Aunque el arquitecto es poco conocido para el gran público, el premio no es una sorpresa. Aravena ya ganó distinciones prestigiosas como el Premio Marcus, la Medalla Erich Schelling y el León de Plata en la XI Bienal de Venecia (2008). Además, fue jurado del Pritzker durante seis años antes de ganarlo, y fue nombrado recientemente director de la 15º Exhibición Internacional de Arquitectura en la Bienal de Venecia, que se realizará del 28 de mayo al 27 de noviembre de 2016. Es el primer arquitecto del hemisferio sur en ocupar ese cargo.
Nacido en Chile hace 48 años, Aravena —uno de los profesionales más jóvenes en recibir el premio— es reconocido en el mundo de la arquitectura como el creador de viviendas sociales que tienen la capacidad de crecer. Llamadas viviendas “incrementales”, estas construcciones se ven en realidad como media casa, pues la intención del arquitecto es permitir que los residentes —a medida que tengan más recursos o surja la necesidad— puedan ampliarlas usando los espacios vacíos dejados con ese propósito. Así, la vivienda —construida con subsidios públicos— es barata, aunque con materiales de buena calidad, pero permite que el usuario pueda mejorarla y alcanzar el confort de una casa de clase media.
Desde 2001, Aravena —casado con una arquitecta brasileña y padre de tres hijos— es director ejecutivo de Elemental, un estudio en Santiago de Chile que comparte con cuatro socios —Gonzalo Arteaga, Juan Cerda, Víctor Oddó y Diego Torres—, y al que describe como un “do tank”, en oposición a un “think tank”. Elemental se dedica a desarrollar proyectos de interés público e impacto social, y han diseñado más de 2.500 de esas viviendas en barrios humildes en Chile, EEUU, México, China y Suiza.
Además de parques públicos y otros espacios urbanos, Aravena y sus socios también se dedican a obras de mayor visibilidad, y entre ellas se destacan varios edificios que construyó para la Universidad Católica (UC) de Chile, su alma máter. En Santiago, para esa casa de estudios diseñó el Centro de Innovación “Anacleto Angelini” (2014); las Torres Siamesas (2005), que albergan aulas y oficinas; la Facultad de Medicina (2004); la Facultad de Arquitectura (2004) y la Facultad de Matemáticas (1999). Todos estos edificios responden al clima local de forma innovadora, con estructuras que aprovechan la luz natural y la temperatura para ahorrar energía.
Fuera de su país edificó el área de dormitorios de la Universidad St. Edward (2008) en Austin, Texas (EEUU); el Children Workshop de Vitra, en Zurich, Suiza (2009); el mirador Las Cruces, en Jalisco, México (2010); y actualmente construye en Shanghai, China, un edificio de oficinas para el laboratorio Novartis, entre otras obras.
Generación dorada. Según la página web de su estudio, Aravena nació el 22 de junio de 1967 en Santiago de Chile y se recibió de arquitecto en la Universidad Católica de Chile en 1992. En 1993 estudió Historia y Teoría, y grabado en la Academia de Bellas Artes de la IUAV di Venezia, y en 1994 estableció su propia oficina, Alejandro Aravena Arquitectos.
Unos años después su nombre comenzó a resonar en ámbitos más destacados, y en 2000 —con 33 años— fue invitado como profesor del Departamento de Arquitectura de la Universidad de Harvard, entonces dirigido por el arquitecto argentino Jorge Silvetti. Allí estuvo hasta 2005, y mientras tanto fundó Elemental en Chile.
Desde 2009 hasta 2015 fue miembro del jurado Pritzker y en 2010 fue nombrado miembro internacional del Royal Institute of British Architects e identificado como uno de los 20 nuevos héroes del mundo por la revista británica “Monocle”. “Es miembro del Programa Ciudades de la London School of Economics desde 2011; del Consejo Regional de Centro David Rockefeller para Estudios Latinoamericanos; de la Fundación Swiss Holcim desde 2013; miembro fundador de la Sociedad Chilena Políticas Públicas; (...) fue una de las 100 personalidades contribuyendo a la Cumbre Mundial Rio+20 en 2012”, detalla su web. Vistos así, esos logros parecen lineales y desprovistos de esfuerzo. Pero como en todo, la historia también depende del componente humano.
Aravena es hijo de dos profesores de la típica clase media chilena, que logró estudiar gracias a su esfuerzo. En la universidad, por ejemplo, se ganó la matrícula de honor que le permitió pagar la mitad de la matrícula obligatoria en ese país. “Hay una cierta austeridad en cómo fui criado, no fue una historia de superación, así como de libro, sino de saber funcionar con carga. (…) Es como le toca al chileno medio vivir: no tan apremiado pero tampoco holgado, y eso me parece perfecto para cualquier entrenamiento”, contó Aravena hace unos años a la revista “Vivienda y Decoración” del diario chileno “El Mercurio”.
Pero después de la universidad y antes de Harvard y del brillo profesional, Aravena diseñó bares y restaurantes, luego se aburrió de la arquitectura, y por un tiempo trabajó en su propio bar, el Bar Sin Nombre, en Ñuñoa. Después regresó y creció.
Así llegó a ser lo que es hoy, también ayudado por el componente coyuntural. Este arquitecto es integrante de lo que en Chile se llama la generación dorada de arquitectos locales, aquellos que en los 90 comenzaban a lograr cierta visibilidad y que ahora se destacan a nivel internacional. La composición de esa generación surgió cuando, al inicio del siglo, Jorge Silvetti —entonces director del Departamento de Arquitectura de Harvard— le pidió a Fernando Pérez, decano de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Católica de Chile, que le recomendara jóvenes arquitectos chilenos con proyección.
Pérez analizó a sus alumnos, evaluó sus capacidades, y le entregó una lista en la que figuraban Aravena, y también Mathias Klotz, Sebastián Irarrázaval, Cecilia Puga y Smiljam Radic. La visión de Pérez no estaba errada: hoy estos profesionales, que rondan los 50 años, son convocados para hacer proyectos en diferentes países y ganan premios. La historia de Aravena es una, pero cada uno de aquellos jóvenes hizo su propio camino. En particular, Aravena se volcó hacia la resolución de problemas sociales.
Casas que crecen. Su formación en la escasez y su interés por las causas sociales lo llevaron a pensar en cómo podía aportar él, desde la arquitectura, a los más necesitados.
“La vivienda social es aquella cuyo costo tiene que ser principalmente absorbido por el Estado, dada la incapacidad del ahorro familiar para pagar por esa vivienda”, dijo el arquitecto en una entrevista realizada por el sitio “Obras”, de México. Para estas viviendas, el estándar europeo es de 80 m2 por familia, y en América Latina, por la falta de recursos estatales para subsidios, se reduce a 30 o 40 m2, detalla. “Nuestra solución no es construir una casa completa con la mitad de los recursos, lo cual generaría una vivienda de baja calidad, sino construir solo la mitad de una casa buena y permitir que la familia construya el resto a lo largo del tiempo”, explica.
Fue en 2003 que comenzó a aplicar esta idea en economías precarias, cuando el gobierno de Chile le pidió recuperar un barrio de asentamientos irregulares llamado Quinta Monroy, en la ciudad de Iquique. Allí construyó 93 viviendas subsidiadas por el gobierno, que tenían 36 m2, pero que podían ser ampliadas por sus habitantes hasta 72 m2. Su proyecto fue exitoso y las viviendas se reprodujeron en otras ciudades chilenas.
Después del terremoto de 2010 y del tsunami que destruyó la costa chilena, su estudio fue convocado para reconstruir la ciudad de Constitución. Allí su casa a la mitad era indispensable, pues contaban con un subsidio estatal muy bajo debido a la extendida devastación de la zona. La reconstrucción también incluyó parques urbanos, que fueron diseñados para disipar la energía sísmica ante posibles terremotos.
En todo este trabajo social, Aravena también se destaca por involucrar a la población que vivirá en esas casas y ciudades. “Hay cosas que ellos saben más que nosotros, y si alguien conoce cómo hacer un uso más eficiente de recursos escasos, son las familias pobres. Son maestros en establecer prioridades, y queremos usar su sabiduría en el sistema”, asegura Aravena.
“Los verbos más simples, dormir, estudiar, comer, tejer, descansar, son los que hacen nuestra vida, y esas acciones suceden en lugares, como oficinas, escuelas, casas, parques. Creo que la arquitectura intenta darles a esos sustantivos la mejor forma posible para que esos verbos se desarrollen allí. La motivación de la arquitectura es que las fuerzas que tiran y empujan en direcciones opuestas puedan ser canalizadas en un mismo sentido a través del diseño. De ese modo, diferentes participantes, instituciones, personas, diferentes deseos y visiones del mundo, pueden sumarse en una visión común”. Así explica Aravena su propia percepción del mundo en la página oficial del Premio Pritzker.