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    Flan casero

    N° 1984 - 30 de Agosto al 05 de Setiembre de 2018

    Hace unos días, en un programa de la televisión argentina, el actor Alfredo Casero se descolgó con una alegoría de lo más pintoresca al ser interrogado acerca del estado del país y de su presidente. En lugar de una respuesta literal, Casero propuso la siguiente escena para ilustrar su idea: “A vos se te prendió fuego la casa. Tenés una familia. Son doce. Hace frío afuera. Vienen los doce y dicen: ‘¡Queremos flan! ¡Queremos flan, papá! ¡Flan! ¡Flaaaaan! ¡Queremos flaaaaaaan!’” .

    El monólogo se extendió por un minuto, durante el cual, ante la sorpresa divertida del conductor que siguió el juego, un desbordado Casero continuó pidiendo flan a los gritos. El contenido simbólico de su actuación se fue enriqueciendo y llegó al paroxismo cuando los miembros de la familia insultaron al padre y se negaron a responsabilizar al culpable del incendio porque se trataba de un amigo.

    El episodio fue breve, aunque eficaz en extremo. Al poco rato, ya era repetido ad infinitum en las redes y las bromas no se hicieron esperar. Un conocido programa radial de la mañana propuso a los oyentes que manifestaran su preferencia con respecto al flan solo, con dulce de leche o con crema. Por la noche, en el transcurso de un comentario de un partido de fútbol, un periodista dijo “esa defensa es un flan” y de inmediato sus compañeros se pusieron a cantar a coro “Flaaaan, flaaaaan…”. El propio presidente argentino se dejó fotografiar ante un flancito acaramelado, cuchara en mano y de lo más sonriente. Pero no todos festejaron la ocurrencia y pronto surgieron las críticas y los insultos de quienes son afines al gobierno anterior y se sintieron agraviados por las alusiones de Casero.

    No he seguido al detalle la trayectoria de Alfredo Casero, así que no puedo opinar acerca de su talento. Tampoco es mi intención incursionar en sus afinidades políticas o ideológicas ni en otras consideraciones que hizo a lo largo de la entrevista. Dejo por fuera ese aspecto que parcializa y enturbia la mirada sobre lo que me interesa. Y es la situación comunicacional que se produjo, las resonancias inmediatas que tuvo y ?será cuestión de esperar y ver qué pasa? las que quizá tenga a largo plazo. Mi interés radica en las palabras y su arrolladora potencia.

     

    No sé si Casero improvisó o si su estallido fue una genialidad del momento. En cualquier caso, haber elegido la palabra flan es un hallazgo digno del mejor publicista.

     

    ¿Cuánto calará este episodio en la picardía popular, siempre tan ingeniosa para robustecer convicciones a partir de las palabras y también para crear realidades con ellas? ¿Pasará el ´¡Quiero flan!´ a la posteridad y dentro de unas décadas, cuando solo los veteranos recuerden su procedencia, integrará esos catálogos donde se explica el origen de algunas expresiones?

    No sé si Casero improvisó o si su estallido fue una genialidad del momento. En cualquier caso, haber elegido la palabra flan es un hallazgo digno del mejor publicista. Para comenzar, se trata de un postre popular que no requiere aclaraciones, lo que amplía el campo de sugerencia a un rango amplio de receptores, además de incrementar su poder mnemotécnico. En segundo lugar, tal como yo hice en el título de esta columna, es posible jugar con el apellido para producir el sintagma flan casero.

    Por último, flan es una palabra que no ofrece demasiada resistencia al intercambiarla con plan. Esto extiende aún más la intencionalidad ideológica en clara referencia a los planes sociales que algunos beneficiarios podrían estar exigiendo al gobierno en medio de un momento crítico, tal como los miembros de la familia hacían con el padre luego del incendio. Y, si esto no fuera suficiente, alguien en la línea de Casero podría argumentar que exigen lo superfluo y no lo básico para la supervivencia, por cuanto piden flan, pero no pan ?como sí se pide en Aserrín, aserrán, otra referencia popular.

    Incluso aquellos que se sintieron molestos por la petite actuación de Casero, aprovecharon el flan como motivo gastronómico para insultarlo con alusiones a su peso. Hay que decir que el actor acaba de superar problemas de salud que lo obligaron a someterse a varias intervenciones quirúrgicas y que se lo ve más delgado. De modo pues que no fue demasiado difícil para los detractores asociar el flan con la anterior gordura de Casero y ensañarse con eso. Pocas veces una palabra ha resultado tan productiva. Tirios y troyanos se dieron una panzada de flan casero.

    Además del poder de síntesis alcanzado en ese minuto durante el que el actor condensó su particular visión de las cosas, influyó en su eficacia la forma en que las palabras fueron dichas. El envoltorio contribuyó a potenciar el contenido. Casero se mostró vehemente, como alienado, fanático, incapaz de escuchar, reacio a la sensatez y al diálogo. Se valió de la repetición, un recurso retórico valioso para reforzar el impacto y también para crear un ritmo pegadizo. Y, no menos importante, apeló al humor irónico, es decir, a otro recurso que, bien usado, denota una dosis de inteligencia y es valorado por el público.

    Hoy, mientras escribo esto con la televisión encendida como música de fondo, oigo que hablan del “factor flan” o del “efecto flan” y pienso que, en la medida en que sigan siendo repetidos, es probable que la palabrita y sus derivados permanezcan. Si es así, Alfredo Casero ?en el error ideológico o en el acierto? habrá hecho una contribución a la forma de expresarse de los argentinos, que, con el paso del tiempo, podría expandirse hacia otras regiones hispanoparlantes. La lengua también se refresca de esta manera y, cuando el aporte es creativo, desborda ideologías y fronteras.

    Palabras y expresiones que usamos con frecuencia tienen origen en hechos reales y situaciones concretas. No siempre es posible rastrear ese origen y algunas veces hay versiones diversas que compiten en verosimilitud y en belleza poética. De todos modos, es interesante hacer el ejercicio de investigar por qué hablamos como hablamos. Algunas de estas expresiones están tan arraigadas en el uso o son tan antiguas que nos valemos de ellas sin averiguar su procedencia. ¿Alguien recuerda, por ejemplo, de dónde provienen expresiones como “cantar para el carnero”, “tirar manteca al techo”, “viva la Pepa” o “estar en la luna de Valencia”? 

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