Trabajó con grandes directores del teatro nacional. ¿Qué aprendió de Imilce Viñas y Nelly Goitiño?
Trabajó con grandes directores del teatro nacional. ¿Qué aprendió de Imilce Viñas y Nelly Goitiño?
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá—De Nelly, un rigor intelectual que sigue haciendo falta. Tenía un gran conocimiento del oficio del actor y su cabeza era sorprendente. De Imilce, el humor. Era un chiste atrás del otro y tenía ojo clínico para manejar el timing de un espectáculo. La última obra que dirigió, “El suicidado”, fue de los trabajos más divertidos que me tocó hacer.
—Ahora trabaja en “Lucas o el contrato”, de Dino Armas. ¿Cómo se cuida antes de un estreno?
—En la Comedia nos llamamos monjas de clausura, porque como mínimo dos semanas antes del estreno medimos lo que comemos, lo que dormimos y no salimos después de una función a lugares donde haya mucho ruido. Disciplina del actor.
—¿De dónde proviene su apellido?
Rumania. Mi padre nació en Transilvania y se vino en 1929; tenía seis años y no hablaba nada de español. Vino con sus padres y una hermana. Mi abuelo era joyero, lo estafaron y se fundió. Cuando llegó abrió una joyería en la Aguada.
—¿Qué recuerda de cuando vivió en Canadá?
—Mi padre se fue en 1972, y mi madre, mis dos hermanos y yo en el 73. Nos fuimos porque en Uruguay se vivía un ambiente horrible y mi padre, que era cirujano y proctólogo, recibió una invitación para investigar sobre trasplantes de hígado. Vivíamos en Sherbrooke, un pueblo en Quebec. Ahí se habla francés pero yo iba a un colegio inglés. Estuvimos un año y volvimos, solo mi padre se quedó.
—¿Alguna vez regresó a Sherbrooke?
—Nunca. Volvimos porque mis hermanos no pudieron adaptarse. Yo tenía 11 años, me quería quedar, pero mi opinión no contó. Cuando llegamos a Montevideo empecé con el teatro. Un día mi padre me ofreció ir a estudiar al Actors (Studio) o a la Juilliard (School), pero cuando lo evaluamos bien era económicamente insostenible.
—¿Nunca pensó qué sería de su vida si hubiese ido al Actors Studio?
—Sí, qué sé yo. En un universo paralelo soy una actriz de Broadway y ya me gané no sé cuántos Tony. Pero acá es otra cosa (risas). Me quedé con lo local: primero la Alianza, el Anglo y la EMAD, y después entré a la Comedia en 1987. Mis padres me apoyaron enseguida. ¿Sabías que se conocieron en un escenario? Haciendo teatro universitario en donde hoy funciona el Victoria. Ella actuaba y él, que era todo grandote, era maquinista.
—Viaja seguido a Nueva York. ¿Tiene alguna visita obligada? Times Square y la tienda Dean & Deluca, que vende cafés y tés del mundo, y ahí siempre me compro varios paquetes de chocolate. Es en Soho, en Broadway y Prince St. Un día encontré un té de mate, rarísimo.
¿Qué provoca en su cuerpo ver una tableta de chocolate?
—Me viene una compulsa por agarrarlo y comerme la tableta entera. Prefiero el amargo, pero si es blanco le doy igual. También tengo una especie de adicción al Ricardito. Si como uno, como dos, y si como dos, tengo que comer tres. No conozco límites con lo dulce.
—Vivió mucho tiempo en Ciudad Vieja. ¿Qué la atrapó del lugar?
—Aposté mucho por la zona, que aún no era turística. Estuve 22 años, hasta 2012. Vivía en un monumento histórico que se llamaba Solar de Burgues, una casona con aljibe en el medio que se recicló y se hicieron apartamentos. El mío era de tres dormitorios, con un living enorme y techo altísimo. Tenía una estufa a leña espectacular que yo misma hice, pisos de pinotea y paredes de metro y medio de ancho. Si hubiese podido sacar el apartamento y llevármelo a otro lado lo hubiera hecho, feliz. Ahora estoy en Pocitos, el barrio de mi infancia.
—¿Qué sentía de niña cuando pasaba por la puerta del Solís?
—No me generaba nada. Paseaba con mi familia por 18 de Julio como se hacía en los 60, pero tampoco frecuentaba mucho esa zona. Un día a los 14 fui caminando hasta el Solís porque la Comedia hacía “Otelo”. Quedé en shock cuando vi ese escenario, esos actores, ese vestuario. Me acuerdo de la peluca de Estela Medina. Quedé fascinada, la miraba y decía “yo quiero estar ahí”. Después la vida me llevó hasta ahí y me reencontré con grandes profesores, como el maestro Jaime Yavitz.
—¿Recuerda alguna de sus enseñanzas?
—Nos enseñaba cosas tan básicas como caminar en el escenario. Siempre me decía: “¡De la rodilla para arriba preciosa, de la rodilla para abajo sos terraja!” (risas). Y tenía razón, caminaba con los pies abiertos y mis rodillas parecían látigos.
—¿Cuál fue su mayor transgresión?
—Cantar rock and roll. Fue un caradurismo de mi parte. Aunque en el momento en que empezamos con La Tabaré, en 1985, la cultura volvía a emerger. Salíamos todos como honguitos, y en ese sentido fue fructífero.
—¿Qué cine le gusta?
—La ciencia ficción y las policiales-políticas. Yendo a los clásicos te tiro tres: “Alien”, “2001” y “Blade Runner”. De las últimas, “Gravity”. Desde que me metí en Netflix no puedo salir. Serie política: “House of Cards”. Ciencia ficción: “Desafiando la gravedad”.
—¿Por qué abandonó Literatura en el IPA?
—Solo hice primer año, en 1980. Cuando tuve que hacer clases prácticas con alumnos di “El Quijote” y la profesora de Didáctica me puso mal puntaje porque actuaba mucho. “Sos profesora de Literatura, no actriz”, me dijo. De ahí derecho a la EMAD.
—¿Cómo es su vínculo con la maternidad?
—No pude tener hijos. Perdí cinco embarazos. El último fue pasando los 40, y tres años después me detectaron cáncer de mama. Si fuera por mí seguiría intentando, pero en una parte del tratamiento te provocan la menopausia, y ya está. Al principio creía que algo me había quedado trunco, sentía angustia, pero después todo se colocó en su lugar. Soy una de las miles de millones de mujeres que no tienen hijos. Lo intenté, no pude, después vino el cáncer y mala suerte.