Pero no solo el Read dirigente sindical cambió en estas tres décadas. Su vida personal es muy distinta de la de 1983. En aquella época era padre de cuatro hijos, que hoy son seis. Los mayores tienen entre 28 y 38 años, los menores, ocho y once. Es abuelo de cuatro nietos, que pronto serán cinco.
En 2012 Read tuvo un infarto durante una asamblea de su sindicato. No se enteró y viajó a Corea del Sur. Cuando volvió, lo revisaron y le colocaron tres bypass. Desde ese momento está medicado, pero él asegura que nunca pensó que iba a morir o se replanteó su vida.
Ahora —además de ser la cara más visible del sindicato de FNC y de integrar la Dirección Nacional de la Federación de Obreros y Empleados de la Bebida (FOEB)—, Read está embarcado en un desafío: la puesta en práctica de los centros educativos y sociales del sindicato de la bebida, una iniciativa que guarda similitudes con propuestas que llevan adelante algunos sectores de la Iglesia católica que muchas veces reciben duras críticas desde parte de la izquierda. Read, en cambio, no tiene pelos en la lengua para elogiar la propuesta del centro educativo Los Pinos, del Opus Dei, y en especial a su director, Pablo Bartol.
A comienzos de abril, la FOEB abrió centros educativos en Montevideo, Minas y Pan de Azúcar, a los que asisten unos 120 niños de cuarto, quinto y sexto año de escuela de contexto crítico. En ellos reciben clases de apoyo en matemáticas, idioma español, inglés, ajedrez, robótica, y participan en actividades deportivas y del cultivo de una huerta. Unas 25 personas trabajan allí, todos contratados, pues no hay trabajo voluntario. En Montevideo hay un integrante de la FOEB que va a diario a colaborar con las compras.
Los centros FOEB se financian con partidas previstas en los Consejos de Salarios, que fueron acordadas entre trabajadores y empresarios en 2015. El presupuesto total para los tres centros es de unos 14 millones de pesos para este año, casi 16 millones para el próximo, y unos 17 millones para el tercero. El acuerdo establece que la FOEB administra el dinero y cada dos meses las empresas auditan el uso de esos recursos. El año próximo está previsto abrir otros dos centros, en Salto y en Paysandú. Para este nuevo paso, particulares y empresas se comunicaron con Read para colaborar económicamente con la iniciativa. “La respuesta es la misma: no queremos, con el dinero que tenemos alcanza”, dijo Read.
Read recibió a galería en el centro FOEB de Montevideo, que funciona en el Club Cervecerías del Uruguay de Arroyo Seco. El edificio fue acondicionado especialmente y todo se ve nuevo. Los usuarios de esas instalaciones son niños de la escuela 141, ubicada en la zona de Camino Mendoza y General Flores. Luego de saludar con un beso a Read y al resto del personal, los chicos se lavan los dientes y se cambian la túnica escolar por una verde inglés que tiene en la manga la bandera uruguaya.
¿Qué balance hace a poco más de un mes de inaugurar los centros FOEB?
Celebramos lo acertado de haber tomado esta iniciativa. No solo por la Federación, sino por el resultado con los chicos. En Montevideo, 80% de los niños que vienen son de contexto crítico. En segundo lugar, al acercarnos a una idea, se nos genera la responsabilidad de mejorar la propuesta. En eso estamos.
¿Cómo surgió su interés en este tema?
Hace cinco años tuvimos un conflicto grande y vimos que nos estábamos equivocando. El conflicto lo ganábamos por paliza, pero ese conflicto contra la empresa indirectamente estaba afectando al bolichero de barrio. Cuando nos dimos cuenta de que había malestar en el comercio minorista porque estábamos dejando a la gente sin cerveza y para muchos comerciantes la cerveza es el aguinaldo, levantamos el conflicto. Nos pusimos a trabajar horas extra y abastecimos todo. ¿Qué fue lo que vimos? Que una visión corporativista, mirando solo el ombligo nuestro, hubiera hecho que ganáramos el conflicto, medalla y beso, y muchos titulares de diarios, pero íbamos a afectar a muchísima gente y en vez de concitar adhesiones íbamos a concitar rechazos. A partir de ahí vimos que teníamos que hacer algo para la sociedad. Pensamos en levantar un liceo obrero de la Federación. Recibimos más palo que tambor en Las Llamadas. Pensamos en un CAIF, pero cada vez que hablábamos con el gobierno era más caro. Mientras tanto empezamos a apadrinar escuelas rurales, trabajamos con la Roosevelt, donamos 14 millones de pesos al INAU y al Plan Juntos, construimos nueve viviendas. Cuando vimos que la idea del CAIF se caía y que el liceo tampoco salía, decidimos hacer esto. Esto no es curricular, acá no es una escuela ni un colegio, es un club.
Desde distintos sectores se critica este tipo de iniciativas, como el centro educativo Los Pinos o el Liceo Jubilar. Hay quienes sostienen que es una forma de privatizar la educación, que solo algunos se benefician. También están los que dicen que no es tarea del movimiento sindical ocuparse de esos asuntos. ¿Qué responde?
Si respondo rápido, me sale el barrio. Cuando alguna crítica se sustenta con propuestas constructivas, es válida. Pero cuando la crítica es al modelo, diciendo que se privatiza la enseñanza, esto no es un centro educativo. Esto no abarca a todos. Pero si de los 120 chiquilines que tenemos, rescatamos 15 o 30 botijas, que de otra manera la alternativa que tenían era robar, o la transa, la droga, porque no conocen otra cosa, ¿de qué me están hablando? Esas cuestiones son típicas de malos uruguayos que critican, pero no hacen nada. Nosotros hacemos, y no lo hacemos para nosotros, lo hacemos para los chiquilines, para tirarles una cuerdita y que tengan otra posibilidad en la vida que no sea delinquir.
Hace algunas semanas, en una entrevista publicada en “Crónicas”, usted dijo: “Creo que el gran problema que tiene la sociedad uruguaya hoy es que está enojada con el sistema político; yo personalmente lo estoy”. ¿Qué es lo que lo enoja?
Creo que hay una sociedad que está enojada con el sistema político y hay otra sociedad que paso a paso se ha lumpenizado. Creo que la sociedad camina a la lumpenización. Se modificó la escala de valores. Los paradigmas éticos que nos enseñaron a nosotros hoy no están, los hábitos de estudio, de trabajo van a dejando lugar a otras cuestiones, como que para mucha gente es más importante cuándo es la noche de los descuentos en un shopping que un gesto de solidaridad. Una parte de esa sociedad está enojada con el sistema político, porque generó expectativas que luego no cumplió. Pero hay parte de la sociedad, con la que me siento identificado, a la que no le gustan actitudes y comportamientos que ve en el sector público.
¿A qué se refiere?
El manejo de las empresas públicas. Me parece que fue muy mala gestión, que nos costó a los uruguayos millones de dólares, que estamos pagando con déficit fiscal y con tarifas altas. Y lo que más me molesta es que no hay una autocrítica por parte de los actores políticos, sino todo lo contrario, se justifican por justificar. Por ejemplo, con la compensación salarial que estaba arriba de los cien millones de pesos se justificaban banalizándolo.
Se refiere a la situación en Alur, a propósito del pago en negro a cañeros, algo a lo que el ministro de Trabajo, Ernesto Murro, le quitó importancia, argumentando que eran solo 600 pesos.
Creo que no pensó en lo que dijo. Quiero suponer que está arrepentido. Quisiera que esté arrepentido porque se le fue la moto, porque de no ser así estamos peor de lo que creía.
Ese “camino a la lumpenización”, ¿a qué lo atribuye?
Creo que creció la economía, sin dudas, pero no creció la sociedad. No fue en paralelo el crecimiento económico con mejor sociedad, con construcción de sociedad. A las pruebas me remito en el deterioro que hay con la enseñanza. Dije enseñanza, no educación. Porque uno en la escuela manda a los chiquilines a que les enseñen; la educación intrínsecamente está relacionada con el contexto familiar. A mí me educaban en casa y me enseñaban en la escuela, hoy la escuela tiene doble función: enseñar y educar. Muchas veces sin códigos ni límites. Muchos de ellos no tienen la contención de su familia, la figura masculina del padre no está, y cuando hay contexto familiar son ocho, nueve, diez hermanos. En contexto crítico, ¿cómo es posible que los chiquilines no conocieran la playa con once años? ¿Por pobre? No es por eso. Yo viví en un garage por nueve años e iba a la playa dos veces por semana. Es porque no hay quien los lleve. Porque no hay brazos para cubrir esa demanda.
¿Quién es responsable de eso?
No creo que haya una responsabilidad, creo que es una sociedad a la que no le dieron contención.
Por un lado está eso, pero por otro lado hasta hace poco se veía con buenos ojos la figura de José Mujica, como “el presidente más pobre del mundo”, algo de lo que se habló mucho a nivel internacional.
No sé si era pobre, creo que era austero. Yo sé donde vivía. Pero eso es una imagen, ahora la imagen de la sociedad es otra. Cuando tenés 1.100 chiquilines esperando un día y medio a que abra una tienda en un shopping por un descuento de 40%, o en la noche de los descuentos, se cambió el valor, el respeto, la solidaridad, y se sustituye por quién tiene la tarjeta más grande.Muchos le pueden decir: “esa gente estuvo mucho tiempo postergada y ahora puede comprar”.Puede ser en 2005, 2006. En 2017, de la crisis ya pasaron 15 años.
Integró varios grupos del Frente Amplio. ¿Se sigue considerando frenteamplista?
Me sigo sintiendo frenteamplista en lo que significa el programa y en tener a las fuerzas progresistas nucleadas en un mismo sector. Soy frenteamplista en lo esencial, en lo histórico, en lo referente a lo que me formé. A mí me reclutaron para el Frente Amplio con una escala de valores y objetivos al cual siento que pertenezco.
¿Va a votar al Frente Amplio en la próxima elección?
No soy orgánico de ningún partido del Frente Amplio. Soy muy crítico del accionar del Frente Amplio como organización. Lo he dicho y no tengo empacho en repetirlo. Hubo un maltrato de temas como el de (el vicepresidente Raúl) Sendic, y de él mismo con su licenciatura. Lo podía haber resuelto en 15 segundos. Y hoy era anécdota. Insistió en la mentira y el Plenario del Frente lo respaldó. Esta conducción del Frente Amplio en muchas cosas no me representa.
Usted tuvo posiciones muy críticas sobre lo que pasa en Venezuela. ¿Qué opina de la posición del gobierno uruguayo y del PIT-CNT?
No estuve de acuerdo con el compañero (Marcelo) Abdala. Primero: lo de Venezuela lo tienen que resolver los venezolanos, de eso no tengo dudas. Segundo: desconocer lo que pasa en Venezuela es no saber dónde estás parado. Tercero: un país rico en petróleo tiene la crisis económica más profunda. No es mentira la ausencia de elementos de primera necesidad, no es mentira que es difícil conseguir medicamentos. Y se están viviendo situaciones en lo institucional que ponen en riesgo el sistema democrático. Hay una represión contra un pueblo que manifiesta, con pleno derecho, cambios institucionales. Cuando se hacían acá, nosotros decíamos que era un gobierno autoritario y que si cualquier gobierno legítimamente votado, como el de Maduro, apaña actitudes como la disolución de la Cámara de Senadores, eso deja de ser democracia. Entonces dicen: “la culpa es del imperialismo”. El imperialismo siempre opera, el imperialismo siempre está, donde te descuides, pum, te la dan. Yo no me vinculo ni tengo ningún lazo de simpatía con la oposición, que puede ser igual o peor que lo anterior, pero mi pregunta es: ¿ese millón de personas que salió a la calle, son fascistas? ¿Todos fascistas? Es el pueblo que está en la calle manifestando libertad y democracia. Y hay un gobierno legítimamente votado que los está reprimiendo. Ojalá Venezuela vuelva a tener paz interior.
Hace un par de años tomó la decisión de alejarse del Secretariado Ejecutivo del PIT-CNT. Con el paso del tiempo, ¿se arrepiente? ¿Extraña?
Ni extraño ni me arrepiento. Lo volvería a hacer, no me sentía ni con la capacidad ni con la fuerza para dar un debate que era estéril. Éramos trece y se votaba doce a uno en cantidad de temas. Hay en Youtube una grabación de cinco minutos con una intervención mía en una Mesa Representativa opinando contra el paro parcial de setiembre de 2014, previo a las elecciones. Lo que alertábamos y cuestionábamos era que se estaba perdiendo la independencia de clase. Como Agrupación 5 de Marzo, junto a otros compañeros decíamos que había que tener independencia de los gobiernos, de los partidos políticos y patronales. Así que no me arrepiento y no lo extraño. Me sigo considerando CNT. Soy profundamente afín a la constitución de la CNT en 1966. Se llamó CNT: no es Central Nacional de Trabajadores, es Convención. Se llamó PIT, Plenario. Nunca central. Ahora se habla de Central, se pretende actuar como tal y nosotros estamos en contra del centralismo, del verticalismo. Cualquier sociedad democrática como la que pretendemos vivir tiene que tener horizontalidad. La Convención era eso, no era central. El Plenario funcionaba como plenario. Vemos cómo paso a paso se va actuando como central desde una verticalidad que nosotros no compartimos. Entonces ni la extraño ni me arrepiento.
Read no fue al acto del 1º de Mayo este año, pero escuchó los discursos. A su modo de ver, faltaron planteos directamente vinculados, por ejemplo, con el cierre de algunas fábricas. También cree que se debe discutir qué Uruguay se quiere para los próximos años y por dónde pasará el sector productivo. Y una vez que eso se defina, cree que se debe estimular a los adolescentes a formarse en esas nuevas disciplinas, porque entiende que Uruguay está “repleto de abogados” y se necesita “volver a los oficios”. Considera que el futuro tiene que pasar por carreras vinculadas a la tecnología, la ciencia y la informática.
Todos los días, Read va a la FNC. Ya no trabaja en el sector de producción, pero en su condición de máximo referente del sindicato recorre las instalaciones y conversa con el personal. “Pregunto, averiguo, sigo discutiendo temas con la patronal, los mismos temas de hace 35 años. Vas caminando por la fábrica y te encontrás con un compañero que tiene problemas con los zapatos porque son un número más chico. Yo puedo estar pensando en el gran problema político mundial, pero el problema de él es el zapato. Siempre le presté atención a esas cosas y eso me permitió tener más vínculos”, explicó.
¿A los 63 años siente que se puede tomar más libertades al hablar?
No. Con los años me he vuelto más tolerante. Yo era de agarrar a puteadas al que tenía enfrente. Quizás son los años y las preocupaciones de una sociedad tan deteriorada. Ante esta sociedad deteriorada, si contribuyo profundizando esa pérdida de valores, sería contradictorio. Trato de mitigar esto que percibo con mayor tolerancia. El oficialismo dice “A”, la oposición dice “Zeta”. En el movimiento sindical es lo mismo: ahora hay mucho de “o estás conmigo o sos amarillo”.
¿Qué siente cuando ahora lo elogian sectores con los que antes estaba enfrentado?
Eso se da después del 1º de mayo de 2013. Mi discurso, desde mi punto de vista, fue bien clasista, bien sindical. Como nos enseñaron a nosotros: buen trabajador, respetuoso, ser ejemplo, ser ético, que me identifiquen los compañeros como un buen tipo, como un laburante. No dije nada extraño. Cierta parte de la izquierda miró para un costado, porque no es un discurso “juntavotos”. Pero no me interesa juntar votos. Quería denunciar e identificar con ese diagnóstico un problema en la sociedad. No tuvo mucha repercusión y eco en mis pares, pero pasaron los años y el problema se agudizó. Eso hizo que mucha gente se viera identificada con aquel discurso y fui a dar charlas, por ejemplo, a cuarto año del IPA o a una reunión mensual del Rotary. A las universidades he ido a todas. He ido a reuniones de empresarios, de trabajadores, de asistentes sociales, de inspectores de trabajo, de cámaras. Con esa gente tenemos en común que el diagnóstico es compartido. Capaz que después rascamos y tenemos 150 cosas que nos siguen diferenciando. Pero me importa que si en 150 hay una en la que coincidimos, trabajemos en eso. Muchísima gente común y corriente también se sintió identificada. Creo que uno de los grandes ausentes de la política uruguaya es la credibilidad
¿Cómo se revierte eso?
Hay ciertas actitudes de Tabaré Vázquez que ayudan. Por ejemplo, ir a La Teja a dar la cara con vecinos. No conozco muchos presidentes en el mundo que se expongan públicamente a un debate sin filtros. También la autocrítica ayuda a la credibilidad. Pedir disculpas fortalece, no debilita. Pero da la sensación de que en el sistema político, muchos ven que la disculpa es un signo de debilidad.
Read se considera “un tipo feliz”. Vive con su pareja y sus dos hijos menores. Los viernes y los domingos toda la familia se reúne en su casa de Malvín. Hay algunas cosas que son innegociables: los más chicos no pueden tener teléfonos celulares, y para sus cumpleaños los únicos regalos que se aceptan son juegos de mesa o libros.
El día para Read comienza a las cuatro y media o cinco de la mañana, cuando se levanta a leer. Diarios nacionales, internacionales o libros. Dice que le debe a José D’Elía su hábito por la lectura, porque solo había hecho la escuela. Por suerte, dice, todos sus hijos heredaron su gusto por los libros. La vida de Read de hoy es muy distinta de la que tenía de niño, cuando vivió con sus padres y su hermano durante diez años en un garage en Cerrito de la Victoria. Ahora vive en una casa en Malvín y sus hijos van a un colegio privado. Antes de que le pregunten, habla de su camioneta cuatro por cuatro y del rancho que tiene en Cabo Polonio. “Todo lo pagué con mi dinero”, dice, y agrega que viene de una familia en la que siempre se inculcó la importancia del trabajo.
“Trabajé en estaciones de servicio, en la construcción. Me fui en 1973 a Argentina, volví en 1975. Fui a la UTU, entré como limpiador a la Escuela Naval. (...) Trabajé también en la pesca. En 1977 me enteré de que estaban llamando a concurso en la Pilsen, me preparé, di el examen y entré como administrativo. A los dos años compré una motito y con la gente del reparto de cerveza armé un reparto de fábrica de pastas. Fue un importante empujón económico, pudimos comprar apartamento, cambiar la camioneta”, contó a galería en una entrevista en 2013.Dice que fue en los años 90 cuando logró su despegue económico. En esa ocasión, junto a un grupo de compañeros de la fábrica, ganó la licitación para operar los locales gastronómicos de la Rural del Prado.
¿Qué le inculca a sus hijos?
Primero, valores. Mi hija, que es médica, trabaja como médica de familia en asentamientos. Vengo de una familia trabajadora, muy solidaria con el mundo. Hice toda la vida lo que me gustó. Mis hijos son buena gente, al menos creo yo. Soy un agradecido a la vida.
GALERIA
2017-05-25T00:00:00
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