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    Ahora es el turno de ellos

    N° 2005 - 24 al 30 de Enero de 2019

    El tema de la crianza nunca fue sencillo. Hubo épocas de mucha exigencia en la escuela y mano dura en la casa. Hubo otras de poco acceso a las oportunidades, de las diferencias entre los hijos varones y las mujeres. Hubo épocas de represión y otras de grandes libertades. Sin embargo, y dicho por los especialistas, seguramente hoy estemos atravesando uno de los períodos más complicados pero a la vez más ricos. Como casi siempre, la respuesta es multicausal. Está la tecnología, gran puerta de entrada a un mundo infinito de información, videos, tutoriales, experiencias y un larguísimo etcétera. Está el mundo del consumo, cada vez más cerca y accesible a muchos, pero todavía no cien por ciento democrático. Está la inmediatez, que se suma a las dos anteriores, y genera un combo explosivo de ansiedades, falsas necesidades y felicidades tan rápidas como efímeras.

    Así como en el siglo XX las miradas estuvieron, sobre todo, puestas en las mujeres —desde el derecho al sufragio hasta la más reciente lucha por el respeto a sus decisiones sexuales y a denunciar cualquier tipo de violencia—, hoy los ojos vuelven a estar sobre la importancia de la crianza de ellos, los varones. En criar niños más sensibles, más conectados con sus emociones, más empáticos (de hecho, mientras escribo esta columna el corrector del programa de texto me cambia automáticamente empáticos por empíricos, como si comprendiera de qué estoy hablando). Solo así se va a lograr, además de su felicidad, hombres más comprensivos y menos violentos. En la nota que hizo Patricia Mántaras, madre de un varón de 5 años, queda clarísimo cuál es el camino pero también cuál es —todavía— la realidad. Delfina Miller, doctora en Psicología y psicoterapeuta, no duda en decir que los estereotipos de género, “que incluyen una lista de comportamientos y sentimientos casi opuestos entre niña y varón, aún se mantienen”. Y es la casa el escenario donde se imprimen con más fuerza. Ante una caída, a los varones se les exige que se levanten rapidito y sin llorar. Se los asocia con los superhéroes, fuertes y recios. Se los felicita si son inteligentes y aguerridos. Se los viste de celeste. Se les compran autitos, pelotas, juegos de ciencia o ingenio. Yo, madre de un varón de diez (y una adolescente de 14), todavía recuerdo con una sonrisa la vez que mi hijo fue al supermercado con una cartera rosada con dibujos de las princesas Disney, igual que lo hacía sistemáticamente su hermana mayor. Las miradas de la gente demostraban sorpresa, pero él iba feliz, llevándola como bandolera. También me acuerdo que le encantaba jugar a cocinar y luego a darles de comer a las muñecas —decía que de grande iba a ser chefcito—, tanto que la señora que en aquel momento los cuidaba me consultó si lo dejaba hacerlo o prefería que jugara con otra cosa. Hace años que, cada vez que me preguntan si el regalo que estoy comprando lleva moña rosada o azul, elijo blanca. 

    Hace poco más de un año, en un artículo de Clarín, el escritor y activista por los derechos humanos argentino Ariel Dorfman, coordinador general de la fundación Encontrarse en la Diversidad, dijo que en medio de un panorama “decepcionante” no todo estaba perdido: “La buena noticia es que machista no se nace, se hace, y eso significa que lo podemos cambiar”. Así las cosas, Dorfman señalaba a la familia, la escuela y los medios de comunicación como tres espacios clave para activar la transformación cultural y darle batalla al machismo.

    La base, coinciden los expertos, es que niños y niñas tienen la misma capacidad emocional; son la crianza y el ejemplo los que los incentivan a expresar sus sentimientos sin culpa y ser empáticos con los demás. Hay estudios que indican, por ejemplo, que en la primera infancia niñas y varones lloran a la par, pero que a partir de aproximadamente los cinco años ellos empiezan a percibir que hay ciertos sentimientos —y su correspondiente expresión— que no son bien vistos.

    Si antes las respuestas estaban en criar a nuestras hijas más como lo hacíamos con nuestros hijos, ahora hay que lograr criarlos a ellos como lo hacíamos con ellas. Hay que conversar más, estar más cerca, fomentar la sensibilidad, el autoconocimiento y también la escucha. Pero también hay que tener cuidado. Si uno busca en la red, aparecen manuales de cinco, siete o diez pasos para criar hijos más sensibles, felices, buenos o empáticos. Y si hay algo que está claro es que en esto no hay recetas mágicas. Ni son buenos los extremos. Vestir a un niño con una remera que dice “Así es como luce un feminista” cuando él probablemente no sabe qué quiere decir la afirmación, no es el camino ni lo vuelve un luchador por esta causa.

    “La sensibilidad vista como una fortaleza, también en los hombres, puede ser la que cambie las reglas del juego”, dice Patricia en su nota. Yo concuerdo plenamente.

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