En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Una circunstancia fortuita me llevó esta semana a transitar las salas del Registro Civil y del Archivo Judicial, una dependencia del Archivo General de la Nación. No iba allí desde los días de Susana Soca. Quiero decir, desde mi intento ilusionado hace una década por ir tras las huellas de esa mujer delicada y generosa de la que aún resta tanto por saber. Aquella investigación se extendió hasta París, donde recorrí los lugares en los que Susana había estado tantas veces ?en especial durante los terribles años de la ocupación nazi? y me dejé seducir por la maravilla de esa ciudad de belleza inefable. En mi periplo por librerías, bibliotecas y archivos me impactó la profusión de material vinculado a la Segunda Guerra, los estantes dedicados a la resistencia y al colaboracionismo, la avidez por saber zurcida a la memoria de los franceses como una cicatriz ardiente.
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Fiel a su estilo discreto, Susana se dejó ver apenas y volví con más dudas que respuestas. La experiencia, sin embargo, resultó de lo más enriquecedora. En parte porque, además de confirmar o refutar datos, pude comprender algunas circunstancias que, desde Uruguay, se veían borrosas. Pero sobre todo porque de pronto Susana se convirtió en una excusa para algo fascinante: contar las peripecias de una investigación casi imposible. Y así lo consigné más tarde en el libro que titulé Rara avis en honor a la excepcionalidad de una mujer única entre sus pares. Ese libro es una aproximación a la vida y a la obra de Susana Soca y es ?quizá más aún, aunque de esto vine a darme cuenta luego? la historia de una investigación, el relato no exento de una cierta épica de mi intento por ir corriendo los múltiples velos que cubrían a Susana y su recuerdo.
La visita a los Archivos Nacionales para hurgar en los registros estudiantiles de la Sorbona ?donde se decía que Susana había estudiado? fue, quizá, uno de los puntos altos del proceso. No solo por la dificultad que supuso acceder a ellos, sino por lo que allí viví, y que narré de este modo en el libro: “Ingresar a las salas es una aventura intelectual de alta exigencia que pone a prueba la templanza. (…) Después de un complejo procedimiento de inscripción, autorización y determinación del archivo, el material llegó a mi mesa. Tomé una de las cajas negras y con suavidad desaté las cintas. Ante mí aparecieron la fichas de los estudiantes nacidos entre 1880 y 1925, cuyos apellidos empezaban por la letra S. Lo primero que noté al tocarlas fue que estaban heladas. Conmovida por las historias de vida que se deslizaban entre mis dedos, me dejé llevar por alguno de los nombres que evocaban historias de personas ya muertas. Descubrí, por ejemplo, el de una mujer nacida en Bagdad en 1917 que viajó a París para hacer su doctorado…”. Mi emoción iba en aumento.
Al cabo de horas de búsqueda infructuosa, debí aceptar que el nombre de Susana no estaba. La frustración por no poder comprobar la leyenda dio paso a una hipótesis intermedia. No era improbable que, para mitigar las horas grises de esa París sometida al racionamiento y al toque de queda, Susana hubiera tomado algún curso de cuya inscripción no quedara rastro o que hubiera quizá asistido a una conferencia.
Algunos funcionarios se frustraban conmigo ante la falta de un dato y hacían lo imposible por rastrear los documentos. Otros se emocionaban y sonreían cuando les narraba la importancia familiar que tenía algún pequeño hallazgo.
Solo cuando ?ya en la habitación de mi hotelito en el corazón de Saint-Germain- des-Prés, a pocas cuadras del Sena? me dispuse a narrar las circunstancias de aquel largo día de adorable encierro, caí en la cuenta de lo privilegiada que era. El solo hecho de haber entrado a aquellas salas en las que se manipulaba una información preciosísima y haber sido parte de sus rituales de ingreso hacía que el viaje hubiera valido la pena.
En su momento escribí una columna para contar lo vivido y lo comparé con nuestra realidad. En aquellos documentos preservados en los archivos franceses hubiera sido impensable encontrarse con marcas de lapicera, con el vestigio de una página arrancada o con el hueco insolente dejado por una trincheta. Me apena decirlo, pero al recorrer las bibliotecas y archivos uruguayos más de una vez me había topado con alguno de esos desgraciados descubrimientos.
Estaba claro entonces ?y aún lo está? que había una descomunal distancia entre los presupuestos que se manejaban en uno y otro país. Eso podía explicar el contraste entre aquella lujosa infraestructura y nuestra modestia. Pero había un detalle que no requería dinero y que hacía la gran diferencia. Ese detalle tenía que ver con el orgullo que los funcionarios franceses desplegaban al hacer su trabajo y que se traducía en un celo profesional visible en el trato que daban a cada documento. Yo no había encontrado ese orgullo aquí, sino una cierta tristeza.
Así recordaba la experiencia y me preparé para repetirla, resignada a que nada hubiera cambiado. Sin embargo, me llevé una agradable sorpresa. En casi todos los casos ?y fueron varias las visitas de estos últimos días? los funcionarios se mostraron amables y bien dispuestos. Algunos se frustraban conmigo ante la falta de un dato y hacían lo imposible por rastrear los documentos. Otros se emocionaban y sonreían cuando les narraba la importancia familiar que tenía algún pequeño hallazgo. Saber, por ejemplo, que una bisabuela había iniciado un expediente de divorcio por los años veinte y que eso explicaba tantos misterios. Se divertían ante mi pudor por desempolvar secretos ajenos, algunos tan íntimos que requerían el máximo respeto.
No digo que se los viera felices, pero había una voluntad de hacer bien su tarea. Pensé en cómo trabajarían esos mismos funcionarios con instalaciones y mobiliario adecuados, con todo el material digitalizado y de fácil acceso, en suma, con mejor presupuesto. Esta columna es un reconocimiento a su buen trato y a su empeño. Y también un reclamo de una mayor inversión para proteger un acervo que constituye nuestra identidad, un pasado que resignifica nuestro presente.