¿Siente que estaba muy cansado antes de la lesión?
Sí. Era cansancio físico y también mental. Lo que nosotros hacemos es muy lindo, pero también estamos dentro de una industria —por decirlo de algún modo— que es muy complicada. Las relaciones son complicadas. A eso hay que sumarle que nos estamos mirando todo el día al espejo, nos estamos corrigiendo, nos corrigen. Cuando te parece que lo hacés bien quieren que lo hagas de otra manera. Llegás a un punto en el que no bailás para disfrutarlo, bailás para seguir un montón de reglas. La cuestión es superar el período de ensayos y pasar esa barrera. Porque después en el escenario sos vos. De todos modos, todo esto me ayudó a aprender a manejar las cosas. La sensación es: “Pasé por todo esto, pero mírame. Estoy de vuelta”. Ahora que ya pasó toda esa etapa sé que tuve mis momentos de bajón, otros de alegría, pero es pasado. Yo estaba en un momento en el que no tenía más ganas de ir a trabajar y cuando estuve seis meses parado me di cuenta de que extrañaba bailar. Eso me ayudó a volver con más ganas.
Ciro nació un 20 de setiembre en Málaga, España. Hijo de una madre a la que siempre le gustó bailar, pero que no pudo dedicarse a ello porque sus padres no consideraban que la danza fuera un trabajo posible, el gusto de Ciro por el movimiento apareció de pequeño. Cuando era niño y saltaba por las calles de su ciudad, su hermano mayor, fastidiado, le decía siempre: “Deja de hacer circo”. Sus primeras actividades extracurriculares fueron patín artístico sobre ruedas y danza moderna. Su historia está marcada —como la de muchos bailarines de su generación— por el estreno de “Billy Elliot”. Ciro vio la película en el cine. Salió y dijo: “Quiero hacer esto”. Tenía siete años.
Una década más tarde terminó los estudios de ballet en la escuela del Royal Ballet de Londres. Así su obsesión de la infancia, las horas que se pasaba frente al televisor viendo, estudiando, admirando, a los bailarines de una de las compañías más prestigiosas del mundo dejó de ser un utopía. Estaba estudiando en el Real Conservatorio Profesional de Danza Mariemma cuando se presentó al concurso en Barcelona. El premio era un curso de verano en el Royal Ballet. Ciro ganó y se fue a Londres. En esos días la compañía tenía sus audiciones para entrar a la escuela. El día de la audición se esguinzó el pie. Lo recuerda como el peor esguince de su vida. Ciro —pasional, terco, seguro de sí mismo— decidió ir igual aunque sabía que jamás podría hacer un paso de baile con su pie todo hinchado. Los maestros lo miraron y le dijeron que se fuera, que así no podía bailar, que ya lo conocían de la escuela de verano. Al día siguiente en algún punto de Londres sonó el teléfono. Ciro se había ganado una beca para hacer el último año de su carrera allí.
Dos mil diez. Ese fue, probablemente, el año que marcaría el resto de su vida. A la beca en el Royal Ballet se le sumó la oferta de Bocca para trabajar en Uruguay junto al Ballet Nacional del Sodre. Ciro eligió rechazar, por el momento, la propuesta del director artístico del BNS. Quería terminar su carrera. “Me di cuenta de que tenía su personalidad y sabía lo que quería”, cuenta Bocca.
¿Alguna vez le preguntó a Bocca lo que vio en usted?
No me hace falta. Ya lo he escuchado en algunas entrevistas que le hicieron.
A ver…
Él dijo: “Un salto impresionante”. Sus palabras literales fueron: “Tiene ángel, le pone pasión a lo que hace”.
Bocca recuerda esa vez así: “Él se subía al escenario y todo se iluminaba. Era un placer verlo. Además, se veía a un artista con seguridad. Y su salto, espectacular”.
En setiembre de 2011, Ciro se subió al escenario del Auditorio Nacional del Sodre por primera vez. Formar parte de la compañía se convirtió, también, en su primer trabajo. Interpretó el papel principal en “El Corsario” junto a María Riccetto, que, en ese entonces, todavía formaba parte del American Ballet de Nueva York.
¿Cómo fue el momento en que le dijeron que iba ser el bailarín principal?
El primer día que llegué ya estaba la coreógrafa Anne Marie Holmes, que venía para decidir quién hacía cual o tal papel. Para mí solo era mi primer día de trabajo. Me mostré como pude, en mi cabeza estaba la idea de que iba a empezar haciendo cuerpo de baile. El segundo día aparecieron las hojas de los repartos puestas en la cartelera y vi “Ciro Tamayo” en todos los papeles: Ali, Lankedem, Conrad.
Dicen que cuando se sube al escenario hay algo en usted que cambia. ¿Tan distinto es en los ensayos?Puedo estar con la máxima inspiración en un ensayo pero nunca voy a llegar al punto que llego cuando estoy en el escenario. Me sale inconscientemente y solo en el escenario. No tiene que ver con que me estén viendo miles de personas, es que estoy metido en una historia, en otra realidad. Yo dejo de pensar en todo lo técnico que tengo que hacer y ese es mi momento de disfrute. Ese es el momento en el que, de verdad, puedo ser yo. El escenario es el lugar en el que me gusta estar.
Riccetto bailó junto a él durante dos años. Eran la pareja principal del BNS. Hicieron decenas de funciones, viajaron juntos a galas en el exterior, se conocen —se podría decir— de memoria. “Tiene esa calidad única para despegarse del suelo y volar. Pero algo que quizás no sea tan notorio como su salto es el carisma para interpretar cada rol y personaje. Esa energía chispeante y la capacidad de transmitir energía. Sobre todo en los ballets con bravura, Ciro es como una bomba de tiempo, en el momento menos pensado explota y arrasa”, explica Riccetto.
Para Nicolasa Manzo, su compañera en el BNS y amiga muy cercana, lo que hace especial a Ciro es su sinceridad a la hora de bailar. “Tiene una forma única de transmitirle a quien lo mire lo que le está pasando —si está disfrutando, o sufriendo, o lo que sea— y eso no creo que lo haya aprendido en ningún lado. Suena un poco cliché, pero la frase que lo definiría es que ‘tiene ángel’”, dice Manzo.
¿Qué pasa con sus piernas?
No tengo las peores piernas del planeta, pero nunca tuve todas esas condiciones que, poco a poco, se exigen más en el ballet. Siempre tuve problemas, desde la escuela, cuando saltaba o daba algún paso porque la energía no me llega a la punta de los pies. Me decían: “Estirá los pies”. Yo puedo saltar altísimo, pero no logro estirar las piernas todo lo que debería. No me sale hacer eso porque no lo siento. En ese momento estoy pensando mucho en lo que me pasa en el resto del cuerpo, entonces para mí siempre fue una traba. Hay bailarines que tienen técnica y condiciones que yo no poseo, pero considero que tengo algo distinto. No sé cómo explicarlo, pero hago que no me miren los pies cuando bailo, hago que no importe lo que pasa abajo. Quiero que les importe lo que yo les estoy contando con mi expresión o con mi cuerpo. Creo que eso es, en definitiva, lo que queda de un bailarín. No es solo su capacidad de hacer una coreografía o de saltar, sino de contar una historia. Nosotros somos actores, también, y esa es la parte que a mí más me emociona y me hace disfrutar.
En el último piso de un edificio de la calle Ejido, Ciro prepara un mate con yerba argentina y recipiente verde de silicona. En su cocina no hay caldera, así que hierve agua en una olla. La casa de Ciro y de Oscar Escuder (el bailarín del BNS que es su pareja desde hace unos años) se parece bastante a la de dos estudiantes del interior del país. Hay muy pocos muebles. En el living, una mesa ratona con cuatro puffs a su alrededor, un incienso recién prendido, dos portarretratos sobre la chimenea de la estufa y una pecera de vidrio transparente llena de aserrín donde habita Lyra, la eriza que Ciro compró caprichosamente hace un tiempo y a la que Oscar le dice “el bicho”. En la terraza cerrada hay una mesa de comedor con una tableta, una caja de cigarrillos Lucky Strike, una serie de sillas por las que se pasean Numa y Fito, los gatos persas de la casa. Más lejos, un sillón de tres cuerpos, un equipo de audio enorme, una bicicleta. Hay dos cuartos. Uno solo con un sommier de dos plazas. El otro, con un montón de valijas.
Ciro está vestido con una musculosa color coral, bermudas escocesas, championes de lona azules. Dice que lo que más extraña de Málaga es la comida y que cada vez que va se trae todos los embutidos que puede y hasta el gazpacho envasado. Su colaboración al menú de la casa son el gazpacho casero y la tortilla de papas. Habla rápido y con el acento andaluz que aún conserva. Lo hace mientras mantiene su mirada celeste y potente. De vez en cuando se ríe y vuelve a ser un niño. Tal vez no lo sepa, pero fuera del escenario también tiene una gran fuerza de seducción. Tiene ese no sé qué que genera que cuando entra a un lugar muchos se den vuelta a mirarlo. A veces se muestra rebelde, peleador, tajante, firme en sus ideas, bien plantado. Otras, inseguro, más inmaduro. Ciro oscila entre dos polos. Dice que es muy extremista.
Si usted quisiera salir del BNS y pasar a las grandes ligas del ballet, ¿podría?
Yo no sueño con las grandes ligas. Es lo que mucha gente espera de mí y no es a lo que aspiro. Hay personas que me dicen: “Vos tenés que estar acá unos años y después irte al American Ballet o al Royal Ballet o a alguna compañía de renombre”. O maestros que me han dicho: “Tenés que venirte a Europa. ¿Qué hacés ahí todavía?”. No me interesa, no es lo que yo estoy buscando. No busco ser famoso o el reconocimiento de todo el mundo. Yo sé que eso es, un poco, lo que conseguí acá, pero no es a lo que aspiraba. Este fue mi primer trabajo. Y mi única aspiración era conocer cómo es esto, cómo me sentía con esto. Si el ballet es estructura, en las compañías grandes esa estructura es todavía más rígida.
Y a usted no le gusta la estructura.
La rechazo, un poco. Esto es muy cuadrado. La verdad es que no sé qué va a ser de mí de acá a unos años. No es algo que esté pensando, pero no me imagino en las compañías famosas. Claro que es lo opuesto a lo que quiere mi familia.
Su madre quiere que brille.
Quiere que vaya al American Ballet, que sea primer bailarín, que sea muy famoso, que gane mucha plata. Al fin de cuentas lo que yo quiero es hacer lo que me hace sentir bien. A veces con el clásico me pasa eso de que es tan estructurado que no llego a ser yo mismo en determinadas oportunidades. Si quiero moverme con determinada soltura y me dicen: “No, el clásico es así y así”, tal vez, lo que sucede es que el clásico ya no me está llenando. Mirá lo que te estoy diciendo. Bum. Te estoy tirando una bomba. Quiero ver ahora qué me pasa cuando baile “Petit Mort” de Jirí Kylián, que es una obra que siempre me encantó y es neoclásica.
Sin embargo, cualquiera que haya seguido su carrera podría decir que lo neoclásico o contemporáneo no son su fuerte.
Efectivamente. No es el camino fácil, ambas opciones son un gran reto para mí. Cuando hicimos “El Mesías” para mí fue un reto. Todo lo que es soltarse a mí me cuesta mucho, pero me llama la atención. Me gusta la experimentación, el encontrar qué siente el bailarín, lo que él necesita para sentirse bien y hacer que eso esté dentro del espectáculo. Yo rechazo además de las estructuras las imposiciones. En el mundo del ballet clásico siempre hay imposiciones.
¿Cómo batalla con las expectativas de los demás?
Es una lucha. Lo que hago es callarlos en mi cabeza. Intento que sus voces no me queden rebotando. Vi un video hace tiempo y lo tengo guardado en los favoritos porque pinta perfectamente lo que siento. Se llama: “¿Te atreves a ser feliz?”. Es sobre la zona de confort y el intentar salir de allí. Habla de que hay dos tipos de personas: las que te dicen que te arriesgues y los que te dicen que no te salgas de esa zona porque lo otro es peligroso. La clave es que uno no se va definitivamente, lo que sucede es que la zona se va ampliando. La gente va al colegio porque es lo que hay que hacer, a la universidad porque es lo que hay que hacer. Se casa, tiene hijos, se jubila, todo porque es lo que hay que hacer. Es una estructura de la sociedad que está impuesta. Muchas veces les preguntamos a los demás: “¿Por qué te quedas en ese trabajo”. Y te contestan: “Porque es lo que tengo que hacer, gano buena plata”. Después te das cuenta de que nunca se pusieron a pensar si eran de verdad felices en esos lugares. Yo lo que siento es que lo que la gente quiere de mí no necesariamente es lo que yo quiero. Y muchas veces hay que ser egoísta para poder ser feliz con lo que uno hace.