más
probable que cause inflamaciones y coagulaciones en vasos sanguíneos antes que
una borrachera, pero la moda ya está extendida.
En cualquier caso, ya son de uso corriente términos
anglosajones como binge drinking y blackout. Segun definió el
médico toxicólogo Antonio Pascale en el evento de MP, el primero de ellos se
trata de “un consumo excesivo y episódico de alcohol”. Esto es tomarse todo al
punto de no poder más. La JND habla de que en un período corto de tiempo hay
una ingesta abundante, cifrada en dos o más litros de cerveza, tres cuartos
litros o más de vino o cuatro medidas o más de bebidas destiladas. Según cifras
oficiales, del segmento de adolescentes que bebió alcohol en los últimos 30
días, 60% sufrió una intoxicación.
En estos casos, no influye tanto si
se trata de un varón o de una mujer, pero sí va aumentando a medida que el
adolescente crece: si un chico de hasta 14 años tomó en el último mes, hay
46,2% de posibilidades de que se haya pasado de rosca; si tiene entre 15 y 16
años, 60,5%; si tiene 17 o más, 65,9%. Acá sí se nota la distancia entre
Montevideo e interior: 52,4% y 65%, respectivamente.
El blackout es, graficó Ruth
Gajer, un “apagón de la memoria”. Todd Phillips hizo tres comedias a partir de
ello (las tres ¿Qué pasó ayer?, de 2009, 2011, 2013), pero en la vida
real estos casos dan poca risa. “Se da mucho en las mezclas. Estoy viendo que
se juntan, mezclan todo tipo de bebidas en una olla y beben con un cucharón.
Así surge el blackout, donde al otro día nadie se acuerda de lo que
hicieron, lo que aumenta exponencialmente el riesgo de que les pase cualquier
cosa: violencia o abusos, aquí sobre todo las chicas”, asegura Laura Batalla. A
esto se suman, agrega, los episodios de ciberbullying: subir a las redes
filmaciones a uno de los adolescentes completamente borracho, cayéndose,
vomitando o diciendo un montón de estupideces.
En su investigación —realizada a
1.505 uruguayos de entre 18 y 30 años, publicada en 2020 en revistas
arbitradas, compilada por el portal médico Pubmed—, Ruiz concluyó que el
malestar psicológico y la depresión están íntimamente asociados al consumo de
alcohol. Esto es algo particularmente preocupante en un país con elevadas tasas
de depresión y suicidio adolescente (que en 2021 aumentó 45% respecto al año
anterior), y en un contexto en el que el malestar psicológico causado por la
pandemia fue más acentuado en menores de 30 años que en mayores. Ese trabajo resaltó
que “los bebedores tempranos tenían mayores niveles de angustia psicológica que
los bebedores tardíos”.
Se habla a futuro, ya que, según
indicó Gajer, en la adolescencia “no puede hablarse de adicción sino de
consumos”, ya que la primera requiere tiempo para desarrollarse. Es
tranquilizador pensar que “la mayoría de los chicos, aunque prueben, no van a
desarrollar una adicción... aunque eso no signifique que haya que bajar la
guardia”, resaltó.
Tomando en casa. Para los expertos, una de las claves para evitar
problemas futuros con el consumo de alcohol pasa por retardar lo más posible su
inicio. Batalla señala que hasta que termina de desarrollarse el lóbulo frontal
del cerebro, y con él el desarrollo neuropsíquico que permite tomar acciones
más reflexivas y menos impulsivas, el consumo de toda sustancia tóxica puede
considerarse de riesgo. “Un porro solo puede provocar un cuadro de psicosis
delirante aguda o desencadenar esquizofrenia en personas predispuestas”, dice.
En el caso particular del alcohol, un comienzo temprano multiplica por ocho el
riesgo de tener ya de adulto un consumo problemático, “sobre todo si hay
antecedentes familiares”.
Un muy reconocido estudio de las médicas
estadounidenses Bridget Grant y Deborah Dawson, de 1997, concluyó que 40% de
quienes comenzaron a beber antes de cumplir 15 años manifestaron haber tenido
en algún momento de su vida adulta dependencia al alcohol, lo que es cuatro
veces más respecto a quienes retardaron ese inicio a los 20 años. En Uruguay,
50,6% de los adolescentes de 15 y 16 años probó alcohol en los últimos 30 días.
Es muy habitual que los padres se
preocupen por el consumo de alcohol en sus hijos y por el hecho innegable de
que se trate de una puerta de entrada a esas sustancias. Pero son los mismos
padres los que legitiman el consumo de esta sustancia. En el estudio de la JND
se indica que en 60,7% de los hogares hay un contacto con el alcohol.
Precisamente, abogar por el retraso en una práctica (beber alcohol) con 9.000
años de antigüedad, tan aceptada y tan difundida en los hogares, no es muy
distinto a, al decir de Batalla, predicar en el desierto. “Hay como una leyenda
urbana que dice: 'Yo prefiero que tomen en casa, para que no tomen afuera'. ¡Y
eso es falso! El adolescente es por naturaleza transgresor y quiere confrontar.
Aunque tenga padres muy permisivos, siempre va a buscar algo para correr los
límites. Y si toma en la casa, seguro que toma afuera. Además, hay un doble mensaje
tremendo: 'Tomar está horrible, te hace mal... pero si querés, tomá en casa'. Y
los adolescentes también son muy sensibles al doble mensaje”.
Hay otro mensaje que está claro: la
presencia de alcohol en la casa es percibido por los adolescentes como una
legitimación del consumo, el que se refuerza —negativamente— en caso de que
vean alcoholizado a alguno de los padres, subrayó Gajer.
El último estudio de la JND señaló
que los adolescentes beben en sus casas en 46,7% de los casos, y 52,5% en casas
de amigos. Por ley, a un menor de edad no se le puede vender alcohol, pero 61%
ha podido comprar en comercios sin necesidad de recurrir a un hermano mayor.
Según dijo a Galería Daniel
Radío, secretario general de la JND, este año se hará la investigación pensada
para la próxima encuesta nacional de consumo en estudiantes liceales. En esta
se verá reflejada la influencia de la pandemia. Si bien distintos estudios
hablaron de un incremento del consumo en adultos, para Batalla se podrían
esperar números un poco más bajos en este estudio en elaboración: “Los que ya
tomaban siguieron tomando porque, aunque no hubiera boliches, igual iban a las
plazas o los parques. Los que salían ocasionalmente y tomaban, ahora tuvieron
menos oportunidades”.
Para el investigador Paul Ruiz, en
cambio, no deberían esperarse grandes cambios en los tiempos pospandemia.
Cierto es que hubo menos oportunidades de salir a divertirse y que, dado que es
una droga “histórica”, no hay demasiado margen para un gran incremento de
consumo; pero es justamente su condición de “histórica” lo que hace pensar que
también será difícil una reducción. “Vos no te olvides de que hay cosas que
pasaban ayer nomás: le daban candiel (con vino, azúcar y huevo) a los niños en
edad de crecimiento, a los bebés les humedecían el chupete con licor para que
se durmieran de una vez, al cordón umbilical lo limpiaban con alcohol... recién
cuando se dieron cuenta de que eso afectaba al sistema nervioso central lo
dejaron de hacer”.
CUANDO PEDIR AYUDA
Para la médica especialista en adolescentes Laura
Batalla, si bien hay que retrasar lo más posible la ingesta, el consumo se
considera preocupante cuando se ve afectada la personalidad del adolescente.
“Puede que el chico vaya a un baile y tome algo, sí, pero si mantiene las notas,
sus vínculos sociales y hace deportes, eso no es algo dramático. Ahora, si
todos los fines de semana se emborracha, si cambió a sus amigos de siempre por
otros que también toman, si dejó los hábitos sanos que tenía o si bajó su
rendimiento académico, ahí sí es algo problemático y hay que intervenir”. Esto
es común a todas las sustancias tóxicas.