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Nació en 1976 en el Bajo Belgrano, un barrio bonaerense de casa bajas, almacenes en las esquinas y una magia tanguera que se filtraba por las ventanas y quedaba en la esencia de su gente. Rodrigo de la Serna la traía impregnada, aunque apenas lo sabía. El joven apasionado por el teatro sucumbió como todos los de su edad a la cultura rockera de los 90, pero a los 18 años, en la quinta de un amigo en Córdoba, tuvo una especie de epifanía, según él, cuando escuchó por primera vez al Polaco Goyeneche en un cassette. “Nunca me habían hablado de una manera tan directa y tan profunda”, aseguró a galería en conversación telefónica desde Buenos Aires. A partir de ahí, empezó a estudiar guitarra con un profesor que cultivaba los géneros más criollos y despertó en él las influencias que traía de la infancia. Mientras el actor conseguía sus primeros papeles en televisión, interpretaba protagónicos en cine y ganaba premios (Diarios de motocicleta y Crónica de una fuga, entre otras), el músico iba haciéndose amigos nuevos con los que despuntaba su pasión por la guitarra y cantaba tangos y milongas. Así surgió El Yotivenco (conventillo al revés), un cuarteto de tres guitarras y un guitarrón formado por Juan Díaz Hermelo, Blas Alberti y Fabio Bramuglia, en el que De la Serna pone su voz. El sábado 27 y el domingo 28 Rodrigo de la Serna y El Yotivenco llegan a la Sala Cantegril de Punta del Este.
¿Cuándo decidiste largarte a hacer una carrera en la música?
Nunca me lo planteé como una carrera y esto siempre fue un disfrute entre amigos que caminamos los mismos caminos de la música criolla. Empecé a estudiar guitarra a los 18 años, siempre desde el tango y la milonga como lenguajes principales. A medida que fui creciendo y desarrollándome empecé a investigar más las chamarritas, el candombe. Es un recorrido por el folclore del Río de la Plata y un poco más allá, porque también estamos haciendo gatos cuyanos (danza nativa argentina). Fue un camino bastante interesante, intenso, largo. Recién el año pasado estamos como en una especie de exposición mediática más intensa. Hicimos dos Teatros Astrales, en la calle Corrientes, y tuvimos participación en algunos programas muy vistos de la televisión argentina. En Montevideo estuvimos varias veces tocando en la Sala Zitarrosa con el Cuarteto Ricacosa.
¿Cómo fue el salto a presentarse en un teatro?
Fue un recorrido natural. Tocamos mucho tiempo en el Torcuato Tasso, que es el lugar más emblemático del tango en la ciudad de Buenos Aires. En un momento se agotó esa instancia y decidimos pasar a un teatro más grande, para lo cual tuvimos que apostar a tener más visibilidad mediática porque es un teatro de mil butacas.
¿Armaron la banda porque compartían el gusto por este estilo?
Fue en el año 2000. Por esos años no había muchos jóvenes de mi edad volcados al estudio y al toque de los géneros nuestros. Estábamos en la casa de un amigo, yo estaba con mi guitarra, y llega Juan Díaz Hermelo con un tambor de candombe y fue como una amistad a primera vista. Empezamos a improvisar unas milongas con tambor que era algo que no se hacía mucho en Buenos Aires. Él también es guitarrista y empezamos a tocar como dúo.
¿El repertorio es con canciones de compositores conocidos o también tienen temas propios?
Hay temas propios también, pero básicamente este disco que vamos a presentar ahora en Punta del Este hace un recorrido por los distintos géneros, chamarritas, milongas camperas, milonga ciudadana, tangos, candombes, gatos cuyanos de los autores más reconocidos. Incluso hacemos algunos de don Alfredo Zitarrosa.
¿Cómo eligen las canciones?
El formato de tres guitarras y guitarrón es lo que determina el repertorio, los arreglos que tenemos que ejecutar. Nos gusta mucho tocar la guitarra, yo soy guitarrista además de cantante. Soy más guitarrista que cantor. Hacemos arreglos de Juanjo Domínguez, que es a mi criterio la guitarra más importante casi del siglo. También nos inspiramos mucho con Edmundo Rivero y Roberto Grela, son nuestras tres referencias más importantes.
El Yotivenco es el conventillo al revés. ¿Cómo surgió ese nombre?
Es en lunfardo. Veníamos tocando muchas canciones de Rivero que hablan de conventillos, y también porque es un poco la síntesis de la cultura criolla más moderna. Es un homenaje a las cocinas de estas músicas que se dieron en esos conventillos.
¿Cómo ha recibido el público esta faceta tuya de músico?
Muy bien. Tocar la guitarra es un placer muy, muy intenso para mí. Cantar, interpretar, el actor está también al servicio de la poética tan honda, profunda y sagrada que tienen estas músicas. Comunicar esa cultura es algo que hago con mucho placer y el público termina muy agradecido por la entrega que hacemos.
¿Y en el ambiente artístico en el que te movés cómo fue recibido?
Sinceramente, me importa un pepino, pero en general muy bien. La propuesta es muy seria, no es una cuestión improvisada, hay mucho trabajo atrás, de muchos años, de mucho recorrido, de compartir música con mucha gente. Es la síntesis de un recorrido que lleva larga data. Y cuando uno se presenta a tocar, la gente reconoce inmediatamente que hay un trabajo profundo atrás.
¿Creés que ser una figura conocida para el gran público es un llamador para que vayan a tus conciertos?
Eso es innegable. Yo soy consciente de que soy una figura que tuvo mucha exposición mediática porque trabajo de actor. Eso juega a favor a la hora de la convocatoria, estamos muy conscientes de eso.
¿Tu experiencia de actor te ayuda al momento de cantar y ser el frontman del grupo?
Sí, claro. Eso está ahí, el actor, o esa pasión de comunicar. No me gusta usar términos tan anglo, pero sí, estoy al frente de esa marea que se genera entre el público y El Yotivenco.
Decís que no hay una frontera muy clara entre el actor y el músico. ¿En qué sentido?
Cada personaje que uno interpreta tiene su rítmica, su métrica, tiene su armonía y tiene su melodía, cada personaje habla distinto, camina distinto o respira distinto. Y el actor también está al servicio de la interpretación de esos textos y de esas poéticas, entonces las fronteras no están tan definidas en ese sentido.
¿Hay algo que te da la música que la actuación no?
Y sí, el placer vibratorio que se genera es distinto. Ponerse atrás de una guitarra y sentir cómo vibra y cómo empatizan las maderas y las cuerdas de cuatro guitarras, y ni hablar cuando canto con orquesta. Es un placer muy intenso que la actuación no te da.
Puede ser que la música sea en tu caso como un recreo, un desenchufe del trabajo de actor, que a pesar de que puede ser muy gratificante, es mucho más sacrificado y exigente.
Es un clima muy festivo el que recreamos en el escenario. Las milongas son muy pícaras y los gatos cuyanos también son bien picantes. Cuando pasamos al candombe con los tambores es un placer. Pero si vos hacés este trabajo cinco veces por semana también llega a ser estresante, las pruebas de sonido y todo eso. Cuando uno se va profesionalizando, terminan pesando la rutina y las cuestiones técnicas, y eso genera desgaste. Pero la actuación también es un placer, es una explosión.
¿Qué proyectos tienen con la banda?
Estamos preparando el disco Estilos criollos. Colgamos tres temas en Spotify y ahora estamos editando el show en vivo en el Astral para sacar el disco. Después queremos hacer uno en estudio y ya el próximo encare va a ser más hacia nuestras propias composiciones.
¿Quién compone?
Juan Díaz (Hermelo) es un gran compositor.
¿Vos escribís?
Sí, algunas letras escribo y algunas melodías también se me ocurren. Por supuesto, no es mi trabajo, no es mi oficio, entonces tengo que dedicarle mucho tiempo, pero sí aparecen cosas interesantes. Blas Alberti es un gran compositor también, y es un guitarrista de alta gama.
¿Y en la actuación qué proyectos tenés?
Ahora se va a estrenar una película que filmamos en España junto a Daniel Monzón que se llama Yucatán. Es una comedia dramática con Luis Tosar, un actor español que yo admiro mucho, y ya hemos laburado juntos. Ahora empiezo a filmar para Pol-ka en coproducción con TNT una serie titulada El Lobista, que tiene mucho que ver con la coyuntura que estamos viviendo en este país ahora, dirigida por Daniel Barone.
Ahora te vemos en Netflix con Llámame Francisco, la miniserie que originalmente fue una película sobre Jorge Bergoglio. ¿Te resultó muy difícil interpretarlo?
Fue lo más difícil que me pasó en la vida.
Todo. Primero, por las distancias que hay entre un actor y un sacerdote, que es algo muy ajeno. Es imposible acceder a la bibliografía a la que accedió él como jesuita. Es muy difícil de imaginar ese mundo teológico y filosófico. Traté de acercarme lo más que pude para tener una estructura más o menos digna a la hora de pararme frente a la cámara, pero es una de las personas más importantes de este momento de la humanidad, el líder espiritual de una de las religiones más importantes del planeta. Aparte de ser un personaje histórico, este señor está vivo y en pleno ejercicio, entonces todos saben cómo se mueve, cómo respira, cómo habla. Es un desafío casi imposible.