N° 2005 - 24 al 30 de Enero de 2019
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHace unos años, mis hijas y yo visitamos Machu Picchu. Fue una experiencia impactante. La majestuosidad de las ruinas enclavadas en la altura y rodeadas por un mar de picos verdes y azules que, cada tanto, se escondían tras las nubes era razón suficiente para cortar el aliento. Pero hubo algo más. Un instante antes de cruzar la entrada que nos franquearía la vista al imponente escenario, el guía nos detuvo y nos dijo unas palabras sencillas acerca de lo que íbamos a vivir. Nos pidió que limpiáramos la mente y el corazón de rencores y penas. De ese modo, explicó, aliviaríamos la carga y entraríamos ligeras a un lugar que para él significaba mucho. Así fue. O, al menos, así lo intentamos.
Ese detalle hizo la diferencia. Mientras veíamos a otros turistas corretear lengua afuera por las empinadas escaleritas o tomarse la foto de rigor con el contorno del Huayna Picchu de fondo, sin detenerse a colmar los sentidos con lo que aquella vista espectacular ofrecía ni guardar silencio para recogerse en una introspección necesaria, nosotras andábamos tras el paso lento que el guía nos marcaba y nos demorábamos cada pocos metros. Había en su proceder una solemnidad que nos recordaba que aquella era la tierra de sus antepasados y merecía nuestro respeto.
En su momento envié una carta de felicitaciones a la agencia de turismo peruana y escribí una columna que titulé El buen pastor, donde hacía referencia a la importancia que un guía tiene. Aún recuerdo su nombre: Lucio Villegas Conza. Mis hijas también lo recuerdan. Hizo de nuestro viaje una instancia de aprendizaje, disfrute y riqueza interior. Nos acompañaba desde Cuzco, donde también había demostrado la solidez de su formación, el amor por su pueblo y el deseo de que nos trajéramos a casa algo más que fotos y artesanías.
Parte de la emoción que me produce evocar aquel viaje se vincula con los lazos afectivos que se fueron tejiendo hacia el paisaje, la historia y su gente. No me sentí una turista a la que había que exprimir hasta el último dólar, sino una visitante recibida con orgullo y alegría. El mérito fue todo de aquel guía. Y es una de las razones por las que volvería a Machu Picchu.
Acabo de regresar de otro lugar imperdible que rivaliza con aquel en su grandiosidad, estado de conservación y belleza. Chichén Itzá es una piedra preciosa en medio de la naturaleza, una muestra del desarrollo cultural de los mayas y un viaje al pasado, a esa América precolombina de la que tantas veces nos distrae el glamoroso brillo de las luces europeas. El recinto arqueológico fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 1988.
Y el gran templo de Kukulcán ?la estructura más importante? fue elegido en 2007 una de las siete maravillas del mundo moderno. Su concepción arquitectónica es una síntesis de conocimientos astronómicos y creencias religiosas. Estar a sus pies y observar la perfección de las líneas rectas que se elevan hacia el cielo o batir palmas y esperar el misterioso sonido que sus entrañas devuelven ?un grito estremecedor, como de pájaro cautivo? o transitar la cancha donde se desarrollaba el juego de pelota y ver los aros a varios metros de altura hacen que uno se sienta pequeño.
Chichén Itzá es uno de los lugares que hay que conocer. Bien vale la pena que todo aquel que visite la Península de Yucatán ?ya sea por trabajo o para asolearse en sus playas? se tome un día para internarse unos doscientos kilómetros hacia el interior del continente y llegue hasta ese sitio de ensueño. Estoy feliz por haber ido. Sin embargo, no siento aquella emoción del viaje a Perú de hace unos años. Y, más allá de la obvia razón de que ya no soy la misma, me he preguntado los motivos para esta falta de cosquilleo espiritual que corona el éxito de un viaje al regreso.
No se trata del lugar, sino del envoltorio en el que me fue presentado. Tampoco diría que tuve malos guías. De hecho, quienes me acompañaron durante el largo trayecto fueron pródigos en ofrecer datos y muy correctos en el trato. Se notaba que estaban capacitados y llevaban a cabo su tarea con profesionalidad. La queja no va dirigida a ellos, que eran empleados y cumplieron su labor en el marco de un sistema que, supongo, tendrá sus exigencias. Pero la verdad es que si Lucio había sido un buen pastor, estos muchachos eran apenas acompañantes informados. Desde el asiento del bus o en alguna de las caminatas, uno sentía que luego de cada discurso informativo ?muy bueno, por cierto? venía una instancia comercial en la que se sugería algún tipo de compra.
Al cabo de un par de horas y después de una parada en un mercado de artesanías en cuya puerta alguien tomaba una foto no pedida, me desinteresé por completo de una explicación sobre el calendario maya porque supuse que, al final, intentarían vendérmelo ?lo que, por supuesto, sucedió? y me desilusioné al comprobar que la aparente cortesía de ofrecer un sorbito de un licor delicioso traía por detrás un intento de venta. El colmo fue la llegada al recinto arqueológico, un largo corredor flanqueado por tiendas de vendedores, uno de cuyos productos estrella es un artilugio que produce un sonido similar a un rugido y que resulta algo molesto si uno quiere apreciar el lugar con un poquito de silencio.
No está mal que el turismo genere dinero y que algunas personas ?en especial, aquellas que pertenecen a comunidades postergadas? intenten sacar provecho. Es una actividad legítima y en todo lugar turístico uno sabe que encontrará algo de esto. Además, uno compra lo que quiere y debo decir que en ningún caso recibí un gesto de contrariedad ni una mala respuesta. Si algo hay que resaltar, es la máxima amabilidad de esas personas.
Pero habría que encontrar un equilibrio que no afectara el goce pleno. Es tan intenso el asedio de los vendedores que interfiere con cualquier intento de aproximarse a las ruinas en un estado del alma sereno. Y, al cerrar los ojos por la noche, uno tiene la sensación de haber puesto más energía en decir: “No, gracias” que en disfrutar la bendición de encontrarse en uno de los lugares más excepcionales del mundo.