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    Entrevista - Myriam Gleijer

    Nombre: Myriam Gleijer • Edad: no declara • Ocupación: actriz • Señas particulares: En su familia son todos actores, es muy crítica consigo misma, le salen muy bien las tartas

    ¿Qué hubiera hecho si no hubiera sido actriz?

    Yo estudiaba arquitectura, hice dos años de proyecto. Tal vez, arquitecta. En aquella época tenía que trabajar y era mucho. Además, hacía la escuela en El Galpón de lunes a sábados cuatro horas diarias de noche, durante cuatro años. No podía con tanta cosa y opté por el teatro. Hice esa opción de vida que no me dio dinero ni gloria pero me dio muuuucha felicidad.

    Sus padres eran inmigrantes judíos polacos. ¿Qué fue lo que le quedó más marcado de ellos?

    Mi madre hacía teatro amateur en un pueblo de Polonia, y mi padre llegó a dirigir una obra también amateur allá. O sea que nos pica desde hace mucho tiempo. Mi padre era un intelectual, un hombre muy inteligente, pero como todos los inmigrantes, tuvo que trabajar en algo que no tenía nada que ver con ellos (era vendedor del interior), pero nos fomentó a nosotros ese amor por el arte. Mi madre cantaba muy lindo y mi padre nos contaba mucho sobre la literatura judía. Me marcó que era gente muy amplia, que se adaptaron mucho a esta vida.

    Estuvo casada con el actor Luis Fourcade­. ¿Actuaban en casa?

    No, no actuábamos, pero estudiábamos letra, cantábamos. Hicimos la escuela de teatro juntos y estuvimos casados 33 años. Yo fui muy feliz con él. Los años hacen que uno se separe, pero seguimos siendo amigos, hemos actuado juntos después de separarnos.  Éramos toda una familia de actores: mi hermana (Adela Gleijer), mi cuñado (Juan Manuel Tenuta), mi sobrina Andrea (Tenuta), mi hijo es docente de dirección de actores para cine (Gabriel Pérez), mi nuera es actriz y docente de teatro (Maiana Olazábal).

    ¿Qué recuerdos guarda de su cuñado Juan Manuel Tenuta (una de las figuras de El Galpón y luego muy popular en Argentina por sus papeles en teatro, cine y televisión)?

    Hermosos. No era mi cuñado, era mi hermano. Una persona de una dulzura, de una humanidad, aparte de buen actor, muy querido. Para mí fue el hermano que no tuve.

    ¿Qué representan para usted los tres Florencio que luce en un estante del living?

    Para mí es importante cuando yo siento que el trabajo que hice a mí me satisface, y me pasó las tres veces, que fueron trabajos muy caros para mí, que sentí que había llegado a un nivel que yo quería, y que amé mucho hacerlos. Es un premio que me dio la crítica pero que me lo di yo también porque soy muy crítica conmigo.

    Siendo parte del elenco de El Galpón la llevaron presa en la dictadura. ¿Cuánto tiempo estuvo?

    Estuve un año y medio, y mi exmarido cinco.

    ¿Cómo mataba el tiempo?

    Estuve incomunicada siete meses, hasta que pasé a juez no vi a mi familia, ni a mi hijo, y mientras tanto le mandaba dibujitos y él me contestaba con dibujos. Él empezó la escuela estando nosotros presos, estaba con mis padres, nos contaba en los dibujos lo que hacía. Yo le mandaba dibujos de cosas que hacíamos juntos, como cazar mariposas en Kibón o leer. En la primera etapa vivíamos en unas celdas de dos por uno, con dos cuchetas de a dos y había seis celdas. En los siete meses habremos salido al recreo tres veces, una media hora. Hablábamos, intercambiábamos ideas, había profesoras de francés, de inglés, de historia, de literatura. Estábamos tranquilas con nuestra alma que no habíamos hecho nada malo, ni matado a nadie, ni usado armas. Estábamos ahí solo por nuestras ideas.

    ¿Qué le dejó esa experiencia extrema para el resto de su vida?

    Que el ser humano tiene una gran reserva de amor a la vida y de alguna manera encuentra en esos momentos límite, si tiene salud interior, reservas para sobrevivir y enriquecerse. Porque uno en la adversidad se enriquece también. Y además sentíamos que estaba bien estar en contra de la dictadura.

    ¿Tiene alguna cábala antes de subir al escenario?

    Lo que me gusta es darme tiempo para maquillarme. Voy una hora y media antes, me maquillo lento, tranquila, y ahí me voy metiendo en el personaje, voy hablando sola, dándome manija, con imágenes, con cosas, no entro de golpe, de la nada. Pero no tengo una cábala especial.

    ¿Un bochorno que haya vivido arriba del escenario?

    En “Montevideana” yo hacía de la dueña de casa y en el escenario me resbalé porque habían puesto un cable, y caí sentada. Pensé “¿qué hago?”. Y (en la obra) tenía una sirvienta que se llamaba Ramona. Y empecé a gritar “¡Ramona! ¿Por qué enceró el piso? Venga, ayúdeme a levantarme”. Ni sé si el público se dio cuenta porque quedó muy integrado.

    Cuando va al teatro a ver una obra, ¿es una buena espectadora?

    Me dejo atrapar. Si no me atrapa entonces me pongo crítica. Pero si me atrapa me borro del mundo.

    ¿Es salidora?

    Sí, tengo poco tiempo, pero tengo unas amigas entrañables, una es flautista, otra es cantante, otras dos son actrices, otra es artista plástica, y nos juntamos mucho con ellas a tomar el té y charlar. Nos reímos mucho. Me encanta la gente que tiene humor. Y me gusta en el teatro tener grupos humanos en las obras que tengan humor, que sean cariñosos. Me gusta mucho compartir la etapa de los camarines, hacer chistes, jugar.

    ¿Qué libro tiene en su mesa de luz?

    En este momento, el último libro de Henning­ Mankell, que fue el que escribió cuando se enteró de que estaba enfermo, y hace todo un recuento de su vida. Es un escritor que vivía seis meses en Suecia y seis meses en África, en Maputo, era director de un teatro, escribió mucho sobre los niños africanos. Leí hace poco un libro de Padura, “El hombre que amaba los perros”, interesante. Me gusta mucho Murakami también.

    En “Cocinando con Elisa” hace de una cocinera. ¿Le gusta la cocina?

    Cocino, pero más que nada cuando gente que quiero viene a mi casa.

    ¿Su especialidad?

    Hago muy bien las tartas, y tortas también. Me gusta cocinar para mis amigas y mis amigos.