El libro es una joya. Las obras, los estilos y las delegaciones de los 33 países participantes de la segunda Bienal de Arte Moderno de San Pablo de 1953 están resumidos en este catálogo de 482 páginas. Hay nombres de artistas europeos de las dimensiones de Picasso, Braque, Duchamp, Munch, Klee y Mondrian. Y también hay uruguayos. Entre ellos figura un matrimonio de montevideanos, pioneros de la abstracción en el país: José Pedro Costigliolo y María Freire.
De esa bienal hay una foto que muestra a ambos, de pie, contemplando un volumen de Alexander Calder. Es una de las imágenes que aún conserva la familia de Freire. En ese entonces ella tenía 36 años —15 menos que su marido— y, al igual que en los pocos retratos que la tienen como protagonista, aparece con el pelo tupido y crespo a la altura de los hombros, las manos delicadas siempre cerca de su rostro, y la mirada profunda de un crítico exhaustivo que busca la palabra justa antes de desplegar su argumento. Quienes la conocieron dicen que era sagaz, formal y tranquila; aspectos que por momentos parecen desdibujarse dentro de su universo artístico. En el terreno de la creatividad María Freire tenía todas las cualidades para arrasar. Y arrasó.
Siendo mujer, con la dificultad que suponía —o supone— destacarse en las artes plásticas, se hizo un lugar en la escena local. Eligió caminos rupturistas para la época (el punto fuerte de su producción tuvo lugar en los años 50, 60 y 70): optó por dedicarse a la pintura y la escultura, descartar la maternidad, alejarse del en ese entonces laureado universalismo constructivo, fundar el Grupo de Arte No Figurativo, y, dentro de esta manera alternativa de concebir la profesión, generar un estilo propio y diferenciado del de su marido, que transitó por la misma sintonía con algo más de reconocimiento.
Para entrar al mundo de María Freire hay que encontrar una llave particular. Una llave medieval. La que descubrió en París a fines de los 50 y le permitió llegar a su sello característico a través de la abstracción. Está a la vista de todos, en la mayoría de sus cuadros; pero la propia concepción del arte concreto hace que esas figuras ya no sean ni llaves ni medievales, ni siquiera la representación de un objeto real. En sus lienzos solo hay signos, formas en sí mismas, que integran una realidad completamente inventada.
Nació en Montevideo, en noviembre de 1917, dentro de una familia de ocho hijos y pocos recursos. Su padre era músico y su madre pretendía que estudiara magisterio. En cambio, eligió ser artista e incursionar en la docencia y en la crítica. En muchos textos escribe de sí misma, de por qué tomó decisiones como, por ejemplo, crear en series. Escribe también sobre sus orígenes. Freire se formó en el Círculo de Bellas Artes. Tuvo la posibilidad de viajar a Brasil, a Buenos Aires y a Europa como becada o expositora. Conoció de primera mano las vanguardias. Mantuvo intercambios directos con artistas europeos modernos como Mondrian, y con otros rioplatenses vinculados al movimiento Madí. Construyó su arte leyendo y conviviendo —incluso en su taller— con Costigliolo, con quien compartió las bases geométricas, el estudio del color y la pureza de las formas.
La producción de Freire es enorme. Trabajó hasta sus últimos días; hasta los 98 años; hasta junio de 2015. Ahora, diez meses después de su muerte y a un año de cumplirse un siglo de su nacimiento, el Museo Blanes presenta una exposición retrospectiva que transita por más de 60 años de creación, titulada: “María Freire: Forma y color”. La muestra se basa en una investigación que durante tres meses encabezó la directora Cristina Bausero, y que consistió en reunir obras de diferentes acervos y colecciones privadas, para crear un relato abarcativo que rompiera con la tradición figurativa del museo.
Dar forma. Fue un jueves de tarde. El 18 de junio de 2015. Cristina Bausero estaba en el depósito del Museo Blanes trasladando y relevando piezas de la colección, cuando en uno de los paneles móviles apareció una obra abstracta de María Freire. Era un acrílico sobre tela fechado en 1969 y con el inconfundible sello de la autora: los colores blanco y negro trabajados de manera plana, una figura en forma de cuenco repetida una y otra vez con pequeñas variantes, y líneas verticales del mismo rojo del fondo que atravesaban el lienzo y conectaban los signos. El cuadro —la intensidad de los tonos, el ritmo de sus figuras y la energía que emanaba— obligó a Bausero a detenerse varios minutos. Y fue ahí, con la mirada clavada en un auténtico Freire, que empezó a imaginar una exposición.
Al día siguiente pasó lo peor. Freire murió el viernes, a los 98 años, tres décadas después que su marido y sin descendencia directa. No tuvo hijos. Vivió para el arte. Tomó esa decisión de muy joven, cuando empezó a formarse en el Círculo de Bellas Artes y en la Universidad del Trabajo con el objetivo de pulir las técnicas que manejaba por instinto y observación. La reafirmó cuando continuó estudiando con Guillermo Laborde y Antonio Pena, y también cuando incursionó en la crítica y formó la cuadrilla de no figurativos. Su muerte fue el último empujón que determinó, después de más de seis décadas de trabajo, que ya era momento de homenajearla.
A fines del año pasado el proyecto de montar una muestra retrospectiva de Freire pasó de la mente de Bausero al calendario 2016 del Blanes. En diciembre la directora se zambulló en la vida de la artista y fue en busca de más obras para complementar las once que existen en el acervo que gestiona. Así llegó al director del Museo Nacional de Artes Visuales, Enrique Aguerre, a los sobrinos de Freire y a un grupo de coleccionistas uruguayos que contactó a través del rematador Juan Enrique Gomensoro Piñeyro. La muestra, que en sus inicios estaba diagramada para exhibir 30 obras, se amplió a 65. Y fue en ese proceso de investigación que Bausero también se topó con el repertorio menos conocido de la pintora: con algunas composiciones matéricas y otras que se acercan al arte óptico y cinético.
Figuras de una pionera. María Freire llegó al arte concreto a través de Costigliolo y de lecturas teóricas sobre el trabajo de vanguardistas europeos como Kazimir Malevich, Vladimir Tatlin, Naum Gabo, Nikolaus Pevsner, El Lissitzky, Piet Mondrian y Theo van Doesburg; además de exponentes del arte Madí. Tomando como punto de partida algunos de sus fundamentos fue que la dupla creó el Grupo de Arte No Figurativo en Uruguay, con una fuerte impronta abstracta y geométrica. La primera exposición de la agrupación fue en 1952 y también exhibió obras de Antonio Llorens, Federico Orcajo, Rhod Rothfuss, Rodolfo Uricchio, Julio Verdié y Juan José Zanoni. Su principal objetivo era, según explica el catálogo de la época, “visualizar por la forma la intención del alma”.
Fueron varios los hitos que determinaron la vida artística de Freire. Conocer a su esposo, volcarse a la docencia —fue profesora de dibujo en liceos y de historia y cultura artística en preparatorios de arquitectura—, incursionar en la crítica —de 1963 a 1974 escribió en el diario “Acción”— y viajar para exponer en Latinoamérica, Estados Unidos y Europa. Una de sus mudanzas más significativas fue en 1957, a Europa, tras obtener la beca “Gallinal” con residencia en Ámsterdam y París. Ahí, acompañada de Costigliolo, se topó cara a cara con muchos de esos maestros modernos que consideraba referentes.
“Brasil, especialmente San Pablo, fue otro de los escenarios que marcaron el rumbo de la pareja. Ahí se vincularon con el urbanismo y la arquitectura. Estaba Lúcio Costa, Oscar Niemeyer, (Roberto) Burle Marx. Freire y Costigliolo no paraban de nutrirse de lo que veían que pasaba en el mundo”, dice Bausero, y agrega: “Un dato que desconocía hasta empezar la investigación es que ellos trabajaron en la rambla que circunvala la península en Punta del Este. Antiguamente las casas estaban prácticamente sobre las rocas y casi que tenían sus propias playas; fue en la dictadura que se tomó la decisión de construir la rambla y hacer un paseo público. Ese proyecto fue diseñado por ellos”.
La vida en trazos. La muestra “María Freire: Forma y color” empieza y termina en la antesala con una síntesis pictórica de la trayectoria de la artista. Es la única forma de anticiparse o digerir rápidamente el recorrido, abundante en trabajos cromáticos y estudios compositivos. El eje narrativo es casi cronológico, con algunos saltos temporales que se concentran en el tratamiento del color y la geometría.
Freire producía en series. Su primera etapa, la de los años 40 y 50, se caracteriza por una transición constante entre volumen y plano, y está representada por el conjunto de pinturas 'Composiciones', además de esculturas en bronce y máscaras ancestrales que se aproximan al arte africano. Es en el siguiente tramo donde se empieza a percibir su sello definitivo. La serie 'Sudamérica', creada entre 1958 y 1960, tuvo origen en Francia, después de que descubrió las llaves y cerraduras medievales. Es a partir de ese objeto de antaño, de llevarlo a la abstracción hasta alcanzar el arte concreto, que generó el signo que la acompañó durante el resto de su vida.
Llegar a las series “Córdoba” y “Capricornio” implica toparse con la que es, quizás, la etapa más lúdica de su carrera, esa en la que juega con el fondo, los planos, las formas y sus variantes, en la que agrega colores y, coqueteando con el neoplasticismo, utiliza el negro para delimitar contornos. El recorrido también se introduce en las décadas de los 70 y 80, con trabajos que se asocian al arte óptico, y otras composiciones matéricas más antiguas destinadas a indagar en distintas texturas y tintas, y a experimentar con fondos a base de manchas.
La visita culmina en la década de los 90, un período en el que volvió a las formas primitivas africanas y precolombinas; en el que se retrotrajo a la serie “Sudamérica” e incluso tituló sus obras como “América del Sur”. Es ahí, en medio de una paleta de colores y un despliegue de formas que regresan a sus orígenes, que esta porción del universo creativo de María Freire alcanza su límite. Abarcarlo todo sería imposible; su arte es inmenso.