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    Borges, García Márquez y Juan María Bordaberry

    El último libro de Alfonso Lessa recoge 23 entrevistas a figuras de alta trascendencia durante cuatro décadas de ejercer periodismo

    El nuevo libro de Alfonso Lessa recoge 23 entrevistas que realizó durante 40 años de ejercer  periodismo de manera ininterrumpida. Entre los entrevistados hay tres Nobel de Literatura (José Saramago, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa), Jorge Luis Borges, algunos guerrilleros y militares, dos premios Nobel de la Paz y varios mandatarios. Algunas de las entrevistas a uruguayos que conforman De las armas, las urnas y las letras —que ya está en venta en librerías— se hicieron durante la dictadura y otras en democracia; la de Juan María Bordaberry fue una de las que tuvieron más repercusión política. La primera de ellas data de 1979. En el libro, además de los diálogos directos, Lessa acompaña las entrevistas con un contexto histórico, social y personal que hace al género periodístico. Hay entrevistas hechas a máquina de escribir y otras en computadoras; algunas impresas en linotipo o con máquinas láser y están las producidas para televisión, radio o prensa. Por último, todos las entradas están acompañadas por una ilustración de Oscar Larroca.

    Lo que sigue es un extracto de una entrevista que hizo Lessa cuando tenía 25 años a Jorge Luis Borges, en la última estadía en Montevideo del escritor; fue publicada por primera vez en 1983 en El Diario de la noche.

     

    ¿No le gusta lo que usted escribe? No, pero me he resignado. ¿Qué puedo hacer? Al cabo de 80 años uno conoce sus límites. Cuando yo era joven trataba de ser Lugones, de ser Quevedo, de ser Chesterton. Ahora no, ahora me he resignado a ser Borges. Es mi destino, el único verosímil, el único sincero que me queda. Y la gente me estimula a seguir siendo Borges, aunque a mí no me guste lo que yo escriba.

    El Nobel no llega. ¿Cuándo llegará? No va a llegar nunca. Son gente muy sensata los suecos. Son gente muy sensata —dijo riendo.

    Borges es argentino, pero siempre se ha manifestado como un hombre universal. Yo sí... Creo que el antiguo sueño de los estoicos de ser cosmopolitas tendrá que realizarse algún día. En Grecia la gente se definía por la ciudad: Heráclito de Éfeso, Zenón de Lea; así que cuando los estoicos dijeron que eran cosmopolitas, ciudadanos del cosmos, esa idea tiene que haber sido asombrosa. Y aun ahora parece que no somos dignos de esa idea, ya que insistimos en ser, no diré de tal ciudad, pero sí de tal país, lo que es bastante artificial. Porque una ciudad puede ser real, pero un país es un concepto... no sé...

    ¿Un concepto artificial? Sí, son artificiales. Yo, por ejemplo, soy porteño, aunque tengo ascendencia cordobesa y uruguaya y porteña también. Y desde luego creo que un porteño tiene que sentirse más cerca de un montevideano, a pesar de los colores de los mapas y de las diferencias, que de un salteño, que es bastante distinto, o de un mendocino, que son muy distintos. Recuerdo que cuando fui a Mendoza, en el año… y me hicieron doctor honoris causa de la Universidad de Cuyo, un grupo de escritores mendocinos vino a verme. Y me dijeron: “Tenemos mucho gusto en saludarlo, pero nos interesa más la obra de (Pablo) Neruda que la obra de Borges”. “Ah, bueno”, les dije yo, “a mí también me interesa más la obra de Neruda”. “Empezamos a estar de acuerdo”, me dijo. Y yo agregué: “Como con la obra de Borges no estoy seguro de que exista acuerdo, vamos a hablar de Neruda”. Y les conté los diálogos que mantuve con él. Todos se rieron y al rato nos olvidamos de aquella frase que era un poco agresiva, o que tenía una intención agresiva. Más adelante, uno de aquellos hombres me comentó que había tomado la decisión de no ir nunca a Buenos Aires. “Hace bien”, le respondí, “Mendoza es una ciudad lindísima, Buenos Aires es una ciudad muy tediosa, muy gris, muy aburrida: ¿para qué va a ir a Buenos Aires?”.

    ¿Cómo explica esa actitud agresiva de alguna gente? Debo confesarle que cuando hablamos por primera vez... ¿Se sentía agresivo conmigo?

    No, por el contrario. Ah, bueno... Pero no encontró el terrorista que esperaba.

    Vine con cierta precaución porque tenía un poco esa imagen que le hacen de persona un poco difícil y agresiva. Y me encontré con una persona totalmente amable. Pero no… —comentó con cierta expresión de pesar—, yo no sé por qué me han hecho esa fama. Yo digo cualquier cosa y todo el mundo comenta: “Ah, usted con su ironía”. Y yo respondo: “No, no es ironía, es ingenuidad”. Yo digo estas cosas porque creo en ellas.

    En realidad, me encontré con una persona totalmente amable, diferente a la que esperaba. ¡Es que me han hecho una fama! Mire, yo era director de la Biblioteca Nacional, cargo que ejercía en Buenos Aires, hasta que me fui cuando supe que Perón volvía. Y yo no podía, digamos, honrosamente recibirlo a Perón o estar al lado del gobierno... —Borges perdió en ese momento, por única vez, el hilo de su relato y preguntó—: ¿Qué estaba contándole?

    Lo de la Biblioteca. Ah, sí, sí. Cuando era director de la Biblioteca tenía mi despacho en el primer piso y decía a la gente que no se dejara detener por los ordenanzas, que no preguntaran si yo estaba, que subieran directamente y llamaran, que yo iba a recibirlos. Recuerdo que tenía dos secretarias. Pero cuando sonaba el teléfono lo contestaba yo, porque el mecanismo de secretarios y todo eso es un poco incómodo.

    A veces, lo más difícil es hablar con los intermediarios. Sí, sí. Y otra cosa que digo siempre en casa es que cuando alguien llame por teléfono, no pregunten quién es, si después tienen que contestar que no estoy, porque parece que yo me negara. Lo que tienen que hacer es preguntar quién llama, decírmelo a mí y entonces yo voy. Salvo que esté cerca y entonces lo contesto directamente. En cambio, hay personas a las que les gustan las salas de espera, lo que (Hipólito) Yrigoyen llamaba la amansadora; cosa horrible de Yrigoyen, hacer esperar a la gente deliberadamente. A cualquier persona que quería verlo, aunque estuviera libre, Yrigoyen los hacía esperar una hora. Es horrible eso.

    Hacerse el difícil. El hacerse difícil, para ser un personaje. Eso es absurdo e incómodo.

    ¿Qué autores latinoamericanos le gustan? Conozco muy poco de literatura contemporánea, porque perdí mi vista de lectura en el año 55 y desde entonces he preferido releer. Pero yo me pregunto si es posible conocer la literatura contemporánea. Seguramente, dentro de 100 años, si es que se habla de la literatura contemporánea sudamericana, sin duda se mencionarán nombres que ni usted ni yo hemos oído nunca y que se habrán descubierto después. Será muy raro que se hable de los nombres que son famosos ahora. Habrá otros nombres, será todo distinto. Además, el tiempo hace sus antologías.

    Pero algunos se nombrarán. Bueno, por ejemplo, sin dudas (Gabriel) García Márquez y Neruda, sí.

    Borges. Ellos sí, yo no. Yo soy una especie de superstición muy generalizada.

     

    Recuerdo que estaba en un almuerzo literario y había una señora a mi lado. Yo tenía vista entonces y noté que era muy linda. Nos pusimos a conversar y hablamos durante todo el almuerzo sobre la obra de Lugones. (...) Y cuando nos despedimos le dije: “Me gustaría saber su nombre”. Ella no me respondió “soy”, que hubiera sido vanidoso, sino “yo me llamo Juana de Ibarbourou. ¿Y usted cómo se llama?”, me dijo. Y le dije: “Me llamo Jorge Luis Borges”. No nos vimos más en la vida.

     

    ¿Tal vez Juan Carlos Onetti? Yo no conozco a Onetti. Conversamos una vez en España, pero, caramba, estaba muy mal. No diga nada, pero estaba muy, muy borracho. Y me hacía una serie de preguntas rarísimas. Me dijo: “¿Pero Urquiza?, ¿qué pasó con Urquiza?”. “Bueno”, le dije yo, “López lo hizo asesinar”. “Ah, no sabía”. Cosas así, muy ingenuas. Supongo que estaría pensando en otra cosa y querría hablar de algo.

    Onetti forma parte de las generaciones de uruguayos que se han tenido que ir del país. Pero lo de Urquiza... es que nuestros países ahora son, desgraciadamente, de emigración y no de inmigración.

    Se invirtieron los términos. Nuestros países, Uruguay y Argentina, son de buena inmigración. Argentina, de inmigración sobre todo italiana, excelente. Y ahora, todo el mundo que puede se va. Estados Unidos está lleno de argentinos. Siempre converso con los taxistas y ellos suelen decirme que son estudiantes de medicina o de ingeniería o de letras y tienen que trabajar de ese modo, porque no pueden ganarse la vida. La gente trabajaba 14, quizás 15 horas al día. Está deshecha la gente... la vida... la carestía en Buenos Aires. Y la carestía de todo.

    El panorama es bastante similar al resto de América Latina. Pero eso no es un consuelo. Es como si a un enfermo le dijeran: “Esté tranquilo, se trata de una peste” o “no se preocupe, es una epidemia”: no. Espero que las cosas anden un poco mejor aquí.

    Acá estamos igual. Sí, pero posiblemente aquí tienen esperanza...

    (...)

    En Uruguay las elecciones recién se realizarán en 1984 y el gobierno está desde 1973. Bueno, pero con resultados menos desastrosos que los de Argentina. Por lo pronto, no han inventado una guerra, no han intentado la conquista del Paraguay, por ejemplo —rio.

    (...)

    ¿Cómo definiría entonces la guerra de las Malvinas? Para mí fue la más misteriosa de todas las guerras de la historia, pero felizmente no la más larga. Yo creo que están locos —agregó, bajando el tono de voz—. Supongo que todo eso se habrá decidido entre gallos y medianoche que se hizo sin consultar a nadie. Y luego se celebró la victoria cuando la batalla no había sido iniciada. Es muy raro. El general Galtieri le dijo a una periodista italiana, y Menéndez al general Moore, cuando se rindió, que ellos jamás habían pensado en la posibilidad de una guerra, que todo los tomó de sorpresa. Al mismo tiempo, si no pensaron en la posibilidad de una guerra, tampoco se entiende por qué mandaron (a las islas) a 12.000 hombres con armamento. Es raro, pero quizás fueran sinceros, y tuvieran un error de perspectiva. Claro, lo que se decía en Buenos Aires, en Estados Unidos y después me dijeron en Irlanda es que ellos pensaban: “Las islas son importantes para nosotros, para nuestro prestigio; y para Gran Bretaña no tienen absolutamente ningún valor, entonces no va a pasar nada. Y además quedan muy lejos”. La veían como muy chiquita a Inglaterra. Un error de perspectiva. Un país no puede permitir una invasión y no reaccionar. Pero quizás sinceramente pensaran eso.

    Más allá de la guerra, ¿piensa que son justas las reivindicaciones argentinas? Yo creo que sí, que son justas desde el punto de vista del Derecho Internacional. Pero creo que una cosa es el Derecho Internacional y otra cosa es la invasión de un país.

    ¿Las vías tendrían que haber sido otras, entonces? Pero completamente distintas. Creo que se confundieron ingenuamente. Si hubieran consultado a un abogado, les hubiera dicho que una cosa es tener derecho sobre algo y otra es un acto de violencia proclamado. Se vio como una proeza militar cuando en las islas había pocas personas y una guarnición muy escasa. Hubo algunos muertos...

    Jóvenes... Además, para que en Buenos Aires la gente no se alarmara, mandaron sobre todo gente de las provincias; por ejemplo, muchos correntinos, muchos chaqueños. Y se suponía, además, que los ingleses no podrían aguantar el clima de las islas. ¡Pero Inglaterra no es un país tropical!

    Usted me decía no conocer los autores latinoamericanos contemporáneos por el problema de la ceguera. ¿Recuerda algún uruguayo de antes? Yo era muy amigo y lector de Emilio Oribe, Fernán Silva Valdés, de Pedro Leandro Ipuche, de Sabat Ercasty y de un escritor uruguayo un poco olvidado que se casó con mi prima Esther Haedo: Enrique Amorim. Y desde luego he leído a Herrera y Reissig.

    ¿Juana de Ibarbourou? No, a Juana de Ibarbourou, no. Recuerdo que estaba en un almuerzo literario y había una señora a mi lado. Yo tenía vista entonces y noté que era muy linda. Nos pusimos a conversar y hablamos durante todo el almuerzo sobre la obra de Lugones, que a ella le gustaba y a mí también entonces, aunque ahora no tanto. Y cuando nos despedimos le dije: “Me gustaría saber su nombre”. Ella no me respondió “soy”, que hubiera sido vanidoso, sino “yo me llamo Juana de Ibarbourou. ¿Y usted cómo se llama?”, me dijo. Y le dije: “Me llamo Jorge Luis Borges”. No nos vimos más en la vida. Es un recuerdo muy lindo.

    ¿Recuerda aproximadamente cuándo fue eso? Y… hace muchísimos años. Usted puede fijar la fecha que quiera, pueden ser 30 o 40, lo que usted quiera.