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“El país mejoró muchísimo pero hay desigualdad y la calle está llena de jóvenes pobres”

La senadora frenteamplista Constanza Moreira dice que para Vázquez y Mujica el feminismo es una “historia ajena”

Constanza Moreira llega unos minutos tarde a la entrevista con galería en su despacho del Senado. Pide disculpas por la demora y un café para despabilarse porque viene de fisioterapia y eso, dice, le da sueño. Hace algunas semanas se cayó en la calle y se rompió un dedo de la mano izquierda. Como es diestra, la fractura no entorpece la gran mayoría de sus acciones. La complica un poco para tocar el piano, un instrumento que conoce desde chica, y que ahora practica en clases semanales en las que ensaya clásicos de Mozart y Chopin.

El piano es una de sus pasiones. La otra es la lectura, algo que no sorprende tratándose de una senadora y académica de extensa trayectoria. Lo que sí llama la atención es su manera de ser en el trato personal. La Moreira del Senado, la que se ve en televisión o se escucha en radio, transmite (en general) la imagen de una mujer dura, intransigente, seria, y con poco espacio para la risa o los comentarios relajados. En el mano a mano parece otra persona. Es simpática, afable, maneja el humor con ironía y tiene la carcajada fácil, incluso cuando habla de temas dolorosos de su pasado. Es coqueta y por eso cuida los detalles de las fotos, para las que posa previo pasaje por el baño a retocar el maquillaje.

Pasaron once años desde que Moreira irrumpió en la política partidaria. Fue senadora y en 2014 compitió con Tabaré Vázquez por la candidatura presidencial del Frente Amplio, donde el actual mandatario obtuvo más del 80% de los votos. Ella siguió adelante, haciendo sonar las estructuras de la interna del partido como si fueran las teclas de un piano gigante, con un discurso más volcado a la izquierda, cuestionamientos a los liderazgos más antiguos, y objetando el papel de las Fuerzas Armadas y las acciones que se llevaron adelante en materia de derechos humanos. En octubre de 2014 conquistó una banca en el Senado y otra en Diputados.

Nació en 1960, es licenciada en Filosofía y magíster y doctora en Ciencias Políticas. Estudió en Uruguay y en Brasil; es grado cinco en la Facultad de Ciencias Sociales; fue la primera mujer en dirigir el Instituto de Ciencias Políticas; y es autora de varios libros y publicaciones. Pero todo eso quedó atrás cuando desembarcó de lleno en la política.

Esa parte de su vida es bastante conocida. Pero hay un pasado de Moreira del que se sabe menos. Su padre era de una familia de campo “acomodada” y del Partido Nacional, que cuando dejó Durazno y llegó a Montevideo adhirió al Partido Comunista, donde conoció a su madre. De ese matrimonio —que se alejó del Partido, pero continuó vinculado a la izquierda— nacieron tres hijos a los que se les inculcó el gusto por el estudio y los libros, según contó ella en el libro Constanza, el desafío, de Carlos Caillabet (2014). El día que conversó con galería, por ejemplo, dijo que estaba leyendo La isla de Arturo, de Elsa Morante, y Entre ellos, de Richard Ford.

A los 19 años se fue de su casa y a partir de ahí todo fue rápido e intenso: estudió, trabajó, vivió en pareja, se separó, y se fue a Brasil. Su vida cambió cuando, a los 31 años, en un viaje a Costa Rica, conoció a Pablo Guarino, un economista uruguayo de 42 años y padre de dos hijos con el que se casó. Diez años después, él murió de cáncer. “Pablo fue mi hogar en todos los sentidos del término. Cuando lo conocí yo aún era una mujer de dos patrias. (...) Pablo me dio una patria, una casa, una familia. La década que pasamos juntos la recuerdo como la más feliz de mi vida. Tenía sus contradicciones, claro, pero todo había adquirido un sentido. Fue mi época más productiva”, contó en el libro de Caillabet.

¿Cómo incidió en su vida ser viuda a los 41 años?

Lo que digo es de Perogrullo, pero la muerte te da la perspectiva de la finitud de la vida. Y vos mismo ponés tu vida en otra perspectiva. Me cuesta recordar. Fue en 2001 y mi vida cambió muchísimo. No fue tanto “ya que la vida es tan breve voy a hacer lo que quiera”, sino “voy a hacer las cosas que importan”. También entendí que la gente no sabe hablar de la muerte. Estamos bastante mal preparados, es una civilización del presente, la juventud, y el tiempo eterno.

¿Le costó rehacer su vida?

Sí, muchísimo. Tuve un duelo largo. Trabajaba mucho, me fui del país, anduve dando vueltas por acá y por allá. Sin embargo, si pienso ahora, hay muchos años que fueron de vida bastante plana a pesar del trabajo. La gente te dice “lo vas a superar...”. Lo superás en el sentido en que hay un momento en que no duele más.

¿Hizo terapia alguna vez?

Muchos años. Ahora por suerte hace mucho que dejé. Me ayudó mucho. Tuve un psicoanalista maravilloso. Maravilloso y judío, como Dios manda (risas).

Hay asuntos que para tratar en el Parlamento se necesitan legisladores que quieran escuchar. Los legisladores se van acostumbrando, pero en la sesión de hoy habla una mujer y todos se levantan, se ponen a hablar con otro. Es como si la voz de la mujer fuera categoría b. Las mujeres tratamos de escuchar con respeto a las compañeras. Entre ellos se escuchan como jefotes.

¿Está en pareja ahora?

Sí. No hablemos de él. No es conocido (risas).

Moreira se hizo feminista a finales de los 90. Su madre era atea, “avanzada”, y defensora de los derechos sexuales y reproductivos. En la universidad se encontró con mujeres que la fueron “cautivando”, como Lucy Garrido y Lilián Celiberti. “Todo me fue conquistando paulatinamente, a partir de una base que era mi familia, pero con influencias muy importantes de las feministas de la vieja oleada. Soy heredera de esas luchas, donde era central el tema de los derechos sexuales y reproductivos y luego de las luchas por la participación política”, explicó.

¿Qué diferencia hay entre aquel feminismo y el de hoy?

Me siento identificada con las viejas feministas por la edad que tengo, pero me encanta la impaciencia de las nuevas feministas. La vida de nuestras madres fue muy moldeada por el paradigma del amor y la familia, ya en mi generación estaba el amor y la familia, pero también la realización profesional y la cosa política. En la vida de las muchachas de hoy me parece que el tema del amor y la familia lo tienen bastante más relativizado y otras cosas como la realización personal, el descubrir otras cosas, el viajar, e incluso el propio paradigma de relacionamiento interpersonal son muy distintos a los nuestros. Las jóvenes tienen otra fuerza, otra impaciencia.

En los últimos 15 años en Uruguay se discutió tres veces la despenalización del aborto y muchas de las mujeres que ahora se pusieron el pañuelo verde por Argentina acá se callaron. ¿No cree que si se hubieran manifestado en su momento podrían haber ejercido presión sobre el veto de Vázquez?

Es lo que decís, gente que no peleó en una causa. Eso se ve mucho en los movimientos de la diversidad, que también están esas cobranzas de “¿cuándo saliste del placard vos?”. Lo importante es juntar fuerzas. Pero sí es verdad que cuando una cosa se afirma más en el horizonte de lo simbólico como un objetivo deseable, la gente se identifica más. Cuando hay mucha resistencia, como era el aborto al principio, era una vanguardia la que peleaba por eso.


Pero, por ejemplo, el Poder Judicial dice que no tiene dinero para ejecutar la ley de violencia de género...

Es un disparate. El Poder Judicial lo que tienen que hacer es convertir juzgados. No precisa más plata para combatir la violencia de género.

A lo que voy es que la violencia de género afecta mucho a las mujeres uruguayas y no se ve gente manifestando con tanto fervor como por el aborto en Argentina.

Sí, pero es una lucha un tanto sofisticada. Es más fácil salir en una causa como Ni una menos o Mujeres de negro. La violencia de género es terrible en Uruguay, pero las mujeres tienen muchos problemas. El tema de la autonomía económica es muy importante y va junto. ¿Cuántas mujeres sin ingresos propios se bancan situaciones?

Cada vez se habla más de violencia de género, pero la situación es cada vez peor. ¿Dónde está la falla?

No es fácil de responder. Tengo la impresión de que como las mujeres son más conscientes de sus derechos e identifican mejor la violencia, la denuncian, hay más registros, y más cuerpos especializados en recoger denuncias. Creo que la mujer se banca menos que antes. Y la reacción del hombre es matarla a palos. Y hay otra cosa: hay muchas armas. Uno de cada tres uruguayos está armado. El tema de las armas impacta en toda la sociedad. Porque también aumentó el número de homicidios.

¿Hay condena social al violento o sigue la idea de que “algo habrá hecho”?

Eso pasa. También los estereotipos en relación con lo que es una buena mujer y una mujer a la que hay que tratar bien siguen existiendo. A las mujeres la sociedad uruguaya les sigue pidiendo el doble que a los hombres en todos los campos: el doble de inteligencia, el doble de fuerza, el doble de energía, el doble de valor. ¿Dónde están los hombres? El 60% de los hombres son deudores alimenticios. Yo creo que las mujeres han progresado bastante en llegar al mundo público en Uruguay. Pero no existe lo contrario: los hombres no están tanto más involucrados en el mundo doméstico. La mujer empezó a concebir la participación en el mundo público en su ecuación de felicidad y satisfacción en la vida en los últimos 15 o 20 años. En los hombres esa igual parte de felicidad de dedicarse a las tareas domésticas no está.

¿Le parece? Hoy muchos comparten la crianza.

Todavía no dan los números. Las encuestas del uso del tiempo demuestran que no hay avances. Me hace gracia los abuelos que dicen “ahora me voy a dedicar a mis nietos”, y son hombres que nunca se dedicaron a sus hijos.

Muchas feministas critican que se penalizan más los delitos contra la propiedad que contra las mujeres. Eso tiene que ver con las leyes, que las hacen los legisladores. ¿Por qué no se sancionan leyes más duras en ese sentido?

Sacar el femicidio fue una batalla campal. Tratar de explicarles a legisladores hombres y a algunas mujeres que la violencia de género es un problema específico, que tiene que ver con una cosa que se llama paternalismo, exige paciencia pedagógica y legisladores que quieran escuchar. Los legisladores se van acostumbrando a que esos temas estén, pero en la sesión de hoy habla una mujer y todos se levantan, se ponen a hablar con otro. Es como si la voz de la mujer fuera categoría b. Entre ellos se escuchan como jefotes. Eso en la vida cotidiana está superpresente y ahí tenés las encuestas de opinión que no ayudan, porque todos los líderes son hombres.

Hace un par de años Elena Fonseca dijo en Búsqueda que para algunos sectores de izquierda el feminismo era cosa de burgueses...

Totalmente.

Y ponía como ejemplo a José Mujica, en cuyo gobierno no tuvo contacto con feministas. Vázquez tampoco, además vetó el aborto y dijo que el principal enemigo de las mujeres era el tabaco. ¿Qué opina?

Son cabezas de otra generación a las que el feminismo les parecía una historia ajena. Los líderes de edades intermedias se cuidan mucho más, más allá de lo que piensen. Volviendo a por qué no se hacen penas más duras: creo que tiene que haber una dosimetría penal a favor de la vida y de la integridad física y espiritual de la persona más importante que la dosimetría a favor de la propiedad privada. Me he pasado gritando contra el aumento de penas porque creo que no sirve para nada. Hay una cosa muy masculina en la forma de tratar los temas de la seguridad. La parte femenina de cómo hacemos para vivir juntos está faltando. La tenencia compartida va en dirección de sacarles la voz a los niños en el tema de los abusos dentro del hogar so pretexto de que están mal influenciados por la madre. Es una manera muy inteligente de que el machismo vuelva, pero de una manera jurídicamente cultivada.

¿Está en contra de una ley de tenencia compartida?

Totalmente, la tenencia compartida ya está, se pueden poner de acuerdo, no es necesario inventar una nueva figura jurídica. Creo que viene por el lado de la plata. Los hombres se vuelven locos al darle plata a una mujer de la que te separaste si no controlás cómo se gasta la plata. Entonces vuelven las iniciativas patriarcales vestidas con un ropaje de liberalismo jurídico. Es un tema que se viene en América Latina, estoy preocupada. Nosotros resistimos mientras que la izquierda tenga mayoría parlamentaria. En eso también voy a defender a la izquierda: es cierto que hemos tenido jefes políticos un poco machistas, pero son los votos de la izquierda los que permitieron la despenalización del aborto, el matrimonio igualitario y la ley de violencia de género.

El matrimonio igualitario lo votó gente de todos los partidos.

Pero la iniciativa vino de la izquierda. La cuota también. Después hubo que sumar a los partidos de la oposición, pero no fueron ellos los que dijeron “vamos a hacer la ley de violencia de género” o “vamos a apoyar el femicidio”.

La presencia de más mujeres no necesariamente se traduce en una visión de género. Pasa en la Justicia, o con la vicepresidenta Lucía Topolansky. Y sí hay hombres con visión de género.

Sí. Cuando aprobamos la despenalización del aborto una de las figuras que más luchó por eso fue (Luis) Gallo padre. También estaba Mónica (Xavier).

Y también el exsenador Julio Sanguinetti.

A veces pienso que hizo una picardía nada más que para enfurecer a Tabaré Vázquez (risas). Porque después el Partido Colorado nunca nos dio un voto, cuando debería haberlo dado en nombre del viejo batllismo. Porque (Pedro) Bordaberry es muy católico e impuso el tema de la disciplina partidaria.

Pero tener una mujer en un cargo político no garantiza que trabaje temas de género.

Nosotros luchamos mucho para conquistar lugares para las mujeres en la política y muchas veces esos lugares son llenados por mujeres funcionales al patriarcado.

Ahora se habla de la “sororidad”, pero parecería que eso se aplica según de dónde venga. Por ejemplo, de la diputada Graciela Bianchi se dice cualquier cosa.

Ella de mí ha dicho cualquier cosa.

A Verónica Alonso, por ejemplo, la critican por ser joven, tener plata y vivir en Carrasco.

Totalmente. A un hombre quiero ver si se lo dicen. A nuestra compañera Fabiana Goyeneche también. La sororidad no debe esperarse sino construirse. La bancada bicameral femenina de la época de Glenda (Rondán), Margarita (Percovich) y Beatriz (Argimón) fue una experiencia muy interesante porque venían de palos muy diferentes. Entre otras cosas ellas se habían propuesto no debatir con mujeres. Verónica Alonso —a la que siempre le doy para adelante, soy muy consciente de sus capacidades en relación con sus hombres de su mismo partido— me ha dicho “me invitaron a debatir contigo, mejor no”.

Moreira tenía 46 cuando entró por primera vez a la sede del Frente Amplio. Fue en diciembre de 2006, cuando asistió al velorio del dirigente Hugo Cores, quien desde hacía algunos meses era su pareja. Él tenía 69 años y era dirigente del Partido por la Victoria del Pueblo (PVP).
El impacto de esa muerte en su vida, dice, no puede compararse con el fallecimiento de su primer marido. Sin embargo, fue su puerta de ingreso a la política partidaria activa, ya no como politóloga, sino como protagonista, porque decidió tomar su “bandera”, la lucha por los derechos humanos. A comienzos de 2007 le ofrecieron escribir en el espacio que tenía Cores en La República. Ahí empezó a tener visibilidad más allá de lo académico, que tiene hoy como líder del sector Casa Grande.

¿Va a ser de nuevo candidata presidencial?

En este momento no, salvo que sea muy necesario. Lo hice cuando no había figuras de relevos, ahora hay muchos. Capaz que a Verónica Alonso le va mejor que a (Luis) Lacalle Pou, capaz que a Carolina (Cosse) le va mejor que a Daniel (Martínez). Por eso es importante decir que tiene que haber mujeres. De a poquito la clase política se está dando cuenta de lo atractivas que son las mujeres en política.

Incluso Mujica, con quien ha tenido algunos cortocircuitos.

Mujica y las feministas, en fin, es un capítulo complicado.

¿Cómo está su relación con él? Porque él la propuso para presidir el Frente Amplio, pero después las cosas se deterioraron.

Las cosas se complicaron y bueno. En este tiempo en el Senado hemos tenido que trabajar muchas cosas.

¿Qué pasó entre ustedes?

De Mujica preferiría no hablar.

Hoy el tema inseguridad está en el tapete porque los delitos aumentaron. Por otro lado, se ha destinado dinero a políticas sociales como nunca antes...

Y al Ministerio del Interior ni te digo.

¿Por qué los números son tan malos?

No sé. Este año tiene unos guarismos horribles. Para decir que hay una tendencia sistemática precisás más datos. Uruguay es el país menos violento de una América Latina muy violenta. Y armada hasta los dientes, llena de paramilitares, de militares, de países productores de armas, de contrabando de armas, de narcotráfico gracias a la política norteamericana. Uruguay no pude sustraerse a la inseguridad de la región.

¿Usted sale de noche a la calle y se siente tranquila?

¿Qué me voy a sentir tranquila? No, para nada. Pero viví muchos años en Brasil. No soy paranoica con la inseguridad, me doy cuenta de que Uruguay está inseguro. De todas maneras, si me preguntaras cuál es el principal problema de este país jamás diría la inseguridad.

¿Cuál es?

El principal problema es que hay gente viviendo en ranchos de lata, que los salarios son miserables, que a las mujeres las matan todos los días, que no puede ser que un país con el PBI per cápita de un país de renta alta tenga 150.000 personas viviendo en asentamientos, que no hay trabajo en el interior del país, que el suicidio en este país es tres veces más que el homicidio.

Su diagnóstico se parece más al de una senadora opositora que al de una oficialista.

El país mejoró muchísimo pero sigue habiendo desigualdad, la calle está llena de jóvenes pobres. No dejo de reconocer cosas importantes que ha hecho el gobierno, tenemos el mejor porcentaje de pobreza y desempleo. Los principales problemas del país son sociales y económicos. No de inseguridad. El mundo es injusto más allá de lo que haga el Frente. Vivimos en un mundo donde la riqueza está cada vez más concentrada y los pobres abundan. El mundo es terriblemente injusto y desigual.

“Me divirtió mucho la Nany”

¿Se arrepiente de los avisos de campaña donde la actriz Gabriela Iribarne se quejaba de los reclamos de su empleada doméstica en charlas con Cuquito?

Eran del PVP (Partido por la Victoria del Pueblo, uno de los sectores que apoya a Moreira). Tenía gran llegada, eran muy divertidos y la gente los aplaudió muchísimo. Era como desnudar las contradicciones de clase en una clave muy divertida. Luego hubo una segunda tanda en la que ya hubo protestas y le pedí al PVP que no hiciera más, que estábamos complicándonos la vida.

Eran un poco estigmatizantes.

Superestigmatizantes. Pero la ventaja de caricaturizar hacía que mucha gente se sintiera identificada. De cualquier manera era un humor bastante blanco, comparado con Petinatti.

GALERIA
2018-08-23T00:00:00

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