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    Demasiado real para ser ficción

    El cuento 'Cat Person', publicado por The New Yorker, se viralizó y avivó la discusión de los abusos sexuales en Hollywood al narrar desde la perspectiva femenina y sin victimizaciones un encuentro sexual con un desconocido

    “Margot conoció a Robert un miércoles de noche al terminar su semestre de otoño en la universidad. Ella estaba trabajando en el stand de snacks de un cine pseudoartístico del centro cuando él entró a comprar un pop grande y un paquete de caramelos de goma”. Así comienza Cat Person, el cuento que narra la clásica historia chico-conoce-chica que este mes publicó The New Yorker y se viralizó como nunca había sucedido con ninguna pieza de ficción del medio.

    Fueron principalmente los millennials quienes compartieron compulsivamente este relato potencialmente romántico, que empieza con un intercambio de mensajes de texto ágiles y chispeantes entre dos desconocidos que podrían tener mucho en común, y termina en una cita decepcionante y una escena de sexo que Margot, de haber podido anticipar, habría eliminado por completo de su agenda.

    Kristen Roupenian —una autora desconocida hasta su debut con esta historia— escribió en tercera persona pero desde el punto de vista de la chica este cuento de 4.000 palabras inspirado en un “encuentro desagradable” que ella misma tuvo con una persona que conoció por Internet. “¿Cómo había decidido que era alguien en quien podía confiar? El incidente me hizo pensar en cuán extraña y endeble es la evidencia que usamos para juzgar a las personas sin contexto que conocemos fuera de nuestros círculos sociales, ya sea online u offline”, dijo la autora.

    La viralización fue una verdadera rareza para The New Yorker: Cat Person se convirtió en su segunda publicación más leída en el año, detrás del artículo escrito por Ronan Farrow, hijo de Mia, en que las víctimas de abusos de Harvey Weinstein contaban sus experiencias. Los tuits —de unos 10.000 millennials— en referencia al cuento hablaban de experiencias similares y encendieron algunas alarmas que no tienen tanto que ver con el no haber dicho que no a tiempo, sino con la tendencia femenina a pensar en el otro primero, y a aceptar condiciones inaceptables. No se trata de un abuso, y es precisamente esa ambigüedad del relato, en que Margot, de 20 años, no termina de ser víctima más que de una noche de “mal sexo” con un hombre de 34 (“la repulsión (…) es una especie de prima hermana del deseo”, dice ella misma), lo que ha puesto a muchos a pensar. Y a muchos hombres —los más reflexivos— a dudar de su propia lectura de supuestos indicios.

    Hace unos días, la editorial Scout Press firmó un contrato con Roupenian para publicar dos libros suyos. El primero será una antología de cuentos, del que obviamente formará parte Cat Person.

    El relato. Antes de que las redes sociales hicieran posible la propagación de cualquier fenómeno, el cuento Brokeback Mountain, de Annie Proulx’s (en el que se basa la película de Ang Lee, publicado en The New Yorker en 1997) y The Lottery, de Shirley Jackson, publicado en 1948, habían dado que hablar y su impacto, manifestado en un boca a boca que multiplicó las ventas de la revista, pasó a la historia del medio. Pero resulta difícil comparar sus dimensiones con esto. En menos de un mes, Kristen Roupenian (que tiene 36 años, estuvo en el Cuerpo de Paz, trabajó como cajera en una librería y como niñera antes de doctorarse en Harvard y dedicarse por completo a la escritura) pasó de ser una total ignota en el mundo literario a haber firmado uno de los acuerdos más jugosos para un libro de relatos.

    La decisión de publicar Cat Person en The New Yorker fue de la editora de ficción Deborah Treisman, que quedó impactada con la capacidad de Roupenian para transmitir sensaciones y llevar al lector al lugar de la protagonista con una habilidad poco frecuente para seleccionar y describir los detalles. “No creo que escribir de una forma tan fresca y coloquial sea tan inusual”, dijo refiriéndose a la prosa. “Lo que es más inusual es cuán increíblemente real parece y lo bien descripto que está todo, de manera que puedes imaginarte a ti mismo en ese escenario. Cuando dos millones de personas están colectivamente estremecidas por una escena de sexo, has hecho algo bien”.

    El precario pero excitante vínculo- entre Margot y Robert empieza con ese breve encuentro en el cine y sigue vía mensajes de texto. Aunque la imagen de él no le había parecido del todo atractiva, fue por escrito que la muchacha terminó de engancharse. “Él era muy astuto, y ella encontró que tenía que trabajar para impresionarlo. Pronto se dio cuenta de que cuando ella le escribía, él usualmente le respondía enseguida, pero si ella demoraba más de unas horas en responder, sus mensajes siempre eran cortos y no incluían una pregunta, así que le tocaba a ella reiniciar la conversación, cosa que siempre hacía”, escribe Roupenian. Antes de “la” cita, se habían visto una vez, en un encuentro improvisado a mitad de la noche en un Seven Eleven. Ella pensó que él la besaría y que tendría que esquivarlo, pero lo que hizo en cambio fue darle un beso en la frente y despedirse. De la posibilidad de rechazarlo, Margot pasó a desear lo que él no le había dado. Y ahí estuvo el arte de él, un gran estratega, al menos hasta ahí. “En el camino de vuelta a su dormitorio, ella sintió esa ligereza chispeante que reconoció como el signo de un enamoramiento incipiente”.

    La comunicación siguió incluso cuando ella se fue a casa de sus padres por las vacaciones. Solo se habían visto una vez pero no escatimaban en emojis con ojos de corazón. El interés de Margot siguió escalando. La cita desastrosa fue a la vuelta. Quedaron en ir a un cine en las afueras de la ciudad. Él la pasó a buscar y en todo el camino pronunció unas pocas palabras. “A ella se le ocurrió que él podría llevarla a cualquier lugar y violarla y matarla; no sabía nada de él, después de todo”. Pero no estaba en los planes de Robert asesinarla, solo darle un beso “chocantemente malo” al salir del cine, tan malo que “a Margot le costó creer que un hombre grande pudiera ser tan malo besando”. Pero no alcanzó para liquidar del todo el interés de ella, que por algún motivo se negaba a aceptar que las expectativas de la cita estaban lejos de concretarse. “Le pareció horrible, pero aun así le generó un sentimiento tierno hacia él de nuevo, la sensación de que aun siendo mayor que ella, ella sabía algo que él no”.

    Margot fue la principal promotora de ir a casa de Robert. Había tomado varias cervezas y empezó a preguntarse si el sexo con él sería tan “torpe y excesivo” como el beso. Se imaginó cuán excitado estaría él y entonces el deseo se le disparó a ella “como el golpe de una banda elástica contra su piel”. Pero llegó la hora de la verdad. En la habitación de Robert, colchón en el piso y él quitándose apuradamente la ropa, Margot se arrepintió. Él tenía la “panza gruesa y suave y cubierta de pelo” y ella barajó opciones. “Pero el pensamiento de lo que haría falta para detener lo que ella misma había puesto en marcha era abrumador; requeriría una cantidad de tacto y gentileza que sintió que era imposible reunir”. Además, pensó, eso la haría verse “malcriada y caprichosa, como si hubiera ordenado algo en un restaurante y después, al llegar la comida, hubiera cambiado de parecer y la hubiera mandado de vuelta”. Así que hizo lo que pudo, trató de “aporrear su resistencia con sumisión”. Él la manipuló como si fuera “una muñeca de goma”, cambiando posiciones en lo que él seguramente creía eran destrezas sexuales, hasta que “colapsó sobre ella como un árbol cayendo”.

    Después le dijo de ver una película y le acarició el pelo mientras le contaba los entretelones de los mensajes que le enviaba y cómo la había extrañado mientras ella había estado lejos. Ella ya no podía vislumbrar el final de aquella noche, le parecía una de esas situaciones tortuosamente interminables. Finalmente, él la llevó de vuelta a los dormitorios de la universidad, y en cuanto pudo abrir la puerta, Margot “escapó”.

    Esa fue la última vez que vio a Robert. No porque él hubiera dejado de escribirle; su versión de la cita, a juzgar por sus mensajes posteriores, era muy distinta a la de ella. Al punto de que Margot sentía que le debía algún tipo de mensaje explicativo, en lugar de desaparecer, que fue lo que hizo.

    Treisman, editora de ficción de The New Yorker, dijo no haber sentido una experiencia similar antes y que su instinto había sido rechazar el cuento de Roupenian para no tener que leerlo de nuevo y revivirlo: “Pero esa fue exactamente la razón para decir que sí”.

    Las reacciones. Mala comunicación, falta de percepción o sensibilidad de él, narcisismo de ella (“Él se veía maravillado y estúpido de placer, como un bebé borracho de leche, y ella pensó que tal vez esto era lo que más amaba del sexo, un hombre revelado de esa manera”). En plena explosión del hashtag #MeToo, surgido a raíz de todos los abusos reportados en Hollywood en los últimos meses, la versión de Margot de lo sucedido, la forma de Roupenian de narrar el incidente con total ausencia de victimización de su protagonista, han ofrecido una nueva mirada del tema, inédita podría decirse, que ha puesto al cuento en boca de tantos. Es la ambigüedad y son las interpretaciones que Margot hace de Robert. Es la embriagante sensación de poder que siente sobre ese hombre poco atractivo, y lo impotente que se vuelve cuando todo pasa al plano físico.

    En una entrevista, Roupenian citó al comediante Louis CK (que ha sido noticia en estos días también por abuso sexual): “Los hombres temen que las mujeres se rían de ellos, y las mujeres temen que los hombres las maten”. Según la autora, el cuento buscó reflejar cómo muchas mujeres jóvenes actúan: “No haciendo enojar a la gente, haciéndose responsables de las emociones de los demás, trabajando excesivamente para mantener a todos a su alrededor felices”.

    Los tuits que acompañaron cada share que tuvo el cuento fueron variados: las chicas escribían en señal de identificación (“Si crees que la pieza de The New Yorker Cat Person es sobre un tipo que besa mal, cariño, por favor leelo de nuevo porque no lo entendiste”), algunos hombres reclamaban la voz de Robert (“Quiero que se investigue cómo mi monólogo interior fue censurado”). 

    En Cat Person no hay víctimas ni victimarios claros. Hay grises, interpretaciones, y ahí parece estar el valor de la pieza sobre un tema que suele ser blanco o negro.

    Por eso no sorprende que Kristen Roupenian haya logrado el mejor contrato para un libro de cuentos en una escritora novata. La autora firmó por este y un segundo libro por un millón de dólares, una cifra que podría compararse con el acuerdo económico que logró Tom Hanks por su primer libro de cuentos. La fecha prevista para que salga a la venta es 2019, es decir que los editores no quieren apurar la publicación aprovechando el revuelo virtual del relato. Al parecer, vislumbran en Roupenian un futuro literario que excede la explosión de un simple golpe de suerte.