N° 2003 - 10 al 16 de Enero de 2019
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHace unos años, en pleno invierno boreal, me di el gusto de estar varios días en Londres, una ciudad que adoro y a la que volvería sin el menor riesgo de aburrimiento. Me alojé en un hotelito cerca de Russell Square, en Bloomsbury. Las habitaciones no eran gran cosa y el desayuno resultó malísimo, pero tenía una ventaja indiscutible: una caminata de dos minutos me depositaba en la puerta del Museo Británico.
En la primera visita hice una recorrida tan panorámica como agotadora, el tradicional tour de force al que nos someten los grandes museos. De esa vez recuerdo el impacto que me produjo estar ante la Piedra de Rosetta ?clave para descifrar los jeroglíficos, ventana abierta hacia la Antigüedad? y ante los restos del Sutton Hoo ?una nave funeraria anglosajona colmada de oro, armas y joyas.
¿Por qué esas dos piezas entre tantas? Porque habían sido parte de mi infancia. Acunada por el relato que mis maestras queridas transformaban en magníficos cuentos, crecí con esas historias casi mágicas de guerreros, navegantes y reyes. En mis libros escolares ?que aún conservo? había visto la foto del famoso casco de hierro innumerables veces. Ahora lo tenía a un metro de distancia y parecía observarme desde el fondo de sus ojos huecos. De pronto, el mundo real y el mundo de leyenda se fundían.
En los días siguientes, camino a Leicester Square para comprar las entradas del musical o la obra de teatro que tocaría esa noche, o rumbo a la National Gallery o la Abadía de Westminster, hacía una visita corta al museo y recorría con detenimiento aquellas salas que había visto a las apuradas. Así, poco a poco y con la ilusión renovada, como si aquella fuera mi ciudad y tuviera todo el tiempo para absorberla, disfruté con la parsimonia de un londinense las maravillas que ofrecía el museo.
Entonces, ya superado el primer agobio, con la posibilidad de recorrer una sala cada día, me detuve a admirar con detalle los impactantes mármoles de Elgin. Descubrí el cuenco turquesa de Esmirna, la monumental estatua de Ramsés II, el gato de bronce de Gayer Anderson, las coloridas vasijas Ming, el jarrón de Portland, la escultura en bronce de Shiva, las estampas de Hokusai y hasta alguna pieza de platería uruguaya. Más tarde, leí en la página del museo que el acervo incluye unas doscientas piezas de nuestro país, desde billetes de banco y monedas a mates, boleadoras, vasos, ollas y cuchillos. No destacaban demasiado, hay que decirlo, pero resultaba conmovedor ver una pequeña representación del país querido en medio de aquella inmensidad de objetos esplendorosos. El mundo entero parecía estar condensado en aquel edificio.
Como me había sucedido en el Metropolitano, en el de Pérgamo o en el Louvre, mis emociones navegaban entre la fascinación y el fastidio. Ante la bella cariátide solitaria, creí escuchar el llanto de sus cinco hermanas preservadas en el Museo de la Acrópolis. Y, aún encandilada por la blancura acristalada del Patio Principal, me perdí en la Sala de la Ilustración, donde se desplegaba la avidez por el conocimiento a la que apostó la inquieta Europa del siglo XVIII. Detrás de algunas piezas había historias de dolor humano, dominación y expolio, reclamos que exigían la restitución a su lugar de origen. Todo parecía claro y justo. Y, sin embargo, era difícil aferrarse a la indignación y quedarse en ella. La cuestión no es simple y requiere una reflexión serena.El próximo 15 de enero se cumplirán doscientos sesenta años de la apertura al público del Museo Británico, la estrella más fulgurante del cielo cultural londinense. Fundado unos años antes, en 1753, y nacido a partir de la colección privada de sir Hans Sloane, su vocación de universalidad pronto lo transformó en una de las más completas y equilibradas colecciones del mundo. El acervo, que supera los siete millones de piezas, va desde el Antiguo Egipto a la Grecia clásica, el Imperio romano, la Europa medieval, la América precolombina y los moáis pascuenses. En algunos casos llega casi hasta el presente.
Cada año, más de seis millones de personas visitan el museo. La entrada es gratuita, lo que favorece ese número descomunal de visitantes, pero si hubiera que pagar algunas libras estoy segura de que la afluencia de público no disminuiría de forma sustancial. Porque lo que ofrece este museo trasciende cualquier valor monetario. No hay dinero que pague la riqueza cultural que uno se lleva consigo cuando atraviesa su puerta después de haber pasado unas horas transitando salas y pasillos. Una riqueza que permanece para siempre.