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    Caballos sueltos

    N° 2000 - 20 al 26 de Diciembre de 2018

    La frustración es un caballo suelto en la carretera. No tenía que estar ahí. No lo esperábamos. En el trayecto hacia el destino, existía una remota posibilidad de que surgiera, pero aun así no entraba en nuestros planes; mucho menos en nuestros deseos. Irrumpió en el camino y, en un instante, trastocó o destruyó cualquier proyecto. Mareados por el impacto, confundidos, llenos de dolor e impotencia, nos cuesta entender qué ha pasado. Cuando la fuerza de los hechos nos obliga a aceptar lo evidente, necesitamos a quien echarle la culpa. 

    Ese afán de encontrar al culpable es una distracción que, por un momento, nos alivia y nos exime de un ejercicio arduo y complejo, esto es, buscar las causas profundas, asimilar nuestra cuota de responsabilidad además de la ajena, reconocer la trama que ha derivado en los resultados desfavorables, y, lo más importante, pensar qué hacemos con todo eso. Aprender a tolerar el choque de la frustración y continuar a pesar de ella es una muestra de madurez y una de las herramientas más útiles para la vida. Porque, hay que decirlo, vivir es frustrarse con frecuencia. Nadie se salva de eso. Cada tanto aparece en la ruta un caballo suelto.  

    Llegado el final del año y aunque uno se proponga no hacerlo, los balances son inevitables. Vienen a uno de manera inesperada, incluso en sueños. Nos decimos que todo sigue a partir del primero de enero, que el corte arbitrario que hemos hecho del tiempo en nada va a modificar la realidad y que solo se trata de atravesar una noche y sus festejos. Sin embargo, por más pragmáticos que seamos, una sensación nos ronda e inquieta. Todo sigue igual, pero no es lo mismo. Los ciclos importan porque dan un cierto orden a nuestros días. Y un final de año es un ciclo que se cierra. 

    De esto hablaba con mis hijas, que están en esa etapa hermosa de las decisiones  trascendentes. Palabras más o menos, comentábamos cómo por cada fruto que se cosecha hay una cantidad de semillas que se pierde. Les recordaba algunos episodios de su infancia en los que debieron hacer frente a sus primeras frustraciones. Recordamos ?y nos reímos al hacerlo? de las incontables caídas de la bicicleta, las rodillas raspadas, las ganas de abandonar y luego el empecinado intento hasta que, de pronto, se alcanzaba el equilibrio y era como volar sobre dos ruedas. Una sensación de libertad y triunfo intensificada por los fracasos previos. Cada no que protestaron con rabietas o que soportaron apretando los dientes fue una lección para entender que el mundo no se rendiría con facilidad a sus plantas, sino que presentaría resistencias. 

    Y que, a pesar de que la perseverancia, la claridad de objetivos y el esfuerzo son fundamentales, vencer esas resistencias no siempre dependería de ellas. También influyen factores externos. Las frases hechas que intentan vendernos recetas de éxito solo funcionan sin fallas en el voluntarismo de los simples o los ingenuos. La realidad es mucho más enrevesada y no todo el que se esfuerza se lleva el primer premio. Hay que prepararse para la imprevisibilidad de los caballos sueltos. 

    La charla surgió porque yo había obtenido un pequeño logro. Una cosita de nada que me alegró durante unos minutos y que pronto dejé de lado pues de ninguna forma iba a suponer un cambio significativo hacia el futuro. Lo compartí con ellas y se pusieron contentas, lo que es lógico y sano entre personas que se quieren. Pero mejor no exagerar, les dije. Una vez recibida la buena noticia había que dar las gracias, saborear la satisfacción y dejar que el gusto fuera desvaneciéndose para evitar saciarse con su dulzura. Parte del crecimiento consiste en mantenerse siempre con un poquito de hambre que nos deje insatisfechos. 

    Las frases hechas que intentan vendernos recetas de éxito solo funcionan sin fallas en el voluntarismo de los simples o los ingenuos. La realidad es mucho más enrevesada y no todo el que se esfuerza se lleva el primer premio.

    Algunas veces solo vemos los éxitos de una persona, pero no sus fracasos. Y nos equivocamos al creer que todo le sale bien, en tanto a nosotros nos cuesta. Eso nos hace sentir disminuidos y la autoestima se resiente. Así que les conté ?o quizá solo lo recordé para mí? que por cada vez que ellas veían brillar una estrella, había cientos que se apagaban. Una puerta que se abría implicaba decenas de portazos en la nariz, dados con falsa cortesía o con desprecio. Si me premiaban en un concurso, ese era el que refulgía y me hacía parecer una ganadora; pero nadie notaba los otros a los que me había presentado con resultado cero. Una carta elogiosa de algún lector encantado, era el contrapeso de otra carta cargada de aspereza. Una oferta laboral llenaba el hueco de un trabajo que se evaporaba. Cada logro era un gol que merecía un festejo, por supuesto, pero a no olvidar la cantidad de tiros que habían pegado en el palo o se habían ido afuera. Tener presente esto ayudaba a no descansarse en los laureles. No se trataba de alentar un inconformismo aguafiestas, sino de disfrutar el momento y apuntar más alto y lejos.  

    Las frustraciones agotan, desalientan y hacen que flaqueen las fuerzas. Ojalá vinieran poco o nunca vinieran. Pero ya que vendrán de todos modos, mejor estar preparados cuando emprendamos el viaje del año que comienza. 

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