Tierra de nadie. Es fácil perderse en el camino hacia Atlántica, ubicado a 250 kilómetros por la Ruta 10. Algunos vecinos dicen que hace unos años había un cartel que indicaba la entrada, pero los lugareños se encargaron de quitarlo. “La magia del sitio es la poca gente que llega. Todos queremos que se mantenga como un pequeño secreto”, dice Juan, un hombre que hace treinta años veranea en la zona. Ahora, el único indicador en la entrada del balneario es un estrecho camino de tierra que lleva a un enorme portón cerrado a unos pocos metros de distancia. La razón detrás de ese cerramiento es sencilla: este balneario está dominado por el paso de las ovejas y las vacas, y no se puede dejar la entrada abierta porque salen del terreno. Después de mover las pesadas cadenas del portón, un camino de tierra funciona como GPS que marca el recorrido por el balneario. Así, los turistas se encuentran con el trayecto hacia la ventosa costa. “Acá no hay muchas indicaciones pero es fácil llegar a la playa”, dice Marianna Rovira.
En 1935, cuando Atlántica se inscribió como balneario, había unos pocos ranchos sin luz ni agua, construidos por algunas familias. Con el correr de las décadas, y las facilidades para montar casas con materiales cada vez más baratos, las viviendas se multiplicaron. Ahora, en lugar de encontrar una docena se pueden contar —aunque todavía sean pocas— al menos 30 edificaciones sobre la costa. Y esa es una de las particularidades de Atlántica: a diferencia de otros balnearios, que se fraccionan en terrenos de 300 metros, en este sitio solo se puede construir en 1.500 metros cuadrados como mínimo. “Esta característica nos garantiza una buena distancia entre una casa y otra. Un terreno sale 10.000 dólares pero se suelen vender de a tres o cuatro; es todo de unas pocas familias”, cuenta Rovira. Al igual que muchos vecinos, esta uruguaya ocupó su terreno con un contenedor que tiene las comodidades básicas para ser habitado, y está equipado con paneles solares como fuente de energía. Muchas de las casas prefabricadas de la zona tienen estas pequeñas estructuras de aluminio con acero inoxidable para iluminar las habitaciones, pero en otras todavía eligen la luz de las velas. “Es increíble ver cómo se ven las estrellas desde esta zona. Son las protagonistas por las noches”, dice Marianna. Y el chef Jorge Simeone, que escucha mientras prepara un plato en su nuevo restaurante Restó Campo, asiente con la cabeza. Este impulsor del slow food (comida lenta), conocido por usar productos tradicionales, es uno de los 10 habitantes que viven todo el año rodeados de vacas, ovejas y frente al mar de Atlántica. “Es un lugar especial: hay una tranquilidad y una paz que no se consiguen en otro sitio”, asegura.
Después de cerrar Don Rómulo en La Pedrera, esta temporada el chef abrió el primer restaurante del balneario. En Restó Campo cocina con productos de la zona —como mariscos frescos y cerveza artesanal— que recibe de Milton, un proveedor que tiene un abasto sobre la ruta. “Aquí viene dos veces por semana y nos trae alimentos, desde el cordero hasta las papas, que se crían y cultivan en Rocha. Es parte de nuestra identidad”, dice el chef. Los productos que trae Milton, que también hace visitas semanales a Oceanía del Polonio, son los únicos que se encuentran en la zona.
En Atlántica no se hallan comercios ni hay servicios. Solo algunas casas prefabricadas, otras que tienen décadas, y una playa definida por la Intendencia de Rocha como “salvaje”, que guarda restos de un naufragio sobre la arena. Pero es lo que buscan los brasileños, argentinos y europeos, además de algunos uruguayos, cuando llegan al lugar. En la comuna departamental no tienen registros sobre el perfil del visitante ni del turismo en el balneario, pero de una cosa todos están seguros: el que llega hasta allí es porque quiere estar bien lejos del bullicio de la ciudad.
Un destino alternativo. El cartel que indica la entrada a Oceanía del Polonio, en el kilómetro 255 de la Ruta 10, pasa inadvertido para la mayoría de los turistas que pasan a toda velocidad para llegar a Cabo Polonio. Dominado por un monte de acacias, con algunos pinos y caminos de tierra, este balneario guarda un estilo country que se traslada a las edificaciones sobre la costa. Algunas de las casas están fabricadas con madera y otras tantas con palafitos, una opción que deja pasar la arena por debajo y aislar la humedad de la zona. “La rusticidad es uno de los encantos que les gustan a los turistas europeos y brasileños. Todos buscan la libertad y misticismo que tiene Polonio”, dice Sapa, el dueño de Buscavida, una posada ubicada a pocos metros de la playa. Con una fachada dominada por decks y sillones blancos, este lugar de diez habitaciones está decorado con madera, piezas de artesanos rochenses y algunas pinturas de otros artistas locales. “La posada es compatible con nuestra filosofía de vida: nos gusta la paz”, dice Sapa, mientras conversa con unos brasileños que se hospedan en una de las habitaciones. Y el concepto de tranquilidad se traslada a los alquileres en toda la zona. Como la mayoría de los propietarios no rentan casas a grupos de jóvenes, el balneario es frecuentado por parejas. “Tampoco es muy común que vengan familias porque la playa es complicada para los menores y no hay salvavidas”, dice un turista que veranea desde hace décadas en una pequeña casa cerca de la playa. Y los surfistas lo confirman: Oceanía es uno de los puntos favoritos para los amantes de este deporte. La llegada de los surfistas se puede ver desde Chez Silvia, una cabaña de madera en medio de la playa virgen que aloja turistas. “Lejos del mundanal ruido y movimiento este es un lugar para descansar, con buena comida y un trato personalizado”, dice su dueña, Silvia Esquivel. Junto a su marido, Horacio Acardi, esta arquitecta argentina es una de las siete personas que viven en Oceanía del Polonio durante todo el año. “La naturaleza galardona nuestro lugar y despierta ansias en los europeos y americanos que se quieren insertar en un medio un poco desconocido, y quieren vivir una experiencia inolvidable porque para ellos este lugar es símbolo de lujo”, cuenta.
Con un estilo dominado por la madera y el cardo, en la decoración de esta cabaña se combinan tradiciones locales con toques franceses y detalles argentinos. Y la fusión también se traslada a la gastronomía. La pareja mezcla elementos de la cocina criolla con ideas importadas de platos franceses. “Trabajamos con el concepto de Maison d’hôtes; recibimos al cliente con una reserva anticipada y un menú personalizado, como si estuviera en su casa. De ahí también viene nuestro nombre”, asegura Esquivel.
En esta cabaña se trabaja con productos uruguayos y frescos. Tienen una huerta y su cercanía con el arroyo Valizas —a unos pocos kilómetros— les permite obtener la pesca del día. Así también se trabaja en Buscavida. “Aquí no hay muchos servicios, pero también llegan los pedidos de Milton, que tiene su abasto en la ruta”, dice Sapa. Mientras responde las inquietudes de una pareja que está por salir a pasear por La Pedrera, cuenta que en Oceanía no hay muchas actividades, pero es atractivo por su locación. Al igual que Atlántica, este balneario está ubicado en un punto estratégico entre la movida nocturna de La Pedrera y los puestos de artesanos de Barra de Valizas. Y se mantiene como un rincón escondido de playas vírgenes.
Menos argentinos y más turismo interno
En las últimas décadas, el departamento de Rocha se consolidó como un atractivo destino para el turismo del país. Solo el año pasado llegaron más de 200.000 visitantes atraídos por el pueblo pesquero de Punta del Diablo, el parque nacional Santa Teresa y la conservación de tortugas marinas y leones marinos de La Coronilla. Según datos de la intendencia, que en 2018 realizó una encuesta a 1.720 personas en las playas de todos sus balnearios, más de la mitad de los turistas que llegaron a la costa oceánica eran uruguayos, 28,1% argentinos, y 8,5% brasileños. La mayoría, además, destinó su estadía —que rondó en promedio entre 5 y 20 días— a realizar actividades vinculadas con la naturaleza y visitar playas en distintos balnearios. Pero el perfil del turista cambió con el comienzo de esta temporada. “La primera semana de este año empezó con menos argentinos y una transformación en el turismo interno”, dice Carolina Moreira desde la Dirección de Turismo del gobierno departamental de Rocha.
A pesar de que todavía no terminó el verano, el informe de la intendencia arrojó que llegaron menos turistas respecto al mismo período de la temporada pasada. Después de hacer un recorrido por las playas de La Paloma, La Pedrera, La Aguada, Cabo Polonio, Barra de Valizas, Aguas Dulces, Punta del Diablo, Santa Teresa y Barra del Chuy, se mostró que bajó en más de 10% el ingreso de argentinos y aumentó 10,9% la llegada de brasileños, mientras que 7% de los visitantes llegaron de fuera de la región. Al mismo tiempo, el turismo interno creció de 57,2 a 62,4% con un aumento en de personas del interior del país.
Además de los montevideanos —que pasaron de ocupar 65,3% a 59,7%—, hubo un incremento de turistas de Canelones (18,4%), San José (3,4%), Durazno (2,4%), Colonia y Tacuarembó (1,9%). Los argentinos que estuvieron en Rocha, por su parte, llegaron en su mayoría de Buenos Aires (68,9%), Rosario (14,5%), Santa Fe (6,8%) y Corrientes (3,5%). Y los brasileños viajaron de Porto Alegre (32,3%), San Pablo (19,4%), Pelotas (13,9%) y Santa Catarina (11,1%).
Esta temporada también se mantuvo una tendencia en el promedio de edad de los turistas: la mitad tuvo entre 31 y 50 años, y cerca de 30% entre 18 y 30 años. Muchos de los visitantes llegaron con sus familias, algunos en pareja y otros solos. Y la mayoría se quedó entre tres y 15 días.