Moreira anda en ómnibus porque no tiene auto; a veces se da cuenta de que la reconocen, pero pocos se animan a saludarla, y otros tienen dudas de si es o no, como le ocurrió a la señora que en un supermercado codeó a su marido y le preguntó si la chica que estaba en la cola era “Lola Morales”.
RUMBO A BRASIL
Ahora Moreira tiene un nuevo desafío. Entre el domingo 18 y el sábado 24 participará en la Copa Brasil y la Copa Brasil de la Juventud, que se disputarán en Florianópolis. Como ocurre casi siempre que viaja, irá acompañada por Luis Chiapparo, su entrenador desde 2014.
Chiapparo sostuvo que si bien no es una disciplina masiva, la historia de la vela en Uruguay ha tenido puntos altos, tanto a nivel juvenil como de adultos. En los últimos 30 años, dijo, el país conquistó ocho campeonatos mundiales en diferentes categorías. También se destaca el octavo puesto que logró Alejandro Foglia en los Juegos Olímpicos de Londres. “El nivel de los navegantes es muy bueno. Hay una tradición fuerte en náutica, por más que pocos lleguen a lugares destacados”, dijo a galería.
¿Por qué Moreira logró destacarse siendo tan joven? Para Chiapparo, la respuesta a esa pregunta se compone de varias partes. En primer lugar, dijo, el feelling que tiene con el barco. “Vos en el barco no tenés relojes ni nada, todo depende de cómo lo sentís. Siempre le digo 'comunicate con el barco, interpretalo'. Ella siente los movimientos, tiene la capacidad de notar los pequeños cambios y así lo va ajustando. De repente tiene que sentarse cinco centímetros más adelante, o tirar la vela un centímetro más. Son variables que ella sabe interpretar”, dijo Chiapparo.
En segundo lugar, explicó el entrenador, está la perseverancia y la capacidad de la regatista. “Por algo su barco se llama Garra charrúa; ella se rearma y se sabe recuperar. Una regata tiene varias boyas. Por la primera se pasa más o menos a los 12 minutos. De repente ella pasa por esa boya en el lugar número 25 pero después llega a la boya final 42 minutos después, en segundo lugar. No se da por vencida, sabe usar la cabeza para pasar a otros barcos, porque toma decisiones que le permiten avanzar”, explicó. Para Chiapparo, “la garra y la fuerza de voluntad” de Moreira compensan las ventajas físicas que tienen sus competidoras, porque en general las veleristas son más altas.
El entrenamiento de Moreira en el agua es variado. En él inciden la intensidad del viento y el tamaño de las olas, y en función de eso se define, por ejemplo, si navega de costado. Chiapparo va en un barco a su lado, dando las indicaciones. Otra parte de la práctica consiste en hacer pasadas por boyas con otros competidores, para ver la forma de adelantarse.
En general, Moreira entrena en el agua por la tarde frente al Yacht Club de Montevideo. En esos entrenamientos es frecuente que compita con regatistas hombres, porque físicamente son más fuertes y eso la ayuda a medirse con más intensidad. Pasa un promedio de dos horas diarias en el barco, pero en competencia son muchas más: hay ocasiones en que se sube a la embarcación a las diez de la mañana y termina pasadas las cinco de la tarde. Para enfrentar esas exigencias necesita un trabajo físico intenso, que cada mañana practica en el Yacht con la profesora María Frins, quien se ocupa de eso en el club.
En ese ámbito trabaja piernas, tronco y abdominales, para evitar lesiones de espalda. Una regata dura unos 55 minutos y durante las competencias disputa dos o tres por día en una “postura antinatural”. En su caso, además, hay un elemento extra que es la altura: ella mide 1,65 y el promedio de las regatistas destacadas es de 1,72 metros. Esos centímetros de menos requieren un esfuerzo mayor para mantenerse firme y llevar el barco de la manera correcta. En eso también incide la alimentación: en general, tiene que subir de peso, porque la falta de centímetros la tiene que compensar con una mayor masa muscular.
DE PAYSANDÚ AL MUNDO
La casa de Moreira en Paysandú está sobre el río Uruguay y por eso desde chica practicaba vela. Su padre —dueño de un aserradero, en el que trabaja su madre— practicaba windsurf y sus primos optimist. Los barcos y el agua siempre le llamaron la atención y empezó a navegar con el mismo entusiasmo con el que jugaba al hockey o al tenis.
Sin embargo, hubo un momento en que decidió dejar de lado el resto de las disciplinas y dedicarse solo a la vela. Fue después de una charla que dio Foglia a su regreso de los Juegos Olímpicos de Londres, cuando ella tenía 13 años. “Si él llegó, yo quiero llegar también”, pensó. Adiós tenis, adiós hockey. Si quería ser regatista, debía enfocarse solo en eso. Así se lo comunicó a sus padres, que desde un principio la apoyaron.
Empezó practicando en Paysandú, pero enseguida se dio cuenta de que necesitaba progresar, así que los viernes después de clase viajaba a Montevideo para competir con rivales de la capital y de otras zonas costeras. Los domingos de noche tomaba el ómnibus y llegaba los lunes al liceo. También, cuando podía, practicaba con rivales argentinas, porque en su tierra ya quedaban pocas con quienes medirse.
A algunos competidores les cuesta adaptarse al cambio de agua de río a la de mar. En Paysandú practicaba en el río Uruguay, en Montevideo en el Río de la Plata, donde por los vientos y las corrientes el tipo de agua se asemeja más a la de mar, dice. No tuvo problemas, porque le encanta el viento y estaba acostumbrada a los 20 nudos a los que llegaba en algunas ocasiones en Paysandú.
Cuando en 2015 se clasificó a los Juegos Olímpicos, se dio cuenta de que la vida entre Paysandú y Montevideo, entre ómnibus y clases, no era viable, así que se instaló en la capital, junto a una de sus hermanas y una tía. Ahí comenzó una nueva etapa, en general rodeada de mayores, porque Moreira está acostumbrada a competir con regatistas más grandes que ella, tanto en físico como en edad. “En el 2015 me invitaron al Mundial de mayores porque había una plaza y nadie iba. Éramos 120; mi objetivo era quedar entre las primeras 100 y quedé en el lugar 30. Ahí pensé que si ya competía a nivel de mayores, al principio me iba a costar, porque era más difícil, pero que mi crecimiento iba a ser más rápido, porque me salteaba las competencias juveniles”, contó.
Más allá de los logros conseguidos, ni Moreira ni ningún otro velerista puede vivir de su actividad en Uruguay, por eso depende de ayudas estatales. Al igual que otros deportistas de disciplinas menos populares que el fútbol, tiene el auspicio del Banco de Seguros del Estado y cuenta con una beca militar en la Armada. Al igual que ocurre con músicos a los que se contrata para bandas militares, ella tiene que participar en determinadas actividades de la fuerza de mar y dar charlas sobre su disciplina.
LA VELA EN LA VALIJA
El barco para competir en láser radial es de cuatro metros y la vela mide 5,7 metros cuadrados. Está hecho de fibra de vidrio y hay tres empresas en el mundo que fabrican los que están homologados para competencias internacionales. El precio puede rondar los 9.000 dólares y la mayoría de los regatistas que compiten con Moreira los cambian una vez al año.
Ella no solo no lo hace, sino que la mayoría de sus conquistas fueron en barcos ajenos, porque es difícil trasladar a Garra charrúa a países lejanos, por una cuestión de costos. La nave suele quedar en el Yacht y ella alquila alguna en el exterior o utiliza las que le proporciona la organización de las competencias, algo que trata de evitar porque en general no están en las mejores condiciones.
Moreira viaja con la vela, el timón, la orza, sus trajes —de neopreno o lycra, según el clima— y sus salvavidas. “Normalmente, la gente pone todo en un contenedor y lo manda. Yo llevo las cosas en un valija. Las velas las doblo y las guardo en una caja de armas. Siempre tengo problemas porque me preguntan qué llevo adentro, pero tiene el tamaño perfecto para guardarlas”, contó.
Más allá de los entrenamientos y las planificaciones, en las competencias es Moreira quien toma, en soledad, las decisiones. Por eso desde hace un tiempo cuenta con la asistencia de una psicóloga que le proporciona la Fundación Deporte Uruguay, que le permite trabajar la parte mental, como forma de complementar su entrenamiento físico. “Soy de ponerme mucha presión y antes cuando cometía un error en una regata seguía pensando mucho tiempo en eso. La psicóloga me ayudó a manejarlo: si cometí un error, tengo que hacer borrón y cuenta nueva y a otra historia. El deporte también es experiencia, errores siempre vas a cometer. El tema es buscar una salida. Creo que en los últimos dos o tres años cambié, ahora soy más seria en el agua, antes era más de boludear”, explicó.
En el mar, dice, no tiene miedo. Por eso no le preocupa arriesgarse y cuando puede intenta barrenar olas con el barco. Hace algunas semanas, en Japón, la ola era tan grande que la catapultó más de tres metros hacia adelante y el barco quedó perpendicular. Enseguida llegó la ola siguiente, que la dio vuelta. “Ahí sentís la adrenalina. A una persona que no haya pasado tanto tiempo en el agua, eso tal vez le da miedo. A nosotros no; vamos con los chalecos salvavidas, y el entrenador va en otro barco con la radio, así que si ocurre alguna situación complicada avisa a Prefectura”, dijo.
Por estas horas la vela de Moreira está doblada, pronta para viajar a Brasil a competir por un nuevo desafío. Después se vienen meses intensos, porque de lo que ocurra el año que viene dependerá si se clasifica o no para los Juegos Olímpicos de 2020. Hay dos formas de acceder a Japón: por una de las seis plazas que se otorgan en el Mundial de mayores, o por la única que se conceden en los Panamericanos, que en 2016 fueron los que la depositaron en Río de Janeiro. Entre prácticas, ejercicio y trabajo psicológico, espera lograrlo. Y, en ese caso, ya podrá ir pensando en cuál será el próximo tatuaje.
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2018-11-15T00:00:00
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