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    Editorial

    N° 1984 - 30 de Agosto al 05 de Setiembre de 2018

    La semana pasada, el estudio Guyer & Regules organizó su ya clásico almuerzo Entre Mujeres con una charla de Julio Bocca y María Noel Riccetto. La excusa era generar un espacio de encuentro pero también una instancia de reflexión e inspiración. Durante poco menos de una hora, los dos bailarines, íntimamente ligados al proceso de transformación del Sodre en la compañía de proyección nacional e internacional que es hoy, hablaron sobre cómo se conocieron, de las exigencias físicas y emocionales de su profesión, de cómo es el camino hacia la perfección y de los grandes sacrificios personales que hay que hacer en pos de una carrera, como puede ser mudarse de país o la postergación de la maternidad. De todos esos temas, hubo uno que me quedó dando vueltas en la cabeza: el del éxito y lo mal visto que todavía está en Uruguay. Cuando le preguntaron qué hay que hacer para llegar a la excelencia, Riccetto, quien fue primera bailarina de una compañía exigente y de primer nivel como es el American Ballet (a la que renunció motivada por Bocca y por volver a Uruguay), habló de la vocación, el esfuerzo, el trabajo. Y remató su respuesta consignando que los uruguayos somos poco ambiciosos y que, aunque esa palabra cargue con cierta connotación negativa, a veces para llegar se necesita cierta cuota de ambición. No es la primera vez que alguien habla de la ambición como un concepto mal visto. Es muy uruguayo. Salvo en el fútbol, donde es positivo que un jugador tenga hambre, salga a comerse la cancha y sea ambicioso, las ganas de superarse, crecer, mejorar, no suelen ser bien vistas.

    Mientras que la definición formal de ambición dice que es el “deseo ardiente de conseguir algo, especialmente poder, riquezas, dignidades o fama”, la mayoría de los textos académicos que profundizan en el tema aclaran, casi como una obligación moral, que la palabra puede utilizarse de manera positiva o con sentido negativo. Y así empiezan a aparecer los ejemplos, la mayoría históricos, donde la ambición llevó a romper reglas éticas para cumplir los deseos personales, como hizo Napoleón Bonaparte para conquistar nuevas tierras allende Francia.

    Es que más allá de su significado estricto, las palabras son subjetivas. Y cambian según quién, cuándo, dónde y cómo se usen. Así, la ambición puede hacer que las personas no respeten ciertas normas para conseguir su objetivo, pero también puede oficiar como el motor para cumplir sueños, metas y superar barreras.

    n los últimos tiempos, las palabras han sido objeto de estudio y debate. El lenguaje inclusivo disparó opiniones nuevas y disensos. El escritor y académico Arturo Pérez-Reverte, por poner uno de los ejemplos más conocidos, aseguró que dejaría la Real Academia Española (RAE), de la que es miembro, si esta institución se plegaba a modificar la Constitución española para adecuarla al lenguaje inclusivo, como lo pidió la vicepresidenta del gobierno y ministra de la Presidencia, Relaciones con las Cortes e Igualdad, Carmen Calvo.

    Antes de esto fue la tecnología y cómo estaba alterando la forma de escribir. Las nuevas generaciones ya no se preocupaban por las formas. Aparecieron abreviaturas, onomatopeyas, emojis, cientos de emojis. Sin embargo, los significados y su subjetividad permanecen.

    En su columna de esta semana, Claudia Amengual hace referencia a Alfredo Casero y su episodio en un programa de televisión, cuando al ser interrogado sobre la situación política de Argentina, hizo un paralelismo con unos niños reclamando flan sin entender razones, ni que su casa se estuviera quemando, ni que el culpable del incendio estuviera a su lado. La escena, y sus palabras, se volvieron virales y generaron nuevos contenidos, cargados, claro, de nuevos significados. “Mi interés radica en las palabras y su arrolladora potencia”, dice Amengual y opina que más allá de si se trató de una improvisación o no del actor argentino, “haber elegido la palabra flan es un hallazgo digno del mejor publicista”.

    En la cuenta regresiva para la campaña electoral, los políticos también aguzan las artes del buen uso de las palabras. Desde que lanzó su candidatura, Ernesto Talvi ha repetido una y mil veces que su proyecto es de inspiración “liberal, progresista e internacionalista” y que no se define como “un outsider” —porque eso incluiría, dice, cuestionar y romper con el sistema existente—, sino como “una persona nueva en la política”, alguien que viene a renovar. En la entrevista que publicamos esta semana, Talvi vuelve sobre esos términos y  los “estigmas que intentan descalificar”, donde abundan las etiquetas que, en su caso, van desde “tecnócrata” hasta “neoliberal” y “Chicago boy”.

    Bien usadas, las palabras son información, son una herramienta de poder. Es cierto que pueden resultar hirientes u ofensivas, pero también una caricia para el alma. O ese empujón necesario para alcanzar lo que uno más quiere.