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    Los caminos del Buda

    Originario de la India, en Uruguay el budismo comenzó a difundirse a mediados de la década de 1980; la meditación es su principal herramienta y conocerse, su objetivo
    Colaborador en la sección de Cultura

    Para algunos, una filosofía. Para otros, una religión. Para muchos, una disciplina. Para otros tantos, un misterio. Aunque quizás la definición sea lo menos importante. Una de las parábolas más célebres del Buda es la de un hombre que llega al médico herido con una flecha envenenada y no permite que se la arranquen antes de saber quién fue el hombre que le disparó, a qué casta y a qué país pertenece, con qué hizo la flecha y qué veneno usó. “Proceder así es correr peligro de muerte”, dijo Buda. “Yo enseño a quitar la flecha”. Y sí. Para qué andar con vueltas.

    Aunque nació en la India en el siglo VI A.C., el día que Siddhartha Gautama despertó, el término budismo fue forjado en Occidente en el siglo XIX. Se propagó por gran parte de Asia, desde su fuente, la India, a China, Japón, Sri Lanka, Indonesia y Birmania. Llegó a Gran Bretaña, Alemania y Francia, y después a América por la vía del zen, la escuela japonesa del budismo.

    Tras la II Guerra Mundial, con la ocupación estadounidense de Japón, muchos entraron en contacto directo con esta tradición. Empezó a difundirse en Uruguay a mediados de la década de 1980, primero a través de un grupo de practicantes de aikido, hasta que en 1987 finalmente se fundó la Asociación Zen del Uruguay. Poco a poco fueron arribando otras corrientes, provenientes de Argentina y Brasil. Actualmente, en Uruguay el budismo se presenta por medio de dos ramas: el budismo tibetano vajrayana y el budismo japonés nichiren, basado en el estudio y recitación del Sutra del Loto, uno de los sutras (discursos dados por Buda o por sus discípulos) más antiguos e influyentes de esta filosofía.

    Meditar para conectarse. En Lavalleja, a casi 400 metros de altura, está emplazado el templo Sengue Dzong. Es el primer centro de retiros de budismo tibetano de habla hispana y forma parte de la red internacional Chagdud Gonpa, de la escuela vajrayana. Sengue Dzong que significa La Fortaleza del Leónpresenta un estilo arquitectónico tibetano y butanés oriental, y comenzó a construirse en 1999, cuando ya existían en Uruguay grupos de práctica vajrayana. Es el espacio donde se ofrecen retiros introductorios los fines de semana, entre otras actividades. Monjes e instructores visten túnicas de color rojo, borra de vino y amarillo. Los dos primeros se relacionan con el amor y la compasión; el amarillo simboliza el acto de purificar el orgullo. Este camino espiritual, explica Pema Gompo, instructor a cargo del Sengue Dzong, consiste en ir hacia el otro, en ayudar al otro. “Si solo busco mi felicidad, no voy a ser feliz”, afirma. 

    Cuenta Gompo que Buda enseñó acerca de “la naturaleza ilusoria de la realidad”, la que se compone de un cúmulo de momentos transitorios e interdependientes. Apegarse a sensaciones y posesiones, sostiene el budismo, es negar el carácter impermanente de la realidad tal cual es. El budismo propone “chequear la mente”, explica Gompo, “conocerse a uno mismo y ver cómo reacciona a los estímulos del exterior”, para tener una “visión correcta de la realidad”. Y lo explica de este modo: “Si viene alguien a insultarme, yo tengo distintas formas de responder. Si siento que esas palabras me hieren quizás también responda con un insulto, tratando de herir. Pero si soy consciente de que las palabras son viento sobre las cuerdas vocales, ese insulto no va a herirme. Si soy consciente de que las palabras son viento sobre las cuerdas vocales, tampoco los elogios van a enorgullecerme. Por eso es necesario chequear la mente”. Y la herramienta para chequear la mente es la meditación. 

    Aunque la meditación es una sola, no existe una única manera de practicarla. Quienes se internan en ella  sostienen que es esencialmente un estado de ser. No hay una forma de lograr este estado que sea la correcta, sino que cada persona encuentra su técnica a lo largo del camino. Meditar, al contrario de lo que a veces puede suponerse, no es una técnica de relajación. A pesar de que resulta eficaz para combatir la tensión y el estrés, no son estos sus objetivos sino sus beneficios secundarios (que, además, llegan después de un tiempo y una práctica considerable). Meditar tampoco implica reflexionar en silencio sobre algo o alguien. Ni ingresar en trance o en un estado hipnótico. Tampoco supone poner la mente en blanco o buscar un estado semiconsciente. Y, mucho menos, iniciar un delicioso viaje de desconexión, un momento para disfrutar lejos de la realidad. Uno no medita para desconectarse. Todo lo contrario. Uno medita para estar conectado. “Para ver la naturaleza de los fenómenos tal cual es”, sintetiza Gompo.

    La meditación vajrayana tiene distintos niveles y pasos. Pema Gompo asegura que “es un método veloz de llegar a la iluminación”. Y aclara: “Por veloz me refiero a que puede suceder en esta misma vida”.

    Buscar lo esencial. “Tanto el budismo zen como el budismo tibetano se encuentran dentro del denominado mahayana”, explica el monje zen Daniel Hoshin Marighetti, del Zendo de la Flor Dorada, centro de práctica y estudios budistas con más de 10 años en Montevideo y algunos integrantes que llevan más de 25 años en la práctica. “Al extenderse por diferentes culturas, el budismo fue tomando características propias”, resume el monje. “Si bien las dos tradiciones mantienen el mismo ideal el bodhisattva, aquel que hace el voto de salvar a todos los seres antes que a sí mismo, la forma, los rituales y los métodos meditativos son diferentes”.

    La expresión zen proviene del sánscrito dhyana, que significa meditación. “De las enseñanzas del Buda se desarrolló posteriormente un vasto conjunto de escuelas, entre ellas el zen, surgido en China en el siglo VI después de Cristo de la mano de Bodhidharma”.

    En el zen, los monjes portan un kesa, hábito japonés de color oscuro, símbolo de la transmisión de maestro a discípulo. Los practicantes visten samue, una prenda confeccionada en lino o algodón que significa ropa de trabajo o servicio (la palabra japonesa samurái, el que sirve, proviene de allí). Es que la meditación es un trabajo, una forma de trabajar sobre y en la mente usando la mente misma. La intención: ver la naturaleza de las cosas como realmente son. Eso es, precisamente, conectarse. Y nadie dice que sea fácil. Ni siquiera los monjes.

    El zazen meditar sentado frente a una pared es el corazón de la práctica zen. “Al comienzo desarrollamos la atención hacia la postura y la respiración y simplemente observamos los procesos mentales y sensaciones corporales. Es estar sentado sin rechazar ni apegarse a nada. Poco a poco se va generando un estado de conciencia profunda, lúcida”, explica el monje del Zendo de la Flor Dorada, centro donde se ofrecen prácticas regulares de zazen como así también clases intensivas de adiestramiento y varios sesshin (retiros) al año.

    Marighetti comenzó a practicar zazen en 1987. Su primera ordenación laica toma de preceptos fue en 1989 con Michel Bovay, discípulo de Taisen Deshimaru, difusor del zen en Europa. Posteriormente, en 2001, pasó a ser discípulo formal de Moriyama Roshi, maestro zen que desapareció en fechas cercanas al terremoto y tsunami ocurridos en Japón en marzo de 2011. Marighetti recibió la ordenación monástica en 2015 por medio de su actual maestra, la monja brasileña Coen Roshi.

    Ante la pregunta de qué siente que ha aportado el zen a su vida, el monje uruguayo responde con un cuento zen. Un relato en el que un estudiante le anuncia a su maestro que se va del templo. “En los tres años que llevo a su lado usted no me ha enseñado nada”, le dice el alumno. A lo que el maestro responde: “¿Cómo? Cuando me has traído el té, ¿no te lo he recibido? Cuando te inclinas ante mí, ¿no te respondo?”.

    Dice Marighetti: “Vivimos constantemente esperando que la vida nos aporte algo, desde que nacemos es así. Estudiamos y trabajamos para obtener algo a cambio. Inclusive buscamos un camino espiritual para que nos dé paz, tranquilidad, confianza, salud, conocimiento, iluminación... Una práctica bien encarada termina quitando lo superfluo. A la larga nos vamos quedando con menos, más ligeros de equipaje. El zazen que practicamos es así: empezamos buscando algo y finalmente, cuando nos despojamos, vemos que lo esencial siempre estuvo ahí”.

    Las personas llegan al Zendo de la Flor Dorada por distintos motivos. “Buscando relajación mental, una mejora en la salud, un método de concentración que sirva para sus actividades diarias. Y también por esnobismo. Ser budista o zen suena muy bien… hasta que uno se enfrenta a la realidad de sentarse 30 o 40 minutos, sin moverse, frente una pared”, comenta Marighetti. “Cuando ingresás al zendo, la sala de meditación, se te invita a dejar los zapatos en la entrada. Y, con ellos, lo que traés en la mente”, señala el monje. “Uno ingresa con una mente abierta y dispuesta”. Al introducirse en el zendo el practicante abandona todos los prejuicios, las ambiciones personales, las preocupaciones y expectativas. En el zendo, solo el aquí y ahora cuenta. 

    Nuevas tradiciones. “El budismo kadampa es una tradición especial de budismo mahayana fundada por Atisha, gran maestro budista indio y principal responsable de reintroducir el budismo en el Tíbet en el siglo IX”, cuenta Kelsang Rinchung, maestra de la Nueva Tradición Kadampa (NKT, por sus siglas en inglés).

    NKT fue fundada en 1991 en el Reino Unido, por el maestro tibetano Geshe Kelsang Gyatso, guía espiritual de Rinchung. Esta nueva escuela tiene como objetivo “preservar y difundir la esencia de las enseñanzas de Buda de una forma adecuada al mundo y al estilo de vida modernos”, apunta Rinchung, maestra residente del Centro de Meditación Kadampa Argentina. De ahí que NKT se presenta con la denominación de “budismo moderno”.

    Rinchung es la primera monja argentina en esta tradición; lleva la cabeza rapada y una túnica amarilla y roja. “La intención del maestro es que las personas cultiven y mantengan las mentes de compasión y sabiduría para que puedan resolver sus problemas de la vida cotidiana y liberarse de manera permanente del sufrimiento. La Nueva Tradición Kadampa es una exposición del dharma, las enseñanzas milenarias de Buda, diseñada para las personas del mundo moderno en particular”. 

    En el mundo hay más de 1.200 centros kadampa, con grupos en 40 países. En Montevideo, las primeras charlas y conferencias comenzaron en 2006, pero fue a partir de 2012 que esta escuela ganó fuerza. “En los últimos siete años, el Dharma Kadampa ha ganado espacio en Sudamérica, en países como Chile, Argentina, Colombia y Perú”, dice la monja Kelsang Rinchung. “Estamos recién empezando y por lo tanto somos pocos, pero cada vez se suma más gente”. En Uruguay, las prácticas y las charlas se llevan a cabo en la sede central, en la Torre del Gaucho que, como todos los centros kadampa, ofrece clases y cursos semanales de introducción al budismo y la meditación, programas de estudio para profundizar en las clases, retiros y oraciones cantadas. 

    Existe una escuela vajrayana que también ha ganado terreno en Uruguay. Se trata del Camino del Diamante, fundada por el danés Ole Nydahl en la década de 1970 a pedido de Rangjung Rigpe Dorje, quien le solicitó que difundiera el budismo en Occidente. Desde entonces, ha fundado más de 600 centros en 44 países. 

    “Las enseñanzas budistas pueden dividirse en tres grupos, según el tipo de personas a las que fueron dirigidas”, dice Nicolás Alé, practicante del Camino del Diamante desde hace 11 años. “Aquellas que deseaban evitar el sufrimiento recibieron información acerca de causa y efecto. El sufrimiento es producto de lo que hacen, dicen y piensan; por lo tanto, si quieren dejar de sufrir, deben hacer, decir y pensar de una manera que evite ese sufrimiento. Es un asunto de causa y efecto”, explica Alé, que estudió junto a Nydhal y trabaja como voluntario en el centro Camino del Diamante de Montevideo. Alé medita media hora todos los días. Asiste también a los retiros que se realizan algunos fines de semana y colabora en la organización de charlas y conferencias como las que se llevaron a cabo la semana pasada en el Hotel Four Points, donde el instructor estadounidense Chason Geister disertó sobre Budismo en el mundo moderno.

    “El segundo camino está dirigido a las personas que entendieron que todos sufren, no solo ellas, y que querían recibir enseñanzas para ayudar a los demás a cortar con el sufrimiento. A estas personas, el Buda les enseñó el mahayana o Gran Camino. Básicamente, se trata de enseñanzas sobre compasión y sabiduría, un balance entre ambos. Compasión en el budismo implica entender que el otro está sufriendo y hacer lo que sea para ayudarlo”. Esta es la base para el tercer camino, el vajrayana, que es la traducción literal de Camino del Diamante. Vajra es piedra irrompible o la piedra más dura; yana es camino. “Como la piedra más dura que existe es el diamante, la traducción a  nuestro idioma es esa”, comenta Alé. 

    El tercer camino, comenta el practicante, está dirigido a personas con la motivación de querer ayudar a los demás. No ven al Buda como externo, sino reflejado en su propio potencial. “Es ver al Buda y decir: ‘Soy igual que vos, vos recorriste tu camino, por favor enseñame cómo hacerlo’”.

    A diferencia de los otros caminos, la presencia del maestro es imperiosa. Es la tradición Karma Kagyu, nombre que se compone de las palabras karmapa (“el maestro”) y kagyu (“transmisión oral”). “No hay Camino del Diamante sin maestro. Él es quien representa la meta. Es quien, de manera física, muestra las cualidades de un buda en una persona”. Por eso la tradición establece que un estudiante debe chequear a su maestro durante tres años. “Como el budismo no es una creencia sino una experiencia, uno tiene que chequear. Y ese chequeo se da conociendo al maestro, viendo cómo actúa, si hace lo que dice, si lleva a cabo lo que predica, si muestra las cualidades de la mente que describen las cualidades de un buda, que son ausencia de miedo, compasión activa y gozo espontáneo, que quiere decir que cualquier situación es buena porque uno siempre está en el momento presente, no hay un divague sobre el pasado o el futuro. Uno se va a transformar en ese maestro, por lo que conviene prestar atención”.

    Una vez que uno chequea al maestro, el maestro chequea tres años al estudiante. “Y así se establece la relación”, prosigue Alé. “A partir de ahí el maestro ofrece las guías para trabajar con la mente, nuestra verdadera esencia. La mente es como un ojo que ve todo pero no puede verse a sí mismo. Puede experimentar todo el universo, el mundo interno, los pensamientos, los sentimientos y las emociones, pero no se experimenta a sí misma. La forma de experimentarla es a través de la meditación”.

    Al igual que su maestro, y del mismo modo que Geister, Alé no viste túnica ni tiene la cabeza rapada al ras (Geister, de hecho, lleva el pelo largo). “A mí lo que me enganchó del budismo de Lama Ole es que es budismo para occidentales. Él le sacó todo lo cultural, toda la escenografía, digamos, que tiene que ver con el Tíbet, y mantuvo la esencia de las enseñanzas. No hay hábitos, no hay templos. El budismo es como un diamante; si le ponés un fondo azul se verá azul, si le ponés un fondo rojo lo vas a ver rojo”, sostiene. “Aunque su aspecto y presentación sean diferentes, todas son prácticas de las enseñanzas de Buda y son igualmente valiosas”, coincide Kelsang Rinchung, para quien la razón por la que es necesario estudiar y practicar es para “desarrollar sabiduría, cultivar un buen corazón y mantener una mente apacible”. 

    Filosofía, estilo de vida, religión, teología, mitología; disciplina, manifestación artística, espiritual o cultural. A lo largo de estos años los practicantes y los monjes han escuchado distintas definiciones tanto fuera como dentro de la práctica. Que Buda fue un dios y que el budismo es una religión que idolatra su figura. Que es imposible que el budismo pueda tomarse como religión por la sencilla razón de que no propone creer en algo por fe sino que invita a la práctica. Que, en ese caso, también es mucho más una filosofía, ya que lo que hace es cuestionar. El monje zen Daniel Marighetti ha escuchado que el zen no es budismo y que como práctica es muy dura, no apta para todo el mundo, especialmente no apta para occidentales. Dentro y fuera de un zendo ha escuchado que la meditación trata de poner la mente en blanco y que es sinónimo de relax. “¿Qué hay de auténtico, qué es verdad y qué no?”, pregunta. “Como dijera el propio Buda: lo mejor es experimentar por uno mismo”. Para qué andar con vueltas.

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