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    El desierto de los tártaros

    N° 1960 - 08 al 14 de Marzo de 2018

    La esperanza tiene buena prensa. Es el motorcito que mantiene la marcha con la certeza de que se puede alcanzar aquello que se desea. Dice la sabiduría popular que es lo último que se pierde y, aunque los más escépticos la nieguen, no hay quien pueda vivir sin ella. Nos sostiene ante el embate de las decepciones y evita que la frustración —tan odiosa como necesaria— nos tumbe.

    Los griegos la llamaban elpis y es lo único que la curiosa Pandora alcanzó a preservar en su ánfora —que el relato posterior convirtió en caja— luego de que su desobediencia permitiera escapar a todos los males del mundo. Desde entonces, la esperanza es lo que nos queda cuando el panorama se ensombrece. Los romanos le dieron el nombre de spes y, a diferencia de los griegos que no le dedicaban un culto formal, construyeron para ella templos y esculturas en las que aparece portando flores y tomando con delicadeza los pliegues de la túnica sin mangas que viste. 

    Para los católicos es —junto con la fe y la caridad— una de las virtudes teologales que dirigen nuestras acciones hacia Dios. Es en Él y en su bondad infinita donde la esperanza se deposita y constituye, por tanto, uno de los pilares sobre los que se sustentan el ánimo y la determinación a superar las adversidades. 

    La esperanza es en esencia una buena compañera, pero debe darse en su dosis justa, con un sentido de realismo que nos permita adecuar las expectativas a lo posible y no transformarlas en un engaño del que quizá demasiado tarde despertaremos. Por eso, cuando se convierte en obstinación ya no es tan buena. Y puede resultar nefasta si la utilizamos a modo de excusa para quedarnos quietos, sin enfrentar los obstáculos que nos llenan de miedo. En esos casos, la esperanza abre la puerta a la resignación, un pretil peligroso entre la aceptación sabia de la adversidad ineludible y el conformismo paralizante. No me muevo, no intento cambiar la realidad, doy mi libertad a cambio de sentirme seguro, no arriesgo, cumplo reglas, me entrego a un voluntarismo que excede las expectativas razonables. Solo espero. 

    A estas reflexiones me llevó El desierto de los tártaros, una novela de Dino Buzzati publicada por primera vez en 1940. Se trata de una alegoría sin tiempo ni espacio definidos en la que se propone una reflexión filosófica, muy al estilo Saramago en su corte existencial, aunque distinta en su desarrollo técnico y estético. Imposible es, en tren de buscar asociaciones y referencias, omitir una mención a Esperando a los bárbaros, del Nobel sudafricano J. M. Coetzee, un texto que encuentra su inspiración en el soberbio poema homónimo de Konstantino Kavafis. La literatura —en este caso— se nutre de literatura e invita a trasladar la ficción a la peripecia personal de los lectores. 

    Un joven oficial, Giovanni Drogo, es destinado a una lejana fortaleza construida como bastión ante el posible ataque de un ejército tártaro que llegará desde el norte, a través del desierto. Abandona la casa materna lleno de ilusiones, vislumbrando un futuro de gloria, aunque incomodado por un “vago presentimiento de cosas fatales, como si estuviera a punto de iniciar un viaje sin retorno”. 

    La fortaleza ejerce sobre Drogo una atracción siniestra. Es inhóspita en su frialdad marcial y en su férreo aislamiento, absurda en su inexplicable razón de existencia. Y, a la vez, resulta fascinante, porque está construida sobre un mito, un relato improbable, aunque verosímil, que se va colando en todos y se vuelve la verdad que permite justificar la permanencia. Así, Drogo y algunos de sus compañeros se van quedando, anestesiados por la espera que dará sentido a su vida. También por la seguridad que les ofrece la fortaleza. Pueden marcharse cuando quieran, pero se quedan. Su juventud les hace creer que son dueños del tiempo. La fortaleza se mantiene porque una esperanza la alienta. El tiempo, implacable, no se detiene. 

    Aferrado a la esperanza de repeler el ataque bárbaro que siempre está a punto de acontecer y no se concreta, Drogo cede a la tentación de la inactividad, envejece por dentro y por fuera. Su vida solo se entiende por la espera y en ella deposita su realización, los sueños del joven que, sin darse cuenta, se va poniendo viejo. La esperanza lo ha sostenido, pero también ha sido su carcelera. Drogo entiende esto demasiado tarde. En efecto, la esperanza es lo último que abandona, aunque, a la vista de su final desdichado, más le hubiera valido perderla antes, cuando aún estaba a tiempo.

    ?? La tiranía del teléfono