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Se espera que en 2015 comience a funcionar la planta regasificadora de gas natural licuado (GNL) que se construirá en Puntas de Sayago, al oeste de Montevideo. El gas se licúa en origen, cuando no hay gasoductos para transportarlo desde donde se produce hasta donde será usado, y se regasifica en el punto de destino. Esta planta representa una inversión muy grande, alrededor de 1.200 millones de dólares, y si todo va bien tendría un impacto muy favorable y muy grande sobre la economía uruguaya.
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La iniciativa ha recibido varias críticas. Algunas (las menos) han apuntado contra la idea en sí misma; por ejemplo, se ha sostenido que la producción de la regasificadora sería mucho más grande que el consumo nacional, y que la planta solo sería rentable si estuviera asegurada una demanda argentina similar en volumen a la uruguaya. Es muy probable que esa demanda, en términos abstractos, efectivamente exista (durante varios años). Pero que se traduzca en consumo del gas regasificado en Uruguay es un problema diferente, y la experiencia de los últimos años aconseja prudencia en estos asuntos. También se ha afirmado que sería más razonable invertir ese capital en el desarrollo del gas natural y del petróleo que, se supone, a relativamente corto plazo sería explotable en el norte uruguayo.
Pero la gran mayoría de los comentaristas piensa que la iniciativa, en principio, es buena para el país. El grueso de las objeciones no se ha referido a la idea básica. Las críticas se han centrado, por un lado, en varios aspectos legales del proyecto y del acuerdo ya firmado, o en los procedimientos seguidos para aprobarlo. Por otro lado, se ha objetado el lugar donde se instalaría la planta. Por ejemplo, algunos han sugerido que debería instalarse en el puerto de aguas profundas que se planea construir en Rocha. El argumento tal vez más difundido sostiene que la regasificadora no debe construirse en el lugar previsto por razones ambientales y/o de seguridad. Esta última es la queja central de los vecinos de la zona donde se construirá la planta (y también la más presente en los medios de comunicación, por las protestas de los vecinos). ¿Qué piensan los uruguayos en general, que en su inmensa mayoría no son vecinos de la futura regasificadora?
Los juicios actuales de la población
El Cuadro 1 muestra que casi la mitad de los uruguayos (48%) aprueba “que se instale una planta regasificadora de gas licuado cerca del puerto de Montevideo”; solo un 16% se opone a la idea (apenas la tercera parte de los juicios favorables). Un 6% dice que no está a favor, pero tampoco en contra (“ni/ni”), y el 30% no opina, probablemente porque no sabe bien de qué se trata (los porcentajes más altos de no opinantes se encuentran entre los más veteranos y los menos educados, Cuadro 2).
Apenas cuatro meses atrás, en junio, el 36% opinaba a favor y el 26% en contra; como ahora en octubre, también el 30% no opinaba. Esto significa que el debate público a lo largo de estos cuatro meses no disminuyó el porcentaje de los que no opinan, pero sí bajó drásticamente el número de opositores (de 26% en junio a 16% ahora, diez puntos porcentuales menos) y el de los “ni/ni” (de 8% a 6%, 2 puntos porcentuales). Esos doce puntos porcentuales se sumaron a las aprobaciones, que pasaron de 36% a 48%. Es probable, por varias razones, que esta evolución de la opinión sea esencialmente irreversible, al menos a corto plazo.
Tanto en junio como ahora mayorías en todos los grandes grupos de la sociedad uruguaya (según lugar de residencia, edad, educación, voto en octubre de 2009, autoidentificación ideológica) apoyaban la construcción de la regasificadora en el lugar planeado; la única diferencia es que esas mayorías son sistemáticamente más grandes ahora que en junio (los datos de octubre se presentan en el Cuadro 2).
¿Quiénes son los partidarios más firmes del proyecto? Los adultos jóvenes, de 30 a 44 años (59% a favor), los más educados (los que llegaron al nivel terciario, 52%), los votantes blancos y frentistas (52 y 50%, respectivamente), y los que se consideran de izquierda en sentido amplio (55%, seguidos, curiosamente, por los del ala opuesta, la derecha, 49%; los menos entusiastas son los “de centro”). Como se ve, el debate no se ha alineado según líneas partidarias o ideológicas, y los “formadores de opinión” naturales (los más educados) son los más favorables al proyecto. Por eso la tendencia de la opinión, crecientemente favorable a la planta regasificadora, a corto plazo es probablemente irreversible.
Nimby
“Nimby” es el acrónimo inglés de not in my back yard: “no en mi patio del fondo”. La expresión se ha popularizado, al principio lentamente, durante los últimos treinta años. Se refiere a la resistencia a la iniciativa de hacer tal o cual cosa “en mi patio” (en mi barrio, en mi zona, en mi ciudad), tal vez no porque la cosa en sí sea mala o perjudicial, sino porque no la deseo “en mi patio”. En ese contexto, si “la cosa es en su patio” (el de ustedes, el de ellos, el de otros), adelante. A veces “nimby” se usa peyorativamente, como crítica a los que solo se preocuparían por su patio, pero no por el proyecto en sí, aunque sea beneficioso para la sociedad.
Pero aun en este último caso ni la expresión ni las acciones de los nimbiers deberían ser vistas peyorativamente. En relación a la “tal o cual cosa” (que para llevarse a la práctica suele necesitar un espacio físico relativamente amplio) es necesario distinguir dos grandes debates. Conceptual y lógicamente, el primero de esos dos debates es el que decide si “hacer tal o cual cosa” es bueno para el colectivo, para el país. Si la respuesta es negativa, la discusión se terminó. Pero si es afirmativa, entonces comienza un segundo debate, muy diferente al primero: ¿dónde hacemos esa tal o cual cosa (que ya hemos concluido que es buena para todos nosotros)? Si el balance de hacerlo en mi patio me resulta negativo, debería tener perfecto derecho a buscar que se haga en otro patio. Dicho de otra manera, el segundo debate también es legítimo: ¿por qué el peso debe recaer sobre mí, y no sobre otros? Es un debate esencialmente político, en el mejor sentido de la palabra: cómo hacemos para asignar las ventajas y desventajas de algo que creemos necesario hacer. En una democracia es también un debate inevitable. Es posible que no haya manera de resolverlo satisfactoriamente para todos los involucrados, pero es necesario buscar una solución que sea vista como legítima por la gran mayoría (idealmente, la más legítima, para mayorías más grandes).
No es un tipo de debate restringido a Puntas de Sayago. También hay nimbiers donde se instalaría la minera Aratirí, o donde se instalaría el puerto de aguas profundas rochense (justo el lugar donde alguna opinión informada ha sostenido que se debería construir la regasificadora), o cuando se busca instalar un nuevo vertedero de basura; los ejemplos son seguramente numerosos. Si los vecinos de Gualeguaychú vieran a Fray Bentos como su patio trasero (o peor aún, como su jardín al frente), también serían nimbiers, a su modo, y sería más fácil entender sus reacciones.
Los argumentos de los nimbiers pueden ser más o menos atendibles, más o menos razonables. Pero en última instancia, sean cuales fueren esos argumentos, y también independientemente de su elocuencia o su “razón”, la gente de Puntas de Sayago (y el argumento es general, válido para todos los nimbiers) tiene derecho a oponerse a la construcción de la regasificadora en su patio. La mayoría (en la práctica normalmente el gobierno) debería decidir buscando la más defendible y legítima de las soluciones disponibles. Y también, en la medida de lo posible, debería tratar de atender las preocupaciones de estos nimbiers, y de solucionar o amortiguar las consecuencias negativas que el proyecto podría tener para ellos.