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    Casa tomada

    N° 1970 - 24 al 30 de Mayo de 2018

    A mediados de los cuarenta, Julio Cortázar publicó Casa tomada, uno de sus más logrados cuentos. La trama es sencilla: una pareja de hermanos vive en una casa heredada y se sostiene con una renta que mes a mes les llega. Salen poco y se ajustan a una meticulosa rutina de actividades domésticas que les dejan tiempo libre para sus escasos placeres: él lee libros de literatura francesa y ella teje.

    El aparente aburrimiento en que transcurren sus días no parece tal para ellos, que encuentran en las repeticiones cotidianas la seguridad imprescindible para cualquier supervivencia. Persisten sin sobresaltos ni emociones, y en ese devenir previsible marcha su existencia. Hasta que acontece un hecho inexplicable. Un ruido que viene desde el fondo del pasillo. Un sonido “… impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación”. Nada más que eso.

    La irrupción de lo imprevisto los sorprende, pero no acicatea su curiosidad. En lugar de buscar las causas, en lugar de hacerle frente, cierran la puerta que los separa del ruido y limitan el área de sus movimientos. Lamentan lo que han dejado atrás y ya no recuperarán: los libros de literatura francesa de él, unas pantuflas y unas carpetas de ella. Pero ni siquiera la pena por lo perdido da alas a su rebeldía. Se conforman. Se resignan. El ruido avanza y ellos se repliegan. Van cerrando puertas. Cambian su rutina vieja por una nueva. Incluso encuentran que hay algunas ventajas: terminan más temprano las tareas de limpieza, por ejemplo. Un día el ruido suena en la cocina. Es obvio que se acerca. Los hermanos atraviesan la puerta de calle y la cierran con una llave que tiran a una alcantarilla. Se van sin mirar atrás. Adentro quedan todas sus pertenencias. El cuento termina.

    Hace no mucho releí Casa tomada y ?más allá de sus virtudes literarias? el texto cobró una inusitada vigencia. De pronto, sentí que esa casa era mi pequeño mundo de seguridades y que yo también estaba oyendo ruidos desde hacía tiempo. Sentí una incomodidad intensa. Un desasosiego que no era nuevo y en el que, sin embargo, recién me detenía para contemplarlo con el azoramiento de lo recién descubierto. Una vez más la literatura venía a abrirme los ojos y me confrontaba con la realidad, me hacía pensar en ella. ¿Qué estaba sucediendo?

    ¿Cuándo había perdido el hábito de caminar por la calle? ¿Cuándo había empezado a calcular qué y cuánto llevaba en la cartera? Si es que llevaba cartera. Y lo más terrible, ¿cuándo había nacido la desconfianza, el miedo al otro, ese estado de agitación constante que me hacía ver un monstruo en cada sombra?

    Miré a mi alrededor. Estaba en el living de mi casa, junto a un ventanal amplio por donde entraba una luz blanca y casi perfecta. La perfección estaba limitada por unas espantosas rejas. Frente a mí, el sensor de la alarma me guiñaba, pendiente de mis movimientos. En la puerta había una, dos, tres cerraduras, quizá no todas trancadas a esa hora, pero a las que pasaría revista en la noche y sería el último gesto de mi día, de todos mis días. Sobre una mesa, un llavero tan cargado que pondría verde de envidia a San Pedro. Afuera, en el jardín, los perros jugaban al sol manso del otoño, unos perros pequeños que no servirían más que para alertar con sus ladridos, pero aun así, unos perros. Y más arriba, en alguna parte visible de los muros, el cartel de advertencia que anunciaba la protección de una empresa de seguridad. Era lógico que me sintiera incómoda. No me gustaba lo que estaba viendo.

    ¿En qué momento había pasado eso? Lejos estaban los recuerdos de mi infancia, la sensación de adultez anticipada cuando a mis nueve o diez años me permitieron mi primera caminata a solas por la ciudad, los juegos en la calle, las idas al almacén los domingos y la visita sin custodia a la casa de los vecinos. ¿Cuándo habían empezado a sonar las alarmas de los autos? ¿Y cuándo habían sonado tanto que su aviso ya no fue una alerta, sino un fastidio que pronto derivaba en indiferencia? ¿Cuándo había perdido el hábito de caminar por la calle? ¿Cuándo había empezado a calcular qué y cuánto llevaba en la cartera? Si es que llevaba cartera. Y lo más terrible, ¿cuándo había nacido la desconfianza, el miedo al otro, ese estado de agitación constante que me hacía ver un monstruo en cada sombra?

    En algún punto del pasado había ido naturalizando circunstancias nada gratas, a veces violentas, y me había ido adaptando a ellas. En algún momento ?como los hermanos del cuento? había oído aquel ruido y no lo había enfrentado (la verdad es que no sé cómo hubiera podido hacerlo). En lugar de ir cerrando puertas tras de mí y salir de casa ?como hicieron ellos?, había recorrido el camino inverso. Había ido cerrando puertas, sí. Pero yo me había quedado dentro. En esa jaula doméstica me encontraba y venía a descubrir ahora que, a pesar de todo aquello a lo que había renunciado a cambio de sentirme segura, no había sido suficiente.

    Hay en estos procesos circunstancias sociales complejas que exceden la capacidad individual de cualquier ciudadano, pero también hay una inaceptable transferencia de poder que los ciudadanos hacemos cuando tomamos como natural la violencia y permitimos que esa sensación de inseguridad nos condicione. ¿Por qué estamos resignándonos a eso? ¿Por qué cedemos tanto espacio de nuestra libertad? Nadie avanza sobre nuestra vida si antes nosotros no retrocedemos. Yo no quiero acostumbrarme. No quiero vivir en un país tomado por el miedo.

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